Primo Levi (Turín, 31 de julio de 1919 - Turín, 11 de abril de 1987)

Hoy, en el aniversario de su nacimiento, vale la pena volver a este entrañable autor, fundamental para pensar y repensar la relación entre ética, memoria y escritura.

Altazor o la maravilla de viajar en paracaídas




PREFACIO


     Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
     Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
     Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
     Amo la noche, sombrero de todos los días.
     La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
     Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
     Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
     Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoiris.
     Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
     El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.
     Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
     Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
     Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
     Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso, como un ombligo.
     «Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.
     »Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
     »Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo y reconstituido, pero indiscutible.
     »Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano.
     »Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).
     »Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
     »Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»
     Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.
     Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.
     Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
     Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
     «Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
     »Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
     »Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
     »Un poema es una cosa que será.
     »Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
     »Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
     »Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
     »Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.»
     Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a la atmósfera del último suspiro.
     Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte.
     Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:
     »Mira mis manos: son transparentes como las bombillas eléctricas. ¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?
     »Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.
     »Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.
     »Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.
     »Digo siempre adiós, y me quedo.
     »Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.
     »Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.
     »Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas.
     »Ámame.»
     Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas.
     Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.
     Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.
     Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.
     Ah, qué hermoso..., qué hermoso.
     Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.
     Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.
     Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.
     De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.
     Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.
     La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada.
     Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados.
     Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.
     Aquél que bebe el vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos.
     Aquél que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas.
     Él, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos únicos.
     Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos sin testigo.
     El día se levanta en su corazón y él baja los párpados para hacer la noche del reposo agrícola.
     Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.
     Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.
     El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin corazón.
     Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes.
     Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.
     Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.
     Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.
     Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.
     La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
     Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
     Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del cenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.
     Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.
     Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.
     ¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.
     Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.
     Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.
     Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.
     Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.
     ¿Qué esperas?
     Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.
     Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable.

Edición completa en: http://www.vicentehuidobro.uchile.cl/altazor.htm

¿Por quién suena el shofar?




  …está sonando por ti

              ...por los que están y por los que no están, por los que fueron y serán, 
por los siglos de los siglos. Así sea. 

Para mamá que iba a la plaza todos los lunes

El 18 de julio de 1994, a las 9:53 de la mañana, algo cambió en nuestra historia para siempre. Una camioneta blanca se estrelló contra el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en pleno centro de Buenos Aires, provocando la muerte de 85 personas – de las cuales 67 estaban dentro del edificio, y las demás pasaban cerca -, que fueran heridas unas 300 más y que el edificio quedara destruido. Fue el mayor atentado terrorista de la historia argentina. Las investigaciones señalan los lazos del gobierno de Carlos Menem y Hezbolah. Hoy, en las paredes de la nueva sede, los nombres de las víctimas son una marca en la memoria de todos. También en la banqueta, si uno camina por la calle Pasteur, puede encontrar pequeñas placas de bronce con un nombre y una fecha. Como en aquella obra sobre la memoria que Christian Boltansky hizo en las calles de Berlín. No fue un artista quien las puso aquí. Fueron las familias. Fueron los vecinos de ese barrio en el que conviven judíos y coreanos, tucumanos y paraguayos, comerciantes y estudiantes, médicos y empleados del Hospital de Clínicas, y de los pequeños cafés y negocios. Un barrio que si estuviera en otra ciudad menos acostumbrada a las migraciones internas y externas sería considerado un “experimento multicultural”. Allí es simplemente una parte del “Once”. A 20 años del atentado, la memoria y el reclamo de justicia quieren permanecer intactos.

El 18 de julio de 1994 fue lunes. Y desde entonces, todos los lunes un grupo de gente se reúne frente a los Tribunales para recordar a las víctimas del atentado a la AMIA y exigir que se haga justicia en un país que poco a poco empieza a cambiar su perfil. El inicio de la ceremonia de los lunes lo marca el shofar con su sonido antiguo y desgarrador. “Memoria activa”, la asociación que promueve esta ceremonia del recuerdo, me invitó hace ya muchos años a hablar una mañana. Me gustaría compartir con ustedes lo que dije en ese momento, tan conmovida y sacudida como lo estoy hoy:

Soy de la raza del libro con que se construyen las moradas, escribió Edmond Jabès dueño de ninguna patria, dueño de todas las voces y de la mirada oblicua de la extranjería. Los libros, las palabras son la morada, aquello que nos protege de la intemperie, que nos da asideros ante el dolor, aquello que hace que no sea grito permanente el desgarramiento. Suelo arroparme con palabras, buscar su tibieza en el desamparo, su rostro familiar ante lo desconocido. Suelo buscar en las palabras la protección que la realidad tantas veces nos niega. Quizás por eso empecé con esa frase de Edmond Jabès. Porque también para mí la patria está en los libros, aunque por supuesto hay lugares en el mundo que me duelen más que otros, lugares donde cada noticia del diario se me hace carne, donde cada mañana en la plaza es una marca para siempre. Entre esos lugares está el que eligieron hace más de un siglo mis abuelos para fundar una vida, para que crecieran sus hijos y los hijos de sus hijos mientras el mundo fuera mundo y las estirpes condenadas a cien años de soledad nacieran sólo con las huellas de la memoria. “Y fue por ese río de sueñera y de barro”, dice un verso entrañable; un río maravilloso y atroz, origen y final para tantos. Llegaron cantando en idiomas que ya no recordamos, con la nostalgia grabada para siempre en las pupilas. Pero la historia parece tantas veces desconocer los deseos y los amores, los anhelos antiguos de aquellos inmigrantes, y el mundo siguió siendo mundo y las estirpes siguieron condenadas a los desencuentros. Como dijo el poeta, “cumplida no fue su joven voluntad”; no fuimos felices como ellos lo soñaron, no nos cubrió un cielo protector, no siempre supimos del amor y de la risa, no pudimos dejar que nuestras raíces crecieran en paz, ni las nuestras ni las de los hijos de nuestros hijos. Y vamos por el mundo con nuestro hogar a cuestas y un determinado brillo en la mirada, o una cierta cadencia en el habla que muestra ese lugar que nos duele más que otros. “Tengo un dolor aquí del lado de la patria”, escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi. Pero a pesar del horror, de la muerte, de los infinitos exilios, a pesar de haber atravesado el siglo más terrible de la historia de la humanidad, a pesar del humo que ahuyentó a los pájaros de Buchenbald, como lo cuenta Jorge Semprún, del ruido ensordecedor que nos cubrió un día cualquiera de agosto del 45, a pesar de los 30 mil árboles truncados que nunca crecerán en nuestros bosques, a pesar de las ausencias que cubren el aire, de no haber podido cumplir aquel viejo sueño, a pesar de julio del 94, estamos aquí diciendo presente, exigiendo justicia, convocando con el shofar a aquellos abuelos del principio de los tiempos, compartiendo con ellos nuestras palabras, nuestras moradas. Y es así simplemente porque tenemos memoria, aunque tantas veces quieran borrarla por decreto, cancelarla con enmiendas y con leyes. La memoria nos salva del ahogo, nos convierte en militantes de la vida, nos permite que estos lunes en la plaza sean también una charla cercana, íntima, con nuestros muertos queridos, una charla íntima que alguien llamó testimonios, aunque sepamos que nadie puede dar testimonio sino el testigo y que los verdaderos testigos son en realidad aquellos que no están. Y sin embargo es por ellos que tenemos la obligación de seguir hablando, de seguir recordando, de seguir dando nuestro imposible testimonio. Porque sabemos que el antónimo del olvido no es la memoria sino la justicia. Por eso salimos de nuestras moradas acompañados por todos: por los que están y por los que no están, por los que fueron y serán, por los siglos de los siglos. Así sea. 

Pizarnik, siempre


Árbol de Diana


1
He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.

2
Estas son las versiones que nos propone:
un agujero, una pared que tiembla...

3
sólo la sed
el silencio
ningún encuentro
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra

4
Ahora bien:
Quién dejará de hundir su mano en busca
del tributo para la pequeña olvidada. El frío
pagará. Pagará el viento. La lluvia pagará.
Pagará el trueno.

5
por un minuto de vida breve
única de ojos abiertos
por un minuto de ver
en el cerebro flores pequeñas
danzando como palabras en la boca de un mudo


6
ella se desnuda en el paraíso
de su memoria
ella desconoce el feroz destino
de sus visiones
ella tiene miedo de no saber nombrar
lo que no existe


7
Salta con la camisa en llamas
de estrella a estrella,
de sombra en sombra.
Muere de muerte lejana
la que ama al viento.


8
Memoria iluminada, galería donde vaga
la sombra de lo que espero. No es verdad
que vendrá. No es verdad que no vendrá.


9
                                   A Aurora y Julio Cortázar

Estos huesos brillando en la noche,
estas palabras como piedras preciosas
en la garganta viva de un pájaro petrificado,
este verde muy amado,
este lila caliente,
este corazón sólo misterioso.

10
un viento débil
lleno de rostros doblados
que recorto en forma de objetos que amar

11
ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada

12
no más las dulces metamorfosis de una niñ3; de seda
sonámbula ahora en la cornisa de niebla

su despertar de mano respirando
de flor que se abre al viento

13
explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome

14
El poema que no digo,
el que no merezco.
Miedo de ser dos
camino del espejo:
alguien en mí dormido
me come y me bebe.

15
Extraño desacostumbrarme
de la hora en que nací.
Extraño no ejercer más
oficio de recién llegada.

16
has construido tu casa
has emplumado tus pájaros
has golpeado al viento
con tus propios huesos
has terminado sola
lo que nadie comenzó

17
Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días
sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta,
se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me
lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su
espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nom-
bres creciendo solos en la noche pálida.)

20
                                        a Laure Bataillon

dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe

21
he nacido tanto
y doblemente sufrido
en la memoria de aquí y de allá

22
en la noche
un espejo para la pequeña muerta
un espejo de cenizas

23
una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos

32
Zona de plagas donde la dormida come lentamente
su corazón de medianoche.


33
alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va


34
la pequeña viajera
moría explicando su muerte

sabios animales nostálgicos
visitaban su cuerpo caliente



35
                                                           a Ester Singer

Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego,
de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche,
déjate caer y doler, mi vida.


37
más allá de cualquier zona prohibida
hay un espejo para nuestra triste transparencia


38
Este canto arrepentido, vigía detrás de mis poemas'
este canto me desmiente, me amordaza.

Las lluvias que me mojan


¿Cuáles son las lluvias que me mojan? ¿Dónde están aquéllas que eran cómplices de los días de escuela en el invierno? Mamá nos servía el café con leche, y veíamos caer la tormenta con la alegría del que sabe que le espera no el guardapolvo blanco de todas las mañanas sino largas horas de juego, sin salir de casa, oyendo el repicar de las gotas en el techo. Bendecíamos la lluvia como si fuéramos campesinos. Y ahora, ¿cuáles son las lluvias que me mojan? Somos todos dolidos exiliados del tiempo; ésa es la marca que determina nuestra vida. No hay “permanencia voluntaria” ni segunda función. Ulises nunca volverá realmente a Itaca.

Juan Gelman tituló “Bajo la lluvia ajena” el largo texto que incluyó en el libro Exilio del que es coautor junto con Osvaldo Bayer. “La lluvia ajena”. De pronto pensé que me convertí en argen-mex no el día de 1983 en que me llamaron de la Secretaría de Relaciones Exteriores para decirme que yo era “oficialmente” mexicana; tampoco cuando al poco tiempo me llamaron, ahora de la Embajada Argentina en México, para decirme que la nacionalidad argentina es irrenunciable, con lo cual ambas instituciones fomentaron y alimentaron lo que yo ya sentía como una esquizofrenia galopante. Decía que no me convertí en argen-mex entonces, sino el día en que la lluvia que caía en la ciudad dejó de ser ajena y se volvió tan mía como aquéllas que nos regalaban una mañana completa de juegos y libros en el invierno porteño.
Como nunca he encontrado otro modo de hablar de todo esto más que a través de los fragmentos será eso, fragmentos, de lo que hablaré aquí: algunas anotaciones, ocurrencias y confesiones sobre el tema del exilio con un final bastante feliz. 
Escribir desde el ser argenmex es para mí perderme en ese laberinto de voces, de palabras propias y ajenas; es mirar con mirada “oblicua”, dicen algunos, estrábica, quizás; una mirada que se mira mirar; mirada de adentro y de afuera. No es un asunto de lenguaje ni de pasaporte, es un asunto de que la lluvia que nos moja deja de ser ajena, allá y acá, acá y allá.
Escribir como argen-mex es estar siempre buscando huellas, inventándonos recuerdos para sentir que una también tiene historia, que una también pertenece y estuvo. Y que si no, si no estuvo, si no pertenece, si no tiene tanta historia acá, no es por falta de voluntá, seño, se lo juro, no es falta de cariño, sino por un puro azar, por aquellos barcos que llegaron al Río de la Plata, y no a Veracruz, vía La Habana, como el de los padres de Margo Glantz, que venían del mismo lugar que algunos de mis abuelos. Y entonces hay que inventarse testigos, y a lo mejor simplemente por eso es que una escribe, para inventar los testigos de una vida que aquí no tuvimos y para seguir teniendo con nosotros a los de allá que empiezan a irse.
La pampa era un espacio abierto, imprevisible, y allí fueron a inventarse una vida aquellos abuelos y bisabuelos inmigrantes, jovencísimos, recién casados. Asustados veían desde el barco la costa que se alejaba. El dibujo del horizonte quedó grabado para siempre en sus miradas.
También en los ojos de mi padre vi ese dibujo, sobre todo cuando angustiado tropezaba con los cerros que rodean esta ciudad en la que ahora escribo. Su deseo de llanura era la imagen misma de la nostalgia.
Como les contaba al principio, el olor de la lluvia sobre la tierra en el momento en que las primeras gotas tocan el suelo, ése es el perfume de mi infancia. Y los jazmines en verano. Erbarme Dich, Mein Gott, canta Marianne Anderson con esa voz profunda, tersa, que es a la vez desgarramiento y cobijo. Como la voz del chelo que tocaba mi abuelo con sus manitos de niño ruso; demasiado profunda, demasiado desgarrada para manos tan pequeñas. ¿Dónde comienza el exilio? ¿Cuándo las pérdidas? Erbarme Dich. Y Mateo, ese santo tan humano en la versión de Bach, siente, como el vértigo que lo empuja a mirar los ojos del vacío, su propio desarraigo. ¿Dónde estará ahora mi hogar? ¿Dónde ahora que me he asomado a la ausencia de todas las ausencias? El olor de la lluvia sobre la tierra; los jazmines en verano. Una canción que canto muy bajito sentada en la puerta que da al jardín. Una canción que me empuja a mirar los ojos del vacío. La ausencia de todas las ausencias.
“No se debía rechazar cualquier nostalgia de la patria (...) Algún día, interrumpiendo mi escritura, miraré por la  ventana y veré un otoño ruso.” Este era el deseo de Vladimir Nabokov después de cincuenta años de exilio. Nabokov había abandonado el ruso pero no su nostalgia. Esa nostalgia que aceleraba el vuelo cada vez que sumaba una mariposa a su colección, porque eran las mariposas las que tenían el destino que él no podía darle a su melancolía.
Y escribir como argenmex es también sentir el compromiso de hablar de aquella historia que nos expulsó del territorio de nuestra adolescencia; es tratar de entender los claroscuros de un periodo de muerte y violencia que se instaló allá, al sur de todos los sures, cambiándonos a todos la vida para siempre; es buscar que cada una de nuestras páginas sea también una caricia para los 30 mil desaparecidos que nos dejó la historia del horror. Por eso escribo tanto sobre estas cosas, muchas veces aunque ya no quiera, aunque ya no quisiera necesitarlo. Aclaro que no todo lo que escribo tiene que ver con estas cosas, claro. Pero he necesitado hacerlo para cerrar una herida, para construir un lugarcito donde guardar a mis ausentes, donde enterrar a mis muertos.
Y escribir como argenmex es haber aprendido a deshacer  las valijas a tiempo para no tener el dedo mocho como el del chiste: “Este año volvemos a España”. Es dejar que la nostalgia nos vele la mirada pero no nos impida vivir. Es amar cada rincón de esta ciudad “terrible, gris, monstruosa”, como la llamara Efraín Huerta.

***

Dicen quienes saben algo de física que si un astronauta fuera enviado a un planeta X situado a años luz de la tierra, dejando aquí a su hijo pequeño, a su regreso, después de lo que para él han sido algunos meses, encontraría a su hijo convertido ya en un anciano.
Más allá de experimentos científicos, a veces me parece que el exilio fue como un viaje a otro planeta. Quizás porque el exilio es exilio no sólo del espacio, sino fundamentalmente del tiempo. Que lo digan si no quienes demoraron años en cambiar la hora de su reloj, sumando y restando permanentemente las 2 ó 3 horas que separan a México de Argentina ("Parece increíble; tan poco..." diría el astronauta, mientras su hijo y nosotros envejecemos juntos aquí en la tierra).

***

Alguien dijo que la patria es el lugar donde están enterrados nuestros muertos. Mi madre, que era una mujer sabia, decía que era el lugar donde estaban los afectos. Yo me paro en una frontera fuera de todos los mapas y desde allí abrazo a mis seres queridos. A los que están y a los que no están.

***

Varias mujeres rodeadas de niños avanzan por el desierto; van cubiertas de la cabeza a los pies, tanto que apenas se distinguen sus rasgos, algunos pares de ojos brillantes, muecas de dolor o de desesperanza, resignación y furia; todos cargan algún bulto, cajas, maletas viejas...
Nuevos nómades, de Irak o de Afganistán, de Marruecos o Timor. Saudades de todas las latitudes.
¿Qué llevan en los bultos? ¿Qué fue lo que pudieron salvar de la muerte?, ¿qué burlarle a la desmemoria y al olvido? Los desterrados cargan su vida en unas pocas maletas. ¿Qué se elige en el momento de la partida? ¿Qué elegiríamos tú y yo? ¿Qué hubiéramos elegido para andar, cubiertas de la cabeza a los pies, por ese desierto que nos han arrebatado? ¿Lo más  querido - las fotos, los dibujos de los niños, los aretes que fueron de la abuela, la carta que me envió mi padre, las postales que nunca te escribí? ¿O lo más necesario para un viaje marcado por la incertidumbre? ¿Cómo podríamos llevar nuestros libros? ¿Qué haríamos con la música que nos ha acompañado toda la vida? ¿De qué modo guardar en unos cuantos bultos nuestra memoria? Esa “nodriza del pensamiento” como la llamaba María Zambrano. ¿Qué habrá guardado María en sus valijas de exiliada? Perderíamos nuestro ser y nuestro rostro, nuestra historia y nuestros pasos si no tuviéramos memoria. Perderíamos el sentir y la razón si no tuviéramos memoria, perderíamos la luz y la poesía.  La memoria es nuestro hogar, como lo era para ese pequeño hijo de españoles que de noche, rumbo a la frontera francesa, dormía en la maleta de sus padres vuelta cuna, protegido orgullosa y entrañablemente por la bandera de la República. Podría mandarte esa imagen que te recordaría, lo sé, todo el equipaje de tu historia. O contarte una vez más el cruce de Benjamin por los Pirineos, por algún punto cercano al que habían atravesado no hacía mucho María Zambrano y el bebé desterrado. ¿O recuerdas la historia de Víctor Frankl? Tampoco él pudo escapar del avance de los nazis. Al llegar a Auschwitz lo obligaron a desnudarse y le dieron a cambio unos harapos de alguien que acababa de morir en la cámara de gas. En el forro del abrigo que se quitó iba cosido el manuscrito del libro en el cual había estado trabajando durante años. Todo su equipaje iba cosido a ese abrigo. Ruina sobre ruina.
O los baúles de los inmigrantes, ésos que guardan entre las sábanas bordadas que serán para la nena el día que se case, algo de la tibieza del sol del Mediterráneo. Un álbum de fotografías en sepia - “¿La abuela es esa chiquita con el moñote en la cabeza?” “¿Quién es ese señor con traje oscuro?” -, algunos cubiertos de plata – “Pocos porque hubo que repartirlos entre todos tus tíos. El violoncelo no, no cabía en ningún lado, pero dicen que el abuelo nunca dejó de escucharlo. Esa voz guardada en su interior fue su equipaje. No quiso uno nuevo, prefirió soñar con el suyo el resto de su vida, con el que sus dedos aprendieron a acariciar cuando era pequeño.” - ... toda la memoria en unos pocos bultos. 
“Mira qué llevo: nada aquí verás, sólo tristeza”, escribió Ovidio, condenado al destierro. 

***

Que lo sepan todos de una vez: / El exilio no puede ser jamás una retórica - escribió Cristina Peri Rossi - / El país donde quisiéramos volver / Ya no existe; / Lo perdimos en el intento / De construir el país / Donde queríamos vivir. / Cada uno vive dos vidas: / La que dejó / Y se prolonga en los gemidos de las cárceles, / En las celdas de tortura, / Y la que le tocó después, / Como un traje nuevo en el reparto. / Casi todos sienten que los pantalones les quedan cortos, / Les aprieta el cuello de la camisa / Y las mangas son demasiado anchas, / Pero está prohibido sangrar desnudo por las calles / De las ciudades adoptivas. (...)
Soñé que me iba lejos de aquí / El mar estaba picado / Olas negras y blancas / Un lobo muerto en la playa / Un madero navegando / Llamas en altamar / ¿Existió alguna vez una ciudad llamada Montevideo?
Una casa / Un cuadro / Una silla una lámpara / El sonido del mar / Perdidos, / Pesan tanto como la ausencia de mamá. (...)
Tengo un dolor aquí, del lado de la patria. (...)
Ninguna palabra nunca / Ningún discurso / por abrasador, honra a Martí - sirvió para detener la mano / del torturador. / Pero cuando una palabra escrita / Sirve para aliviar el dolor de un torturado, / La literatura tiene justificación. (...)
Cuando dicen: "Que pase el extranjero" / A veces no me doy cuenta de que soy yo. El exilio son los otros.

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Nostalgia, del griego nostos, "regreso" y algos, "sufrimiento". "Tristeza por estar ausente de la patria o del hogar o lejos de los seres queridos". (María Moliner) Quizás por eso,  el gran pensador palestino Edward Said escribió: "Los logros de cualquier exilado están permanentemente carcomidos por su sentido de pérdida."

La nostalgia es ese dolor por la pérdida. Por aquello que ha quedado para siempre lejos del presente; lejos en el espacio y lejos en el tiempo. Aquello irrecuperable. Es el deseo de regreso lo que tiñe la nostalgia, la añoranza, las saudades, del exiliado. Es él quien lleva a Ulises a preferir volver a Ítaca, a reencontrase con Penélope que quedarse con la ninfa Calipso, en su doble papel de rehén y amante, disfrutando de una vida fácil dedicada al amor. La Odisea, a la que podríamos considerar la epopeya fundadora de la nostalgia (como lo propone entre otros Milan Kundera), canto a los dolores del exilio y al afán de retorno, hace que Ulises le diga a la ninfa: "no lo lleves a mal, diosa augusta, que yo bien conozco cuán bajo de ti la discreta Penélope queda a la vista en belleza y en noble estatura. (...) Mas con todo yo quiero, y es ansia de todos mis días, el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso."
Dormido, los marinos lo depositan en las costas de su tierra natal, al pie de un olivo. Al despertar, Ulises, el mayor nostálgico de la historia, acaricia al viejo árbol "para asegurarse de que seguía siendo el mismo de hacía veinte años". Pobre Ulises, aún no había descubierto que realmente no hay regreso posible, que nada es como veinte años atrás - a pesar de lo que diga el tango -, que como escribió Cristina Peri Rossi en su poema "El país donde quisiéramos volver / ya no existe...". Pero sabiamente, Homero deja a su héroe todavía ebrio del gran regreso, habiendo cumplido el sueño de todo exiliado, habiendo cerrado así el largo y desgarrador camino de la nostalgia.
Nuestro exilio es también un modo de recordar a aquellos abuelos inmigrantes; es, para muchos, repetir el viaje pero en sentido inverso. 

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Nunca me ha gustado el lado plañidero del exilio, porque sé que mi escritura, con sus silencios, con sus quiebres, no sería posible, o sería otra,  sé que yo misma sería otra, sin mi vida en México, sin ese territorio de libertad que nos descubrió México a mí y a mis 16 años y que me sigue descubriendo tantos años después. No sólo la posibilidad de conocer otros mundos, una historia cuyas raíces llegan tan hondo que me daba vértigo (aún me lo da), adolescentes tan parecidos y tan diferentes a como era yo entonces, un mundo de sensaciones, de sensualidades, de solidaridades inquebrantables, de generosidad, sino además algo que empecé a entender tiempo después: La posibilidad del extrañamiento, ese quiebre de la lengua que me deja tartamuda, esa mirada que me permite ser - como dice Juan Carlos Plá - "otra en ambas patrias".  Hay ciertos lugares como la escritura, como la sonrisa de alguien en el momento preciso, una cierta manera de nombrar a las cosas con palabras mexicanas y tonito argentino, o a veces al revés, un modo de mirar una realidad que nos duele por partida doble, hay ciertos lugares, decía, que me hacen pensar que la geografía es una invención y que la patria es el sitio imaginario donde está aquello que amamos.

Gracias a México, desde hace más de 35 años ostento esta ciudadanía tan particular que es la de ser "argenmex". Ser argenmex es, por ejemplo, escribir en México un libro sobre literatura argentina y presentarlo por primera vez - como fue el caso de Escrituras de sobrevivencia - en la Embajada de México en Buenos Aires; eso sí, el 12 de diciembre, con devoción guadalupana, faltaba más. Y de pronto pienso en el modo en que hemos conseguido - los argenmex - convertir el exilio en una suma, en riqueza, en agradecimiento a nuestros dos países, y esto se traduce en la tranquilidad con que invadimos la realidad con nuestra propia esquizofrenia. Vivimos cómoda y esquizofrénicamente, y jalamos a nuestra gente más querida a esta vida haciéndole creer, por supuesto, que lo raro es lo otro. Y así, esquizofrénicos pero felices, crecemos y vamos envejeciendo, y así van creciendo también nuestros hijos (Mamá, reclamaba Mariana cuando era chiquita, no digas lávense las manitos cuando vengan mis amigas, porque ellas creen que se dice "manitas"). Y por eso no sentimos ninguna contradicción, sino todo lo contrario, al cantar a voz en cuello junto con Juan Gabriel que "como México no hay dos", y llorar como locos escuchando Zamba de mi esperanza o Mi Buenos Aires querido (¿vieron que hay cierta relación entre la nostalgia y el kitsch?), comer un buen asado con sus chilitos y sus tortillitas, o mezclar en una misma frase mexicanismos, argentinismos y todas sus posibles variantes.
Dice José Emilio Pacheco en ese hermoso poema llamado “Alta traición”: 
No amo mi Patria. Su fulgor abstracto
Es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
Por diez lugares suyos, ciertas gentes,
Puertos, bosques de pinos, fortalezas,
Una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
Varias figuras de su historia,
Montañas (y tres o cuatro ríos).
Y uno descubre, con Pacheco, que puede reapropiarse de la palabra “patria”, tan cargada, tan vapuleada, por izquierdas, derechas y centro. Y pienso que mi patria son en realidad dos que se me juntan en una sola bocanada que a veces me ahoga y que me lleva de la esquizofrenia a la plenitud, de las complicidades al desasosiego. En una de mis patrias crece mi hija, en la otra envejecen mis padres; en una, las urgencias de lo cotidiano me acunan, me sostienen, en la otra la inquietud me hiere y me fascina, en una todo es fuerza y proyectos, en la otra hay un cajón con fotos que ya nadie recuerda; en una tengo presente, en la otra están los testigos de mi pasado más remoto.

Para que me entiendan, para poder explicarles qué es esto de ser argenmex, les cuento la historia del chiquito aquel hijo de argentinos que había crecido en México, que cuando se instaló con su familia en Buenos Aires y le preguntaron si conocía el himno contestó "¡Claro! Argentinos al grito de guerra!"

Fragmentos de una carta a Laura Bonaparte


El cuerpo duele cuando llegan ciertas fechas, Laura.
El cuerpo recuerda y duele.
“Me duele la panza cuando se acerca el cumpleaños de Noni”, decías.
Te dolía la panza cuando se acercaba cada cumpleaños, Laura.
Y el corazón. Los ojos. Los oídos. Las manos.
Te dolía el alma.
Nos duele el alma, Laura.
Cada día, 30 mil veces nos duele el alma.
Cada día, 30 mil veces.
Por los ausentes, Laura,
presentes, ahora y siempre.

“México tiene sol y colores en las calles”, decías. 
Tiene sol y colores, Laura, y las huellas de todas tus ausencias.
Tiene tu imagen y las fotos que te cubrían por entero.
Y las cadenas frente a la Embajada.
Y la música.
Y el mate con los compañeros. Y los brazos solidarios.
Y las risas, claro.
Por Santiago, por Víctor, por Irene.
Por Noni y por los chicos.
Y por los nietos que te abrazan.

Y por este país ya es el nuestro.
Porque aquí también hay madres a las que les duele el cuerpo.
El cuerpo que recuerda y les duele.
El cuerpo que tiene memoria y nos duele.
También por estos 100 mil. 
Ya sin soles ni colores este México nuestro.

Duele el pañuelo blanco. El pañal de los hijos en la cabeza.
Duele cada jueves en la plaza.
¿Cómo se es madre de un ausente?, preguntabas.
¿Cómo se es madre de miles de ausentes, Laura?
¿Cómo se es hija, nieta, tía de ausentes?

La memoria, el dolor, pero sobre todo: la justicia.
También los ojos, las manos y el corazón exigen justicia.
También el alma. 
Allá y acá. Acá y allá.
De ambos lados de nuestra historia.
De ambos lados de nuestro recuerdo.
Con las mujeres analfabetas.
Con los travestis y con los HIJOS.
En los escraches y en la cárcel.
En las calles y en los libros.

El cuerpo duele cuando llegan ciertas fechas, Laura.
El cuerpo duele hoy que ya es julio y verano,
y tu nombre es más que nunca cercano y querido.

Compañera Laura Bonaparte
Presente, hoy y siempre. 


En México D.F. , 1 de julio de 2013