19-Nov-2007
La república de las letras
Humberto Mussachio

Saudades, de Sandra Lorenzano
Una novela tan bella como extraña, estructurada de manera similar a un gran rompecabezas ordenado por la fuerza incontrastable del lenguaje, eso es Saudades (FCE, 2007), de Sandra Lorenzano. “No hay trama, no hay argumento. No hay personajes. Solamente el lenguaje que no va a ninguna parte”, dice la autora, pero lo cierto es que el libro resulta una apretada red de historias, citas, versos (sobre todo de Pessoa) y reflexiones escritas en un español de elegante sencillez al que la autora le adosó abundantes citas en portugués y hasta en ladino, como esos pequeños rollos de papel que los visitantes de Jerusalén depositan en las hendiduras del Muro de los Lamentos. “Estoy desterrada —dice la narradora—, he perdido pie, he perdido el arraigo del tiempo, he perdido el nombre de mi padre. Estreno la indigencia como única seña de identidad”. Pero quedan las palabras y su poder lo ilustra una historia que cuenta Juan Gelman y cita la autora, aquella del viejo rabino que ante cada amenaza de pogrom leía a sus hijos e hijas la larga nómina de sus antepasados, porque para los exiliados la existencia es “como leer el Génesis… una forma de demostrar que ningún pogrom” acabará con la continuidad, con la vida. De ahí que la autora evoque el Holocausto, la infancia perdida, los seres amados, el horror de la guerra sucia argentina, la luz de los 19 años y el amor como razón de existencia, asidero, oxígeno, tierra firme. “Sin el relato, la memoria no existe” y hay que dejar testimonio de lo que fuimos, porque “la nostalgia tiene la forma del horizonte que se aleja”. Una novela que nos clava en la orilla del asiento.
Sobre Saudades de Sandra Lorenzano
Sylvia Molloy

(texto leído en la presentación de la novela en una grabación en video enviada desde Nueva York)


Querida Sandra, queridos amigos:

Lamento enormemente no poder estar con ustedes hoy para hablarles de este libro, lamento tener que recurrir a este medio distanciador en el espacio y en el tiempo para decirles lo mucho que me ha impresionado este libro. Hoy jueves 8 de noviembre me encuentro sentada a una mesa en Nueva York filmando esta presentación del libro de Sandra Lorenzano. Dentro de una semana también estaré sentada a una mesa en Nueva York presentando el libro de Sandra, sólo que entonces será en México, ante ustedes, y será el 14 de noviembre pero también será “hoy”. Acaso estos desvíos y coincidencias temporales, esta ilusión de continuidad, algo tengan que ver con Saudades, libro que reflexiona sobre pasados y es, a la vez, puro presente. En todo caso, en esa distancia y ese espacio que separan estos dos “hoy”, entre Nueva York y México, entre el 8 de noviembre y el 14, mi admiración por el libro de Sandra Lorenzano no habrá hecho otra cosa que crecer. Créanme: Saudades se aquerencia en uno, seduce.

Quiero leer las palabras que escribí apenas después de leído este libro, cautivada por su insólito encanto:

Sandra Lorenzano escribe con la urgencia y el goce doliente de quien, conociendo la distancia insalvable que separa del objeto añorado – país que se ha dejado atrás, infancia, cuerpo desaparecido, cuerpo erótico – sin embargo insiste en evocarlo a través de fragmentos, de pedazos rotos, de reliquias. O mejor sería decir que lo convoca ritualmente: las voces, la constante apelación a interlocutores fantasmales, los murmullos, la “palabra fracturada, desacomodada, estrangulada” interpelan al lector y lo fuerzan al recuerdo aunque ese recuerdo sea ajeno; lo desafían a que entienda una lengua que se ha vuelto extranjera y que a la vez es la única en que es posible narrar. Saudades es un relato de añicos, donde el resto diurno de la historia, por así llamarlo, es siempre la ausencia: exilios, destierros, desapariciones, naufragios, muertes. Novela coral, donde las voces alternan, intentando decir lo que no se puede decir, apresar relatos para siempre ajenos, oficiar un duelo que es y no es el nuestro, es un rumor de ausencias donde el cuerpo erótico ofrece pasajero refugio mientras que la cita literaria (otro cuerpo, otra voz más) funciona como aguijón, acentuando la falta, manteniendo vivo el llamado. Saudades es también – es sobretodo – una reflexión sobre las grandezas y miserias de ese lenguaje “que no va a ninguna parte” y que a pesar de ello nos solicita. Sandra Lorenzano nos invita a una ceremonia melancólica que, si bien no repara la pérdida acaso la atenúe, a través de una escritura osada, desprotegida, a la intemperie.

Hasta ahí mi nota.

Pienso en Saudades y pienso en pérdidas, en huídas repentinas, en regresos imposibles. Y sin embargo este libro, este coro de voces, este treno no se detiene en el horror, tanto más horror porque no dicho, porque apenas insinuado: aprendimos no a hablar sino a balbucear.Tampoco se pierde Saudades en la mera evocación nostálgica. La historia que narra, las múltiples historias que narra, exigen la escritura urgida y urgente de esos balbuceos, una escritura que implacablemente va hasta el límite. Se sigue adelante hasta que no se puede más, hasta llegar al borde, como el viajero aferrado a su maleta en Port Bou no se puede ya avanzar y no se puede volver atrás.

La alusión a Benjamin no es casual. Los fragmentos, las voces entrecortadas, las citas, las partes del cuerpo, los añicos de vida, operan aquí como reliquias, remiten a pasados a los que sólo se puede acceder oblicuamente mediante rituales de la memoria, de una memoria también fragmentaria. La voz que enumera esas reliquias nunca calla, sigue enumerando fragmentos, pérdidas, despedidas. La voz no cuenta – porque es demasiado fácil contar un cuento – sino tartamudea, acumula sonido para hacerse oír.

Pienso en Saudades y pienso en narrativas de viaje, concretamente en viajes de retorno, de imposible retorno, narrativas de tantos escritores latinoamericanos, acaso la mía misma. Una vez que se ha partido no se puede nunca regresar. Si la casa, el oikos, dicta la economía de todo viaje, se trata de una casa que se ha dejado para siempre atrás, imposible de reencontrar porque el viaje es siempre desplazamiento, desvío, y ninguna ida coincide con su vuelta. “Mejor será no regresar al pueblo” escribe sabiamente López Velarde. O más taxativamente Leonardo Sciacia: “El que ha cometido el error de irse no debe cometer el error de volver.” O Sandra Lorenzano: “No hay hogar al que podamos volver. El regreso habita solo en los quiebres de la lengua”.

De esta lengua quebrada quiero hablar, único vehículo para las esquirlas que acumula implacablemente Saudades, único modo de no olvidar, que no es lo mismo que recordar. El que recuerda, y escribe su recuerdo, tiende a pensar la memoria como refugio, por cierto como oikos: la memoria consuela, es vuelta a casa que permite re-componer un relato. En cambio El que no olvida, y escribe ese persistente no olvido que se abre a otros taladrantes no olvidos, busca traer a la superficie esos restos, añicos, voces que se oyen, versos que se leen, ruinas sobre ruinas,” “lo que se salva del naufragio”: yo quería mencionarlos a todos. El que no olvida habla en voces, practica una interlocución implacable y necesaria, como único modo de restituir las muchas historias despedazadas que son la Historia.

La memoria es alforja repleta de astillas;
olores, voces, rostros quebrados, gestos que
conservan solamente el último vestigio de sí.
Se aferran las páginas a cualquier esquirla,
porque no hay ventanas ni otoños al otro
lado. Una letanía acompaña el naufragio.

El que no olvida no recompone como el que recuerda. Atestigua, en cambio, con la certidumbre de que es necesario “hacer presentes las ausencias”: “Voy en busca de los nidos quemados: / imagino que aún estarán tibias las cenizas”.

Entrecortado, como otra voz más en esta letanía, aparece el discurso amoroso, entretejido con el lenguaje de la pérdida, haciéndose cargo de esas pérdidas. El amor, en Saudades, es – para volver a evocar al viajero berlinés – iluminación; sin duda precaria, pero no menos reparadora. No es -- es necesario que no sea – una voz más sujeta al añicamiento, aún cuando lo ronde la ausencia: “A veces te reconozco más en tu ausencia que en tu voz. En tu mirada que no veo, Amor, en el vacío junto a mi cuerpo.” Por un instante, el de enunciación, el amor salva:

El único viaje que de verdad disfruto, Amor,
Es el que me lleva a recorrer las riberas de
Tu aliento, los esteros de tu piel, los deltas
Antiguos que habitan tu lengua ... El único
viaje, Amor, es el que inventa tu nombre.

Saudades no termina, simplemente se interrumpe. El texto queda suspendido, en un pasajero sosiego, el que permite vivir con lo que salvamos del naufragio:

Pentimento de la memoria; la propia y la de los otros. La tuya suma todos los rastros. El pasado es un presente que nos abraza en cada uno de nuestros instantes. Soy una imagen más que mira las capas de imágenes; me fundo con ese universo de cuerpos apenas insinuados. Hablar de lo indecible. Imágenes sobre imágenes apenas insinuadas. Lengua calcinada, lengua en duelo para hacer presentes las ausencias, para nombrarte mi hogar y mi bandera”.

A diferencia de otro texto inolvidable, los murmullos no matan en Saudades. Permiten vivir en el duelo y no pese al duelo. O permiten escribir. O permiten amar. Acaso las tres actividades sean la misma cosa.
Presentación libro Saudades de Sandra Lorenzano
Antonio Navalón
Miércoles 14 de noviembre de 2007
Librería del Fondo Octavio Paz

Buenas noches.

Debo empezar esta participación aclarando que soy de los que no creen en las presentaciones de libros. No conozco un acto más enriquecedor, más interactivo -como ahora se llama-, que leer, pero también es el más íntimo, superior al amor, a la pasión, al sexo, sin duda…

La lectura significa una experiencia que nada puede borrar, que se deposita y se convierte en sedimento de nuestro ser.

No hay nada más penetrante que la necesidad de ser y la lucha permanente por romper los convencionalismos de raza y geografía para tener la fuerza de convertir a la cultura y la historia de la civilización en aliado de uno mismo, en cómplice para la construcción de nuestra vida, que en resumen, es la historia del mundo, esta vida que es la de usted, la mía, la de cualquiera…

Saudades es sobre todo un libro íntimo que borda, que busca y construye la intimidad más profunda.

El entendimiento de la experiencia histórica y por lo tanto, literaria y/o sensitiva, para construir la vida, funciona demasiadas veces al margen de la funcionalidad de las cosas.

No sé tanto de literatura como para juzgar desde esa perspectiva esta publicación, y tampoco quiero desandar los caminos sobre si la búsqueda de la libertad es comparable a la ciudad de Cortazar en su Rayuela.

No obstante, quiero destacar algo muy importante: es a través de estas páginas que Sandra Lorenzano se deconstruye y reconstruye, una y otra vez, en la que se encuentra la razón permanente del seguir sobre tres necesidades fundamentales:

La primera es la necesidad del ser, la segunda, de entender lo que pasó y lo que nos rodea -como un objetivo personal- y la última, la de conservar y tener un saudade, un recuerdo cuya satisfacción venga de haber tenido el valor de intentar ser.
El título, Saudades, no es -y no pretendo aquí sicoanalizar a la autora- un accidente lingüístico.

Saudade, que como todos ustedes saben es una palabra portuguesa, lengua más amable que aquella en la que hemos nacido y amado; saudade quiere decir nostalgia y esperanza, pero no es una nostalgia hacia atrás, es una nostalgia hacia adelante.

Sobre todas las cosas Portugal es un punto clave para entender este libro y a todos los demás, es la excepción civilizada dentro de una península de la que todos -más o menos-, venimos y en cuya lengua nos han enseñado a llorar, sufrir y morir.

El portugués es una apelación civilizatoria. No hay nada más ibérico en la península ibérica que la aspiración a ser inglés, logro que a la postre correspondió a Portugal.

Por eso Saudades trae la memoria, la nostalgia de tener algo que conservar; no solamente se refiere a un tiempo, a un lugar o a los momentos entrañables, sino que viene enlazado entre la bruma de una aspiración de ser.


Se puede tener nostalgia del ayer y pálpito nostálgico hacia el mañana. Saudades es una obra construida con base en párrafos que resuenan en nuestro interior como latigazos.

Cuando la autora dice:

El único viaje que de verdad disfruto, Amor, es el que me lleva a recorrer las riberas de tu aliento, los esteros de tu piel, los deltas antiguos que habitan tu lengua... El único viaje, Amor, es el que inventa tu nombre.

está colocando el principio y el final del rasgo principal de este libro. No solamente es -como dice mi compañera de presentación Sylvia Molloy, “una sinfonía coral”-, es sobre todo un viaje permanente hacia ninguna parte, ese ideal de la autoconstrucción y la manera en que conseguimos obtener lo mejor de nosotros mismos pese a cualquier circunstancia que se presente.


“No hay más tiempo que el que nos toca vivir” dijo el maestro Serrat, “y uno siempre es lo que es del derecho y del revés”.

Lorenzano nació en Buenos Aires y aprendió a oír el desgarre de la tierra en castellano, en español; entre crucifixiones intuyó el horror, escapó del horror, murió en el horror y sintió el horror.

El horror o la capacidad de horrorizarse frente a lo que sucede es un elemento fundamental para estar vivo a plenitud. Ser capaz de sobrevivir al campo es la prueba suprema de que la vida tuvo más fuerza que sus enemigos.

Hablar de lo indecible, entonces, dar cuenta de las alambradas, rodear el núcleo del horror, quizás, enmudecer haciendo del silencio repudio y condena porque, como lo supo Kafka, peor que el canto de las sirenas es el silencio de las sirenas.

Testigo, combatiente, enemiga conciente del horror, Sandra reflexiona una y otra vez y siempre se plantea la misma pregunta, ¿hasta dónde se puede llegar a ser uno?...Es por eso que este es un viaje hacia ninguna parte.

Uno de los mayores problemas que tenemos los habitantes de este siglo es que la violencia de hoy no es un pálpito del futuro sino una condición permanente que nos envuelve.

Con una salvedad que es preciso reconocer: el horror de hace 25 o 30 años era doméstico y local, hoy es general. Y frente a él subsisten tres preguntas eternas ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?

En ese sentido, la lucha por ser algo, por construir una vida después de la vida, diferenciar compromisos y luchar por sobrevivir lleva a reflexiones como la siguiente:

Quizás tengan razón quienes dicen que no podemos escribir contra la muerte porque ya hemos pasado por ella. No somos sobrevivientes como queremos creer. En Buchenwald, el humo del crematorio ahuyenta los pájaros y esos pájaros alejándose de la muerte son los mismos que gaznan enloquecidamente frente a la lente de Hitchcock.

También ellos son aparecidos en el último graznido de la locura. La imagen de Buchenwald cubre los cuerpos que conozco y me escamotea así el sentido de mis gestos cotidianos. Aunque tampoco yo -lo sé- haya visto nada en Hiroshima.

Ese es un sentido universal de pertenencia a la condición humana y es un sentido universal de buscar en el entorno más íntimo y más profundo la superación del ser.

Como la Torá proclama: “si salvas una vida, salvas al mundo entero; si construyes tu libertad, haces libre al mundo”. Vivir mirando hacia el mañana sabiendo a qué entorno pertenecemos y teniendo responsabilidad moral -más allá de las convicciones-, es el mayor desafío para la creación.

Usar las vidas y sufrimientos de otros para construir un proyecto personal, es uno de los mayores desafíos de vida y de creación, y rara vez llegan a buen puerto.



Es el caso de Saudades, escrito por una persona valiente que trata de superar el horror, que sabe que el humo de los crematorios ahuyenta a los pájaros pero cuyo compromiso la llevará finalmente a su destino, pues como ella misma dice:

Escribir porque es el último vestigio al cual aferrarse después del naufragio, porque es el único hogar que queda, porque hay que nombrar a cada uno, porque el cuento no puede terminar.

Escribir para que el baile no se detenga. Escribir porque no hay más señales, sólo gargantas escarpadas. Un tren que parte. Unos brazos que se extienden.

Al final, lo único que sobrevive es la literatura, los poetas son los únicos merecedores de la vida. Lo que todos los demás necesitamos expresar en cientos de páginas, ellos logran decirlo con una frase, y ésta marca el camino permanente hacia la memoria sobre el principio y el fin.


Para ello Lorenzano cuenta con una condición elemental: es imposible ser libre sin ser migrante de acción y condición, porque la libertad que más cuesta es la moral.

Para encontrarnos en el viaje a ninguna parte, la búsqueda empieza en el centro de uno mismo, para seguir reconstruyendo, una y otra vez, la vuelta a empezar.

La autora reclama y rescata:

En el I Ching, a la representación del exilio hecha a través de la figura de Lü, el Andariego, le corresponde “la imagen del pájaro al que se le incendia el nido”.

Los nidos se nos incendiaron y muchas veces nosotros mismos les prendimos fuego, nos equivocamos y lo aceptamos; al final queda la vocación de ser pese a los errores, un balance en el que moralmente nos podamos reconocer, porque en este viaje el costo final será siempre discutible y sólo habrá valido si aprendimos a descubrir la plenitud del sentimiento.


De Sandra Lorenzano se puede decir que no hace verdad una de las máximas de su libro –y cito-: "ella no es una voz que se ahoga".

Una de las principales claves para saber vivir es tomar de las experiencias sus elementos enriquecedores.

Si la búsqueda del interior nos convierte en migrantes permanentes, hay que tener cuidado en definir qué vale la pena conservar en el viaje, manteniendo a la vanguardia los compromisos morales que conlleva ser habitante de este planeta.

Frente a eso, el pasaporte es la responsabilidad histórica y moral de haber sufrido con todas las causas de opresión que nos rodean.

Esa comprensión de que las cenizas de cualquier víctima son nuestras, forja un vínculo eterno durante cada página, durante cada palabra... es un saudade histórico.



Esa es la responsabilidad del ser, eso es lo que me ha enseñado la lectura de este libro. Leer un libro es volar hacia un mundo que jamás acabamos de poseer, cada sensación es intransferible, nadie siente ni entiende lo mismo.

Si preguntamos a la autora de dónde es, ella sin duda ni cortapisa contestaría: nací en el planeta Tierra, habito en el compromiso y trato de ganar todos los días el título de ser humano.
La Jornada
Miércoles 14 de noviembre de 2007 Correo enviado.

Sandra Lorenzano presenta su primera novela, hoy, a las 19 horas, en la librería Octavio Paz, del FCE, en avenida Miguel Ángel de Quevedo 115, Chimalistac Foto: Carlos Cisneros En la contraportada del primer libro de narrativa de Sandra Lorenzano escribe Sylvia Molloy: “Novela coral, donde las voces se alternan, intentando decir lo que no se puede decir, apresar relatos para siempre ajenos, oficiar un duelo que es y no es el nuestro, es un rumor de ausencias donde el cuerpo erótico ofrece pasajero refugio mientras que la cita literaria (otro cuerpo, otra voz más), funciona como aguijón, acentuando la falta, manteniendo vivo el llamado. Saudades es también –sobre todo– una reflexión sobre las grandezas y miserias de ese lenguaje ‘que no va a ninguna parte’ y que a pesar de ello nos solicita”. Con autorización del Fondo de Cultura Económica, ofrecemos a nuestros lectores el arranque de esta novela, a manera de adelanto

Alguna vez habías leído acerca de los conciertos silenciosos que forman parte de cierta tradición china. Todo sucede, en los instantes previos al inicio, como en cualquier otro concierto: los músicos sentados en semicírculo esperan con atención la señal del director; en el momento en que él hace el gesto de dar una palmada con ambas manos, ejecutantes y público contienen la respiración… Sus manos se detienen antes de producir sonido alguno, y los músicos comienzan a “tocar” sus instrumentos en silencio. Pero no se trata de una pantomima sino de un ritual que lleva, quizás, a la búsqueda de la armonía total. Allí, el sonido es superfluo. Es como si el concierto tuviese lugar muy lejos, quizás “en la otra orilla de la vida…” Ese silencio era el que anhelabas; un silencio que te permitiera sobrevivir. Llegaste cargada del ruido del horror, de aquella tarde en que la realidad se quebró en mil pedazos. Te habías quedado rota; las palabras deshechas, tartamudas. Aprendimos no a hablar sino a balbucear… Dejar vacío el asiento 21-C había sido un modo de acercarte a un refugio sin palabras. Necesitabas ese silencio de la otra orilla de la vida; necesitabas saber dónde estabas antes de empezar a manchar la tela. Saliste del aeropuerto con tu mochila al hombro –la maleta llegaría al día siguiente, “por el cambio de itinerario”, te dijeron–, en busca de ese silencio que hiciera que nuevamente tu rostro fuera tu rostro, y las palabras recuperaran su sentido. El silencio era también tu protección, tu coraza, el modo de no lastimar más las imágenes que te acompañaban, tu memoria. O silencio que sai do som da chuva espalha-se, num crescendo de monotonia cinzenta, pela rua esterita que fito, había escrito Bernardo Soares, y ahora tú ibas en busca de ese mismo silencio, en las mismas calles, a orillas del Tágide. Le pediste al taxi que te llevara al centro y un olor a mar, a puerto, te mareó con una mezcla de dolor y sorpresa. ¿Cuántos habían hecho el camino inverso al tuyo dejando acá sus amores? ¿Cuántos habían subido a los barcos con una pequeña botella de aceite de olivas portuguesas entre sus cosas? Pueblo de migrantes, una pura nostalgia. Cerca de la orilla, las gaviotas esperan el momento de zambullirse. Amo, pelas tardes demoradas de verão, o sossego da cidade baixa… Necesitabas encontrar ese sosiego y convertirlo en parte de ti; necesitabas el silencio para tratar de entender lo que había sucedido, para hacer en tu interior un relato que explicara –que te explicara– los perfiles del horror, para que el torbellino de la angustia no se te instalara para siempre en la piel. Sólo si encontrabas ese sosiego podrías recuperar el sentido de las palabras. Aprendimos no a hablar sino a balbucear… Sacaste tu cuaderno y anotaste el párrafo completo; dibujaste algunos trazos. Era aún mediodía y la ciudad estaba en plena ebullición, faltaban algunas horas para que descubrieras la lentitud de la tarde. Detrás de ti, la estación de trenes te recordó las palabras de Soares… e tudo se me converte numa noite de chuva e lama, perdido na solidão de un apeadeiro de desvio, entre dois comboios de terceira classe. Prefieres dejar la mirada en el mar; las estaciones grandes te encierran, te asfixian, no las más pequeñas con bancos apenas cubiertos por un techo y jubilados calentándose al sol; pero las grandes siempre te han angustiado, como si en su interior pudieras extraviarte para siempre, como si todo se volviera Numa noite de chuva e lama. Mejor el aire que te da de lleno en la cara y el graznido de las gaviotas en ese río que es casi mar. Ai quem me dera as que eudetei ao mar! As que el lacei à vida, e nao voltaram!... Escucho a alguien que canta, mientras te pienso con casi veinte años, haciendo tus primeros dibujos del exilio frente a los barcos cargados de despedidas y promesas. “Mamá, no llore; claro que les escribiré”. “Cuídeme a la Fátima, que en cuanto regreso me caso”. “Te voy a extrañar, Amor”. Te pienso con casi veinte años comenzando apenas ese largo viaje. Intento imaginarte buscando tu instrumento en el concierto de silencio que anhelabas. Los primeros dibujos fueron los barcos y las gaviotas de esa orilla que ha visto tantas despedidas. Pueblo de migrantes, una pura nostalgia. Las valijas de cartón llevaban siempre una imagen de la virgen y una lámpara con aceite de olivas portuguesas: “Me traje un poco de nuestra tierra”, sonreían los abuelos recordando ese sitio del que salieron hacía más de cincuenta años. No hubo naufragio como lo hubo para Camoes, pero a veces parece que la vida los hubiera ido hundiendo de a poco. “Mariquinhas, saca un poco del vinho verde para ofrecerle a la señorita. Del que nos mandó tu tío. Aquí no lo conseguimos, ¿sabe?” Y el vino tiene sabor a saudade, a lejanía. En el bolsillo más pequeño del abrigo guardaron con celo la llave de la casa. “Yo ya no sé si alcance a regresar. Pero seguro tú lo harás. La casa estará esperándote”. Ai quem me dera as que eu detei ao mar! As que eu lancei à vida, e nao voltaram!... El sol comenzó a dorar las calles de la Baixa. Te levantaste de la banca y respiraste profundamente queriendo guardar dentro de ti todo el aire que te regalaba el Tajo. Te colgaste la mochila al hombro y comenzaste a caminar hacia la Rua do Alecrim.



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El poema puede ser una botella de mensaje lanzada con la confianza -ciertamente no siempre muy esperanzadora- de que pueda ser arrojada a tierra en algún lugar y en algún momento, tal vez a la tierra del corazón. Paul Celan