Con Rosario Castellanos en el recuerdo

Amor


Solo la voz, la piel, la superficie
pulida de las cosas.

Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco
rebalsaría y la mano ya no alcanza
a tocar mas allá.

Distraída, resbala, acariciando
y lentamente sabe del contorno.
Se retira saciada,
sin advertir el ulular inútil
de la cautividad de las entrañas
ni el ímpetu del cuajo de la sangre
que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo
ya para siempre ciego del sollozo.

El que se va se lleva su memoria,
su modo de ser río, de ser aire,
de ser adiós y nunca.

Hasta que un día otro lo para, lo detiene
y lo reduce a voz, a piel, a superficie
ofrecida, entregada, mientras dentro de sí
la oculta soledad aguarda y tiembla.


Desamor

Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.


Elegía

Nunca, como a tu lado, fui de piedra.

Y yo que me soñaba nube, agua,
aire sobre la hoja,
fuego de mil cambiantes llamaradas,
sólo supe yacer,
pesar, que es lo que sabe hacer la piedra
alrededor del cuello del ahogado.


Lo cotidiano

Para el amor no hay cielo, amor, sólo este día;
este cabello triste que se cae
cuando te estás peinando ante el espejo.
Esos túneles largos
que se atraviesan con jadeo y asfixia;
las paredes sin ojos,
el hueco que resuena
de alguna voz oculta y sin sentido.

Para el amor no hay tregua, amor. La noche
se vuelve, de pronto, respirable.
Y cuando un astro rompe sus cadenas
y lo ves zigzaguear, loco, y perderse,
no por ello la ley suelta sus garfios.
El encuentro es a oscuras. En el beso se mezcla
el sabor de las lágrimas.
Y en el abrazo ciñes
el recuerdo de aquella orfandad, de aquella muerte.


Rosario Castellanos, México, D. F., 25 de mayo de 1925 - Tel Aviv, Israel, 7 de agosto de 1974

Hermoso poema de Óscar Hahn


Cosas que se escuchan

Qué extraño es sentir el sonido de la lluvia
cuando no está lloviendo
mirar por la ventana las calles secas
y sentir el sonido incesante de la lluvia
Ahora escucho el crujido de una silla mecedora
Alguien teje alguien se para
alguien entra con unas tazas de té
alguien hace ruido con la vajilla
Qué extraño es sentir el quejido
de una silla mecedora
cuando nadie se está meciendo
el tintinear de la vajilla
cuando nadie está poniendo la mesa
la algarabía de los invitados
cuando las sillas están vacías
y el sonido de la lluvia
el persistente sonido de la lluvia
cuando no está lloviendo

José María Pérez Gay, "Así escribo"

Aquí va el texto prometido hoy en "En busca del cuento perdido"

ASÍ ESCRIBO

Los años pasan y nosotros también

Recuerdo con una emoción cercana al privilegio el tiempo antes de que aparecieran en nuestras vidas los procesadores de palabras. Por ejemplo, el que tengo frente a mí todos los días: Mac Os X. Procesador 2 por 2 GHz Power, PC G-5, Snow Leopard, “Una puesta a punto del sistema operativo más avanzado del mundo. El Snow Leopard mejora toda tu experiencia en Mac. A todos los niveles, es más rápido, fiable y fácil de usar. El Mac que ya conoces y adoras, aún mejor”, un spot que me resulta más difícil de entender que la Analítica Trascendental en La crítica de la razón pura de Kant. Después está la enorme pantalla de 16 pulgadas, la memoria 512 mb ddr2 sdram, los software y la fibra óptica. 

Ahora recuerdo los días que pasaba en México cuando aún vivía en Alemania y no existían los procesadores de palabras. El estrecho pero glorioso departamento de mis padres en Cadereyta Strasse en la colonia Condesa se ponía patas arriba porque yo lo había tomado de nuevo para hacer una de las traducciones del alemán que se publicaría en el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre!, que dirigía Carlos Monsiváis. Por ese entonces desempacaba mi máquina Olympia de escribir, me sacaba de múltiples bolsillos unos plumines alemanes con finísimas puntas de pico de mosquito, extraía de las maletas una biblioteca ambulante (Elias Canetti, Hans Magnus Enzensberger, Robert Musil, Hermann Broch y Karl Kraus), me armaba de dos resmas de papel bond gramaje 29 de 500 hojas cada una —que luego tendría que reponer, puesto que apenas me alcanzarían para un borrador de unas 25 cuartillas, y faltaba aún pasar el texto varias veces en limpio— y, ante los ojos alarmados de doña Alicia, mi madre, y los ojos escépticos de don Pepe, mi padre, ponía todo aquello sobre la versátil mesa del comedor. 

Lo que ocurría en los días siguientes era que todas las líneas telefónicas de la ciudad de México estaban ocupadas, al decir de Luis Miguel Aguilar. Unas, porque se me ocurría —decía el Güicho— tomar el directorio telefónico, marcar el número y leerles a todos sus moradores los avances de mi traducción y/o presentación de lo traducido; otras líneas estaban ocupadas porque —afirmaba también el Güicho— “les hablaba a los amigos para preguntarles si una minucia exquisita en la traducción quedaba mejor que otra minucia exquisita”; y las últimas líneas telefónicas se ocupaban con amigos de José María Pérez Gay preguntándose:
—¿Ya te habló Chema? Me dejó pensando. ¿Tú crees que ese específico dativo alemán, en la traducción de Canetti sobre Hashiya, puede resolverse con un buen acusativo español?

Los años pasan y nosotros también. Ahora, en los tiempos del procesador de palabras Mac OS X. Procesador 2 por 2 GHz Power, PC G-5, Snow Leopard las cosas han cambiado de modo radical y hemos entrado de una vez para siempre en el inevitable continuo real-virtual, como diría mi profesor de la Universidad Iberoamericana, el rumano Horia Tanasescu. Me obsesiona la idea de que no me pertenece lo que se encuentra escrito en la pantalla. Por lo general despierto temprano, desayuno y me pongo ante la computadora. Leo por encima los titulares de los periódicos en internet, pero me aferro más al papel de los diarios. Ahora, como antes, soy un lector de tiempo completo. Leo todo el día sin detenerme. Me es imposible leer textos en la pantalla. Cada vez estoy más convencido de que internet nunca sustituirá a los libros. 

A partir de 2007 me he propuesto escribir La profecía de la memoria: Walter Benjamin y su tiempo, un ensayo histórico sobre uno de los autores que me han acompañado a lo largo de mi vida Leo hasta el mediodía. Mientras tomo unas cuatro tazas de café, me debato entre los seis volúmenes de la correspondencia de Walter Benjamin. Por fortuna tengo a unos pasos un célebre expendio de café veracruzano. Después de comer, a las seis o siete de la tarde, me dispongo para ir a trabajar a mi periódico La Jornada. 

Si he de ser sincero, el procesador de palabras ha vuelto más fácil la difícil tarea de escribir, ya no llamo por teléfono para pedir auxilio ni comento con los amigos más cercanos lo que escribo. La pantalla de la computadora se ha convertido en una suerte de caverna platónica de la soledad. 

Ahora recuerdo los ojos alarmados de doña Alicia, mi madre, y los ojos escépticos de don Pepe, mi padre, y busco mi máquina Olympia de escribir, pero mis padres, como la máquina, ya no están, se han ido para siempre. Siento una extraña mezcla de nostalgia y esperanza en medio de la escritura y las tazas de café, entonces me pregunto si un recuerdo es algo que tenemos o algo que hemos perdido para siempre. Sabemos que los recuerdos no existen: reescribimos siempre la memoria del mismo modo como reescribimos siempre la historia. 



Revista Nexos 01/10/2009

http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=3287

Paul Celan y su "Fuga de muerte"

El gran poeta Paul Celan nació el 23 de noviembre de 1920 en Czernowitz (Cernauti), Rumania, y se suicidó en París, tirándose del puente Mirabeau, el 20 de abril de 1970. Quizás porque no pudo soportar más la memoria del horror, quizás porque supo que el gesto más radical era el del silencio.
Él, que se había preguntado "¿Cómo escribir, madre, en la lengua de tus asesinos?", renovó la poesía en legua alemana.
Sus versos son uno de mis talismanes en la vida, por eso quiero compartirlos hoy con ustedes.



Fuga de muerte
(Traducción de José María Pérez Gay)

Leche negra del alba te bebemos de tarde
te bebemos al mediodía y en la mañana
te bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en el aire
donde no estamos encogidos
Un hombre vive en la casa
juega con las serpientes
escribe cuando oscurece a Alemania tu pelo de oro
Margarete
escribe y sale de la casa
y brillan las estrellas y silba a sus perros
silba a sus judíos
y los manda a cavar una tumba en la tierra
y nos ordena ahora toquen para bailar

Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía
te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa
y juega con las serpientes y escribe
y escribe cuando oscurece a Alemania
tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamith
cavamos una tumba en el aire
donde no estamos encogidos
Grita
caven más hondo canten unos toquen otros
y empuña el acero del cinto
lo blande
sus ojos son azules
hundan más hondo las palas
toquen unos bailen otros

Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía
te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa
tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamith
un hombre juega con serpientes
Grita toquen más dulce la muerte
La muerte es un maestro de Alemania
y grita toquen más oscuro los violines
luego ascienden al aire
convertidos en humo
sólo entonces tienen una tumba en las nubes
donde no están encogidos.

Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía
la muerte es un maestro de Alemania
te bebemos en la tarde y de mañana
bebemos y bebemos
la muerte es un maestro de Alemania
sus ojos son azules
te alcanzan sus balas de plomo
te alcanzan sin fallar
un hombre vive en la casa
tu pelo de oro Margarete
lanza sus mastines contra nosotros
nos regala una tumba en el aire
juega con las serpientes y sueña
la muerte es un maestro de Alemania
tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamith.


Otro poemas de Celan en:

http://amediavoz.com/celan.htm

http://www.philosophia.cl/biblioteca/celan/poemas.pdf

http://www.periodicodepoesia.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=2065&Itemid=115

Amado Nervo: de Sor Juana a los boleros

Les cuento que hace exactamente 5 años, en mayo de 2008, fui invitada a dar la conferencia inaugural del Festival Internacional “Amado Nervo”, en Tepic, Nayarit. 
Comparto con ustedes lo que leí en ese momento. Ojalá les guste.




1. Nacimiento de una pasión
El 24 de mayo de 1919 moría Amado Nervo, en Montevideo, donde se desempeñaba como Ministro Plenipotenciario del gobierno de México. Tenía 49 años; había nacido en 1870 en esta maravillosa ciudad de Tepic. Tenía 49 años y una amplia y rica carrera a sus espaldas; 49 años y algo que no sabemos si alcanzó a percibir en su plenitud: la devoción del público. No sólo de los lectores mexicanos sino de los de la América hispánica toda. Uruguay decretó día de duelo nacional por la muerte del poeta, y su féretro, cubierto por las banderas de todos los países del continente, se hizo a la mar en un barco que fue deteniéndose en uno y otro puerto a lo largo del camino para que quienes amaban sus literatura pudieran despedirlo. Una multitud esperaba el cuerpo en el puerto de Veracruz para acompañarlo a la capital del país. Dicen que más de 300 mil personas le dieron “el último adiós” – para usar una metáfora que nació con el modernismo -. Un espectáculo único, una manifestación del peso que alcanzó su literatura que no volvió a repetirse nunca más en nuestra historia. La poesía logró con el creador nayarita lo que sólo se asemejaría décadas después con el apoyo de los medios. Y digo que no sabemos si alcanzó a percibir Amado Nervo el alcance de si figura, porque algunos años antes había escrito un texto desesperanzado: 
“… ¿Quién considera, quién comprende en México al literato? Nadie. Júzgasele aplicándole prejuicios de la época de Maricastaña; cúrese de él la gente como de un animal raro, créese destituido de valor su trabajo, y hay quien sostenga, sin temor de Dios, que es un holgazán, pues que la tarea intelectual, esa tarea ingrata, agotadora de mil energías y, ¿por qué no decirlo?, sublime y redentora, no es, según el común criterio, un trabajo propiamente dicho: es algo inútil y aun nocivo.” (En “Los poetas mexicanos y el pueblo”, 27 de junio de 1896).

La muerte que, como la búsqueda de la felicidad y el amor, habían estado tan presentes en su poesía, construye el último gran gesto del poeta convirtiendo en algo público el más íntimo de los instantes. De alguna manera la apoteosis de la despedida puede verse como el complemento que la vida le regala en respuesta a esa poema que hasta hace pocos años todos los mexicanos sabían de memoria (seguramente en Nayarit y en esta sala lo siguen sabiendo); me refiero, como habrán podido adivinar, a “En paz”. (Si uno pone en el buscador de Google “Amado Nervo, En Paz”, aparecen ¡¡¡208,000 entradas!!!). 
Permítanme que lo lea, repitiendo ese gesto usual en la época: le lectura en voz alta; y si quieren pueden sumarse y lo decimos juntos:
Muy cerca de mi ocaso,
yo te bendigo, vida
porque nunca me diste
ni esperanza fallida
ni trabajo injusto,
ni pena inmerecida. 
Porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino
que si extraje la hiel o la miel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel, o mieles sabrosas. 
Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno,
mas tu no me dijiste que mayo fuese eterno
halle sin duda largas las noches de mis penas,
mas tu no prometiste tan solo noches buenas. 
En cambio tuve algunas
santamente serenas 
¡Amé, fui amado, el sol acarició mi faz!
¡Vida, nada me debes!
¡Vida, estamos en paz!
Qué mejor regalo para un poeta que buscaba como Nervo llegar a la sencillez absoluta después de de haber experimentado las diversas formas del modernismo, que ver sus propios versos incorporados como frases del habla popular. ¿Quién no ha adoptado como propias algunas de sus imágenes? Esto es lo que sucede, como bien señala Carlos Monsiváis, con frases como “el arquitecto de mi propio destino”.
El camino de la sencillez es alimentado entre otras cosas por la reivindicación de su origen provinciano, como en el caso de López Velarde y su “Suave Patria”. Hay maravillosas páginas de Nervo hablando de la ciudad de su infancia, de ese “paraíso perdido”, “Pueblo feliz”, de juegos en la plaza, de vida familiar, de rezos murmurados que marcaban las horas del día. “El agua al amanecer… Las noches eran profundas. En las épocas de agua, los cocuyos iluminaban con sus alas de oro y verde.”
 Y él mismo escribe: “Al abandonar ese Tepic, junto con la muerte de mi padre, terminó la niñez y con ello, una etapa de la vida y de la ciudad donde nací.”

Esta sencillez, este despojamiento convertido en poética, se ve enriquecido también por su acercamiento a ciertas filosofías orientales, es especial al budismo. Recordemos la primera estrofa del poema “Renunciación”: “Oh Siddharta Gautama, tú tenías razón: / las angustias nos vienen del deseo; el edén / consiste en no anhelar, en la renunciación / completa, irrevocable, de toda posesión; / quien no desea nada, dondequiera está bien.” (En Serenidad, 1914)
Entre la pasión y el equilibrio, entre “el cielo y la tierra”, “entre el erotismo y la fe religiosa: ‘mi afán entre dos aguijones – escribió el propio Nervo -: alma y carne”
, creó una obra literaria que es, como lo subraya Monsiváis, la expresión de la sensibilidad de una época; el amor como “la justificación de la vida”
 y la amistad, la sinceridad y el catolicismo o, en todo caso, la fe en la trascendencia, como los pilares de toda creación. La poesía es la nueva religión y el poeta un elegido:
Si mis rimas fuesen bellas,
Enorgullecerme de ellas
No está bien,
Pues nunca mías han sido
En realidad: al oído
Me las dicta… ¡no sé quién!
Yo no soy más que el acento
Del arpa que hiere el viento veloz, 
Yo no soy más que el eco débil,
Ya jubiloso, ya flébil,
De una voz… (de Serenidad)

2. A las mujeres de mi país y de mi raza…
El único ensayo crítico extenso que realizó Amado Nervo fue Juana de Asbaje, escrito para el Centenario de la Celebración de la Independencia, en 1910, y en el cual recupera la figura de la monja jerónima, hoy tan estudiada y admirada, pero tan olvidada e incluso rechazada durante los siglos XVIII y XIX. 
No olvidemos que el modernismo es un movimiento que surge en Hispanoamérica como búsqueda, entre otras cosas, de la independencia estética de España que aún no habíamos alcanzado a pesar de haber alcanzado ya la independencia política. La mirada de nuestros escritores abandona entonces la península Ibérica y se dirige a la cultura propia, tanto como a Francia donde parnasianos y simbolistas les proporcionan los elementos que, combinados con las realidades nacionales y continentales, dieron origen al primer movimiento literario nacido en estas tierras. Es desde aquí, desde América, que irradiará al resto del mundo. Se trata de un movimiento complejo, que cubre distintas etapas con características diversas, lo que difícilmente podríamos resumir en unas pocas líneas.
“No hay modernismo sino modernismos – escribe José Emilio Pacheco - : los de cada poeta importante que comienza a escribir en lengua española entre 1880 y 1910. (…) Al ser la negación de cada escuela, al exigir a cada poeta el hallazgo de su individualidad, el modernismo es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. (…) Es una voluntad de situarse en el ahora, de encontrar el estilo de la época.” Y continúa Pacheco: “En 1695 los Siglos de Oro llegaron a su fin al morir Sor Juana Inés de la Cruz. Fueron necesarios doscientos años para que las letras españolas recuperaran su lugar. Esta empresa tuvo su origen en la periferia y no en el centro. Empezó por un afán de independencia cultural que siguiera a la autonomía política y terminó en un movimiento que se vio como hispanoamericano primero y en seguida dentro de la perspectiva general del idioma.”

Sin duda, la búsqueda del fortalecimiento de la identidad nacional en primer término, y luego de la continental son objetivos que muchos de las obras modernistas nos permiten ver. En esta búsqueda, el trabajo sobre el idioma – la experimentación con formas y ritmos poéticos tomados de otras lenguas, la exploración de nuevas imágenes y metáforas, etc. – va de la mano con los viajes, reales e imaginarios, a países remotos y, a la vez, con el redescubrimiento de la riqueza de las culturas nacionales. En este último sentido es que cobra tanto valor la recuperación que hace Amado Nervo de la figura de Juana de Asbaje.
La obra, cuyo título sin duda “saca” a la monja del convento, comienza con la siguiente frase: “Dedico este libro a las mujeres todas de mi país y de mi raza.”.  Y como primer párrafo dice: “Ahora que nos acercamos a la celebración del Centenario de nuestra Independencia, está bien que pensemos en todos aquellos con su mentalidad ingente ayudaron a formar el alma de la Patria e hicieron que se destacara poco a poco la individualidad de la misma.”

Hoy, cuando estamos iniciando los festejos por el Bicentenario, no estaría de más tener presente esta propuesta, ¿verdad? 
En este libro, el personaje, Juana, tiene, como el propio Nervo, orígenes provincianos – había nacido en Nepantla – y amor por la palabra. 
“Yo no quiero olvidar jamás cierta noche de miércoles santo, en que, yendo para Cuautla, una avería de la locomotora nos obligó a quedarnos tres horas en Nepantla. La transparencia de la atmósfera, extraordinaria, daba a los astros la ilusión de una proximidad emocionante. Una placidez de tonalidad admirable reinaba en el paisaje. Largo rato vagué por entre las casas humildes y por los campos anegados de luna, repitiendo con no sé qué íntimo deleite: ¡Aquí nació Sor Juana! ¡Aquí nació Sor Juana! (…) ¿Cuáles de aquellas paredes blancas cobijaron los primeros años de la adorable niña?”

Como él, la joven debe abandonar su hogar para ir a la ciudad y poder desarrollar entonces su verdadera vocación poética. Como él se debatirá entre la religión y la creación. Sin duda, la Inquisición y su género harán que para Sor Juana esta tensión sea muchísimo más problemática que dos siglos después para el tepiscense. De hecho, sabemos que los principales conflictos que tuvo la jerónima durante su vida se debieron a la presión que ejerció la Iglesia para hacerla abandonar el camino del conocimiento; camino que había emprendido desde que, a los tres años, acompañó a escondidas a su hermana mayor a la escuela y aprendió a escribir, para enorme sorpresa de su madre. La Iglesia rígida e intolerante de nuestro barroco intentará más de una vez obligarla al silencio. Amado Nervo, rompiendo una tradición de desprestigio que la crítica del siglo XVIII había tejido alrededor de la compleja y sin dudas excepcional obra de Sor Juana, la convierte en el centro de sus reflexiones con motivo, como les decía, de los cien años de nuestra independencia. La riqueza cultural es aquello que le da fuerza a nuestro país, parece ser uno de los mensajes que el poeta pretende transmitir. Saberse heredero de una rica tradición literaria fortalece también su propio trabajo y su figura en el imaginario nacional. Si bien siempre los poetas tienen algo de rara avis (no olvidemos que una de las obras de Rubén Darío se llama precisamente “Los raros”),  esta “rareza” encuentra afinidades en la propia historia. Sor Juana es, sin duda para Nervo, una de estas “afinidades electivas”, para utilizar la frase de una obra de Goethe. El siglo XX, en especial su segunda mitad, se caracteriza por el estudio riguroso y rico de la obra de la jerónima; los sorjuanistas forman una élite académica devotamente estudiosa de su obra. Pienso en los trabajos de Margo Glantz, de Antonio Alatorre, de Georgina Sabat de Rivers, de Antonio Rubial, entre otros. Y, por supuesto, en la hermosa biografía intelectual que es a la vez análisis sociológico, histórico y poético de Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Si alguien quiere acercarse a Sor Juana le recomiendo que lo haga a través del libro de Paz; obra mayor que resulta amena y rigurosa a la vez. Nuevamente un poeta hablando de un poeta (¿de una poetisa?). Decía que el siglo XX se caracteriza por el surgimiento de los estudios sobre Sor Juana, pero también por el afán de ciertos sectores por apresarla en una imagen rígida y “domesticada”, por decirlo de alguna manera; se limita así su obra al soneto “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón”, o a la efigie de los billetes de 200 pesos. Uno de los espíritus más libres de nuestra historia queda de este modo reducido a su mínima expresión. Es necesario recuperar el afán de libertad que caracterizó a Juana Inés, su ansia de saber por encima de todo lo demás. Su búsqueda de respuestas a través del estudio y la observación. Su decisión de dedicarle la vida a las letras, al conocimiento. Su fortaleza para defender sus puntos de vista y sus derechos más allá de las presiones de los cerrados y convencionales espíritus confesionales. Amado Nervo hace especial énfasis en este ansia de libertad de nuestra Décima Musa, siguiendo los diversos pasos que la llevaron a acercarse al estudio y a la creación, desde las escapadas a la escuela, como lo comenté líneas anteriores, hasta los ruegos a su madre para que le permitiera asistir a la universidad aunque fuera vestida de hombre, pasando por el “examen” que le organiza el Virrey con los principales sabios del reino y en el cual Juana Inés demuestra tener una cultura y unos conocimientos nunca antes vistos en una jovencita de diecisieta años, su vida en el convento, las “llamadas de atención” de la Iglesia a raíz de sus posturas acerca de la principal fineza de Cristo (tema de discusión teológica muy importante en nuestro barroco novohispano), su amor por la ciencia, por los instrumentos astronómicos y musicales, etc. etc. El acercamiento que hace a Sor Juana está teñido por la admiración, el amor y el reconocimiento. Por primera vez después de la oscuridad en que cayó la obra de la poetisa, posterior al impresionante éxito que tuviera en vida. No olvidemos que gracias a María Luisa Manrique de Lara, Condesa de Paredes, esposa del Virrey y primera protectora de Sor Juana, se publican sus textos en España y causan sensación. Que la primera edición de las obras de la monja, la Inundación Castálida, se hiciera en 1689 en la capital del reino y no en la Nueva España, habla del reconocimiento con el que contaba ya en España y Portugal, incluso antes de la publicación del libro. Abre este libro con un soneto dedicado a su protectora que dice así: 

A la excelentísima señora condesa de Paredes, marquesa de la Laguna, enviándole estos papeles que su excelencia la pidió y pudo recoger soror Juana de muchas manos en que estaban, no menos divididos que escondidos como tesoro, con otros que no cupo en el tiempo buscarlos ni copiarlos 

   El hijo que la esclava ha concebido, 




dice el derecho que le pertenece




al legítimo dueño que obedece




la esclava madre, de quien es nacido.




   El que retorna el campo agradecido,
 5 



opimo fruto, que obediente ofrece,




es del señor, pues si fecundo crece,




se lo debe al cultivo recibido.




   Así, Lisi divina, estos borrones




que hijos del alma son, partos del pecho,
 10 



será razón que a ti te restituya;




   y no lo impidan sus imperfecciones,




pues vienen a ser tuyos de derecho




los conceptos de un alma que es tan tuya.




Ama y señora mía, besa los pies de vuestra excelencia, 




su criada




Juana Inés de la Cruz.






Por primera vez, decía, a través del libro de Amado Nervo, Juana de Asbaje vuelve a estar presente en la cultura nacional. Es el de nuestro poeta un trabajo amoroso, de admiración por esa mujer que se refugió en el convento porque no existía para ella otro destino si lo que quería era defender su derecho al conocimiento, su derecho al logos, su derecho a la palabra. Siguiendo las diversas etapas de su vida, así como el análisis de algunas de sus obras principales, va tejiendo este “libro con alas”, como lo llama Antonio Alatorre en la reedición que se hizo del mismo en 1994
; libro que resulta al mismo tiempo la recuperación de una de las principales voces de la historia de la literatura en lengua castellana y el homenaje de un poeta a quien le antecedió en el camino. No es el propósito de estas páginas detenerme más de la cuenta en el hermoso ensayo de Nervo, pero quisiera darle un espacio – si a ustedes les parece – a las últimas páginas del libro; aquellas que llevan por título “Su muerte”. 
“En cuanto a los que por ceguera, pertinacia o emulación no habían querido confesar su grandeza, ahora que la excelsa monja se convertía, según sus propias palabras, ‘en cadáver, en polvo, en sombra, en nada…’, cómo empezaban a verla crecer, crecer más alto que los dos volcanes hopados de nieve a cuyo amparo había nacido y llenar todo el Valle y toda la Nueva España, y todo el continente, y todo el mundo con la gigantesca proyección de su sombra.”

Algo quizás llegara a imaginar nuestro poeta de su propia desaparición ¿por qué no? Algo percibido, alimentado por la pasión mística de su juventud, por la marca que la muerte había dejado en su piel desde pequeño, con la ausencia de su padre. Recordemos aquel poema juvenil que dice: 
“Morir… y estar contigo…
¡Dulce esperanza, bienhechor abrigo
Donde mi corazón halla el consuelo
Que su ventura encierra!
¿Por qué peregrinar tanto en la tierra
Si la patria del alma está en el cielo?”
Algo parece adelantar también en el cierre del homenaje a Sor Juana de los sentimientos de aquel desgarrado poema que escribiera mientras velaba el cuerpo de la mujer que fue el amor de su vida, Ana Cecilia Luisa Dailliez, la “amada inmóvil”. Los versos son el homenaje que le rinde a quien consideró "ornamento de mi soledad, alivio de mi melancolía, flora de mi heredad modesta, dignidad de mi retiro, lamparita santa y dulce de mis tinieblas". 
“En memoria de ANA
Encontrada en el camino de la vida
El 31 de agosto de 1901
Perdida — ¿para siempre?— el 7 de enero de 1912.”


3. ¡Ah, el amor!
“Oh, qué será, qué será que no tiene decencia, ni nunca tendrá, que no tiene censura, ni nunca tendrá, que no tiene sentido...”, canta el brasileño Chico Buarque y con él canta toda nuestra cultura desde hace milenios. “Oh, qué será, qué será...” y ahí están Eros y Psique,  Penélope y Ulises, Troilo y Crécida, Romeo y Julieta…
He aquí nuestra educación sentimental: desde los mitos clásicos hasta los radioteatros, desde las tragedias de Shakespeare hasta los melodramas, desde las esculturas de la antigüedad a las fascinantes imágenes que nos mandaba Hollywood, todo eso ha formado a generaciones completas de latinoamericanos. Y allí están, por supuesto, los versos, los ritmos las imágenes de nuestros poetas modernistas.
He aquí nuestra educación sentimental; ésa a la que Manuel Puig le rindió homenaje en su novela La traición de Rita Hayworth, o el cubano Cabrera Infante convirtió en catedral de la lengua en Tres tristes tigres. La que nació con nuestros pálidos románticos vernáculos – epígonos melancólicos de Verlaine pasados por la exhuberancia del trópico -. ¿Alguien pronunció la palabra kitsch? Cuando muere Agustín Lara, en noviembre de 1970, las masas se abalanzan sobre su féretro. Las muchedumbres rodeando el cuerpo de su ídolo sólo tienen un antecedente en nuestro país, el entierro de Amado Nervo. El poeta nayarita que habiendo muerto en Montevideo es recibido por más de 300 mil personas que desean acompañar sus restos a la ciudad de México. Nunca más un poeta fue recibido con el fervor y la desolación popular que de ahí en adelante estaría sólo reservada para las “estrellas” del show bussines. La poesía vuelta - más que espectáculo - pasión compartida. Kitsch nada me debes, kitsch estamos en paz.
Del amor divino al amor terreno, la poesía de Amado Nervo se construye como él mismo lo dijo “entre el cielo y la tierra”. De sus primeras pasiones místicas al descubrimiento del amor pasional, va creciendo su obra. Y esto permite que se constituya en uno de los referentes principales en la educación “sentimental” de un pueblo que está descubriéndose a sí mismo. “Ser poeta – escribe Nervo en Revisión de valores es una predestinación; es realizar a Dios en el alma; es convertirse en templo del Espíritu Santo.” Y cito a Carlos Monsiváis en su libro Amor perdido: “A las obras de Acuña, Plaza, Díaz Mirón, Gutiérrez Nájera, Juan de Dios Peza, Nervo, José Manuel Othón, el público mexicano llega – transido de respeto y memorización amorosa – para ver sintetizadas o esbozadas, o magnificadas las relaciones internas o externas de una sociedad con sus haberes espirituales.” De ahí el paso de la poesía modernista a la cultura popular, a los boleros, a las canciones sentimentales, a la memoria de los mexicanos que hoy nos parece quizás más vapuleada que nunca.
Quisiera terminar, como homenaje a Amado Nervo y a su amor al amor, con la lectura de algunos fragmentos de su poema  "GRATIA PLENA"

TODO en ella encantaba, todo en ella atraía:
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar... 
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era llena de gracia, como el Avemaría;
¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar! 
Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como margarita sin par, 
al influjo de su alma celeste amanecía... 
Era llena de gracia, como el Avemaría; 
¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar! 
(…)
Yo gocé el privilegio de encontrarla en mi vía
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar,
y cadencias arcanas halló mi poesía.
Era llena de gracia, como el Avemaría; 
¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar! 
¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía; 
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
¡Era llena de gracia, como el Avemaría; 
y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió... como gota que se vuelve a la mar! 


Muchas gracias.




  


No nos une el amor sino el espanto...



Buenos Aires

Y la ciudad ahora es como un plano
De mis humillaciones y fracasos;
Desde esta puerta he visto los ocasos
Y ante este mármol he aguardado en vano.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
Me han deparado los comunes casos
De toda suerte humana, aquí mis pasos
Urden su incalculable laberinto.

Aquí la tarde cenicienta espera
El fruto que le debe la mañana;
Aquí mi sombra en la no menos vana

Sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor sino el espanto;
Será por eso que la quiero tanto.

Jorge Luis Borges

Guatemala con Alaíde en el recuerdo


Ante el horror de la anulación de la sentencia a Ríos Montt, quiero pensar en la Guatemala que amó Alaíde Foppa y en la fuerza de su poesía.


Oscuro canto

Oscuro canto
que brota
de la honda esperanza
rota,
y del retorno
al círculo cerrado.
Peso escondido
como hijo sin nacer
en el vientre profundo,
apretado nudo
en el lugar del corazón.

Ay, tampoco suena
ni sube
el nocturno canto
hacia el cielo lejano.
Es una voz sorda
que se ahoga en la garganta,
es un grito callado.
Y si sube,
no es un vuelo
en la noche muda,
es sólo una nube de humo
que se pierde en la sombra.


Propiciatoria

Lenta y plácida
sea la vida que corre por mis venas,
largos sueños y dulces despertares
me asistan,
escuchen mis oídos voces quedas,
mientras crece en secreto
la criatura.
¡Ay, que el llanto no empañe mi pupila!
Que por furtivo anhelo
no tiemblen mis pestañas,
ni perturbantes fantasmas me llamen,
mientras vive en mi seno
la criatura.
¿Cómo puedo estar triste
si la rama florece?
No empañe su mirada,
antes que se abra,
el velo de mis lágrimas.
El alma no me pertenece.
Mañana,
desprendida de mí
la criatura,
irá libre y ligero
mi imprudente paso,
y sin temores,
podré dejarme lastimar de nuevo.
Pero hoy, Señor,
aparta de mi lado
las cosas que me hieren:
tiende un camino de arena fina
bajo mi pie cansado,
defiende mi soledad tranquila
y pon sobre mi frente
una corona matinal
de pensamientos claros.


Señor, estamos solos...

Señor, estamos solos,
Yo, frente a Ti:
Diálogo imposible
Grave es tu presencia
Para mi solitario amor.
Escucho tu llamada
Y no sé responderte.
Vive sin eco y sin destino
El amor que sembraste:
Sepultada semilla
Que no encuentra el camino
Hacia la luz del día.
En mi pecho encendiste
Una llama sombría
¿Por qué señor,
no me consumes entera,
si no hay para tu amor
otra respuesta
que mi callada espera?


Un día

Este cielo nublado
de tempestad oculta
y lluvia presentida
me pesa;
este aire denso y quieto,
que ni siquiera mueve
la hoja leve
del jazmín florecido,
me ahoga;
esta espera
de algo que no llega
me cansa.
Quisiera estar lejos,
donde nadie
me conociera:
nueva
como la yerba fresca,
ligera,
sin el peso
de los días muertos
y libre
ir por caminos ignorados
hacia un cielo abierto.

Patti Smith (y nosotros) anoche


¿Qué les puedo contar del concierto de anoche? Patti Smith es un portento: cantó, bailó, saltó, tocó la guitarra y tuvo al público encantado durante casi dos horas. Más allá de que el personaje me resulta fascinante, con esa androginia casi militante, con su amor por la poesía, con el dolor de los duelos y el espíritu feroz de quien persigue lo que desea desde el principio de los tiempos; más allá de eso, como me pasa con casi todo en la vida, el concierto de anoche valió la pena por quienes estaban conmigo.

Mi infancia es argentina, pero mi adolescencia es totalmente mexicana. Esa adolescencia mexicana de la que ya he escrito en otras ocasiones, y en la que aprendí a conocer esta ciudad “enorme, gris, monstruosa”, como escribió José Emilio Pacheco, y a enamorarme de una cultura cuyas raíces son tan antiguas y profundas que me daba vértigo (y que aún me lo da). Era una época en que viajábamos en “delfín” y en “ballena” sobre las avenidas Revolución e Insurgentes (¡vaya nombrecitos para alguien que venía de un régimen que había prohibido libros sólo por tener esas palabras en el título - como la Historia de la Revolución Mexicana de Jesús Silva Herzog, por ejemplo; un clásico del Fondo de Cultura), tomábamos café en el Alden de Parroquia, atravesábamos el mercado de Mixcoac para llegar al colegio, fumábamos Delicados (los más valientes, sin filtro) y mirábamos el mejor cine en el CUC (todavía tengo nostalgia de un lugar como ése: vimos todo Bergman, todo Fellini, todo Kurosawa; nos enamoramos de la pequeña Ana Torrent en “Cría cuervos”, y de Marcello y Sophia en “Una giornata particolare”). 
Me acuerdo. No me acuerdo. Así comienza Las batallas en el desierto. Me acuerdo que nosotros, los que habíamos nacido en 1960, 61, 62, fuimos adolescentes de talleres literarios, de rock progresivo y peña folklórica. “Todo mezclado. Todo mezclado”, como había escrito Nicolás Guillén. Estábamos convencidos de que “El pueblo unido jamás será vencido...” y de cambiaríamos el mundo. Así. Sin más. Hablábamos y hablábamos y hablábamos. Un poco de todo: quiénes éramos, qué queríamos, qué había que leer, que escuchar, que conocer. Los viernes y sábados buscábamos fiestas. Recuerdo en especial una de esas fiestas, no sé bien por qué. Era en casa de los Serrano, y en un tocadiscos sonaba una y otra vez “Horses” a todo volumen. Bailamos durante horas al ritmo de la voz un tanto afónica y hoy entrañable de Patti Smith. 
Dos de los amigos queridísimos que bailaban conmigo aquella noche, también estaban anoche y los tiempos se me juntaban en un palimpsesto hecho de memorias y olvidos. Fuimos de pronto los adolescentes de los 70 mirados con ternura y una pizca de dolor por estos cincuentones que hoy somos.

Allá por 1977, la poesía y Carlos Illescas

En 1977 o 78, cuando hacía poco tiempo que había llegado a México y era una adolescente un poco destanteada e insegura, para la cual la poesía se había convertido en una forma de conectar con la realidad, alguien me recomendó que fuera a los talleres que se impartían en Promoción Nacional del INBA.

Yo vivía en las Torres de Mixcoac, así que tomé un par de camiones, me bajé en la glorieta del metro Insurgentes, y caminé hasta la calle Dinamrca en la colonia Juárez. Así llegué con mi fólder bajo el brazo al taller de Carlos Illescas.

Él había nacido en Guatemala el 9 de mayo de 1918 y era también un exiliado. Quizás por eso me defendió ante el ataque feroz de los otros miembros del taller, poetas ya "consagrados", que se ensañaron con mi cursilidad adolescente y "revolucionaria". Además de defenderme, dijo que mi voz le recordaba la de Marianne Anderson. ¡Imagínense! Desde se momento, no sólo lo amé para siempre sino que además me volví su fiel lectora.

Hoy, antes de que termine el día de su cumpleaños, me gustaría compartir con ustedes algunos de sus hermosos textos.


De "Llama de mí" 1984


La noche

I.  Persiste en el aire una herida
más grande que las cosas grandes.
Me busca. Me encuentra. Me abraza,
y al solazarse en la efusión,
¿lo digo?
me traspasa de ti.

II.  La media noche en alto aún gemía.
Alguien preguntó por mí
tal vez por asustarme.
Logró al punto. Ahora
produzco entre visiones pétreas
voces lejanas con remar de dientes.
Sólo deseo, amor,
creerme entre tus sombras
ese alguien que me asusta
al preguntar por ti.

III.  Alguien me disuade;
expresa su temor y me conmina.
Salto de la cama daga en mano
y busco al intruso.
No es nadie; es solamente
la telenovela del viento
en tanto un gato negro
crucifica mis ojos en los suyos.

IV.  Hundida en un sollozo
la noche desmerece.
Lambisca sombras. Me divisa en ti
como si al anunciarse traspasase,
no su materia, mis tinieblas.
negros relámpagos escuchan
cómo nombro en tu cuerpo
otra noches cubiertas de cenizas,
tan llama aún como la aurora
en donde ardimos sin mirar la luz.

V.  Rasgas la noche en muchas llagas,
una es luz yendo a su locura;
revelación de hormiga en ascua, aquélla;
más vaso irresoluto la siniestra;
y no la extrema, yo, a quien quisieras
preguntarle cómo puede
sin quejarse vivir bajo tu pie.

VI.  Bajo la sombra mi relación
de líquida ventura es imagen
a tanta torre erguida
más allá de los sentidos,
sus adivinaciones altas.
La oscuridad, sobre plagarme
me destroza y desmigaja ego a ego,
soy cuento absurdo referido
por el tonelero ciego
remedado con afán euclidiano
por un señor en cuyas manos
el pan es daño con saudade.

VII.         Soy palabra omitida
               dice la piedra; sepultada
               nadie escucha la dilatación 
               de sus rumores.
               Soy sensación, nada
               roída por la humedad
               del fondo.
               Me busco tantas veces
               entre vetas demoradas;
               menos en una:
temor de renacer.
a cuanto tú pudieras
delegarle al tiempo;
allí la piedra dice
palabras abolidas
por la luz anegada
con la sombra.


VIII.    Si no te amara,
lo que se dice huraño corazón
debelado en cucarachas,
mi madre, siempre tan cercana,
invocaría la lepra para mí.
Y mi padre, siempre en la palabra,
sin más habría de elegirme
cerdos de gruñir bubónico
como bayaderas infinitamente
lamentables para amenizar
con sus encantos,¿oyes?,
los chiqueros de mi corazón.



IX.  No me hagas caso, amor,
sin más apresta tus oídos
si te hablo en esperanza.
No me traduzcas al idioma
de asuntos abrumados de cordura:
mi persona no debe preocuparte;
salvo, dulcísima, al momento
en que tu olvido me devuelva
al fondo de la mar sin nombre
de donde no debí salir jamás.

X.  En mí la noche emprende el viaje;
opción de ser sombría rosa o canto
a viejos continentes.
Ya sus guirnaldas omitidas, habla,
es dulce río su invidencia
al tentalear la piedra de mi espíritu.
Es flor. Al caminar se halla;
es tan feliz encuentro en sombras
jinetes traza para el viaje.
Ahí el perfume a sueño, el sueño;
ahí el sabor a noche, noche en vela.
Noche, pues, será narrarte
en un perpetuo paso cómo el alba
uncida a su materia,
es rosa de tu canto.









Susana Thénon: poemas, boleros y más


Los invito a explorar la obra de Susana Thénon (1935-1991), una estupenda poeta argentina, contemporánea de Juana Bignozzi y de Alejandra Pizarnik.
Vale la pena leerla (y mirar este video de un poema vuelto bolero. ¡Genial! http://www.youtube.com/watch?v=x1cPxXMUKwE )



JUEGO

Despojémonos de todo aquello
seguro
que se proyecta al exterior
con trazos lentos
y definitivos.
Todos empleados en la tarea
de ser, vivir, sentir
sin otros lazos.
Y quien no atine a sofocar
su amor por lo prohibido,
reclame su derecho al dolor,
su penitencia.
Despojémonos de todo cuanto
nos conformó a imagen y semejanza
nuestra
y gustemos sabiamente para el recuerdo
el minuto absurdo y libre.

De “Edad sin tregua”, 1958.

AQUÍ

CLÁVATE, deseo,
en mi costado rabioso
y moja tus pupilas
por mi última muerte.

Aquí la sangre,
aquí el beso roto,
aquí la torpe furia de dios
medrando en mis huesos.



POEMA

Yo creo en las Noches
R.M.Rilke

AYER tarde pensé que ningún jardín justifica
el amor que se ahoga desaforadamente en mi boca
y que ninguna piedra de color, ningún juego,
ninguna tarde con más sol que de costumbre
alcanzan a formar la sílaba,
el susurro esperado como un bálsamo,
noche y noche.
Ningún significado, ningún equilibrio, nada existe
cuando el no, el adiós,
el minuto recién muerto, irreparable,
se levantan inesperadamente y enceguecen
hasta morirnos en todo el cuerpo, infinitos.
Como un hambre, como una sonrisa, pienso,
debe ser la soledad
puesto que así nos engaña y entra
y así la sorprendemos una tarde
reclinada sobre nosotros.
Como una mano, como un rincón sencillo
y umbroso
debería ser el amor
para tenerlo cerca y no desconocerlo
cada vez que nos invade la sangre.
No hay silencio ni canción que justifiquen
esta muerte lentísima,
este asesinato que nadie condena.
No hay liturgia ni fuego ni exorcismo
para detener el fracaso risible
de los idiomas que conocemos.
La verdad es que me ahogo sin pena,
por lo menos he resistido al engaño;
no participé de la fiesta suave, ni del aire cómplice,
ni de la noche a medias.
Muerdo todavía y aunque poco se puede ya,
mi sonrisa guarda un amor que asustaría a dios.


DÓNDE

“Sólo el misterio
nos hace vivir.
Sólo el misterio.”
F. García Lorca.

Bajo la teoría de la gestalt
las estadísticas anuales
el observador en el polo
los tableros de control.

Bajo el sol meteorológico
el éster nítrico del alcohol tetrahídrico
la fuerza motriz aprovechable
y el robot electrónico.

Bajo el predicado nominal
la glosemática de Hjelmslev
el catálogo de códices y documentos
la patogenia del coma hepático.

Bajo las categorías dimensionales
la suma de los ángulos interiores de un sueño
la cosmovisión del yo
los grados del amor cibernético

cómo seguir
qué ser
dónde morir

¡FELIZ CUMPLE, QUERIDO CARLOS!



Cumpleaños y boleros Pensando, cómo no, en Carlos Monsiváis
Sandra Lorenzano 
(publicado en la revista Nexos el 1 - 05 - 2010: 
http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=73174 )


 
 
La autora revisa el legado de un escritor que inventó una forma de mirar 
la cultura popular, la vida urbana, la sociedad de masas

Despierta, dulce amor de mi vida

Hace un par de años, el mero 4 de mayo, un grupo de amigas le llevamos “mañanitas” a Monsi por su cumpleaños. Entre la desmañanada y los abrazos sonaban las canciones sobre las que él tantas veces ha escrito: “Amor perdido”, “Cenizas”, “Fallaste corazón”… Cantamos temas de Agustín Lara, de José Alfredo, de María Grever… Allí estaban todos, con nosotras, con el maestro Monsiváis asomado a su ventana, y con la mariachi femenina Xóchitl: todo un hallazgo.
Monsiváis
Hace mucho ya, desde sus primeras obras, Carlos Monsiváis nos enseñó que la separación entre la llamada “alta cultura” y la “cultura popular”, para usar la clasificación de Adorno y la Escuela de Fráncfort, hacía poco viable el análisis de la cultura latinoamericana. Los llamados “Estudios culturales” institucionalizaron aquello que en América Latina trabajamos desde hace décadas, quizás por vivirlo en carne propia. ¿Cómo dar cuenta si no de lo mejor de nuestra literatura —pienso en Cabrera Infante, en Carpentier, en Cortázar—? ¿O de la música, de la pintura, donde lo “popular” se cuela en las formas tradicionales? ¿O a la inversa? ¿Quién no ha visto los telares oaxaqueños con diseños de Miró? ¿O no han escuchado acaso las letras de los raperos con referencias a Nietzsche, por ejemplo? (les recomiendo que se acerquen al trabajo de algunos de los colectivos de chavos artistas vinculados al Faro de Oriente, entre otros, para entender qué es hoy la cultura urbana). ¿Quién se atreve a decir que en nuestro continente la frontera que divide lo “culto” de lo “popular” (todo entre comillas) no es porosa, laxa, veleidosa, caprichosa, ella misma, como letra de bolero? Monsi nos enseñó a pensar América Latina a partir de esta complejidad, nos dio permiso para que la crítica, la reflexión, el análisis, cruzaran esa frontera una y otra vez para tratar de entender quiénes somos. Nos dio permiso para hundirnos en nuestro sillón favorito y ver —ahora en DVD— a Pedro Infante con su camiseta rayada y silbando “Amorcito corazón, yo tengo tentación…”; para dejarnos caer por Garibaldi cualquier viernes en la noche para cantar con José Alfredo, “Estoy pidiendo ya la del estribo…”, o para ir —y dejarnos aplastar, devotamente, eso sí— un 12 de diciembre a la Villa y aprender en carne propia lo que es la religión popular.

Si no podemos ver con él y con sus numerosísimos textos, intervenciones, entrevistas, participaciones, que nuestra cultura pasa también por todo esto, difícilmente podremos entender de qué se trata. Con Monsi aprendimos —“Contigo aprendí…”— que el humor, la inteligencia y la ironía son las mejores armas para sobrevivir en el mundo corrupto de políticos y funcionarios; aprendimos a mirar de otra manera la historia patria, a ser irreverentes pero comprometidos; a escuchar a los excluidos de siempre: indígenas, chavos banda, homosexuales, migrantes, mujeres…; a percibir las voces de la ciudad (de las ciudades), a recorrerla con mirada de flâneur (iba a agregar “posmoderno”, pero recordé inmediatamente la voz del propio Monsiváis diciendo “pos qué”; flâneur entonces, a secas), mirador, caminador, deambulador gozoso y agudo, elurofílico apasionado (es decir fanático de los gatos), memorioso e irredento lector de la Biblia (en la edición de Casiodoro de Reina).

Con sus libros, con sus artículos, con sus rápidas y agudísimas respuestas hemos aprendido a pensar que las sociedades, que nuestra sociedad, es cambiante, múltiple, heterogénea; a mirar el ejercicio periodístico como espacio de libertad, a la palabra como responsabilidad ética y medida de profundidad (en Shalalá, el programa de entrevistas que tienen por televisión Sabina Berman y Katia D’Artigues, esta última le preguntó: “Carlos, ¿cuál es para ti la prueba de la existencia de Dios?”. “El lenguaje, la palabra”, les respondió Monsi sin dudarlo). Nuestra libertad es, entonces, el privilegio que tenemos todos nosotros, de poder ver el mundo que Monsiváis nos descubre.

De entre todo aquello —casi infinito, o sin el casi— de lo que ha hablado, elijo hacer, como homenaje a “Las mañanitas” cantadas el domingo pasado, algunas referencias a nuestra “educación sentimental”.

Soy ridículamente cursi y me encanta serlo, Agustín Lara
La reivindicación de los sentimientos, del sueño, de las pasiones, de todo aquello que había sido dejado de lado por el culto a la razón, caracteriza al romanticismo y reaparece en la cultura popular latinoamericana a través de múltiples expresiones, todas ellas intensas, “azotadas”, melodramáticas; entre ellas, el bolero que resulta, a decir de Monsiváis, “sobredeterminado por los arquetipos y estereotipos de la pasión amorosa” (Bolero. Clave del corazón). Quizás nunca más volvió a haber una relación tan directa entre un movimiento artístico y literario y su apropiación y transformación por parte de la cultura popular.

En México, una de las figuras principales del romanticismo fue Manuel Acuña y, por supuesto, su célebre “Nocturno”, convertido en “Nocturno a Rosario” por la fuerza de la costumbre, se vuelve un referente ineludible si de antecedentes de nuestra “canción romántica” se trata. Sus versos son “la tierra firme del temperamento bolerístico de los inicios”:

Pues bien yo necesito decirte que te adoro, / Decirte que te quiero con todo el corazón, / Que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, / Que ya no puedo tanto y al grito que te imploro, / Te imploro y hablo en nombre de mi última ilusión.

Al romanticismo lo continúa el modernismo como alimento de la sensibilidad latinoamericana de fines del siglo XIX y principios del XX. Los letristas de boleros leen por supuesto también a Rubén Darío y a Gutiérrez Nájera. Carlos Monsiváis propone que frente a la ideología dominante de “orden y progreso”, los poetas románticos y sus continuadores por la vía de la canción reivindican las grandes pasiones. “Palabra y seducción”, dice para definir al bolero la crítica literaria Iris Zavala. Lenguaje del cuerpo que recuerda a la poesía del amor cortés medieval, aunque es en la modernidad que recrea y transforma el erotismo, que tiene verdadero lugar su nacimiento. “Si en los últimos veinte años del siglo XIX se inicia el género musical propiamente dicho en la Cuba martiana (según los expertos), ésta lo lanza en las olas del mar a México, Centroamérica. A las otras islas. En viajes de ida y vuelta, como todo viaje de bienes culturales, el bolero va y vuelve lleno de palabras y verdades; siempre en movimiento con cada nueva lectura del cuerpo” (Iris Zavala, El bolero. Historia de un amor, p. 20).

Así pasa de la hermana república de Yucatán, cuya trova lo enriquece, transforma y “mexicaniza” (Ricardo Palmerín, Guty Cárdenas, Pastor Cervera, entre otros), pasa —decía— a la modernidad galopante de nuestras ciudades de la mano de Agustín Lara. Mientras la Iglesia lo condena, él hace del amor su obsesión y construye el personaje del artista bohemio, inspirado y amado por las mujeres. “…le prohíben una canción por sus líneas ‘terribles’: ‘Aunque no quieras tú, no quiera yo, ni quiera Dios’. Imposible admitir el reto a la divinidad. Hay protestas de los sectores católicos (¡cuándo no!) y la canción queda así: ‘…aunque no quieras tú / ni quiera yo, / lo quiere Dios, / hasta la eternidad / te seguirá mi amor” (C. M., Bolero, p. 16). También la Secretaría de Educación Pública decide “desterrar de las escuelas la música de Lara por ‘inmoral y degenerada’ y, sobre todo, por su(s) letra(s) obscena(s) que pervierte(n) a los niños” (Amor perdido, p. 79). Como se ve, era una educación muy progresista la de la época. Por supuesto, cualquier semejanza con nuestra propia realidad es mera coincidencia. Y, a pesar de todo, no había mexicano ni latinoamericano que se preciara que no siguiera enriqueciendo su educación sentimental con aquello que las “buenas conciencias” pretendían acallar.

Estamos en los años treinta y, como subraya Monsi, conviven ¿curiosamente? una etapa de fuerte compromiso social y la canción romántica que aleja a quienes la escuchan de la politizada realidad en que están inmersos. ¿Será este rasgo semiesquizoide una de las marcas del tan llevado y traído (y hoy casi olvidado) “ser latinoamericano”?

¿Por qué te hizo el destino pecadora / si no sabes vender tu corazón?
El culto a la vida nocturna es una de las claves de los boleros y, con ello, lo que ésta implica: bohemia, cabarets y, por supuesto, prostitutas; eso sí: como imágenes enaltecidas. “Ya que la infamia de tu ruin destino / marchitó tu admirable primavera, / haz menos escabroso tu camino, / vende caro tu amor, aventurera”.
teclas
En este homenaje a la mujer que ha caído en el pecado, no nos olvidemos del gran Flaco de Oro que, en el papel de Hipólito, le canta a la joven que habiendo sido alguna vez una inocente campesina de Chimalistac, es hoy la estrella del prostíbulo de la prostibularia ciudad. “Santa, Santa mía…”, y es su voz aguardentosa el espejo en que quisieran verse tantas y tantas mujeres; el espejo en que se buscarán durante los muchos años en que Agustín Lara musicalice al país y a sus mitos. “Santa, Santa mía...” y la protagonista de Gamboa no será redimida por el escultor Jesús F. Contreras, al que ofrece su vida como maleable barro, sino por las metáforas rimadas de uno de nuestros mayores ídolos populares. Santa y Agustín Lara comparten la devoción del público; los dos juntos, convertidos en película, son la apoteosis del gusto popular. La novela es nuestro primer best-seller y, como dice José Emilio Pacheco, será nuestro más consolidado long-seller. Fue llevada a la pantalla primero en 1918 en una versión muda; luego en 1931 se convertirá en el primer éxito de taquilla de nuestra filmografía, y fijará el modelo de uno de los mayores sucesos del cine nacional: las películas de rumberas. Aventurera, Sensualidad, Cortesana, Víctimas del pecado. Hasta Orson Welles escribió un guión basándose en la novela de Gamboa, como modo de expresarle su amor a Dolores del Río. El propósito moralizador del libro, teñido de la misoginia y moralina de su época, se vuelve imagen idealizada en las letras de los cantantes. “Virgen de medianoche / cubre tu desnudez / bajaré las estrellas / para alumbrar tus pies”, canta Daniel Santos.* Daniel Santos vuelto personaje de novela por Luis Rafael Sánchez, en un libro cuyo título —además— parodia el famosísimo de Oscar Wilde; me refiero, por supuesto, a La importancia de llamarse Daniel Santos, donde, una vez más, no hay frontera posible entre lo “culto” (¿con K?) y lo popular.

¿En qué radica el éxito de estas “mujeres de la vida”? Santa les presenta a las mujeres, que constituyen la mayor parte del público lector, “un personaje con quien se pueden identificar a distancia y con la impunidad del espectador: miren de lo que se salvaron, esto hubiera podido pasarles en caso de nacer pobres y dejarse seducir. [...] El relato ofrece a sus lectoras la experiencia que de otro modo no hubieran tenido: sepan, gracias al narrador intermediario, lo que se siente ser prostituta”. “...previene a las muchachas contra la seducción y a los jóvenes contra la prostitución” (José Emilio Pacheco, p. XIX). Durante el porfiriato, dice Carlos Monsiváis, “Los sueños de la hipocresía engendran prostitutas ideales y desvanecen la sordidez de la explotación abyecta de miles de mujeres en cuartuchos insalubres” (C. M., Amor perdido, p. 73).


De Agustín Lara a José Alfredo Jiménez la “sinceridad del mexicano” se coloca por encima de la poesía. “Que nadie se meta entre los sentimientos y su consignación sinfonólica”, escribe Monsi (Amor perdido, p. 87). José Alfredo (así, sin apellido, porque “es de todos”, “es del pueblo”) “Vocifera su amor (a quien quiera oírlo y a quien se haga disimulado), vitorea su desgracia y le echa porras al deseo de redimir, en puro olvido alcohólico, la mala suerte de esta pasión” (p. 88). La identificación entre la gente y este “bello sufriente del bosque” (de cemento) es completa: “¿Quién no sabe en esta vida la traición tan conocida que nos deja un mal amor?”. “A las líneas las afina su intuición descriptiva —explica Monsiváis—: carentes de metas políticas y de recursos económicos, las clases populares necesitan poseer sentimientos, hacerse del catálogo de confusiones indecibles a las que ordenan nombres preestablecidos: pasión, corazón, amor, borrachera y un volátil y níveo ser amado…” (Amor perdido, p. 89). Cuando quedan sólo las tristezas, hay que ensayar nuevos caminos desde la barra del Tenampa y con las masas coreando a voz en cuello: “Es preciso decir otra mentira / les diré que llegué de un mundo raro, / que no sé del dolor, que triunfé en el amor / y que nunca he llorado”. ¿Las mil y un máscaras del mexicano?

Por supuesto, el nacimiento de las industrias culturales propicia el enraizamiento de los boleros. Se estrenan en los teatros de revista, la gente los escucha una y otra vez en la radio, los canta junto con sus ídolos en las salas de cine, y ya no se sabe si les “llega” la canción porque les cuenta lo que sienten, o sienten lo que sienten porque lo han aprendido en las canciones (¡Ah Segismundo! El de Viena, por supuesto, no el español). He aquí nuestra educación sentimental, la de los radioteatros, los melodramas, las fascinantes imágenes que nos mandaba Hollywood; esa educación sentimental que formó a generaciones completas de latinoamericanos; ésa a la que Manuel Puig le rindió homenaje en La traición de Rita Hayworth, o Cabrera Infante convirtió en catedral de la lengua en Tres tristes tigres. La que nació con nuestros pálidos románticos vernáculos —epígonos melancólicos de Verlaine pasados por la exuberancia del trópico—. ¿Alguien pronunció la palabra kitsch? Cuando muere Agustín Lara, en noviembre de 1970, las masas se abalanzan a “darle el último adiós”. Las muchedumbres rodeando el cuerpo de su ídolo sólo tienen un antecedente en nuestro país, el entierro de Amado Nervo. El poeta romántico murió en Montevideo en 1919. En el barco que lo trae a México, su féretro está cubierto por las banderas de todos los países latinoamericanos, y las “escalas” permiten un “panamericanismo” luctuoso y fanático. Cuando finalmente llega a nuestro país, más de 300 mil personas lo estaban esperando y acompañaron su cuerpo hasta la ciudad de México. Nunca más un poeta —hasta Agustín Lara— fue recibido con el fervor y la desolación popular que de ahí en adelante estaría sólo reservada para las “estrellas” del show business. La poesía vuelta —más que espectáculo— pasión compartida. Kitsch nada me debes, kitsch estamos en paz.

Amor es el pan de la vida, amor es la copa divina, amor es un algo sin nombre que obsesiona al hombre por una mujer…
Pero hablemos del amor que eso es lo maravilloso de escribir sobre boleros: “Oh, qué será, qué será que no tiene decencia, ni nunca tendrá, que no tiene censura, ni nunca tendrá, que no tiene sentido...”, canta Chico Buarque y con él canta toda nuestra cultura desde hace milenios. Oh, qué será, qué será... y ahí están Eros y Psique, Penélope y Ulises, Troilo y Crécida, Romeo y Julieta…

Y como el día invita a confesiones, aquí van estas líneas; sepan ustedes disculpar:
“Acuérdate de Acapulco, María bonita, María del alma”, canta, entornando los ojos, ese nuestro último poeta modernista. Y que me digan si no es el sueño de todos/de todas, provocar una pasión semejante; al escucharlo todos/todas somos por un instante la Doña (con perdón de usted, Doña). ¿O a poco no nos sentimos todos un poco Blanca Estela Pavón, cuando oímos a Pedro Infante en el radio: “Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso...”? Ah.... el amor.... Imposible pensar en el amor y no acordarse de algún bolero. Qué generación de estos países nuestros no se ha enamorado alguna vez siguiendo su cadencia (“Amanecí otra vez entre tus brazos...”). Incluso quienes descubrimos las bondades del bolero ya mayorcitos y que ya mayorcitos nos convertimos en fanáticos, en nuestra adolescencia teníamos sustitutos bastante similares: “All you need is love” cantaba Paul McCartney entornando los ojos igualito que Agustín Lara.

Para nuestros padres, como para nosotros mismos, el momento crucial de la fiesta era aquel en que empezaban las “lentas” —díganme si miento—; entonces sí: las palmas de las manos sudaban, la piel se estremecía y fluía el deseo por los cuerpos que se deslizaban compartiendo el ritmo y el aliento. Pocas cosas más eróticas, más cachondas —que es la veta tropical del erotismo— que un buen baile. Pero claro, ya a nosotros nos tocaron épocas más, no sé si llamarlas difíciles, pero por lo menos un poquito reprimidas, ambiguas, a pesar de la liberación sexual y todas esas cosas, porque no queríamos dejar de ser románticos pero mucho menos queríamos que nos tomaran por cursis. Nunca hubiéramos perdonado a quien se hubiera atrevido a comprarnos una postal con un atardecer —justamente de postal— que dijera: “Amor es nunca tener que pedir perdón”. Preferíamos ese amor más “igualitario”, más de peñas folklóricas mientras se hacía la hora del infaltable reventón de los viernes, más de camisa de manta y descubrimiento del jazz, ese amor de “Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo...”. Pero incluso a ese amor “revolucionario” que nos tocó le sudaban las manos cuando llegaban las lentas. No “Only you” qué horror, pensábamos entonces; pero sí Leonard Cohen, por ejemplo, cantando “Suzanne”, porque creíamos que amor y azote se llevaban bastante bien.

Como dice Monsi que dice Umberto Eco, ya no se puede decir “Te amo” porque la otra persona sabe, y una sabe que la otra persona sabe que eso ya lo dijo Corín Tellado. Lo que se puede decir es: “como dice Corín Tellado: te amo”.

Sin embargo, a pesar de la pérdida de la inocencia seguimos enamorándonos como locos, seguimos cayendo en la cursilería de estar locamente enamorados. Por supuesto, aún hoy me sudan las manos y se me acelera el pulso cuando estoy cerca de la persona que amo (y no creo ser la única a la que le pasa eso, ¿o me equivoco?). Se han escrito y se escribirán sesudos trabajos sobre el amor. El amor seguirá siendo, a pesar de todo, cantado y contado por cuentos y poemas, por películas y novelas, por melodías y danzas. Posmodernos y todo, globalizados y todo, intelectuales y todo, seguimos enamorándonos. Pero ahora los años nos han dado las mañas para combinar a Armando Manzanero con Lope de Vega, a Gardel (ese francés o uruguayo que nunca podrá ser igualado por Luis Miguel) cantando “El día que me quieras”, con las palabras del Dr. Freud, a Toña la Negra con Julio Cortázar (¿quién de nuestra generación no quiso ser la Maga?).
Valdría la pena citar una vez más a Monsiváis: “¿Y quién que es, no dedica un tiempo de su agenda a ser romántico?” (Bolero, p. 21).

O lo que es lo mismo: señoras y señores, el que esté libre de cursilería que tire el primer soneto.

Gracias Maestro Monsi, feliz cumpleaños hoy y siempre, y ¡que siga la música!


Sandra Lorenzano. Escritora, ensayista. Vicerrectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus libros más recientes son Saudades y Vestigios.

Algunos fragmentos de este texto fueron presentados
en el Homenaje a Carlos Monsiváis organizado por la UACM.


1 de mayo: "Lavorare stanca", Cesare Pavese

Celebramos el Día del Trabajo con poesía






Trabajar cansa

Cruzar una calle para escapar de casa
lo hace sólo un muchacho, pero este hombre que vaga
todo el día por las calles ya no es un muchacho
y no escapa de casa.

Hay en verano
siestas en que hasta las plazas quedan vacías, tendidas
bajo el sol que está por caer, y este hombre, que llega
por una avenida de inútiles plantas, se detiene.
¿Vale la pena estar solo, para estar siempre más solo?
Solamente vagar, las plazas y las calles
están vacías. Hace falta parar a una mujer
y hablarle y pedirle vivir juntos.
De otro modo, uno habla solo. Es por esto que a veces
hay un borracho nocturno que comienza a parlotear
y cuenta los proyectos de toda la vida.

No es cierto que esperando en la plaza desierta
se encuentra a alguno, pero el que recorre las calles
se para cada tanto. Si fueran dos,
aun andando por la calle, la casa estaría
donde estuviese esa mujer y valdría la pena.
A la noche, la plaza vuelve a estar desierta
y este hombre que pasa no ve las casas
entre las inútiles luces, no levanta ya los ojos:
siente sólo el empedrado que hicieron otros hombres,
de manos endurecidas como las suyas.
No es justo quedar en la plaza desierta.
Vendrá ciertamente aquella mujer por la calle
que, si uno le pide, querrá dar una mano en la casa.


Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969
Versión de J. Aulicino


Lavorare stanca

Traversare una strada per scappare di casa
lo fa solo un ragazzo, ma quest’uomo che gira
tutto il giorno le strade, non è più un ragazzo
e non scappa di casa.

Ci sono d’estate
pomeriggi che fino le piazze son vuote, distese
sotto il sole che sta per calare, e quest’uomo, che giunge
per un viale d’inutili piante, si ferma.
Val la pena esser solo, per essere sempre più solo?
Solamente girarle, le piazze e le strade
sono vuote. Bisogna fermare una donna
e parlarle e deciderla a vivere insieme.
Altrimenti, uno parla da solo. È per questo che a volte
c’è lo sbronzo notturno che attacca discorsi
e racconta i progetti di tutta la vita.

Non è certo attendendo nella piazza deserta
che s’incontra qualcuno, ma chi gira le strade
si sofferma ogni tanto. Se fossero in due,
anche andando per strada, la casa sarebbe
dove c’è quella donna e varrebbe la pena.
Nella notte la piazza ritorna deserta
e quest’uomo, che passa, non vede le case
tra le inutili luci, non leva più gli occhi:
sente solo il selciato, che han fatto altri uomini
dalle mani indurite, come sono le sue.
Non è giusto restare sulla piazza deserta.
Ci sarà certamente quella donna per strada
che, pregata, vorrebbe dar mano alla casa.