Sobreviviéndome


Comparto con ustedes uno de los poemas de Tomás Segovia que más me conmueven:

Salir ahora a andar por el invierno
Es como andar por otra vida
Fuera otro el que anda

Por todas partes como siempre
Me siguen acechado casi con travesura
Casi con guiños las súbitas imágenes
Pero esta vez tan dolorosas
De mil viejos momentos de mi vida
Que de pronto deslumbran mi presente
Pero ay acedia acedia
Yo sigo siendo el deslumbrado
Mas jamás seré ya el deslumbramiento
Ahora soy sin remedio
De otra sustancia que mi vida
Sigo aún vislumbrando
Tras una leve bruma inocua
el rostro del destino

Pero sé que no es éste su rostro verdadero
Sé que es un simulacro con perfidia adaptado
A este ávido mundo de crueles simulacros
No es la fe en el futuro lo que está suspendido
Es la duda infecciosa que me ahoga el pasado
Me dejo ir de espaldas sobre la nostalgia
Para huir de la angustia en sus nubladas playas
Y lo que encuentro en ellas
Es la guardia misma de la angustia
La memoria poblada teme sus propias sombras
En cada evocación hallada en sus caminos
Se agazapa como una turbia araña
La angustia y su acre asma
La angustia ese fantasma
Sentado encima del pulmón

Y en todo lo vivido no hallo cosa creíble

Pero cuál es la luz que se ha velado
El sabor que se ha muerto
El limpio sentimiento que se ha vuelto insensato
¿No fue acaso verdad
Que cada hora de las que he vivido
O me han vivido
Creyo en su propia realidad sin sombra
Creyó en mi realidad sin sombra?
¿Cuáles ojos que entonces me veían
No ven ahora sino mi tiniebla?
¿Eran los arduos ojos de los dioses?
¿No era de esto de lo que tanto hablábamos
Quizá sin comprenderlo
Al hablar de la muerte de los dioses?
Pues no basta no basta una luz de mi vida
Que es luz sólo a mis ojos
Mi vida sólo mía no es nada ni es de nadie
Nunca ha existido una verdad privada
Los antiguos maestros nos mintieron
No está en nuestro interior el interior
Lo interior es la luz que no tenemos
Sino que ella nos tiene si nos tiene

Los días de mi vida
Cómo no han de esfumarse al ser tocados
Si no tienen un rostro que puedan ver los dioses
O si no hay dioses para ver los rostros
Es eso sí la ardua mirada de los dioses
Lo que anhela mi afán mientras recorro
La austeridad abierta del invierno
Es eso sí pero ¿podría ahora
Este insalvable desamparo mío
Hacerse cargo él solo en la intemperie
De la luz desertada por los dioses?
No lo he de saber nunca
Pero esa es mi tarea posible o imposible
Volver a abrir la luz insumergible
Donde pueda ser vista la verdad de mi historia

Me ayudaría es indudable
Un gesto mínimo del tiempo
Una ligera claridad en la hosca mirada
Del día odiosamente gris
Un leve pliegue en los labios de este cielo
Tan desdeñoso y cejijunto
Mas por qué el mundo que no tiene una yema
De la que puedan aún brotar un don

Ah bienaventurados bienaventurados
Aquellos cuyas vidas se extinguieron
Sin haber visto extinta la luz de su expresión
Que nunca les tocó encontrar en su espejo
Sus ojos sin mirada y su rostro sin halo
Que nunca les fue impuesto seguir en el camino
Con su propio despojo enganchado a su espalda
Como un tullido afásico que arrastrar por el polvo
Que no tuvieron nunca que volver a su casa
Después dela función vestidos por las calles
Con un absurdo traje agobiante de actor
Que agotadas las pilas que henchían su zumbido
Supieron devolver las piezas de su vida
Como una vieja máquina atascada
Pues a qué luz podría alzar el vuelo
Quien no puede sacar de su pantano
Hacia una superficie respirable
Ningún rostro mirable
Qué mirada buscarles a los dioses
Si no hay nada que ver

Ah invierno inseducible
Qué haces de mis recuerdos que al extender mi mano
Se me escurre su peso entre los dedos
¿De veras todo fue también entonces
Esta cáscara vana que queda entre mis manos
Cada vez que las hundo en el pasado
Como en una hojarasca enmudecida?
¿De dónde viene entonces este alfileretazo
En el más desarmado y tierno vértice
Del corazón a tientas?
A quién le duele en mí
Que no es a mí
Pues para mí
El dolor mismo ha muerto
Su roja brasa siempre oculta
Tras el velo morado de la desolación

¿Para mí sólo este desconsuelo
Que me apelmaza con su sorda arena
La nuez de la garganta
Para mí esta conciencia
De un tiempo en agonía
Que es ella misma una conciencia agónica
Estos ojos cuajados de dureza invernal
Para ver el invierno?
¿Para mí nunca más
La ardua mirada de los dioses?
Sin ella nada de lo que he vivido
Lo que he vivido en verdad
No es en mí mismo donde mi pasado
Podría ver su rostro reflejarse
Es en los fuertes ojos de los dioses
Y si mi vida logra
Hacer surgir su rostro de la sombra
Ese rostro ha de ser espejo de esos ojos

Mas nos depejaré este invierno
Con solo recorrerlo
No basta este obstinarse contra el frio
No basta ir adelante tiritando
No basta no arrendrarme ante el crüel pasado
Y sus heladas púas lacerantes
No sirve ya el pasado
No sirve era otro mundo era otra vida
Todo lo que supimos de la muerte
Y no fue poco
No lo supimos en la muerte
No volveremos nunca a saber bien a bien
Cual fue el nido que hicimos
En la espesura de la historia

Este que vive en mí lo que a mí me rodea
No soy yo ni su vida es la mía
Es sólo uno que heredó mi historia
Que lleva mi memoria como el traje de otro
Pero al que no le saben mis sabores
Ni le hablan mis murmullos
Ni le empuñan mis sueños

Mi vida se quedo en aquel recodo
Y aquel que la vivió sigue con ella

Que he de esperar entonces
Buscar refugio en otra vida
En hundirme dos veces en la bruma
Sería refugiarme de los dioses
Y de sus ojos llameantes
Huïr de la verdad y su viva intemperie
Sólo si vuelvo por aquella vida
Que ha quedado en la zanja desollada
Será verdad después de mi vida libre

Cómanse pues los dioses mis despojos
No les preguntaré por mi otra vida
No les preguntaré por su alimento.

Su palabra, más viva que nunca, a cien años de su nacimiento


Josefina Vicens (23 de noviembre de 1911 - 22 de noviembre de 1988) es una escritora imprescindible. Autora de las novelas El libro vacío y Los años falsos es, sin duda, una de las grandes narradoras de nuestro idioma.

“Si el libro no tiene eso, milagroso, que hace que una palabra común, oída mil veces, sorprenda y golpee; si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco; si las palabras no pueden sostenerse por sí mismas, sin los andamios del argumento; si la emoción sencilla, encontrada sin buscarla, no está presente en cada línea, ¿qué es un libro?” (El libro vacío, pp.16-17)