Marguerite Yourcenar


Cuentos orientales

http://www.inabima.org/BibliotecaInabima2/Y/Yourcenar,%20Marguerite/Yourcenar,%20Marguerite%20-%20Cuentos%20orientales.pdf

Pequeño homenaje a Alaíde Foppa a través de sus poemas


(Ésta es la versión completa del artículo publicado hoy en El Universal: http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/51020.html)


Un lento silencio
viene desde lejos
y lentamente
me penetra.
Cuando me habite
del todo,
cuando callen
las otras voces
cuando yo sea sólo
una isla silenciosa
tal vez escuche
la palabra esperada.


Hace diez años, cuando conmemorábamos veinte de la desaparición de Alaíde, recibí una de esas llamadas que el destino cruza en nuestro camino y lo transforma. Era de mi amiga Lucero González invitándome a hacer un artículo que recuperara fotografías y recuerdos, que recordara voces y palabras de la intelectual, activista, traductora, poeta y profesora, desaparecida a manos de la dictadura guatemalteca. Fuimos entonces a casa de Laura, a revisar viejos álbumes, a escuchar anécdotas familiares, a desgranar juntas la melancolía de las ausencias.
No sé si el artículo que entonces armamos para el volumen 22 de Debate feminista da cuenta de la fascinación que a partir de ese momento me ató a esta mujer comprometida, risueña, brillante y amorosa; una mujer que hasta antes del encuentro con Laura y Mariana, su hija y una de sus nietas, había sido para mí solamente unos pasos veloces corriendo al salón en que daba clases en la Facultad de Filosofía y Letras, los comentarios de quienes ya habían tomado alguno de sus cursos, y después el dolor y la impotencia de todos al saber de su desaparición. Figura terrible la del “desaparecido” que ya entonces me resultaba a la vez familiar e incomprensible. El no tener un lugar donde esté enterrado nuestro muerto querido, no saber dónde ir a recordarlo o a dejarle flores, es arrancarle a alguien el derecho a su propia muerte, y a quienes nos quedamos de este lado, la posibilidad de cumplir uno de los mínimos rituales de la memoria que nos hacen quienes somos.
La muerte anónima es la consumación del despojo de identidad que se proponen los aparatos represivos; despojo que busca hacer desaparecer el cuerpo y la biografía de cada uno de los seres que entra al infierno. "Porque el crimen radica no sólo en la vejación de los cuerpos, en su aniquilación física, sino, más perverso aún, en dejar a un ser humano sin su propia muerte, en despojarlo de aquello que lo devuelve, paradójicamente, a su condición..." de ser humano". (Forster p.39)
Alaíde salió una mañana en la ciudad de Guatemala hace 30 años. Dicen que, tal vez, fuera al mercado. Dicen que hacía frío esa mañana del 19 de diciembre de 1980. Dicen que murió al tercer día. Torturada. Tenía 67 años.
Lo cierto es que Alaíde es una desaparecida desde hace 30 años. Una más en tierra de violencias y dolores. Una más. La nuestra. Su cuerpo no apareció en las fosas comunes; su figura elegante, esbelta, inquieta nunca fue huesos queridos para que sus hijos acaricien y entierren bajo alguno de los árboles que tanto le gustaban. Por eso es más fuerte el peso de la memoria: porque es nuestro espacio del reencuentro, el que nos habla de su voz y del brillo de sus ojos. Ésos a los que ella les había cantado en Elogio de mi cuerpo, diciendo:

Mínimos lagos tranquilos
donde tiembla la chispa
de mis pupilas
y cabe todo
el esplendor del día.
Límpidos espejos
que enciende la alegría
de los colores.
Ventanas abiertas
ante el lento paisaje
del tiempo.
Lagos de lágrimas nutridos
y de remotos naufragios.
Nocturnos lagos dormidos
habitados por los sueños,
aún fulgurantes
bajo los párpados cerrados.

“Guatemala fue uno de los primeros países en el que la desaparición forzada fue utilizada como herramienta de terror contra la población civil. Cuarenta y cinco mil personas fueron detenidas-desaparecidas en las décadas del conflicto armado. Sus familias los siguen buscando; sólo algunos han aparecido en fosas comunes.”

No sé de dónde viene
el viento que me lleva,
el suspiro que me consuela,
el aire que acompasadamente
mueve mi pecho
y alienta
mi invisible vuelo.
Yo soy apenas
la planta que se estremece
por la brisa,
el sumiso instrumento,
la grácil flauta
que resuena
por un soplo de viento.

Pero ¿qué lenguaje dará cuenta de la tensión entre memoria y olvido, entre el afán de preservar el recuerdo y los intentos de tantos y tantos por borrarlo? Nada más fácil en esta época que apretar la tecla “delete”, para que no quede rastro, para que la historia no nos cuestione ni duela, para que no quede huella que no y que no, como canta Bronco. Si “amnesia” y “amnistía” tienen un origen compartido, rescatar la memoria de su posible caída en el agujero negro del olvido es un gesto a la vez ético y político. “¿Es posible – se pregunta Yosef Yerushalmi – que el antónimo de el olvido no sea la memoria sino la justicia?
Y por la memoria y por la justicia estamos hoy aquí recordando a Alaíde, conversando con ella (que es lo que uno hace cuando lee poesía), preguntándole por el horror de tantos años de ausencia; contra los traficantes de olvido y las afiladas uñas de la tortura. Para contarle que la encontramos en los jardines umbrosos (porque era mujer de sombras que refrescan y sugieren, proponen, seducen, como lo dice Tanizaki), en los ojos brillantes de su nieta, en las marchas con otras del brazo, en las complicidades con aquellas que la quisieron y aún la quieren, claro. Y, sobre todo, en cada uno de las palabras que escribió; tal vez las encontrara en la cama como recuerda Elena Poniatowska en tantos textos entrañables, desgarrada porque hacía versos olvidando – como dice el tango – “que la vida es sólo prosa dolorida que va ahogando lo mejor y abriendo heridas”.
Ay, tampoco suena
ni sube
el nocturno canto
hacia el cielo lejano.
Es una voz sorda
que se ahoga en la garganta,
es un grito callado.
Y si sube,
no es un vuelo
en la noche muda,
es sólo una nube de humo
que se pierde en la sombra.

¿Pero quién era Alaíde? Así lo contaba ella misma y hablaba de su vínculo con América Latina:

"... Nací en Barcelona, Mi padre era argentino y mi madre guatemalteca. Viví poco en Argentina y después en Italia. Mi padre estaba en el servicio exterior. En Italia hice mis estudios hasta secundaria. Fui a Bélgica a cursar el bachillerato y de ahí regresé a Roma donde estudié letras e historia del arte. Mis primeros acercamientos al arte y a la literatura fueron en Italia. Escribí mis primeros poemas en italiano. Mis vinculaciones con América Latina eran muy tenues, por mi formación europea. Guatemala fue el encuentro con la realidad latinoamericana. En ese tiempo, el país estaba desgarrado. Llegué en vísperas de la revolución democrática de 1944; viví en pocos meses ese estado de angustia y opresión que ahora se ha renovado y está cada vez peor. Fue la primera vez que sentí a la gente, el miedo, la angustia, la enorme injusticia social, la pobreza, la explotación del indio. Para mí fue impactante. Comprendí que de alguna manera yo tenía que participar de todo aquello...
Aunque había vivido la segunda guerra en Europa, como extranjera no podía participar. Como mi padre era diplomático, me decía siempre: ‘¡tú no te metas!’.
Habiendo vivido los últimos años del fascismo entre amigos antifascistas, nunca había podido expresarme, mucho menos manifestar mis simpatías en alguna forma. En Guatemala fue diferente. Estuve ahí el 20 de octubre de 1944 cuando estalló la revuelta popular democrática. Hubo bombazos. Oía pasar las balas muy cerca, cosa que no había vivido en Europa. Esta vez no quise quedarme al margen. Fui a ofrecer mis servicios al hospital y la primera noche me la pasé metiendo enfermos debajo de las camas porque bombardearon el edificio. Ahí vi los primeros muertos de mi vida. Comprendí qué tan alejada había vivido de la realidad latinoamericana..."

Y comienza entonces, junto con su marido y después con sus hijos, el fuerte compromiso con este continente marcado por la desigualdad y la violencia. Primero en Guatemala y luego desde México. Compromiso que sellaría con un pacto de sangre. Esa sangre que se llevó a Juan Pablo sumiéndola en la oscuridad del dolor más desgarrador. Y Alaíde fue entonces Hécuba; fuego herido de muerte. Ella que había escrito “Propiciatoria”, el hermoso poema de la maternidad, fue llanto de ceniza: Señor aparta de mi lado las cosas que me hieren:
Lenta y plácida
sea la vida que corre por mis venas,
largos sueños y dulces despertares
me asistan,
escuchen mis oídos voces quedas,
mientras crece en secreto
la criatura.
¡Ay, que el llanto no empañe mi pupila!
Que por furtivo anhelo
no tiemblen mis pestañas,
ni perturbantes fantasmas me llamen,
mientras vive en mi seno
la criatura.
¿Cómo puedo estar triste
si la rama florece?
No empañe su mirada,
antes que se abra,
el velo de mis lágrimas.
El alma no me pertenece.
Mañana,
desprendida de mí
la criatura,
irá libre y ligero
mi imprudente paso,
y sin temores,
podré dejarme lastimar de nuevo.
Pero hoy, Señor,
aparta de mi lado
las cosas que me hieren:
tiende un camino de arena fina
bajo mi pie cansado,
defiende mi soledad tranquila
y pon sobre mi frente
una corona matinal
de pensamientos claros.


Quisiera poder hablar, como la mayor parte de quienes están aquí, de mi cercana relación con Alaíde, de cómo la conocí, de las confesiones que compartimos, de las complicidades que nos unieron a lo largo de los años. Pero soy sólo alguien que busca entre las palabras los vestigios de su paso, las huellas que han quedado en los versos que como murmullos me envuelven algunas madrugadas.
Este cielo nublado
de tempestad oculta
y lluvia presentida
me pesa;
este aire denso y quieto,
que ni siquiera mueve
la hoja leve
del jazmín florecido,
me ahoga;
esta espera
de algo que no llega
me cansa.
Quisiera estar lejos,
donde nadie
me conociera:
nueva
como la yerba fresca,
ligera,
sin el peso
de los días muertos
y libre
ir por caminos ignorados
hacia un cielo abierto.

Alaíde era la mujer del destierro, aunque les contara siempre riéndose a sus hijos que había cambiado de casa más de 50 veces en la vida. Aunque fuera feliz en ese hogar de árboles altos y tierra siempre húmeda. Tenía a pesar de todo la herida del naufragio, del que no ha encontrado dónde hacer que crezcan sus raíces:

Mi vida
es un destierro sin retorno.
No tuvo casa
mi errante infancia perdida,
no tiene tierra
mi destierro.
Mi vida navegó
en nave de nostalgia.
Viví a orillas del mar
mirando el horizonte:
hacia mi casa ignorada
pensaba zarpar un día,
y el presentido viaje
me dejó en otro puerto de partida.
¿Es el amor, acaso,
mi última rada?
Oh brazos que me hicieron prisionera,
sin darme abrigo…
También del cruel abrazo
quise escaparme.
Oh huyentes brazos,
que en vano buscaron mis manos…
Incesante fuga
y anhelo incesante
el amor no es puerto seguro.
Ya no hay tierra prometida
para mi esperanza.

En sus libros: La Sin Ventura, Los dedos de mi mano, Aunque es de noche, Guirnalda de Primavera, Elogio de mi cuerpo, y el último, publicado poco antes de su secuestro, Las palabras y el tiempo, busca, como poeta que era, en las palabras el espacio de pertenencia, allí donde mirarse y reconocer su propio rostro. El prólogo de su amiga Luz Méndez de la Vega a la antología publicada (por la editorial Artemis-Edinter) en el año 2000 en Guatemala, es uno de los pocos estudios que existen sobre la poesía de Alaíde Foppa. ¿Por qué? Tal vez el papel de militante feminista, fundadora de la revista Fem, creadora de la Cátedra de Estudios de la Mujer en la UNAM, etc. etc. opacó uno de sus oficios realizados en la mayor intimidad. Quizás nunca más en carne viva que en un poema, quizás nunca más sola que en las palabras:

Ella se siente a veces
como cosa olvidada
en el rincón oscuro de la casa
como fruto devorado adentro
por los pájaros rapaces,
como sombra sin rostro y sin peso.
Su presencia es apenas
vibración leve
en el aire inmóvil.
Siente que la traspasan las miradas
y que se vuelve niebla
entre los torpes brazos
que intentan circundarla.
Quisiera ser siquiera
una naranja jugosa
en la mano de un niño
-no corteza vacía-
una imagen que brilla en el espejo
-no sombra que se esfuma-
y una voz clara
-no pesado silencio-
alguna vez escuchada

Propongo que recordemos a Alaíde, a 30 años de su desaparición, con una nueva antología de sus textos poéticos. Porque bien lo sabía ella, traductora de Paul Eluard o de Michelangelo Buonarotti, es allí, en sus palabras donde esta el rostro más auténtico y entrañable de los poetas.

Dices que es tarde,
¿para qué?
El tiempo
no lo mide el sol
ni se lo lleva el viento.
Mira cómo lo gastan
tus manos
sin darse cuenta.

Nunca será tarde para encontrar a Alaíde en las páginas de sus libros. ¿Tarde para qué? El tiempo no lo mide el sol ni se lo lleva el viento.
Permítanme cerrar con esta Oración de Alaide Foppa
Dame, señor
un silencio profundo
y un denso velo
sobre la mirada.
Así seré un mundo
cerrado:
una isla oscura;
cavaré en mí misma dolorosamente
como en tierra dura
Y cuando me haya desangrado
ágil y clara será mi vida
Entonces, como río sonoro y transparente,
fluirá libremente
el canto encarcelado.

Libertad bajo palabra


Para recordar los 20 años del Nobel a Octavio Paz, uno de mis textos favoritos: "Libertad bajo palabra"


Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Donde empieza el silencio. Avanzo lentamente y pueblo la noche de estrellas, de palabras, de la respiración de un agua remota que me espera donde comienza el alba.

Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. Sostengo al árbol, a la nube, a la roca, al mar, presentimiento de dicha, invenciones que desfallecen y vacilan frente a la luz que disgrega.

Y luego la sierra árida, el caserío de adobe, la minuciosa realidad de un charco y un pirú estólido, de unos niños idiotas que me apedrean, de un pueblo rencoroso que me señala. Invento el terror, la esperanza, el mediodía -- padre de los delirios solares, de las falacias espejeantes, de las mujeres que castran a sus amantes de una hora.

Invento la quemadura y el aullido, la masturbación en las letrinas, las visiones en el muladar, la prisión, el piojo y el chancro, la pelea por la sopa, la delación, los animales viscosos, los contactos innobles, los interrogatorios nocturnos, el examen de conciencia, el juez, la víctima, el testigo. Tú eres esos tres. ¿A quién apelar ahora y con qué argucias destruir al que te acusa? Inútiles los memoriales, los ayes y los alegatos. Inútil tocar a puertas condenadas. No hay puertas, hay espejos. Inútil cerrar los ojos o volver entre los hombres: esta lucidez ya no me abandona. Romperé los espejos, haré trizas mi imagen, que cada mañana rehace piadosamente mi cómplice, mi delator. La soledad de la conciencia y la conciencia de la soledad, el día a pan y agua, la noche sin agua. Sequía, campo arrasado por un sol sin párpados, ojo atroz, oh conciencia, presente puro donde pasado y porvenir arden sin fulgor ni esperanza. Todo desemboca en esta eternidad que no desemboca.

Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.

Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día.


OCTAVIO PAZ

El abuelo


"El abuelo" es el cuento de Mario Vargas Llosa que prometimos en "En busca del cuento perdido", 13 de diciembre de 2010. Se publicó en Los jefes en 1958

http://foro.univision.com/t5/Literatura/quot-El-Abuelo-quot-Mario-Vargas-Llosa-Cuento/m-p/223765689

Cada vez que crujía una ramita, o croaba una rana, o vibraban los vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, el viejecito saltaba con agilidad de su asiento improvisado, que era una piedra chata, y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a la pérgola, veía en cambio las luces de la araña encendida hacía rato, y bajo ellas sombras imprecisas que se deslizaban de un lado a otro, con las cortinas, lentamente. Había sido corto de vista desde joven, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si ya cenaban o si aquellas sombras inquietas provenían de los árboles más altos.

Regresó a su asiento y esperó. La noche pasada había llovido y la tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos pululaban, y los manoteos desesperados de don Eulogio en torno del rostro, no conseguían evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus párpados, llegaban cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El entusiasmo y la excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante el día habían decaido y sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Le molestaba la oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la imagen, persistente, humillante, de alguien, quizá la cocinera o el mayordomo, que de pronto lo sorprendía en su escondrijo. "¿Qué hace usted en la huerta a estas horas, don Eulogio?" Y vendrían su hijo y su hija política, convencidos de que estaba loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre los macizos de crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero que llegaba a la puerta falsa esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, al recordar haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta, con el pestillo corrido, y que en unos segundos podía escurrirse hacía la calle sin ser visto.

"¿Y si hubiera venido ya?", pensó, intranquilo. Porque hubo un instante, a los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente a su casa por la entrada casi olvidada de la huerta, en que perdió la noción del tiempo y permaneció como dormido. Sólo reaccionó cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se desprendió de sus manos y le golpeó el muslo. Pero era imposible. El niño no podía haber cruzado la huerta todavía, porque sus pasos asustados lo hubieran despertado, o el pequeño, al distinguir a su abuelo, encogido y dormitando justamente al borde del sendero que debía conducirlo a la cocina, habría gritado.

Esta reflexión lo animó. El soplido del viento era menos fuerte, su cuerpo se adaptaba al ambiente, había dejado de temblar. Tentando los bolsillos de su saco, encontró el cuerpo duro y cilindrico de la vela que compró esa tarde en el almacén de la esquina. Regocijado, el viejecito sonrió en la penumbra: rememoraba el gesto de sorpresa de la vendedora. El había permanecido muy serio, taconeando con elegancia, batiendo levemente y en circulo su largo bastón enchapado en metal, mientras la mujer pasaba bajo sus ojos, cirios y velas de diversos tamaños. "Esta", dijo él, con un ademán rápido que quería significar molestia por el quehacer desagradable que cumplía. La vendedora insistió en envolverla pero don Eulogio no aceptó y abandonó la tienda con premura. El resto de la tarde estuvo en el Club Nacional, encerrado en el pequeño salón del rocambor donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las precauciones para evitar la solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego, cómodamente hundido en el confortable de insólito color escarlata, abrió el maletín que traía consigo y extrajo el precioso paquete. La tenia envuelta en su hermosa bufanda de seda blanca, precisamente la que llevaba puesta la tarde del hallazgo.

A la hora más cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi, indicando al chofer que circulara por las afueras de la ciudad; corría una deliciosa brisa tibia, y la visión entre grisácea y rojiza del cielo seria más enigmática en medio del campo. Mientras el automóvil flotaba con suavidad por el asfalto, los ojitos vivaces del anciano, única señal ágil en su rostro fláccido, descolgado en bolsas, iban deslizándose distraidamente sobre el borde del canal paralelo a la carretera, cuando de pronto lo divisó.

-"¡Deténgase!" -dijo, pero el chofer no le oyó-. "¡Deténgase! ¡Pare!".

Cuando el auto se detuvo y en retroceso llegó al montículo de piedras, don Eulogio comprobó que se trataba, efectivamente, de una calavera. Teniéndola entre las manos, olvidó la brisa y el paisaje, y estudió minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura, terca y hostil forma impenetrable, despojada de carne y de piel, sin nariz, sin ojos, sin lengua. Era pequeña, y se sintió inclinado a creer que era de niño. Estaba sucia, polvorienta, y hería su cráneo pelado una abertura del tamaño de una moneda, con los bordes astillados. El orificio de la nariz era un perfecto triángulo, separado de la boca por un puente delgado y menos amarillo que el mentón. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas vacías, cubriendo el cráneo con la mano en forma de bonete, o hundiendo su puño por la cavidad baja, hasta tenerlo apoyado en el interior entonces, sacando un nudillo por el triángulo, y otro por la boca a manera de una larga e incisiva lengueta, imprimía a su mano movimientos sucesivos, y se divertía enormemente imaginando que aquello estaba vivo.
Dos días la tuvo oculta en un cajón de la cómoda abultando el maletín de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde siguiente a la del encuentro permaneció en su habitación, paseando nerviosamente entre los muebles opulentos de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza; se diría que examinaba con devoción profunda y algo de pavor, los dibujos sangrientos y mágicos del circulo central de la alfombra, pero ni siquiera los veía. Al principio, estuvo indeciso, preocupado; podían sobrevenir complicaciones de familia, tal vez se reirían de él. Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseo de llorar. A partir de ese instante, el proyecto se apartó sólo una vez de su mente: fue cuando de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de agujeros, y recordó que en una época aquella casita de madera con innumerables puertas no estaba vacía, sin vida, sino habitada por animalitos grises y blancos que picoteaban con insistencia cruzando la madera de surcos y que a veces revoloteaban sobre los árboles y las flores de la huerta. Pensó con nostalgia en lo débiles y cariñosos que eran: confiadamente venían a posarse en su mano, donde siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión entornaban los ojos y los sacudía un brevísimo temblor. Luego no pensó más en ello. Cuando el mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenia decidido. Esa noche durmió bien. A la mañana siguiente olvidó haber soñado que una perversa fila de grandes hormigas rojas invadía súbitamente el palomar y causaba desasosiego entre los animalitos, mientras él, desde su ventana, observaba la escena con un catalejo.

Había imaginado que limpiar la calavera sería algo muy rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que había creído polvo y era tal vez excremento por su aliento picante, se mantenía soldado a las paredes internas y brillaba como una mina de metal en la parte posterior del cráneo. A medida que la seda blanca de la bufanda se cubría de lamparones grises, sin que desapareciera la capa de suciedad, iba creciendo la excitación de don Eulogio. En un momento, indignado, arrojó la calavera, pero antes que ésta dejara de rodar, se había arrepentido y estaba fuera de su asiento, gateando por el suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaución. Supuso entonces que la limpieza seria posible utilizando alguna sustancia grasienta. Por teléfono encargó a la cocina una lata de aceite y esperó en la puerta al mozo a quien arrancó con violencia la lata de las manos, sin prestar atención a la mirada inquieta con que aquél intentó recorrer la habitación por sobre su hombro. Lleno de zozobra empapó la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, después acelerando el ritmo, raspó hasta exasperarse. Pronto comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz; una tenue lluvia de polvo cayó a sus pies, y él ni siquiera notaba que el aceite iba humedeciendo también el filo de sus puños y la manga de su saco. De pronto, puesto de pie de un brinco, admiró la calavera que sostenía sobre su cabeza, limpia, resplandeciente, inmóvil, con unos puntitos como de sudor sobre la ondulante superficie de los pómulos. La envolvió de nuevo, amorosamente; cerró su maletín y salió del Club Nacional. El automóvil que ocupó en la Plaza San Martín lo dejó a la espalda de su casa, en Orrantia. Había anochecido. En la fría semioscuridad de la calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta estuviese clausurada. Enervado, estiró su brazo y dio un respingo de felicidad al notar que giraba la manija y la puerta cedía con un corto chirrido.

En ese momento escuchó voces en la pérgola. Estaba tan ensimismado, que incluso había olvidado el motivo de ese trajín febril. Las voces, el movimiento fueron tan imprevistos que su corazón parecía el balón de oxigeno conectado a un moribundo. Su primer impulso fue agacharse, pero lo hizo con torpeza, resbaló de la piedra y cayó de bruces. Sintió un dolor agudo en la frente y en la boca un sabor desagradable de tierra mojada, pero no hizo ningún esfuerzo por incorporarse y continuó allí, medio sepultado por las hierbas, respirando fatigosamente, temblando. En la caída había tenido tiempo de elevar la mano que conservaba la calavera de modo que ésta se mantuvo en el aire, a escasos centímetros del suelo, todavía limpia.

La pérgola estaba a unos veinte metros de su escondite, y don Eulogio oía las voces como un delicado murmullo, sin distinguir lo que decían. Se incorporó trabajosamente. Espiando, vio entonces en medio del arco de los grandes manzanos cuyas raíces tocaban el zócalo del comedor, una silueta clara y esbelta y comprendió que era su hijo. Junto a él había otra, más nítida y pequeña, reclinada con cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus ojos trató angustiosamente, pero en vano, de divisar al niño. Entonces lo oyó reír: una risa cristalina de niño, espontánea, integral, que cruzaba el jardín como un animalito. No esperó más; extrajo la vela de su saco, a tientas juntó ramas, terrones y piedrecitas y trabajó rápidamente hasta asegurar la vela sobre las piedras y colocar a ésta, como un obstáculo, en medio del sendero. Luego, con extrema delicadeza para evitar que la vela perdiera el equilibrio, colocó encima la calavera. Presa de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo cuerpo aceitado, se alegró: la medida era justa, por el orificio del cráneo asomaba el puntito blanco de la vela, como un nardo. No pudo continuar observando. El padre había elevado la voz y, aunque sus palabras eran todavía incomprensibles, supo que se dirigía al niño. Hubo como un cambio de palabras entre las tres personas: la voz gruesa del padre, cada vez más enérgica, el rumor melodioso de la mujer, los cortos grititos destemplados del nieto. El ruido cesó de pronto. El silencio fue brevísimo; lo fulminó el nieto, chillando: "Pero conste: hoy acaba el castigo. Dijiste siete días y hoy se acaba. Mañana ya no voy". Con las últimas palabras escuchó pasos precipitados.

¿Venia corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio venció el ahogo que lo estrangulaba y concluyó su plan. El primer fósforo dio sólo un fugaz hilito azul. El segundo prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin sentir dolor, lo mantuvo junto a la calavera, aun segundos después de que la vela estuviera encendida. Dudaba, porque lo que veía no era exactamente lo que había imaginado, cuando una llamarada súbita creció entre sus manos con brusco crujido, como de un pisotón en la hojarasca, y entonces quedó la calavera iluminada del todo, echando fuego por las cuencas, por el cráneo, por la nariz y por la boca. "Se ha prendido toda", exclamó maravillado. Había quedado inmóvil y repetía como un disco "fue el aceite, fue el aceite", estupefacto, embrujado ante la fascinante calavera enrollada por las llamas.

Justamente en ese instante escuchó el grito. Un grito salvaje, un alarido de animal atravesado por muchisimos venablos. El niño estaba ante él, las manos alargadas, los dedos crispados. Lívido, estremecido, tenia los ojos y la boca muy abiertos y estaba ahora mudo y rígido pero su garganta, independientemente, hacía unos extraños ruidos roncos. "Me ha visto, me ha visto", se decía don Eulogio, con pánico. Pero al mirarlo supo de inmediato que no lo había visto, que su nieto no podía ver otra cosa que aquella cabeza llameante. Sus ojos estaban inmovilizados con un terror profundo y eterno retratado en ellos. Todo había sido simultáneo: la llamarada, el aullido, la visión de esa figura de pantalón corto súbitamente poseída de terror. Pensaba entusiasmado que los hechos habían sido más perfectos incluso que su plan, cuando sintió voces y pasos que venian y entonces, ya sin cuidarse del ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero, destrozando con sus pisadas los macizos de crisantemos y rosales que entreveía a medida que lo alcanzaban los reflejos de la llama, cruzó el espacio que lo separaba de la puerta. La atravesó junto con el grito de la mujer, estruendoso también, pero menos sincero que el de su nieto. No se detuvo, no volvió la cabeza. En la calle, un viento frío hendió su frente y sus escasos cabellos, pero no lo notó y siguió caminando, despacio, rozando con el hombro el muro de la huerta sonriendo satisfecho, respirando mejor, más tranquilo.

La mañana siguiente Cesare Pavese no pidió el desayuno


Buscando material sobre Cesare Pavese, encontré este poema de Juan Luis Panero:

Solo bajó del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró en el hotel vacío,
abrió su solitaria habitación
y escuchó con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
-por vez primera había afirmado su existencia-
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después -una extraña sonrisa dibujaba sus labios-
se anunció a sí mismo, tercamente,
la única certidumbre que al fin había adquirido:
jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.


En "Los trucos de la muerte" 1975

Darío Jaramillo


Tal como lo prometimos en el programa del 6 de diciembre de "En busca del cuento perdido", nos acercamos a la obra del poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo.

Selección de poemas: http://amediavoz.com/jaramilloDario.htm


De Poemas de amor 1986

1. Ese otro que también me habita,
acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos,
ese otro a quien temo e ignoro, felino o ángel,
ese otro que está solo siempre que estoy solo, ave o demonio
esa sombra de piedra que ha crecido en mi adentro y en mi afuera,
eco o palabra, esa voz que responde cuando me preguntan algo,
el dueño de mi embrollo, el pesimista y el melancólico y el
inmotivadamente alegre,
ese otro,
también te ama.

"Una lista me manda a hacer Violante" Diez libros indispensables en mi vida


Publicado en SP Revista de Libros en la FIL, diciembre de 2010, gracias a la invitación de la Editorial Sexto Piso

“Una lista me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal aprieto”, debería escribir yo, parafraseando a Lope de Vega. Pocas cosas me provocan tanta ansiedad como estas decisiones en gran medida azarosas, en gran medida arbitrarias, que pueden dejar fuera tantos textos queridos. Los famosos libros que nos acompañarían en una isla desierta. ¿Incluyo a Sebald y dejo fuera a Thomas Mann? ¿A Sarmiento en lugar de a Borges, cuando en realidad fue por él que lo descubrí? ¿Y a Simone de Beauvoir? ¿Me “marcó” más o menos que la Woolf? ¿Ningún ruso? ¿Y los griegos? ¿Mi subrayadísima Odisea? ¿Antígona y todas sus relecturas? ¿Ni un solo italiano? ¿Justo ahora que Pavese me ha estado acompañando mientras me adentro en no sé qué nueva historia? ¿Y los españoles? ¿Dejaré fuera a Javier Marías y su Mañana en la batalla piensa en mí, al Semprún de La escritura o la vida? ¿A la poesía del 27 que leo y releo? ¿Dónde pongo a Philip Roth, a Amos Oz, a mi querida Siri Hustvedt? ¿Y de América Latina? ¿Sólo argentinos y mexicanos? ¿Y los demás? ¿Dónde dejo mi deslumbramiento y confusión al leer “El zorro de arriba y el zorro de abajo” de José María Arguedas? ¿Y a Onetti no puedo mencionarlo ya? Mi padre me descubrió “Bienvenido Bob” y desde entonces es uno de mis cuentos favoritos. ¿Cómo se condensan cincuenta años de vida en 10 títulos?
Pero acepté las reglas del juego, aun a riesgo de enloquecer en el intento. Así que, aquí van algunos de los textos que se han vuelto mis “clásicos”. Es decir que siempre vuelvo a ellos: los hojeo y ojeo, como si fueran talismanes, los abro en cualquier página, sobre todo cuando estoy escribiendo, los tengo a la vista en la biblioteca, y soy capaz de recitar de memoria algunos de sus fragmentos.

1) El libro del desasosiego – Fernando Pessoa
Es uno de los libros que más me ha deslumbrado, y me sigue deslumbrando a lo largo de los años. Por los quiebres que separan un fragmento de otro nos asomamos al abismo: la identidad, el lenguaje, la realidad, hechos trizas en el fondo nos atraen y la palabra poética es allí un puro vértigo.

2) Memorias de Adriano – Marguerite Yourcenar
Una prosa densa que nos va envolviendo; una historia en la que el deseo y el lenguaje van entretejiéndose de manera magistral. Uno de esos libros que una no quisiera que se terminaran nunca. Fue mi primer encuentro con Yourcenar; a partir de ese momento me volví lectora devotísima. Con los años la pasión por las Memorias… compite con la pasión por Fuegos, un libro al que vuelvo una y otra vez. Y con el descubrimiento del Antinoo de Pessoa con el cual Adriano dialoga.

3) El libro de las preguntas – Edmond Jabés
Me doy cuenta de que cada uno de los libros elegidos me enseña un modo diferente de aproximarme a la literatura. Con Jabés conocí la libertad de los márgenes y la mirada sesgada. Y quizás también la inutilidad que muchas veces significa la división por géneros. Aprendí a reconocer el deseo de silencio que nos lleva al desierto. No es poca cosa en el mundo del ruido prepotente y el vaciamiento del lenguaje en el que vivimos cotidianamente. Libros como éste son un bálsamo al que me aferro cualquier tarde de domingo ante el miedo al naufragio.

4) Rayuela – Julio Cortázar
Rayuela fue un clásico de mi adolescencia, y luego lo fue de la adolescencia de mi hija. Por eso me resulta aún más entrañable. Sin saberlo, mientras lo leía por primera vez me estaba convirtiendo yo misma en alguien que caminaría sobre el tablón entre “el mundo de acá” y “el mundo de allá”. La búsqueda del propio rostro en las calles de cualquier ciudad que emprenden Cortázar y sus personajes va de lo lúdico a lo reflexivo, de lo mágico a lo metafísico, llevándonos tras ellos como en el desfile de un viejo circo. Cada lectura me revela también rasgos de ésa que fui, y a la que – tal vez – añoro.

5) Las olas – Virginia Woolf
Tenía diecicocho años la primera vez que lo leí, en una edición de Premiá que subrayé sin parar, y que es la misma a la que vuelvo. Me envolvieron el ritmo y la cadencia, y el relato de ese día creado por el monólogo de los seis personajes que encierra la vida entera. Como todas (¿como todos?), me enamoré de esa escritora frágil y melancólica que nos enseñó a buscar una habitación propia.

6) Diez razones para la tristeza del pensamiento – George Steiner
Elegí este libro, pero podría haber elegido también otros de Steiner. Comparto con él el haber nacido bajo el signo de Saturno, como otros, más allá de las fechas reales (“El pensamiento es estrictamente inseparable de una profunda e indestructible melancolía”). Es un pensador que me hace sentir en casa y a la vez me abre nuevos caminos. En ciertos períodos leo más ensayo que narrativa. Depende del ánimo. Depende del deseo. Depende de los silencios y las voces interiores. Sumo, entre otros a Benjamin, por supuesto (y al ensayo de Beatriz Sarlo, “Olvidar a Benjamin”, que critica irónicamente el exceso que ha alcanzado la pasión de los académicos por el pensador berlinés), a Susan Sontag, a Roland Barthes (sobre todo al de Fragmentos de un discurso amoroso y de Preparación de la novela, un libro que no puedo soltar desde que lo descubrí), a… Sé que estoy haciendo trampa porque sólo puedo mencionar a 10 autores, así que hasta aquí me quedo.

7) Vida de Facundo Quiroga – Domingo F. Sarmiento
A mediados de los ochenta formé parte del grupo de trabajo sobre literatura argentina de David Viñas en la Universidad de Buenos Aires. Ahí aprendí a leer esta enorme obra que es el Facundo y de la que Borges hablaba tanto. Es imposible entender las letras de aquel país sin la lectura de este libro fundacional. La pasión por la palabra entra en tensión en Sarmiento con la pasión por el transgresor. Pocas páginas tienen la fuerza de este retrato que es a la vez un ejercicio ético y político.

8) Austerlitz - W. G. Sebald
Todos los libros que busco tienden en última instancia a la poesía. ¿Por qué de pronto me llega esta frase? Sé que me interesa más el vislumbre que me permiten las palabras, su textura, el ritmo, el juego que desafía al mismo tiempo la razón y el deseo, la piel y las huellas apenas insinuadas de la memoria, que el relato de historias. Por eso Sebald se ha vuelto un cómplice delicioso. ¿Austerlitz? ¿Vértigo? ¿Los emigrados? Difícil decidir.


9) Balún Canán – Rosario Castellanos
Llegué a vivir a México en plena adolescencia; la realidad me deslumbró, me sorprendió, me fascinó, me aterró, todo al mismo tiempo. El tiempo y la literatura me ayudaron a ir entendiéndola (en la medida en que esto es posible, claro). En mi primer cumpleaños, una querida profesora me regaló El llano en llamas. Alguien más dijo: Tienes que leer a Rosario Castellanos. Gabriel, su hijo, era nuestro compañero y la muerte de Rosario aún muy reciente. Su nombre se pronunciaba con devoción y tristeza. Balún Canán me ayudó a hacer inteligible un mundo fuerte, mágico casi y terriblemente injusto.

10) “Piedra de sol” – Octavio Paz
Me quedo sin palabras ante la poesía. Me lleva al silencio del descubrimiento, del reconocimiento en la voz del otro; a un silencio pleno que me conmociona, que me deja tambaleante, sacudida. “Un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea…”. Leo versos como letanía que invoca dioses antiguos, como búsqueda de comunión con la palabra poética. Hölderlin se preguntaba “¿Para qué poetas en tiempos de penurias?”. “Piedra de sol” es uno de esos poemas que encierra las respuestas posibles.