¡¡Para pensar en algo que no sea la influenza!!

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Sandra Lorenzano
Una tarea éticamente necesaria

25 de abril de 2009


“Donde el tejido social se deteriora, la comunicación se rompe y la única puerta falsa que se abre es la de la violencia o las drogas, hay una tarea éticamente necesaria: proyectos culturales para la construcción de ciudadanía y cohesión social”.
Con esta frase terminaba Lucina Jiménez uno de sus artículos en enero pasado en este mismo periódico. Hoy que tenemos una nueva responsable de la cultura del país —es decir, que se abren puertas y ventanas que buscan ventilar y renovar el área—, es imprescindible volver a pensar sobre su sentido.

Estamos ante una realidad diferente a aquella en que el “ogro filantrópico” gozaba de buena salud; ahora yace agonizante y esto exige mayor participación de la llamada sociedad civil. No es quedándonos de brazos cruzados como lograremos hacer del proyecto cultural del país algo sólido y propositivo. Podemos preguntarnos, entre otras cosas, si se han creado los espacios de reflexión ciudadana para estos temas.

Quizá este sea un buen paso para comenzar los nuevos trabajos del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta): la creación de foros de reflexión y análisis en los que participen las diversas instancias vinculadas con el campo cultural: el/los gobierno/s, la iniciativa privada, los grupos sociales interesados, los medios de comunicación, los académicos, los artistas.

Acostumbrados a pensar las políticas culturales fundamentalmente desde la idea del “consumo”, dejamos que el presupuesto se nos vaya en exposiciones y festivales, o cuando mucho en becas a artistas, o en homenajes, o en el apoyo a algunos proyectos “políticamente correctos”.

Pero no se trata sólo de propiciar el consumo como modo preponderante de acercarse a la cultura, sino también de fomentar la apropiación del patrimonio cultural por parte de los diversos actores sociales, especialmente de los sectores menos favorecidos, y del impulso a la creación en todos sus aspectos. Mientras no pensemos de manera conjunta estas acciones no lograremos darle a la cultura la dimensión que tiene en términos del desarrollo de un país.

Una de las propuestas de organismos como la UNESCO o la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) es considerar a la cultura no como un medio para alcanzar los fines del desarrollo, sino como la base social de los fines mismos; en este sentido proponen concebir el desarrollo en términos que incluyan el crecimiento cultural. Pero ¿de qué desarrollo estamos hablando? Del desarrollo no sólo como el acceso a bienes y servicios, sino también como “la oportunidad de elegir un modo de vida colectivo que sea pleno, satisfactorio, valioso y valorado, en el que florezca la existencia humana en todas sus formas y su integridad”.

Evidentemente esta noción de cultura vinculada al desarrollo tiene mucho que ver con la frase de la cual partimos, con la cohesión social y con la ciudadanía.

Hay extraordinarios ejemplos de vinculación de estos campos en programas comunitarios. Pienso, por ejemplo, en la experiencia de Candeal, la favela donde nació el gran músico bahiano Carlinhos Brown, y las transformaciones que allí se dieron a partir de la creación de diversos centros de práctica musical. Lo que era un lugar violento, inseguro, donde campeaban el tráfico de drogas y la delincuencia que trae aparejada, se ha vuelto un interesante núcleo de producción cultural, con grupos de niños y jóvenes que se reúnen a aprender y a hacer música, que se sienten orgullosos de sus orígenes y de su patrimonio.

En un próximo artículo me detendré con más detalle en la experiencia de Candeal, así como en varias otras que se han llevado a cabo en diversas ciudades de América Latina.

Lo que me interesa destacar en estas líneas es la importancia de generar espacios de acercamiento al arte y a la cultura en general, de favorecer la creatividad, de permitir que la experimentación, la lectura y la educación artística promuevan la formación de ciudadanos conscientes, comprometidos, creativos, como modo de dar herramientas a la gente para pensar su propia realidad y, sobre todo, para que sea capaz de transformarla.

Hay datos escalofriantes: de los 170 mil aspirantes que presentaron examen de admisión para entrar a estudiar una licenciatura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sólo hay cupo para alrededor de 15 mil. Una cantidad similar quizá pueda ingresar a otras universidades.

¿Qué pasará con los más de 140 mil jóvenes que no podrán cumplir su deseo de estudiar una carrera? ¿Qué opciones les ofrece la sociedad? Habrá quienes piensen que poco tiene que ver esto con las políticas culturales. Allá ellos…

Nosotros creemos que quizá sea este momento de crisis el mejor para poner en la mesa de debate los temas de políticas culturales y su vinculación con términos tales como democracia, ciudadanía y participación. Es un camino ineludible si queremos evitar que siga deteriorándose el tejido social. Es, sin duda, una tarea éticamente necesaria.





Escritora


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Tres textos tres

I.
Un ideograma, un jeroglífico, un simple rayo de luz que dibuja en la roca una marca indescifrable. ¿Otra vez el andariego? ¿El viejo Lu que vuelve a las cenizas? Como si buscara aún lo que fue sólo incendio. Rumor indistinto en su propio oído.

Sombra de agua sobre la senda del despojo. Vestigios. Ruina que sobre ruina construye un rostro. O un ave clavada al horizonte.
Perdida la transparencia el hogar fue una suma de vacíos.
Sobre todo en las mañanas en que la humedad impregna pulmones y papeles, y deja sólo los signos de una escritura diluida. Hay sobres que tuvieron alguna vez los bordes coloreados. Un pájaro reclama su espacio en estas líneas.

II.
La voz es niebla deslizándose despacio por tus vértebras. Como en el tiempo del desierto. Como en el principio moroso de la página.
Uno dos tres
Y el aire entra ahora a los mapas de tu olvido
Borra el grito y el rastro del grito
Borra la ausencia de sombras Cortante mediodía de luz
Los insectos rondan las palabras. Zumbidos. Murmullos familiares dentro de tu propio vértigo.
Siempre hay un hueso obsesionado, decía el poema. Por el tañido de una campana. Por el enjambre que teje despiadado el calor. Por la forma perfecta de tu espalda.
Un hueso que borda el ideograma del camino. Con hilo de seda. Inventa un origen. Un signo para cada uno de tus ríos.
Nunca un nombre.
Como en el principio. Como en las piedras que dejaste una tarde sobre otros relatos.

III.
La crueldad de las estaciones juega con la tierra y lo que oculta. Así comienza el relato. El de todos. Los escombros nos son más que fragmentos de imágenes que el verano abandona. Aunque siempre queda algo que remite al primer olor. ¿Limón? ¿Verbena? Un dejo agrio. El deshielo abre pequeños hilos de agua que luego serán grietas sobre todos los nombres. Y tu padre, y el padre de tu padre habrán visto sólo fracturas en la plegaria. Se escapa el recuerdo de la piel, quizás las uñas imaginen lo que han vivido, o el fondo de tu propio oído. El del vértigo. ¿Cuáles son las raíces que arraigan…? Sonidos que fueron palabras que fueron una amorosa declaración cualquier otoño. ¿A quién? ¿Cuándo? ¿Cuál es la punta del murmullo que encerraba el polvo? Mi voz trae arrastrando las voces del olvido. ¿…qué ramas crecen en estos escombros pétreos? Equipaje ligero si el viento soplara del este. O vacío. Hubo un invierno de silencios que pesa más que todo el resto de la carga. Y no hay aire. Sólo este tiempo helado. Silere.
Notas cada tanto

12 de abril de 2009

Desde siempre he sentido que los domingos en la tarde sólo hay lugar para la poesía. Una vez que hemos renunciado a meternos en algún centro comercial para ver cualquier película de las que las grandes cadenas de exhibición deciden que tenemos que ver, o cuando hemos terminado de secar el último plato de la extenuante comida familiar (¿quién las habrá inventado? Me entusiasman y me agotan por igual), cuando ya no se percibe ni el zumbido del partido de futbol que ha escuchado con devoción el portero del edificio, y el perro que tienen amarrado todo el fin de semana en la terraza que se ve desde mi ventana ha dejado de ladrar (y mi Lola ha dejado de responderle), sólo queda lugar para la poesía. No es cosa de ponerse melancólica - aunque algo de eso siempre hay - sino de sentarse cómodamente (de “repatingarse” en nuestro sillón favorito, como decía Italo Calvino en Si una noche de invierno un viajero; por lo menos en la traducción que leímos hace ya demasiado tiempo) con el mejor libro de poesía que se nos atraviese en el camino, y dejarnos llevar por las palabras (iba a escribir “por la música de las palabras”, pero me pareció terriblemente cursi).
En fin, que desde hace unos meses ando devota de José Ángel Valente, así que será entre sus páginas que pasaré mi tarde de domingo de esta semana que para parte de la humanidad fue “santa”, para otra parte fue el pretexto para unas siempre breves vacaciones, y para nosotros, los hijos de mi madre, fue semana de cumpleaños y duelos.
A pesar de las tristezas, fue también semana de libros y de sol, y las dos cosas son siempre agradecibles.
Y de amorosa compañía, y eso es mucho más agradecible aún.
Me tiro en el sillón rojo que Ulises, el gato de Mariana, ha decidido que es el mejor sitio para afilar sus ya de por sí afiladas garritas, y abro al azar el libro editado por Galaxia Gutenberg:

El amanecer es tu cuerpo y todo
lo demás todavía pertenece a la sombra.

Tus lentas oleadas fuerzan
la delgada membrana
del despertar.

Anuncias qué: no el día,
sino la quieta
duración del latido
en la sombra matriz.

Te anuncias,
proseguida y continua como
la duración.

Durar, como la noche dura,
como la noche es sólo sumergido cuerpo
de tu visible luz.