Algo sobre la FIL



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La poesía está reñida con todas las violencias


Rafael Cadenas al recibir el Premio FIL

http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61493.html


Al recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2009, el poeta y ensayista venezolano Rafael Cadenas disertó sobre la misión de la poesía en el mundo actual y frente a la violencia que se sufre en distintas latitudes. Dijo que la poesía está dentro y fuera de la historia y que se sitúa más allá de todo confinamiento ideológico. “Rechaza los fanatismos, ama la justicia pero quiere que no se acabe la libertad”, enfatizó el escritor.

Durante la inauguración de la 23 edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) donde le fue conferido el galardón, el llamado “Poeta del silencio”, afirmó que por su talante cordial, la poesía está reñida con todo tipo de violencia.

“Ya la ética no la seduce porque dejó de ser ingenua; hoy sabe lo que mueve a los héroes, sabe que ellos no desean verse, sabe que ignoran su sombra, pero éstas son sutilezas para nuestro mundo”, expresó.

El poeta le cedió también un espacio al pensador y al intelectual. Respaldado por su otra faceta, la de ensayista, Rafael Cadenas exhortó a los mexicanos a atender lo social y a cuidar su democracia aunque sea deficiente y casi nunca cabal. “Así evitarán que algún caudillo llegue al poder la destruya y se erija en dictador. La democracia es mejorable, la dictadura no. Aquella educa, ésta castra”.

¿Salva la poesía?

La ceremonia de inauguración estuvo presidida por Alonso Lujambio, Secretario de Educación Pública, acompañado por Antonio Villarraigosa, alcalde de Los Ángeles -invitada de la FIL-, Raúl Padilla, presidente de la Feria, y Consuelo Sáizar, presidenta de CONACULTA, quien le entregó el premio a Rafael Cadenas. Allí el poeta dijo que la misión de la poesía es ética.

El venezolano recordó que hace años en una lectura alguien le preguntó si la poesía podía salvar a la humanidad y él contestó que esa era una pregunta desmesurada, como para hacérsela a Dios o a Aristóteles y que más podría lograrlo la cultura, pero con apertura al misterio.

“Vivimos -dijo el escritor- dentro de la historia que es el ámbito donde se despliega a sus anchas la locura humana, la que se adquiere por normal, la del ego inflado que es el personaje tras la desventura actual”.

Yanet Aguilar Sosa / Enviada
Kiosko, El Universal
Domingo 29 de noviembre de 2009

El último profanador


Créase o no: Doctorado honoris causa a Fernando Vallejo en la Universidad Nacional de Colombia. ¡Bravo!


El último profanador
Alan Pauls

Creer o reventar, la Universidad Nacional de Colombia le otorgó un doctorado Honoris Causa a Fernando Vallejo (ex alumno de la casa de altos estudios), dando pie a una ceremonia ritual en la que el gran escritor reeditó su diatriba permanente e inalterable contra sus blancos favoritos: Colombia, el Papa, los pobres, las mujeres, el estado del idioma castellano. Y sin embargo, la visión de un Vallejo furioso no debería tomarse como un caso de desdoblamiento de un yo que puede ser tan amable y encantador con los animales. Se trata, quizá, del último artista con un profundo sentido de lo sagrado.


Hace unas semanas la Universidad Nacional de Colombia homenajeó a Fernando Vallejo concediéndole un doctorado honoris causa. Aspero ex alumno de la casa, el escritor se mantuvo fiel a su costumbre y aprovechó la pompa y la muchedumbre convocadas por la ceremonia para lanzar otra de las molotov con que revitaliza regularmente la relación que mantiene con su patria. “Un Papa colombiano es lo que falta”, recetó desde el púlpito. Carcajadas, aplausos. Vallejo –que cuando lee no soporta que lo interrumpan, ni siquiera para festejarlo– se apuró y hundió un poco más su puñal. “Pero ¿quién?”, se preguntó en voz alta. Silencio en el auditorio: saliva, temor y temblor. Y después, con un énfasis serio, crédulo, como de monólogo shakespeareano de kindergarten, él mismo se contestó: “¡Yo!”.

La candidatura no prosperó: el furor anticatólico de Vallejo es célebre, cien veces más célebre que los libros extraordinarios donde suele irrumpir, caprichoso como un latigazo obsceno. Pero dio paso a estrategias más accesibles y sin duda más eficaces: por ejemplo, sobornar al jefe de cónclaves del Vaticano para que voten por un Papa colombiano. Fue un gag, un pequeño exabrupto satírico, uno de esos números de terrorismo anti-patria de los que Vallejo suele jactarse en todo el mundo, pero que nunca ejecuta con tanta fruición –arrebatado por el mismo tenaz sadismo de víctima que Thomas Bernhard sufría y ponía en práctica con Austria– como cuando pisa el suelo de su país, del que se autoexilió hace cerca de treinta años.

Cualquiera puede seguir el discurso de Vallejo on line, aunque me temo que broadcasteada por YouTube su capacidad de perturbación se empobrece. Me tocó verlo en vivo en el Festival Hay de Cartagena, de pie, solito en el escenario abrumado del teatro Heredia, con 750 personas sentadas en el filo de sus butacas y otras 300 afuera, sin tickets, amenazando con tirar abajo las puertas del teatro si no las abrían, y debo decir que fue una experiencia. Habló contra la decadencia de Colombia, contra el Papa, contra la corrupción de la clase política colombiana, contra el narcotráfico, contra el Papa, contra la guerrilla, contra los viejos, contra el Papa, contra los Estados Unidos, contra el estado de la lengua en América latina, contra el Papa... Los temas eran apenas la agenda de cualquier sociedad latinoamericana en carne viva. El estilo que los encarnaba, en cambio, era todo.

En vivo, Vallejo no habla, no improvisa, no es un orador. Lee. Más que leer, en realidad, se adhiere con ojos y dientes a las páginas que escribió hasta que las termina, las extenúa, las vacía. La lectura pública es en él una variante de la posesión. Vallejo es lo que lee: un torrente aluvional, arrasador, sin puntos, ni comas, ni separación de párrafos, que vocifera con su voz opaca y el empecinamiento de un demente. Uno de esos diluvios bíblicos con los que a menudo termina sus novelas (La virgen de los sicarios, El desbarrancadero). Jamás mira al público. Ni siquiera parece registrarlo. Blasfema, experta en la imprecación, la injuria y el escarnio, sembrada de digresiones macabras à la Jonathan Swift, autor con el que comparte toda clase de distopías misantrópicas, la palabra de Vallejo es de algún modo como la de Dios –sobre quien escupe, desde luego– pero al revés, en versión subalterna, la versión del que no tiene nada que perder. Delirio de súbdito o de huérfano, es una palabra simple, directa, cruda, repetitiva: como los alegatos de las heroínas de tragedia griega, no tiene destinatario posible y está condenada a resonar, solitaria, entre las cuatro paredes del mundo.

En La desazón suprema, el retrato filmado que le hizo Luis Ospina en 2003, Vallejo aparece relajado y sonriente, de buen humor, como satisfecho, contestando preguntas con sensatez, celebrando un cumpleaños apacible y hasta husmeando con una dosis de enternecida nostalgia la casa familiar que en El desbarrancadero describe como una pesadilla o una tumba. Pero basta que una radio lo haga opinar sobre el político colombiano que propone secuestrar e incinerar la edición entera de La virgen de los sicarios para que el monstruo vomite sus llamaradas de ira.

¿Qué hay de sorprendente en ese contraste? Vallejo siempre ha sido el Increíble Hulk de la cultura latinoamericana. El desaforado que exalta el crimen en ficciones brutales y cultiva el hobby de llamar “hijoeputa” al presidente de Colombia es el mismo moralista de la lengua que debuta en las letras escribiendo una “gramática del lenguaje literario”, Logoi, inmenso archivo de citas, figuras y trucos retóricos excavados de la literatura occidental que recopiló, dice, “para aprender a escribir”, y cuya tesis borgeana establece que ya todo está escrito, que la literatura es ready-made, que la originalidad no existe y por lo tanto cualquiera puede ser escritor. La bestia que aboga por la muerte de los pobres y abomina de la reproducción de la especie es el mismo biólogo que alguna vez redacta un ensayo refutando a Darwin, el amante del reino animal que dona los 100 mil dólares del premio Rómulo Gallegos a la Sociedad Protectora de Animales de Venezuela y el amo derretido de amor que le cepilla los dientes a su perra ante la cámara de Ospina.

No hay dos Vallejo: hay uno, y es ése que desde hace un cuarto de siglo hace todo lo que hace y escribe todo lo que escribe en su propio nombre, diciendo yo, haciendo del yo, a la vez, el altar y el infierno donde se goza de lo que se aborrece: el paraíso de la abyección. Vallejo es lo que alguna vez mereció un nombre elevado y maldito: un profanador. Es decir: un hombre –quizás el último– con un altísimo sentido de lo sagrado.

En Radar libros, 8 de noviembre de 2009
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3602-2009-11-15.html

Vínculo


Acabo de terminar de leer la novela Vínculo de Isabel Fonseca. Me gustó muchísimo. Es un texto inteligente, irónico, denso, que pone en escena la relación entre la fidelidad y la infidelidad. Las traiciones. El desgaste en los matrimonios. Habla también de la muerte, del paso del tiempo, del cuerpo. Sobre todo: del cuerpo. Del cuerpo gozoso, del cuerpo del placer, y - claro - de la otra cara de la moneda: del cuerpo enfermo, del cuerpo envejecido.
El título en inglés es Attachment que alude, a la vez, a fuertes lazos familiares o afectivos, y a los archivos adjuntos que pueden acompañar un mensaje de correo electrónico. Los dos sentidos tienen un papel fuerte en el texto. Pero ¡no les cuento más! Les aseguro que se van a enganchar desde las primeras páginas.
Vale la pena leer la nota que salió en El País hace unas semanas (12-09-2009): http://www.elpais.com/articulo/semana/Estados/Unidos/adoran/exito/Inglaterra/odian/elpepuculbab/20090912elpbabese_8/Tes
Ahí mismo viene un pdf con el comienzo de la novela.

Un dato más: Isabel Fonseca es hija del escultor uruguayo Gonzalo Fonseca y esposa de Martin Amis.

Algunos de los libros que me han acompañado esta semana

6 de noviembre de 2009

Maus, de Art Spiegelman. Memoria y literatura una vez más. Uno de los mejores libros que se han escrito sobre el nazismo y sus consecuencias. Y quizás uno de los más entrañables. ¿Qué lo hace diferente? Que se trata de un cómic. (Hablaré de esta maravillosa obra el domingo 8 de noviembre en W Radio http://www.wradio.com.mx/)



El mar, de John Banville. El duelo y la memoria del personaje principal, también narrador de este conmovedor relato, me han acompañado durante la semana (ida y vuelta MEX-GDL-MEX, como decía el boleto de avión de la FIL) y aún no puedo ni quiero desprenderme de su voz. Dicen por ahí que la de Banville es la mejor prosa en lengua inglesa.
Con qué ferocidad sopla hoy el viento, golpeando con sus grandes puños suaves e inútiles los cristales de la ventana. Es la clase tiempo otoñal, tempestuoso y despejado, que siempre me ha encantado. El otoño me parece estimulante, al igual que se supone que la primavera lo es para los demás. El otoño es época de trabajar, en eso coincido con Pushkin.



La muerte me da, de Cristina Rivera Garza. Me ha acompañado, por supuesto, como nueva ganadora del Premio Sor Juana. Gran novela. Inteligente, valiente, compleja, sensible. La presencia constante de Alejandra Pizarnik, la exploración del propio ejercicio de escritura, la presencia del cuerpo, le dan una muy interesante dimensión de profundidad a este thriller poco común.



Y un homenaje a Claude Levi-Strauss. ¡Salud Maestro!