Descansa en paz, Poeta

La enorme tristeza de saber que el día de hoy, 31 de enero, termina sin el gran Rubén Bonifaz Nuño. Comparto con ustedes dos poemas que me gustan especialmente.


AMIGA A LA QUE AMO..

Amiga a la que amo: no envejezcas.
Que se detenga el tiempo sin tocarte;
que no te quite el manto
de la perfecta juventud. Inmóvil
junto a tu cuerpo de muchacha dulce
quede, al hallarte, el tiempo.

Si tu hermosura ha sido
la llave del amor, si tu hermosura
con el amor me ha dado
la certidumbre de la dicha,
la compañía sin dolor, el vuelo,
guárdate hermosa, joven siempre.

No quiero ni pensar lo que tendría
de soledad mi corazón necesitado,
si la vejez dañina, perjuiciosa
cargara en ti la mano,
y mordiera tu piel, desvencijara
tus dientes, y la música
que mueves, al moverte, deshiciera.

Guárdame siempre en la delicia
de tus dientes parejos, de tus ojos,
de tus olores buenos,
de tus brazos que me enseñas
cuando a solas conmigo te has quedado
desnuda toda, en sombras,
sin más luz que la tuya,
porque tu cuerpo alumbra cuando amas,
más tierna tú que las pequeñas flores
con que te adorno a veces.

Guárdame en la alegría de mirarte
ir y venir en ritmo, caminando
y, al caminar, meciéndote
como si regresaras de la llave del agua
llevando un cántaro en el hombro.

Y cuando me haga viejo,
y engorde y quede calvo, no te apiades
de mis ojos hinchados, de mis dientes
postizos, de las canas que me salgan
por la nariz. Aléjame,
no te apiades, destiérrame, te pido;
hermosa entonces, joven como ahora,
no me ames: recuérdame
tal como fui al cantarte, cuando era
yo tu voz y tu escudo,
y estabas sola, y te sirvió mi mano.



CENTÍMETRO A CENTÍMETRO

-Piel, cabello, ternura, olor, palabras-
mi amor te va tocando.
Voy descubriendo a diario, convenciéndome
de que estás junto a mí, de que es posible
y cierto; que no eres,
ya, la felicidad imaginada,
sino la dicha permanente,
hallada, concretísima; el abierto
aire total en que me pierdo y gano.

Y después, qué delicia
la de ponerme lejos nuevamente.
Mirarte como antes
y llamarte de "usted", para que sientas
que no es verdad que te haya conseguido;
que sigues siendo tú, la inalcanzada;
que hay muchas cosas tuyas
que no puedo tener.

Qué delicia delgada, incomprensible,
la de verte lejos,
y soportar los golpes de alegría
que de mi corazón ascienden
al acercarse a ti por vez primera;
siempre por primera, a cada instante.
Y al mismo tiempo, así, juego a perderte
y a descubrirte, y sé que te descubro
siempre mejor de como te he perdido.

Es como si dijeras:
"Cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras
yo empezara a buscarte, y torpemente
te preguntara: ¿estás allí?", y salieras
riendo del escondite,
tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta
en una luz distinta, en un aroma
nuevo, con un vestido diferente.

Seducciones de Sor Juana, nueva aplicación.



Seducciones de Sor Juana
Entrevista para Final de Partida: Nicolás Alvarado y Julio Patán platican con Sandra Lorenzano sobre de la nueva aplicación para tablet, 'Seducciones de Sor Juana'


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Palabras calcinadas en el Día de la Memoria


Retomo este texto para compartirlo con ustedes en el Día de la Memoria por las Víctimas del Holocausto

Palabras calcinadas. Entre el silencio y la utopía

Cuando la lengua está tan tensa que empieza a tartamudear, o a susurrar, balbucear..., todo el lenguaje alcanza el límite en que dibuja su afuera y se confronta con el silencio. Gilles Deleuze


1.
Muy cerca de la barraca llamada “Mexiko” un hombre reza . ¿Está dios también allí mirando con horror el humo que cubre el cielo? ¿O ha olvidado a ese pueblo al que eligió hace ya tanto tiempo? Al abrevadero íbamos, Señor. Era sangre. Era la que tú has derramado, Señor. ¿Dónde estás, Señor? Se oye preguntar a algunos, unos pocos. Los más no dudan de ese dios que los ha señalado, que los ha puesto a prueba desde el origen de los tiempos. Abraham, Job, plagas, guerras, exilios…
¿Hay palabras para el horror? El rezo continúa con un suave balanceo. Otros repiten una y otra vez las páginas que guarda su memoria. Cuentan que Milena, la mujer que tanto había amado Kafka, tenía una amiga en el campo de concentración al que fue llevada que creó un método para intentar sobrevivir a la pesadilla: recurría a los libros que había leído y que conservaba en la memoria. O Maurice Halbwachs que le cuenta a un jovencísimo Jorge Semprún los secretos caminos de la historia mientras está muriendo de disentería en Buchenwald . Las palabras – las de los rezos, las de la literatura, las de la historia - crean así pequeños espacios protegidos ante el horror cotidiano. No dan significado a la terrible situación que están viviendo quienes las pronuncian, no la explican ni justifican; ni siquiera ofrecen una esperanza para el futuro. “Sencillamente existen como punto de equilibrio, recordándoles la existencia de la luz en un momento de oscura catástrofe”.
Pero frente al horror, las palabras no pueden ser sino balbuceo, tartamudeo. “¡Oh palabra, tú que me faltas!” clama con desesperación un Moisés tartamudo.
Palabras marcadas por el dolor, por la oscuridad, palabras de ceniza. Escribe Paul Celan, “Si viniera, / si viniera un hombre,/ si viniera un hombre al mundo hoy, con / la barba de luz de / los patriarcas: debería, / si hablara de este / tiempo, / debería, sólo balbucir y balbucir, / siempre, siempre, / así, así.”
Y el balbuceo es también salmo, plegaria, ritmo que hipnotiza, que transporta, que crea un universo otro, mítico, fundacional.

2.
En la biblioteca, un viejo recita: “El mundo parece perderse en la penumbra pero yo narro como al inicio mi canturreo que me sostiene, protegido a través del cuento, de las perturbaciones del presente y conservado para el futuro”. Un viejo poeta deambula por los pasillos de la biblioteca. Se llama Homero, se llama Cervantes, se llama Rilke, se llama Borges, se llama Ajmátova, se llama Celan. Un viejo poeta, rapsoda de tiempos idos.

¿Qué otra cosa era su canto - qué otra cosa es su canto - sino memoria? La memoria no como obligación sino como deseo de vida; incluso la memoria de la muerte. “Y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte”, escribió Quevedo. El poeta no es inocente, no es por eso que puede ver al ángel. El poeta no es inocente; el poeta sabe y por eso puede verlo. Lo mira y convoca su memoria para cantar del único modo que aún es posible cantar: con la lengua astillada, la lengua calcinada que ha pasado por el horror. El poeta conoce de frente el rostro del ángel de la historia, aquel que, en la descripción de Walter Benjamin, tiene los ojos “desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas” y mira la acumulación de “ruina sobre ruina” que “nosotros llamamos progreso”.
Sus cuentos son memoria, como son memoria las páginas que guarda la biblioteca; por eso quizás es allí donde se reúnen los ángeles, allí donde los murmullos son bálsamo y morada, donde las páginas de todas las épocas construyen hogares y patrias.
El poeta, dicen, guarda la memoria de la tribu. En África, dicen - pero no sólo allí - “cuando muere un anciano, es como si una biblioteca se quemara”.
El poeta y el ángel saben que llevamos en el cuerpo la marca de la memoria; la huella, la mayor parte de las veces desgarrada y dolorosa, de nuestra propia vida. La máquina de la historia escribe sobre cada uno; pero ya no se trata de una sola palabra – esa condena que acababa por matar al personaje creado por Kafka en el cuento “En la colonia penitenciaria” – sino de un complejo palimpsesto, desigual, heterogéneo. Alguien decía que lo que define a cada ser humano es lo que hace con esa marca, de qué manera convive con ella. Sólo “la actualización hace de la memoria un acto de resistencia porque impide fijarla en un relato domesticado” . Sólo así despliega su potencial desestructurante, su incomodidad. La memoria incómoda es la que permite que una sociedad crezca en la tolerancia, en el respeto, que crezcan los resquicios del placer y la fuga, sin absolutos, sin homogeneidades impuestas, sólo a partir de las cambiantes, móviles y tantas veces molestas esquirlas de la memoria. No hay otro modo de romper cualquier versión maniquea o convencional, no hay otro modo de astillar los dualismos reductores, para tomar distancia y redibujar los perfiles de víctimas y verdugos, para aproximarnos al terror, para ayudarnos a entender el silencio de la sociedad, los caminos de la resistencia, para reconocerme en el rostro del otro, para pasarle, como quería Benjamin, el cepillo a la historia a contrapelo. “El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer el pasado”.
Escribió Paul Celan en el Discurso de Bremen, “Accesible, próxima y no perdida permaneció, en medio de todas las pérdidas, sólo una cosa: la lengua. Sí, la lengua no se perdió a pesar de todo. Pero tuvo que pasar entonces a través de la propia falta de respuesta, a través de un terrible enmudecimiento, pasar a través de las múltiples tinieblas del discurso mortífero. Pasó a través y no tuvo palabras para lo que sucedió; pero pasó a través de lo sucedido. Pasó a través y pudo volver a la luz del día, ‘enriquecida’ por todo ello”.
La palabra sobrevive, a pesar de todo, a las tinieblas del discurso mortífero. Esa palabra que sólo puede ser murmullo, palabra rota, palabra en duelo; palabra que rehuye la prepotencia y la soberbia. Acumulación de ruina sobre ruina. ¿Acaso podemos hoy pensar de otra manera que no sea desde lo agrietado, desde lo fallido, desde las fracturas? ¿Acaso aún es posible un pensamiento que, sin avergonzarse, no sea “menor”?
Cuando el niño era niño, era el tiempo de las preguntas. ¿Por qué soy yo y no soy tú? ¿Por qué estoy aquí y no allá? ¿Cuándo empezó el tiempo y dónde acaba el espacio? ¿Es la vida bajo el sol tan solo un sueño? ... El murmullo crece. En el principio fue el verbo.

3.
El puente Mirabeau. Abajo el río es el recuerdo permanente del mes de abril de 1970. “¿Cómo escribir, Madre, en la lengua de tus asesinos?” Veinticinco años después del asesinato de sus padres y de su propio paso por un campo de concentración, Paul Celan se tiró al Sena desde el puente Mirabeau. ¿En qué lengua? ¿Ahogado en qué sonidos? Desde el puente Mirabeau, la historia es memoria desgarrada.
Leche negra del alba te bebemos en la tarde
te bebemos al mediodía y en la mañana te bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en los aires donde no estamos encogidos
Así comienza “Todesfuge”, “Fuga de muerte”, quizás el poema más representativo de la oscuridad que envolvió al siglo XX; el poema que llevó a Adorno a pensar que tal vez sí, que tal vez y a pesar de todo sí seguía existiendo la poesía después de Auschwitz.
“Fuga de muerte” se llamó en su primera publicación “Tango de la muerte”.
Un hombre vive en la casa que juega con las serpientes
que escribe cuando oscurece a Alemania tu pelo de oro Margarete
escribe y sale de la casa y brillan las estrellas y silba a sus perros
silba a sus judíos y los manda cavar una tumba en la tierra
y nos ordena ahora toquen para bailar...

En un campo cercano a Czernovitz, un lugarteniente de las SS obligaba a un grupo de judíos a tocar tangos mientras otros cavaban las tumbas para sus compañeros muertos. …silba a sus perros, silba a sus judíos y los manda cavar una tumba en la tierra.
Paul Celan mira el Sena desde el puente Mirabeau. “¿Cómo escribir, Madre, en la lengua de tus asesinos?”
De todas las imágenes elijo "...cavamos una tumba en los aires...". Si la fuga alude directamente a un cierto tipo de composición musical, habla también del (im) posible escape del horror; la única fuga posible es a través de la muerte, a través del cuerpo vuelto humo en los hornos crematorios. No cavamos en la tierra sino en el espacio desterrado que es hogar atroz y a la vez liberador para el humo. Ante la orquesta tocando la fuga, la muerte es un maestro de Alemania, y sin embargo, sólo puede hablarse de ella exasperando su propia lengua, torsionando el alemán de las órdenes y la violencia. Como lo señala George Steiner, Celan penetra el enigma de Auschwitz desde dentro de la misma lengua de la muerte.
El escape, la fuga, son el aire, aquello que está fuera de la tierra, la "destierra". Y "destierra" es precisamente el título de otro poema de Celan. Un raro extravío / era palpable, casi como si / hubieras estado vivo. "Destierra" como verbo; hay alguien o algo que destierra al yo que habla en el poema. ¿Dios, el padre, la historia? El tú de los textos de Celan es complejo, ambiguo, nómade . "Destierra" también como el sustantivo que designa al lugar del exilio; se habita entonces la extrañeza de la destierra. Negación del espacio de la vida, del espacio de origen, del espacio complejo de pertenencia que es rostro de la identidad en el cuerpo colectivo. En este sentido la destierra se constituye como lo contrario a la "utopía", "el no-lugar de un futuro alternativo imaginado" (...), en la destierra "la vida 'normal', con todas sus contradicciones, dolores y promesas, alegrías y miserias, se ha vuelto invivible".  No hay utopía posible, la destierra es ajena, amenazante, siniestra, en el sentido del unheimlich freudiano; es nuestra propia cotidianeidad vuelta otra, desconocida, desfamiliarizada. Allí donde la orquesta de judíos es obligada a tocar un tango mientras todos cavamos una tumba en los aires.

4.
El humo de los crematorios es también una imagen recurrente en La escritura o la vida de Jorge Semprún.
"No podían comprenderlo, realmente no podían esos tres oficiales. Habría que contarles lo del humo: denso a veces, negro como el hollín en el cielo variable. O bien ligero y gris, casi vaporoso, flotando al albur de los vientos sobre los vivos arracimados, como un presagio, una despedida. Humo para una mortaja tan extensa como el cielo, último rastro del paso, cuerpos y almas, de los compañeros." (p.24)
Humo que es mortaja como en Celan; el aire: una tumba. Y más que el humo, obsesiona a Semprún el aire vaciado de pájaros que ese humo provoca. Los pájaros abandonando el bosque de Buchenwald son quizás los mismos que vuelan enloquecidamente frente a la lente de Hitchcock. No son sobrevivientes, no se han salvado de la muerte; como todos en este rincón de Alemania, la han atravesado, la han recorrido, le han temido y la han amado. No son sobrevivientes, entonces, sino aparecidos en el último graznido de la locura.

5.
Mi dios es hambre Mi dios es cáncer
Mi dios es nieve Mi dios es vacío
Mi dios es no Mi dios es herida
Mi dios es desengaño Mi dios es ghetto
Mi dios es carroña Mi dios es dolor
Mi dios es paraíso Mi dios es
Mi dios es pampa Mi amor de dios
Mi dios es chicano

Cada una de estas frases, versos de un poema llamado "La vida nueva" que forma parte del libro Anteparaíso, fue escrita por Raúl Zurita, en el cielo de Nueva York, en junio de 1982. El humo es aquí la tinta sobre un cielo ajeno, extranjero, cielo de destierro para hablar de la patria, para hablar de Chile. Zurita funda una patria a través de toda su escritura: cordilleras, desiertos, playas, existen en la geografía chilena a partir de las palabras del poeta. "Quién podría la enorme dignidad del desierto de Atacama como un pájaro se eleva sobre los cielos empujado por el viento". Cordilleras, desiertos, playas, tienen una herida, una marca como cicatriz dolorosa, como cicatriz que no cierra; la patria, que es también "matria", cuerpo femenino en la poesía de Zurita, tiene una herida: la muerte y el dolor instaurados por la dictadura. El poeta, aun sabiendo que no hay expiación posible, hiere también su cuerpo, lo marca para doler con ella. El poeta quema su mejilla cuando escribe su primer libro llamado precisamente Purgatorio. "Mis amigos creen que estoy muy mala porque quemé mi mejilla", dice la frase inicial puesta a modo de epígrafe. También Anteparaíso significa una señal más en el cuerpo: el intento de cegarse con ácido. Y así "Toda la patria se iba blanqueando en sus pupilas" . Escribe Zurita en la introducción a la edición que realizó la Editorial Universitaria en 1997: "Finalicé el Anteparaíso con unos poemas trazados en el cielo e intenté cegarme porque pensé que esas palabras recortándose contra el azul serían infinitamente más hermosas si quien las había creado no las podía ver."
Cegarse como Edipo marca el camino de una imposible expiación. En griego, Edipo significa "aquel que es capaz de ver y saber". El poeta es, para Raúl Zurita, el elegido, aquel que debe hacerse responsable de las culpas de la comunidad. Como el personaje trágico, es el que "sabe demasiado". Como el desierto, la oscuridad de la ceguera permite saber, oír la voz esencial.
"VII. Chile será entonces un amor poblándonos las alturas.
VIII. Hasta los ciegos verán allí el jubiloso ascender de su Ruego.
IX. Silenciosos todos veremos entonces el firmamento entero levantarse límpido iluminado como una playa tendiéndonos el amor constelado de la patria", escribe en "Las utopías".
El humo es sobre el cielo de Nueva York una fuga desesperada desde la destierra hacia la utopía.

6.
Para Edmond Jabés como para Zurita es necesario huir al desierto para crear. Desprenderse del lenguaje cotidiano, de la pasta que cubre a la sociedad. La nada es, como en cierta línea del pensamiento judío, condición para la creación. Y en el vacío del desierto, de la desterritorialización absoluta, del exilio, la nada es el lugar de la palabra de Dios.
"Dios, antes del hombre, ¿pensó el mundo en poeta? Su palabra es creación.
El universo, en ese caso, no sería sino Su poema.
Legible eternidad.
Perennidad de lo legible.
Eternidad del libro."
Dios estará en esa presencia-ausencia que habla en el desierto, que calla en el desierto con una voz de fino silencio, como dice la Biblia en la lectura de Serge André. El desierto es la página para la divina escritura. Podemos leerla, saberla, escucharla en realidad, en tanto se ausenta. Extraño Dios que nos deja solos frente a la belleza de la hoja en blanco para hacernos descubrir, como diría Levinas, la huella del infinito en el rostro del otro. En el silencio que es a la vez angustia y reparación. Entre la palabra que no tiene posibilidad de nacer o que no ha nacido aún y la palabra que ya no es necesaria, está el silencio. Silencio entre ruinas, o silencio de la esperanza.
Cuando el poeta entra en el silencio, la poesía limita con la noche. Es el silencio del poema no escrito frente a las palabras mentirosas y vacías. Las sirenas, escribió Franz Kafka, "tienen un arma más terrible aún que el canto, y es su silencio. Aunque no haya sucedido, es quizás imaginable la posibilidad de que alguien se haya salvado de su canto, pero de su silencio ciertamente no."

7.
"No podían comprenderlo todo...", escribe Jorge Semprún. Frase que tiene resonancias de aquélla que se repite de manera obsesiva en un texto de Marguerite Duras: "No has visto nada en Hiroshima". ¿Qué es "Hiroshima, mon amour"? Es una película sobre el amor; sobre el amor desgarrado porque no hay otra forma de amar después de Hiroshima ("Tú me destruyes. Tú me haces bien".) Pero es sobre todo, al igual que La escritura o la vida, al igual que Anteparaíso y los versos en el cielo, un texto sobre la memoria y sobre el olvido; sobre la tensión que se establece entre ambos ("Tengo buena memoria; conozco el olvido" dicen los protagonistas de Duras.) "No has visto nada en Hirshima. No sabes nada de Hiroshima", quiere decir "no estuviste aquí, por lo tanto no puedes hablar sobre esta tragedia". No basta visitar un museo o conmoverse con las imágenes; no basta estremecerse ante los rostros del espanto. "No sabes nada de Hiroshima". Y esta frase pone en escena un elemento clave: el testimonio. ¿Quiénes saben? ¿Quiénes pueden hablar? ¿Hay acaso testimonio posible? Escribe Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz: “Los que no han vivido esa experiencia nunca sabrán lo que fue; los que la han vivido no la contarán nunca; no verdaderamente, no hasta el fondo. El pasado pertenece a los muertos”.
Para los griegos, la memoria y la imaginación pertenecían a la misma parte del alma. ¿Cómo, entonces, imaginar un futuro posible sin memoria? Lo que corremos el riesgo de olvidar se sitúa también en el futuro. ¿Para qué otra cosa “sirven” los genocidios sino para borrar la memoria del futuro? Múltiples futuros posibles son los que han sido "desaparecidos" de la historia oficial a lo largo de los siglos. La tensión entre memoria y olvido, entre el afán de preservar el recuerdo y los intentos de borrarlo, dibuja un campo problemático que remite, en última instancia, a una concepción determinada de la historia y de su incidencia sobre el presente. Si "amnesia" y "amnistía" tienen un origen etimológico común que refiere a un campo semántico compartido, rescatar la memoria de su posible caída en el agujero negro del olvido es un gesto político opuesto a cualquier intento de borramiento. El testimonio, la memoria, están también, están sobre todo, en el desgarramiento de la lengua, en el vaciamiento de las palabras. Los autoritarismos de cualquier tipo buscan exiliarnos del lenguaje, convirtiéndolo en algo plano, hueco, unívoco.
“Se ha adueñado de la humanidad un singular sentimiento de desprecio por la palabra...” Leo esta frase que pronunció Hermann Broch en una conferencia en el año ¡1934! y no puedo sino sentirme absolutamente sacudida por ella. “...desprecio por la palabra...”; bien lo percibía Broch en la Europa de entreguerras, con Hitler estrenándose en el poder, con un paisaje de pogroms e intolerancia que se repetía empezando a cubrir gran parte del mapa de Occidente. Leo esta frase y pienso en los comandantes zapatistas hablando en el Palacio Legislativo y, quizás sin saberlo, compartiendo con Broch y con tantos otros esta preocupación por la desvalorización del lenguaje. Habla la comandanta Esther, y con su voz busca volver a darle dignidad a las palabras: “La palabra que traemos es verdadera. No venimos a humillar a nadie. No venimos a vencer a nadie. No venimos a suplantar a nadie. No venimos a legislar. Venimos a que nos escuchen y a escucharlos. Venimos a dialogar”. Vivimos en un momento de “empaste de la lengua”, de puré de lenguaje, reino de los clichés, las metáforas raídas por el uso, la domesticación, el murmullo banal, el palabrerío superficial y plano, que sin duda ha invadido el espacio cotidiano, incluida la propia reflexión sobre la memoria. Frente a esto es necesario volver a plantearse una ética del lenguaje, porque sabemos que el que es, es por la palabra. En Europa en los años 30, como en las sociedades de posdictadura o en el complejo México de principios del siglo XXI, amar las palabras, protegerlas, volver a darles la dimensión que les corresponde, es defender la posibilidad de la reflexión, del diálogo, del encuentro con el Otro, de su reconocimiento a partir de la propia historia y de aquella que compartimos. Hermann Broch y la comandanta Esther saben - como lo sabe Don Luis Leal - que cada palabra tiene el rostro de nuestra memoria, que la palabra es identidad, con o sin pasamontañas.
Si somos el ser de la palabra, es allí donde se puede rescatar la memoria, donde puede dejarse testimonio del horror, en la búsqueda - la mayor parte de las veces dolorosa, difícil - de la densidad del lenguaje, de sus quiebres y contradicciones, en la búsqueda, finalmente, de la palabra poética. "...el poeta ha hecho del habla un dique contra el olvido, y los dientes agudos de la muerte pierden el filo ante sus palabras", escribió George Steiner.
Sólo la palabra poética - y hablo de una propuesta de escritura más que de un género literario - permitiría entonces enfrentar a la muerte, y desde el balbuceo llegar a la epifanía; sólo la poesía permitiría ese grado de extranjería, de extrañamiento con que es necesario mirar el lenguaje para ser uno con el “habla inarticulada, con esa voz muda", con esa canción sólo audible en el desierto de la página en blanco, del cielo/mortaja desterrado.
Aun desde la "destierra", aun desde el incomprensible humo que cava en el aire al ritmo de un tango, el lenguaje poético aparece quizás como el último espacio posible de la utopía.

La entrañable Virginia Woolf

El 25 de enero de enero de 1882 nació en Londres Virginia Woolf, una de las escritoras que me resulta más entrañable de mi altar personal.

Como homenaje releeré Las olas, un libro que aún hoy sigue deslumbrándome. 

Aquí comparto un fragmento de la novela, y un enlace a The Virginia Woolf Society of Great Britain, un sitio que vale la pena explorar:  http://www.virginiawoolfsociety.co.uk 

Las olas (fragmento)

El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin. Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido o cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. La luz golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial. Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías.

Vida de perros Partes II y III


II.
En unas viejas películas que filmó mi padre en las que mi hermana Bibi de tres años hacía de El Zorro, porque alguien le había regalado el disfraz, aparecen dos cachorritos que persiguen y les muerden los pies a “Bernardo” (Daniel, mi hermano menor, que con dos años aún no decía una sola palabra por lo que resultaba óptimo para el papel del mudo que acompaña a Diego de la Vega), al bandido encarnado por el “puberto” de pelo largo en que se había convertido Pablo, y al Sargento García, representado por la más cachetona de la familia (¿adivinen quién era???). Los cachorritos se llamaban Kimba y Panta y habían llegado a casa de la mano de uno de los personajes más fascinantes de nuestra infancia: el tío Mauricio. Mauricio Paley, tío de mi madre, era un porteño digno de un aguafuerte de Roberto Arlt: medio reo, mujeriego, mal hablado, fracasado en los negocios... Mi abuela materna, Luisa, era la mayor de los hermanos y la única que había nacido en Odessa; todos los demás nacieron en Buenos Aires adonde habían llegado los padres atraídos por la política de inmigración que respondía a lo planteado por el Preámbulo de la Constitución: 

Nos, los representantes del pueblo de la Nación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente por voluntad y elección de las provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino...

Alguna vez he contado que tengo una copia de este preámbulo colgada en mi estudio porque me conmueve enormemente. “...para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino...”. Frase que atrajo a los Paley, y a los Schifrin que también eran judíos y rusos. Que sedujo a los Ferro, que llegaron desde Génova, y a los Lorenzano, que venían de Calabria, de la bassa Italia. Ésas son mis raíces. En esas historias de inmigrantes está mi memoria. “Todo mezclao, todo mezclao”, como escribió Nicolás Guillén. 
Pues un buen día, el tío Mauricio, que adoraba a su sobrina, y - por carácter transitivo - a esos cuatro hijos que ella había tenido con el goy de la familia, llegó con un par de maravillosos cachorros pastor alemán. Divinos, juguetones, traviesos. Pero de pronto dejaron de jugar, de mordernos los tobillos, de perseguir a la Vaqui, de ladrarle a Don Spada, el jardinero. A los pocos días comenzaron a caminar con dificultad, y unas semanas más adelante estaban totalmente paralizados. Les había dado moquillo. Kimba y Panta están enterrados en el jardín. Al Zorro se le caían las lágrimas por debajo del antifaz.


III.
Y tuvimos - ¡qué privilegio! - nuestro perro argenmex. Había llegado a casa ya bautizado y nadie se atrevió a cambiarle el nombre: fue Johnny, entonces, al norte y al sur del Ecuador. En realidad: ”Shony” al sur; “Iony” al norte. 

Después del golpe de estado del 24 de marzo del 76, mis padres comenzaron a hablar de dejar el país. ¿Cómo? ¿Papá estaba en peligro? ¿Y nosotros? ¿Adónde nos iríamos? ¿Y la escuela? ¿Y los amigos? Fueron meses vertiginosos, oscuros, tristes. Salimos de Ezeiza el 8 de julio. Quizás por eso sigo odiando ir a Buenos Aires en invierno. Es gris, lluvioso, frío, y siempre huele al miedo del exilio. Armamos maletas con lo mínimo indispensable (¿qué es lo mínimo indispensable cuando uno abandona su hogar?), abrazamos a la gente querida, lloramos, escribimos cartas de despedida, juramos amores eternos, y nos subimos al avión. ¿Y Johnny? Perdimos las fotos de la infancia, los libros de la biblioteca, el Tigre y sus ríos entrañables, el fondo del jardín con nuestros perros enterrados, el jazmín y el roble. Y perdimos también a nuestro perro.
He contado muchas veces ya mi llegada a México. El dolor de la despedida todavía fresco se mezclaba con la sorpresa de la libertad recién descubierta. Llegamos a las Torres de Mixcoac, igual que tantos otros exiliados. A 5 - 301. Noé Jitrik y Tununa Mercado ya hacía más de un año que vivían también allí, con sus hijos ¡y con el Cuzco! Un cocker que seguía con devoción a Magdalena en sus recorridos por las plazas. Ellos sí trajeron al perro, reclamábamos nosotros, centrando en el buen Johnny toda nuestra nostalgia. Papá  perdía la mirada por la ventana buscando infructuosamente el horizonte. ¿Tienen ustedes idea de lo claustrofóbico que puede volverse un pampeano en una ciudad rodeada de montañas? 
Afortunadamente, la solidaridad tiene razones que la razón desconoce: un grupo de amigos de mis padres juntaron algo de dinero y nos mandaron a Johnny a la otrora región más transparente. 
Fuimos todos al aeropuerto. Finalmente, era el regreso del hijo pródigo. “No llegó”, le decían a mi padre los empleados de la aduana. “Aquí no hay ningún perro”. “No insista”. ¿Está usted seguro? Hasta que oímos un ladrido. “¡Johnny!”, gritó papá. La escena que cuento a continuación sigue a pie juntillas el relato paterno y debe ser imaginada en cámara lenta: el collie y mi padre corren uno hacia el otro y se funden en un abrazo que dura varios segundos. Era la patria que llegaba en versión canina.
Ahora sí la familia estaba completa. La extrañeza ante los nuevos olores, los ruidos, las costumbres, las palabras, desaparecía cuando llegábamos a casa y el perro movía la cola de plumero, tan feliz como nosotros con el reencuentro. 
Fue nuestro confidente muchos años. Con su muerte terminó mi adolescencia. Lo enterramos en algún lugar de Ciudad Universitaria, en ese nuevo hogar que fue para todos nosotros la UNAM.



Llorar a lágrima viva con (y por) Oliverio Girondo


El 24 de enero de 1967 murió el gran Oliverio Girondo, y con él algunas de las palabras más bellas, irreverentes y entrañables de nuestra poesía.

Vida de perros. Parte I


I.
Al día siguiente de haber empezado a leer Tombuctú, la novelita en la que Paul Auster cuenta la historia de Willy G. Christmas desde la perspectiva de Mr. Bones, su perro, recibí un mensaje de mi papá contándome que acababa de morir el Bachín. Con Lola a mis pies; una shitzu más bien hippie y de pelos parados (no por nada su segundo nombre es “Janisjoplin”, según decisión de Mariana) bastante demandante pero amorosísima, decidí que tenía que escribir algo sobre nuestros perros. Si Auster, Virginia Woolf, Jack London y otros tantos lo habían hecho, podría justificar esa decisión que me nacía de las entrañas, con una buena dosis de tradición (digo, por si alguien consideraba el tema “poco literario”. Aunque eso ¿a quién le importa?).
Como bien se ve en esta foto, los perros han formado parte de nuestra vida desde siempre. 
La perrita que nos acompaña era ovejero alemán manto negro - los criaban en algún lugar en el norte del Gran Buenos Aires. Quizás un paciente de mi padre - y se llamaba Sombra. Era, es cierto, nuestro “doppelgänger”. No se separaba de nosotros. Vivía dentro de la casa - como han vivido todos nuestros perros -  pero su espacio favorito   era el jardín que disfrutaba con Pablo (ese bebé gordito y rubio) y conmigo, participando en todos nuestros juegos. Un día alguien dejó la puerta abierta y se escapó. La perrera municipal fue más rápida que mis padres. No llegaron a rescatarla. Nosotros éramos muy chicos, pero sé que fue nuestro primer enfrentamiento a la injusticia y a la muerte. 
Pocos días después llegó una de sus hermanas. La llamamos Negra (se ve que no éramos demasiado originales). Le construyeron una casita en el fondo del patio en la que yo escribí el nombre. Una casita que nunca usó, como podrán imaginarse; siempre prefirió dormir a los pies de nuestras camas, o incluso encima de la cama, disputándole el lugar a una salchicha llamada Chiquita (nos gustaban los nombres descriptivos, más bien obvios). Chiquita había vivido casi toda su vida sobre la falda de mi abuela, su primer y único amor. Pero cuando mis abuelos dejaron su casa de Trenque Lauquen para instalarse en un departamento de la ciudad, decidieron que lo mejor sería que la perrita viviera con nosotros. Ella lo asumió con resignación y desapego. Siempre parecía que nos hacía el favor de aceptarnos en su vida, y sólo era verdaderamente feliz los sábados porque era el día que nos visitaban los abuelos y ella podía volver a dormitar y dejarse apapachar en su sitio favorito: las piernas de Mamina.
Chiquita se sumó muy a su pesar a nuestro pequeño zoológico doméstico formado por Negra, claro, por una gatita llamada Vaqui (porque las manchas blancas y negras la hacían parecer una holando-argentina); por Tortu, una tortuga de río de cuello largo y peligrosamente carnívora que vivió casi 20 años en una pecera en la sala de la casa (aunque, como bien dice Mafalda, la palabra “sala” aún me suene extranjera, y prefiera la muy autóctona “living”), por algunas gallinas, por el canario Arito (por Aristóteles), y por varias y diversas versiones de la tortuga Manuelita. ¡Hasta un cerdo vivió en casa! No un lindo chanchito rosadito y amoroso. No: un señor chancho. Me lo gané yo en una rifa en la Escuela Primaria número 15 Juan Bautista Alberdi de El Talar. De tooooodos los papelitos con los nombres de tooooodos los alumnos, alguien sacó el que decía “Sandra Silvina Lorenzano, 2do A”. ¡Un cerdo gigante me miraba desde una caja de madera! 
Mi madre se había criado en dos ambientes en pleno centro de Buenos Aires y disfrutaba el aire libre, la casa amplia y las calles de tierra de nuestro pueblo como nadie. Ahora que yo también tengo nostalgia de esos espacios y de esa vida de bicicletas, polvo en el verano, charlas con el “Gordito” (créase o no, ése era el único nombre que le conocimos al almacenero. Así lo llamaban todos los vecinos), entiendo su sonrisa en las mañanas, su decisión de plantar un jazmín “del país” fuera de la ventana de la cocina, de cuidar como a un hijo el pequeño roble que nos daría sombra, pero sobre todo que nos daría maravillosas hojas doradas en el otoño. Quién iba a imaginar entonces el exilio, la distancia. Quién iba a imaginar la muerte.

´Libros prohibidos' con Sandra Lorenzano. El Cartero de Neruda 21/01/13

Cada lunes en El Weso, por W Radio...
Libros prohibidos. Viajando con el Señor Tijeras.



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Por qué los libros prolongan la vida

Por qué los libros prolongan la vida

Umberto Eco


No hace mucho me entretenía imaginándome a aquellos progenitores nuestros que hablaban de sus esclavos adiestrados en trazar caracteres cuneiformes como si fueran modernos computers. Me entretenía pero no bromeaba. Cuando hoy leemos artículos preocupados por el porvenir de la inteligencia humana frente a nuevas máquinas que se aprestan a sustituir nuestra memoria, advertimos un aire de familia. [...] 

La misma reacción de terror debe de haber sentido quien vio por primera vez una rueda. Habrá pensado que nos olvidaríamos de caminar. Acaso los hombres de aquel tiempo estaban más dotados que nosotros para realizar maratones en los desiertos y en las estepas, pero morían antes y hoy serían dados de baja en el primer distrito militar. Con esto no quiero decir que, por esa razón, no nos debamos preocupar de nada y que tendremos una bella y sana humanidad habituada a merendar sobre la hierba de Chernobyl; si acaso, la escritura nos ha hecho más hábiles para comprender cuándo debemos detenernos, y quien no sabe detenerse es analfabeto, aunque vaya en cuatro ruedas. [...] 

¿Qué hemos ganado? ¿Qué ha ganado el hombre con la invención de la escritura, la imprenta, las memorias electrónicas? 

En una ocasión, Valentino Bompiani hizo circular una frase: “Un hombre que lee vale por dos”. Dicha por un editor, podría ser entendida solamente como un eslogan feliz, pero pienso que significa que la escritura (en general, el lenguaje) prolonga la vida. Desde los tiempos en que la especie comenzaba a emitir sus primeros sonidos significativos, las familias y las tribus necesitaron de los viejos. 

Quizá primero no servían y eran desechados cuando ya no eran eficaces para la caza. Pero con el lenguaje, los viejos se han convertido en la memoria de la especie: se sentaban en la caverna, alrededor del fuego y contaban lo que había sucedido (o se decía que había sucedido, ésta es la función de los mitos) antes de que los jóvenes hubieran nacido. Antes de que se comenzara a cultivar esta memoria social, el hombre nacía sin experiencia, no tenia tiempo para forjársela y moría. Después un joven de veinte años era como si hubiese vivido cinco mil. Los hechos ocurridos antes de que él naciera, y lo que habían aprendido los ancianos, pasaban a formar parte de su memoria. 

Hoy los libros son nuestros viejos. No os damos cuenta, pero nuestra riqueza respecto del analfabeto (o del que, alfabeto, no lee) consiste en que él está viviendo y vivirá sólo su vida y nosotros hemos vivido muchísimas. [...] 

Esto podría dar a alguien la impresión de que, no bien nacemos, ya somos insoportablemente ancianos. Pero es más decrépito el analfabeto (de origen o de retorno) que padece de arteriosclerosis desde niño, y no recuerda (porque no sabe) qué ocurrió en los idus de marzo (*) Naturalmente, también podríamos recordar mentiras, pero leer ayuda también a discriminar. No conociendo las culpas de los demás, el analfabeto ni siquiera conoce los propios derechos. 

El libro es un seguro de vida, una pequeña anticipación de inmortalidad. Hacia atrás (¡ay!) más que hacia adelante. Pero no se puede tener todo y al instante.



Humberto Eco. La Nación, 1997 (fragmento)






(*) Idus: En el antiguo calendario romano, día que corresponde al 13 de nuestro calendario, excepto en los meses de marzo, mayo, julio y octubre, en que corresponde al 15. Julio César, el emperador romano, fue asesinado en los idus de marzo.

En busca del cuento perdido, programa 137. El doble, el otro



Hoy vamos a hablar de uno de los temas más fascinantes de la literatura: el tema del doble, del “doppelgänger” como se lo llama con un término en alemán que ya forma parte de todas las lenguas. Término creado por el novelista Jean Paul y que significa literalmente “el que camina al lado”. Se trata de un tema recurrente en un número enorme de cuentos y novelas de ciencia ficción, de terror, de fantasía. ¿Será que se trata de un tema con raíces en nuestro propio inconsciente?
http://enbuscadelcuentoperdido.blogspot.com


Memorias del horror o Susan Sontag como pretexto

Los invito a entrar a este artículo que surgió a partir de la lectura del libro de Sontag, Ante el dolor de los demás:

http://www.debatefeminista.com/PDF/Articulos/memori226.pdf






Las recomendaciones de la semana. En busca del Cuento Perdido



Las recomendaciones de la semana en En busca del cuento perdido


1. La primera recomendación es la reedición que Editorial Océano hizo de la novela más importante del reciente Premio Nobel chino Mo Yan. Se trata de Sorgo rojo. “Ambientada en una zona rural es una novela sobre la familia, el mito y la memoria, en la que fábula e historia se unen para crear una ficción cruel e inolvidable. La narración arranca con la invasión japonesa de los años treinta, y cuenta la conmovedora historia de tres generaciones de una familia.”






2. La segunda recomendación es Cruzar la sombra, libro de cuentos de la narradora mexicana Silvia Molina, editado por Cal y Arena, en el que se reúnen dos volúmenes publicados anteriormente de manera independiente - Dicen que me case yo y Un hombre cerca - así como cuentos nuevos en los que a la tradicional variedad de voces y la exploración de los sentimientos que realiza Molina, se suma un muy agradecible toque de ironía y humor.  


3. El tercer libro que recomendamos hoy es una joyita publicada por Páginas de Espuma y Colofón: se trata de Escribir ficción de la gran escritora norteamericana Edith Wharton. Qué maravilla poder zambullirnos en las páginas de este libro que son una suerte de “manual de escritura creativa”, en el cual la primera mujer en recibir el prestigioso Premio Pulitzer, nos devela muchos de sus propios secretos.






Programa 136. Dedicado a Simone de Beauvoir.

¡Consulta los contenidos de este programa y las indicaciones para colaborar en el siguiente!

Vivaldi en el siglo XXI

Gracias a Pablo Espinosa (y al artículo que el sábado publicó en La Jornada, y que aquí reproduzco), descubrí la maravillosa obra de Max Richter sobre "Las cuatro estaciones" de Vivaldi. Ojalá la disfruten tanto como yo.











Disquero
Las Cuatro Estaciones de Vivaldi del siglo XXI
Pablo Espinosa
Periódico La Jornada
Sábado 12 de enero de 2013, p. a16
He aquí un nuevo descubrimiento, un nuevo motivo de gozo, una aventura para vivirla intensamente: Recomposed by Max Richter. Vivaldi The Four Seasons, se titula esta novedad discográfica que mantiene, ya por varias semanas, literalmente en éxtasis al Disquero.
Estos son los antecedentes: la disquera más importante del planeta, la alemana Deutsche Grammophon, inició hace algunos años una serie formidable: Recomposed by,consistente en encargar a jóvenes compositores, con públicos asiduos cada uno de ellos, para que retrabajen partituras de autores consagrados, con el propósito de atraer nuevos públicos a la música de concierto.
El primer disco de esta serie estuvo a cargo de Matthias Arfman, a quien siguió, en el segundo volumen de la serie, Jimmi Tenor, y enseguida la pareja Carl Craigen y Moritz von Oswald.
El cuarto volumen fue encomendado a Matthew Herbert, ese mago del sampleo, quien grabó sonidos (un poco a la manera del protagonista de Historia de Lisboa, de Wim Wenders) cerca de la tumba de Gustav Mahler, en el cementerio Grinzing, de Viena. Y también se puso a grabar sonidos de radio emitidos dentro de un ataúd.
El quinto y nuevo volumen acaba de publicarse y es una obra maestra: a diferencia de sus antecesores, todos alemanes, el maestro Max Richter, de 46 años de edad y con una trayectoria fulgurante, no recurrió al manido arte del sampler para rescribir una de las obras más cercanas al corazón de muchos humanos: las Cuatro Estaciones de Vivaldi, con resultados exultantes.
Realizar intervenciones a esa partitura, costumbre adoptada por los anteriores autores de esta serie, hubiera sido, en palabras del propio Richter,tan frustrante como ponerse en excavar en una mina, encontrar diamantes, pero no poderlos sacar a la superficie. Para lograrlo, se metió de clavado en la partitura, nota a nota, compás por compás, la abrió en canal y literalmente la volvió a escribir.
El compromiso con el cual Richter realizó este trabajo es resultado de la fascinación: para él, Las Cuatro Estaciones es un gran paisaje que todos conocemos y que nos fascina. El paisaje de lo conocido lo convirtió Max Richter en el paisaje de lo que está por conocerse: al escucharlo, uno experimenta algo superior al déja vu:uno ha escuchado esta música toda su vida, desde el momento en que nació sonaba, pero puede parafrasear a Charly Parker y decir: ¡Momento, esta música ya la escuché pasado mañana!
Crea así Max Richter con Las Cuatro Estaciones un puente natural de encantamiento hacia el territorio de la magia fosforescente, hacia el confín de las joyas radiantes que están al alcance de nuestras manos en una dimensión donde el tiempo y el espacio ya no existen.
No en balde está en cartelera en estos días en Londres la más reciente obra de Max Richter: la ópera SUM,basada en el libro, fascinante, del neurocientífico David Eagleman:Cuarenta historias de la otra vida. La vida después de la vida. Libro apasionante, interesante pero sobre todo divertido con un tema serio, tratado en serio por un científico que escribe y lo hacede manera magistral.
El track 7, correspondiente al movimiento Presto, de El Verano de Las Cuatro Estaciones, es el favorito de el Disquero: es puritito heavy metal para orquesta, según definió el propio Richter, quien rescribió este pasajepensando en la manera como John Bonham aporreaba la batería. Prodigios del barroco: Vivaldi redivivo en Led Zeppelin.
Para completar su nuevo y feliz descubrimiento, el Disquero compró todos los otros discos asequibles (en iTunes) de Max Richter (el de Las Cuatro Estaciones sí se consigue en formato cedé en México) con resultados igualmente fascinantes.
Max Richter es inglés, pero nació alemán. Fue alumno de Luciano Berio en Florencia y su vida musical profesional la inició, al día siguiente de graduarse, con su fabuloso grupo de cámara Piano Circus, cuyo título lo dice todo y con el cual difundió la hasta entonces desconocida obra de un compositor que respondía al nombre de Arvo Pärt (hoy reconocido como el más grande compositor vivo) y en su repertorio también lucían partituras del mismísimo Brian Eno, así como de Steve Reich y Philip Glass, entre otros gladiadores.
Al Disquero le place en especial el disco 24 Postcards in Full Colour:igual número de miniaturas con una diversidad alucinante y que el sentido del humor de su autor lanza comotonos para celular, jeje.
El estilo, la música de Max Richter es un crisol magnifiscente: posminimalista, orquestador magistral, experto en música electrónica, fascinado por el paisaje orquestal por igual que por el rock de los 60 y 70. Por momentos nos conecta con Michael Nyman y Alexander Balanescu, otros con Steve Reich, otros más con Terry Riley, pero también con Led Zeppelin y los grupos de rock progresivo que utilizaron el clavecín en algunos de sus discos, y otros no necesariamente progresivos, como los Beach Boys, o Los Beatles en Abbey Road.
Todo ese crisol esplende, refulge y nos pone en órbita en su más reciente obra maestra: Recomposed by Max Richter. Vivaldi The Four Seasons(Deutsche Grammophon).
He aquí una nueva obra maestra.
Subir al inicio del texto

http://www.jornada.unam.mx/2013/01/12/cultura/a16n1dis#texto


Explícame, amor


Comencemos este viernes de enero con algo de la excepcional y desgarrada poesía de Ingeborg Bachmann (Klagenfurt, Austria, 1926 - Roma, Italia, 1973)

Explícame, amor

Tu sombrero se levanta despacio, saluda, y vuela al viento,
tu cabeza desnuda enamora a las nubes,
tu corazón tiene que hacer en otra parte,
tu boca asimila lenguas nuevas,
la hierba tembladera menudea por aquí,
el verano apaga y enciende los ásteres con un soplo,
ciego por los copos levantas el rostro,
ríes y lloras y te hundes en ti,
qué más ha de ocurrirte -

¡Explícame, amor!

El pavo con solemne asombro hace la rueda,
la paloma levanta su collar de plumas,
el aire se dilata repleto de arrullos,
grita el ánade, el país entero
se sirve de la miel silvestre, también en el sereno parque
los arriates están enmarcados con un polvo dorado.

El pez se ruboriza, adelanta a la bandada
y se precipita entre grutas al lecho de coral.
Al son de la música de la arena plateada baila tímido el escorpión.
El escarabajo huele de lejos a la más espléndida;
¡si yo tuviera sus sentidos, notaría también
que brillan alas bajo el caparazón de ella,
y tomaría el camino del fresal lejano!

¡Explícame, amor!

El agua sabe hablar,
la ola toma a la ola de la mano,
en la viña el racimo se hincha, salta y cae.
¡Cuán confiado sale el caracol de su casa!

¡Una piedra sabe conmover a otra!

Explícame amor, lo que no sé explicar:
¿trataré durante este tiempo corto y hostil
únicamente con pensamientos y sólo yo
no conoceré ni haré nada afectuoso?
¿Tiene uno que pensar? ¿No le echarán de menos?

Dices: otro espíritu cuenta con él...
No me expliques nada. Veo a la salamandra
pasar por todos los fuegos.
Ningún horror la persigue y nada le causa dolor.



De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001
Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García


Para leer más de la obra de Bachmann, les recomiendo que vayan a los sitios
http://www.amediavoz.com/bachmann.htm
http://web.uchile.cl/publicaciones/cyber/18/crea16.html

´Libros prohibidos' con Sandra Lorenzano. 'Viajando con el señor Tijeras'. 09/01/13

Por si se quedaron con ganas de escuchar mi nueva colaboración. 
Ahora también en El Weso. ¡Estoy feliz! ¿Me cuentan qué les parece?
Los espero todos los miércoles a las 19:00 hrs. en W Radio!


Volver a Altazor


Un día como hoy, 10 de enero, pero de 1893, nacía Vicente Huidobro. El mejor homenaje que podemos hacerle a este poeta que hubiera odiado la palabra "homenaje" es volver a su obra, en especial a su gran poema "Altazor".

Un día como hoy, 10 de enero, pero de 1893, nacía Vicente Huidobro. El mejor homenaje que podemos hacerle a este poeta que hubiera odiado la palabra "homenaje" es volver a su obra, en especial a su gran poema "Altazor".

Comparto aquí con ustedes el 

PREFACIO

     Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
     Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
     Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
     Amo la noche, sombrero de todos los días.
     La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
     Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
     Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
     Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoiris.
     Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
     El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.
     Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
     Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
     Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
     Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso, como un ombligo.
     «Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.
     »Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
     »Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo y reconstituido, pero indiscutible.
     »Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano.
     »Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).
     »Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
     »Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»
     Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.
     Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.
     Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
     Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
     «Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
     »Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
     »Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
     »Un poema es una cosa que será.
     »Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
     »Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
     »Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
     »Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.»
     Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a la atmósfera del último suspiro.
     Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte.
     Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:
     »Mira mis manos: son transparentes como las bombillas eléctricas. ¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?
     »Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.
     »Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.
     »Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.
     »Digo siempre adiós, y me quedo.
     »Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.
     »Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.
     »Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas.
     »Ámame.»
     Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas.
     Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.
     Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.
     Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.
     Ah, qué hermoso..., qué hermoso.
     Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.
     Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.
     Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.
     De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.
     Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.
     La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada.
     Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados.
     Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.
     Aquél que bebe el vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos.
     Aquél que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas.
     Él, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos únicos.
     Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos sin testigo.
     El día se levanta en su corazón y él baja los párpados para hacer la noche del reposo agrícola.
     Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.
     Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.
     El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin corazón.
     Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes.
     Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.
     Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.
     Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.
     Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.
     La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
     Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
     Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del cenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.
     Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.
     Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.
     ¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.
     Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.
     Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.
     Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.
     Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.
     ¿Qué esperas?
     Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.
     Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable.




En busca del cuento perdido. 135. John Banville


Antigua Luz, John Banville, Alfaguara, 2012.

Alexander Clave es un viejo actor de teatro que recuerda su fugaz e intenso primer amor. Un rodaje cinematográfico le llevará a intimar con una joven y popular actriz cuya vida se ha asomado al abismo y al inesperado hallazgo de respuestas acerca del destino final de las mujeres que marcaron a fuego su vida.

Lee las primeras páginas del libro:
http://www.alfaguara.com/uploads/ficheros/libro/primeras-paginas/201209/primeras-paginas-antigua-luz.pdf
Más sobre el libro:
http://www.alfaguara.com/es/libro/antigua-luz/


Lee más sobre el programa 135 de En Busca del Cuento Perdido dedicado a John Banville. Vistia el blog y suscríbete al podcast!