La ¿realidad? sigue dando vueltas de manera vertiginosa a mi alrededor. Una vez más, intento levantarme de la cama y todo se tambalea. Los laberintos no son lo que imaginó Borges, sino este misterio que dentro de mi oído me ha dejado fuera del mundo. A veces, pasos sobre esponjas; a veces, simple pecera para que flote el cerebro. Un lóbulo. Otro lóbulo. En nado libre y desincronizado. Todo se sabe por el movimiento de los ojos. No reaccionan a tiempo. Llegan tarde. El archivo de la memoria guarda sonidos para casos de urgencia. Aunque la mirada se retrase. A veces, pasos sobre esponja. Un lóbulo. Otro lóbulo. Y Teseo se enreda lejos de los brazos de Ariadna.
3 de mayo de 2008
Se escuchan explosiones desde temprano. Pirotecnia. Cuetes. Día de la Santa Cruz en Cuernavaca. Polka tiembla y busca un lugar donde esconderse. Ninguno le resulta suficientemente protector. Leo – a destiempo, como siempre – “Babelia”. Es sábado. Aunque pareciera un dato sin importancia porque el ejemplar que leo es el de la semana pasada, no lo es; leer “Babelia” cada sábado es para mí un ritual, aunque siempre lo haga a destiempo. “Cuando toco – dice el músico flamenco Diego Amador – no importa lo que busco, sino lo que encuentro: la armonía, la inspiración, el silencio.” Una de mis obsesiones: el silencio. Y, por supuesto, el tiempo que necesitamos para alcanzar el silencio. En dos entrevistas aparece el tema de la lentitud frente a la velocidad (¿para llegar a qué? ¿adónde?). Richard Ford reivindica la lentitud como ritmo de la lectura y la creación. Una lentitud que ha nacido con su dislexia pero que se ha vuelto uno de los caminos en que crece su escritura. Páginas más adelante, es una frase de Cristina Grande (salvando todas las distancias con Mr. Ford) la que hace referencia a un ritmo “otro”: “He tenido una maduración tardía. Pero es que soy incapaz de reaccionar al momento. Me pongo y las cosas salen de aquí a un año. Y, además, salen gota a gota.” Slow writing, como los placeres que patentaron los italianos de la slow food. Recordar a Calvino. Ítalo. Lo que sale gota a gota.
Texto escrito para la contraportada de la nueva edición de
Con la literatura en el cuerpo de Alberto Ruy Sánchez


Hace algunos años, en una universidad de París, un hombre que impartía un curso sumamente formal sobre la literatura romántica alemana, se vio sorpresivamente sacudido por un amor implacable, radical, absoluto. Estaba de pronto viviendo a muy alta temperatura uno de esos trastornos románticos que muy fríamente analizaba en clase.

A partir de esta anécdota, que habla del cambio en la mirada teórica y crítica que experimentó Roland Barthes al enamorarse, Alberto Ruy Sánchez hace una maravillosa defensa de la presencia de la propia vida, de la fuerza de las propias pasiones, en la mirada del crítico literario. El libro es un homenaje a ese maestro cuyo gesto antiescolástico le reveló un mundo nuevo de posibilidades al entonces muy joven amante de la literatura. Un homenaje a quien le descubrió la libertad para encontrar su camino literario a partir de la propia piel. “…todo lo que uno sabe, aprende, olvida o crea, pasa por nuestro cuerpo. No somos ideas sino cuerpos con ideas”, escribe Alberto. Al reconocer esto, permitimos que la literatura pueda afectarnos, movilizarnos, acariciarnos; es decir, aprendemos a vivir con la literatura en el cuerpo.
Páginas escritas desde la melancolía – que es también deseo, sensualidad – sobre dieciséis melancólicos personajes. En un cruce de ensayo y narración poética, el libro deambula por dieciséis ámbitos, por dieciséis cuerpos que descubren las marcas que guardan a la vez en la piel y en la escritura, a través de la errancia sensual de las palabras.
Trece años después de su primera publicación, esta obra de Alberto Ruy Sánchez ha ganado – como los buenos vinos – en sabor, densidad y cuerpo.
Sandra Lorenzano, abril de 2008.