Presentación del libro Fuga en mí menor (Tusquets 2012)


Presentación del libro Fuga en mí menor, de Sandra Lorenzano


Ciudad de México
31 de mayo, 19:00 hrs.
Centro Cultural Bella Época. Tamaulipas 22, Colonia Condesa
Comentarios de Gabriela Warkentin, Rafael Pérez Gay, Julio Patán y la autora
Participación especial de la cantante y compositora Hebe Rosell

Visita el nuevo sitio web

Raymond Carver (25 de mayo de 1938 — 2 de agosto de 1988)

Para celebrar el nacimiento de uno de los grandes cuentistas contemporáneos Escribir un cuento Raymond Carver
Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento. Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad. Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse. Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la UNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo. Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar,. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello. Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores. Hace unos meses, en el New York Times Books Review John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá solo resulte interesante par un puñado de especializadísimos científicos. Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas —Barthelme, por ejemplo— no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo. Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco. En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento —si las palabras resultan oscuras, enrevesadas— los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura. Tengo amigos que me cuentan que debe acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse. En un ensayo titulado Writing Short Stories, Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final: Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable. Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor. Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla. Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir. Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma ene l cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas. La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.

Esther Seligson para principiantes


¿Cómo hablar de una mujer como Esther Seligson? ¿Desde dónde acercarse a su obra, diversa, inquietante, profunda, sugerente y transgresora a la vez? ¿Con qué palabras dar cuenta de los muy diversos caminos que recorrió a lo largo de la vida?[1]
Quizás no haya mejor modo que escucharla a ella misma. Escuchar, por ejemplo, los versos que abren A los pies de un Buda sonriente, los de la Primera Travesía:
Vengo de un largo
Trayecto de abandonos
No soy la única
Lo sé no lo presumo
Pero son mis pies los míos
Quienes recorren y recorrieron
El camino mis pies y no otros
Mi cansancio y fatiga
Intemperie de abrazos
Sin consuelo
Enmimismada

 ¿Cómo dar cuenta de ese camino, esas travesías, esa fatiga? Quizás los múltiples libros artículos, ensayos, que Seligson escribió no sean sino un largo relato autobiográfico, un recorrido por medio del cual deseaba ir encontrando los dispersos fragmentos de sí misma. Trayecto que decanta hacia el origen de la palabra poética, búsqueda de lo esencial, ofrenda en el desierto, silencio de huesos pulidos por la arena.
Intentemos un viaje, aunque sepamos que Esther, como el primer pájaro es inaprensible, tal como lo escribe en el texto “La esfinge” de Jardín de infancia: El pájaro, frente a Adam, no quiso recibir un nombre. Prefirió volar libre y morir de inmediato, apenas creado, libre también. (p.91)
No demos entonces nombre a este viaje que no es lineal sino caleidoscópico; viaje en el que tiempos y espacios tienen fronteras porosas y límites difusos. El aquí y el ahora son sólo un modo de concebir la memoria. “Se desdobla el viento en remolinos que enturbian la vista. Todo aquí es polvo”, escribió Geney Beltrán para Esther, y ella tomó esa frase para darle título a su último libro. Si todo aquí es polvo estamos ante el principio y el fin. La vida y su relato como espiral.
Y sin embargo, toda vida parece tener un comienzo. Una madre y un padre. Un origen. Ella llegada desde algún lugar de la Rusia zarista, tenía “un alma traviesa, perezosa y con una insaciable curiosidad que por su misma indolencia dejó inconclusa en mil y una minuciosidades, como quien se la pasa garabateando itinerarios, planos, cartas, y ni se embarca, construye ni escribe. Ah, pero eso sí, era incansable en apiñar y hacer acopio de materiales, en caso de que las cosas se dieran del modo en que lo imaginaba. Tal vez por eso tampoco tuvo noción del tiempo de los relojes y el calendario.” (Todo aquí es polvo, p.17). A ella, a esa madre, fiestera, alegre, amante del cine y de la música, pero también a la que le impidió dedicarse a la danza, a la que ponía límites incomprensibles para Esther y su hermana, escribió uno de los poemas más bellos del libro Negro es su rostro:
En su desnuda pobreza

Sin ti es incomprensible,  
demasiado vasto, Madre,
el ímpetu, la fisura,
la inocencia,
la fidelidad ¿cómo?
la duda incluso

Madero para la flor
cobijo en la piedra
sé mi lecho a la hora del crepúsculo
espuma para cubrir mis ojos
no me ahogue el temor al hundimiento
o venga a moverme
la visión de un recuerdo
el grito jubiloso de un niño
a orillas del mar

A orillas del mar
Madre
ahí recoge la ofrenda de mis huesos
ceniza púber
el mar que tanto amamos
niñas de largo cuerpo y voz delgada
- cuánto anhelo de crecer –
entonces, en verdad,
éramos libres de arrullar los sueños
locuaces
modelábamos castillos
entre la arena escurridiza
- ¿quién no vivió su infancia imaginando?-
buganvilias en el cabello
para las noches de luna
en la boca el sabor de la naranja dulce

Frente a esta imagen la del padre polaco es silenciosa, enfurruñada, como si la vida no hubiera sido lo que le habían prometido. Lejos de una tierra que no pudo olvidar, casado con una mujer a la que no amaba y a la que le reclamaba permanentemente ser la causa de su amargura, guardaba las huellas de un terrible dolor en la mirada, el dolor del niño del shtetl que lo ha perdido todo, patria, lengua, familia. Una sombra.
Esther heredará el desarraigo, el sentimiento del nómade en busca de hogar, el extrañamiento del transterrado. Vivió en París, en Lisboa, en Jerusalén, en el Tibet. Y decía sobre esto: “Es bueno ser errante y peregrino. Sentirte extranjero en cada ciudad en la que vives te permite un contacto más emotivo”.
Como muchos de los escritores judíos, sentía la marca del desarraigo, la llamada de un cierto misticismo, la búsqueda de lo sagrado. De ahí su complicidad con Edmond Jabes, el extranjero en todas partes, el “místico ateo”, cuya obra, fragmentaria, profunda, le fascinaba y a cuya traducción dedicó largos años. El poeta del desierto, el que se atreve a hablarle al dios ausente.
Alguna vez dijo: “Yo no tengo obsesiones. Tengo pasiones.” Le apasionaban la reflexión y la creación heterodoxa, marginal, subversiva. Basta recorrer sus páginas para descubrir quiénes son sus interlocutores. “Yo sólo he traducido autores de los que me enamoro, escritores que han dicho lo que yo no puedo decir, que han expresado lo que yo siento y que yo no expreso”, explicaba.[2]
Emil Cioran fue uno de los principales, a quien le dedicó un excepcional libro, Apuntes sobre E.M. Cioran, cuyas reflexiones iniciales bien pueden aplicarse a la propia Esther.
La locura, lo insensato, la ruptura. Y el dolor de la imposibilidad. Por eso también eligió, entre sus interlocutores a Emmanuel Levinas, Fernando Pessoa, Rilke y Marguerite Yourcenar, entre otros. Todos los intereses y las búsquedas de Esther eran siempre apasionados, fervorosos, y apuntaban a las dimensiones más profundas de la realidad. La cartografía de sus viajes reales y simbólicos es de una riqueza no demasiado frecuente en nuestra cultura: de la filosofía contemporánea al pensamiento medieval, de la Cábala al Talmud, de la astrología a la cosmogonía de la India, del budismo al mundo del teatro, de la docencia a la danza. Allí donde hubiera crítica, profundidad, riesgo, inteligencia, exploración, estaba este personaje maravilloso sentando sus reales, ampliando las fronteras de su patria íntima.
A los veintiocho años, publicó su primer libro: Tras la ventana de un árbol (1969), en el que reúne varios cuentos, y a partir de ese momento descubrió que su hogar estaba, sobre todo, en la escritura. Ella podría haber dicho, como Edmond Jabés, “Soy de la raza del libro con que se construyen las moradas”, dueño de ninguna patria, dueño de todas las voces y de la mirada oblicua de la extranjería, Jabes, supo, como lo aprendería más adelante Esther, que los libros, las palabras son la morada, aquello que nos protege de la intemperie, que nos da asideros ante el dolor, aquello que hace que no sea grito permanente el desgarramiento.
Después del primero vinieron decenas de libros de narrativa, poesía, ensayo, artículos en revistas y periódicos. Esther tenía un cuerpo y un alma inquietas, y una cabeza y un corazón que no se detenían jamás. 
 “¿Cómo se arma un libro?” - dicen en uno de sus poemas -
Igual que un barco,
le respondí a mi nieta,
requiere de muchas travesías
de algún naufragio
toca puertos seguros
una tempestad de tanto en tanto
marineros solidarios
paciencia inquebrantable
no separar la realidad del espejismo
el monstruo marino de las aves
las islas del continente
saber que nada es similar
creaturas diversas y hermanas
mucha plegaria por equipaje
y al timón la providencia

Entre sus principales obras están: Tránsito del cuerpo; Luz de dos; Diálogos con el cuerpo; Indicios y Quimeras; Isomorfismos; La morada en el tiempo; Simiente, el díptico narrativo formado por Toda la luz y Jardín de infancia, los ensayos La escritura o el enigma de la otredad (2000), Notas sobre Cioran (2003).
Me detengo en la que fuera su última obra, el libro de relatos Cicatrices, hermosamente editado por una nueva editorial independiente llamada Páramo ediciones nacida con el afán de crear una biblioteca literaria de autores modernos y contemporáneos que, como ellos mismos lo dicen, “insista en el gusto por la belleza de la palabra”.
Me detengo en especial en una de las frases que hace alusión al título del libro: “La cicatriz de Dios está en nuestra mente. (…) Cicatriz: Concierto de voces insepultas en el insomnio de la memoria”. Se trata de la reunión de una veintena de relatos cortos, seguidos de textos varios como aforismos, epitafios y una que otra confesión, como la que dice: “Soy irreverente más por candor que por mala leche, pues cuando me da por la mala leche me vuelvo implacable iconoclasta”.
Y aprovecho para citar un par de frases de una entrevista que le hizo Miguel Ángel Quemáin, a propósito de la aparición de su libro “Hebras”, uno de los pocos en que juega con el humor a través de aforismos, como en el caso que acabo de citar. Dice entonces Esther Seligson: “Mi literatura siempre era como un diálogo con mis propios sentimientos, con mis propias sensaciones, y dirigido generalmente a un interlocutor... Siempre me decía, cuándo voy a llegar a escribir algo que no sea a partir del dolor, a partir de la experiencia amorosa personal, que también es perfectamente válido, porque nadie tiene por qué enterarse qué hay detrás de lo que uno escribe”.
Hoy lamento no haberle dicho en persona cuánto admiro su trabajo delicado, sutil, siempre incisivo, siempre inteligente y sensible. Hoy lamento, como todos los que amamos la palabra, la muerte de Esther Seligson ocurrida hace ya un año.
Me hubiera gustado haberme sentado con ella en el piso y descalza, en el “taller de sacerdotisas” del que habla Angélica Abelleyra en una crónica entrañable[3], a escucharla hablar de la vida y de la muerte, de los misterios de lo sagrado, de la fuerza de los cuerpos.
Y quisiera cerrar con el fragmento final de Todo aquí es polvo:
“Me habría gustado que mis cenizas fueran dispersadas en el Tajo, desde Toledo, para enlazar mis amores y acompañar su trayecto río abajo, fleco líquido entre las grietas de los riscos, caballo desbocado espumeando por los belfos, cascada liquen, vellón asperjado de estrellas y soles, corimbo de olas… La muerte ha de ser entrar en un mar infinitamente poroso, azul zafiro brillante, translúcido…”
Descanse en paz, Esther Seligson. Nosotros sigamos leyéndola, disfrutándola, aprendiendo de su irreverencia, de su rebeldía ante los cánones anquilosados de nuestra sociedad, de su hambre insaciable de palabras, de ideas, de su búsqueda de los caminos más profundos del conocimiento y el amor.


[1] Presentado en el Centro de Lectura Xavier Villaurrutia, en la mesa de homenaje “Esther Seligson para principiantes”, 6 de marzo de 2012.
[2] Adriana del Moral en http://www.jornada.unam.mx/2010/02/21/sem-adriana.html
[3] Angélica Abelleyra, “Esther Seligson, la alquimista” en http://cambiodeluces.arts-history.mx/entrada.php?id=444

"Muerte", un texto de Carlos Fuentes

"...todos podemos acercarnos al gran acervo verbal de la muerte por vía de la palabra poética", escribió Carlos Fuentes en este texto que forma parte de su libro titulado En esto creo. Hoy, son sus palabras las que nos llevan de la mano.

La Jornada: Muerte

Descanse en paz Carlos Fuentes.

Se llevaron el oro y nos dejaron el oro

Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se transladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras. Pablo Neruda, "Las palabras", en Confieso que he vivido

José Emilio Pacheco, "Alta traición"


No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
     es inasible.
Pero (aunque suene mal)
     daría la vida
por diez lugares suyos,
     cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
     fortalezas,
una ciudad deshecha,
     gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
     montañas
-y tres o cuatro ríos.

¡Feliz cumpleaños, Maestro!

¡Extrañamos tanto a Monsi! Como forma de recordarlo el día de su cumpleaños, comparto con ustedes este artículo que publiqué hace un tiempo.
Nexos - Cumpleaños y boleros Pensando, cómo no, en Carlos Monsiváis

Feliz cumpleaños, Juan Gelman


No hay mejor modo de celebrar a un poeta que buscar vida y refugio en sus palabras:

Ausencia de amor

Cómo será pregunto.
Cómo será tocarte a mi costado.
Ando de loco por el aire
que ando que no ando.
Cómo será acostarme
en tu país de pechos tan lejano.
Ando de pobre cristo a tu recuerdo
clavado, reclavado.

Será ya como sea.
Tal vez me estalle el cuerpo todo lo que he esperado.
Me comerás entonces dulcemente
pedazo por pedazo.

Seré lo que debiera.
Tu pie. Tu mano.


Epitafio
Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!
Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.


Escribo en el olvido...
Escribo en el olvido
en cada fuego de la noche
cada rostro de ti.
Hay una piedra entonces
donde te acuesto mía,
ninguno la conoce,
he fundado pueblos en tu dulzura,
he sufrido esas cosas,
eres fuera de mí,
me perteneces extranjera.


Gotán
Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.

Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.

Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.

Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.


Mayo y poesía

Pablo Neruda


Monzón de mayo


El viento de la estación, el viento verde,
cargado de espacio y agua, entendido en desdichas,
arrolla su bandera de lúgubre cuero,
y de una desvanecida substancia, como dinero de limosna:
así, plateado, frío, se ha cobijado un día
frágil como la espada de cristal de un gigante,
entre tantas fuerzas que amparan su suspiro que teme,
su lágrima al caer, su arena inútil,
rodeado de poderes que cruzan y crujen,
como un hombre desnudo en una batalla
levantando su ramo blanco, su certidumbre incierta,
su gota de sal trémula entre lo invadido.

¿Qué reposo emprender, qué pobre esperanza amar,
con tal débil llama y tan fugitivo fuego?
¿Contra qué levantar el hacha hambrienta?
¿De qué materia desposeer, huir de qué rayo?
Su luz apenas hecha de longitud y temblor
arrastra como cola de traje de novia triste
aderazada de sueño mortal y palidez.
Porque todo aquello que la sombra tocó y ambicionó el
desorden
gravita, líquido, suspendido, desprovisto de paz,
indefenso entre espacios, vencido de muerte.

Ay, y es el destino de un día que fue esperado,
hacia el que corrían cartas, embarcaciones, negocios,
morir, sedentario y húmedo sin su propio cielo.
Dónde está su toldo de olor, su profundo follaje,
su rápido celaje de brasa, su respiración viva?
Inmóvil, vestido de un fulgor moribundo y una escama opaca,
verá partir la lluvia sus mitades
y al viento nutrido de aguas atacarlas.