"En busca del cuento perdido". Poemas leídos el 22 de abril


Nocturno de la estatua
Xavier Villaurrutia
Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina.
Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo.
Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista
y jugar con las flechas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: «estoy muerta de sueño».

Noche oscura
San Juan de la Cruz
En una noche escura,
con ansias en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
A escuras y segura
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a escuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche, que guiaste;
oh noche amable más que el alborada;
oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada, con el Amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire del almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

Noche
Vicente Huidobro
Sobre la nieve se oye resbalar la noche
La canción caía de los árboles
Y tras la niebla daban voces
De una mirada encendí mi cigarro
Cada vez que abro los labios
Inundo de nubes el vacío

En el puerto
Los mástiles están llenos de nidos
Y el viento
gime entre las alas de los pájaros
Las Olas Mecen El Navío Muerto
Yo en la orilla silbando
Miro la estrella que humea entre mis dedos

La noche
Alejandra Pizarnik
Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la existencia con sus estrellas.
Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.
Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella debe arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.
Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.
Alguna vez volveremos a ser.

Poema de los dones
Jorge Luis Borges
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

Historia de la noche
Jorge Luis Borges
A lo largo de sus generaciones
los hombres erigieron la noche.
En el principio era ceguera y sueño
y espinas que laceran el pie desnudo
y temor de los lobos.
Nunca sabremos quién forjó la palabra
para el intervalo de sombra
que divide los dos crepúsculos;
nunca sabremos en qué siglo fue cifra
del espacio de estrellas.
Otros engendraron el mito.
La hicieron madre de las Parcas tranquilas
que tejen el destino
y le sacrificaban ovejas negras
y el gallo que presagia su fin.
Doce casas le dieron los caldeos;
infinitos mundos, el Pórtico.
Hexámetros latinos la modelaron
y el terror de Pascal.
Luis de León vio en ella la patria
de su alma estremecida.
Ahora la sentimos inagotable
como un antiguo vino
y nadie puede contemplarla sin vértigo
y el tiempo la ha cargado de eternidad.
Y pensar que no existiría
sin esos tenues instrumentos, los ojos.

Poemas de amor 4
Darío Jaramillo Agudelo
Algún día te escribiré un poema que no mencione el aire ni la noche;
un poema que omita los nombres de las flores, que no tenga jazmines o magnolias.
Algún día te escribiré un poema sin pájaros ni fuentes, un poema que eluda el mar
y que no mire a las estrellas.
Algún día te escribiré un poema que se limite a pasar los dedos por tu piel
y que convierta en palabras tu mirada.
Sin comparaciones, sin metáforas, algún día escribiré un poema que huela a ti,
un poema con el ritmo de tus pulsaciones, con la intensidad estrujada de tu abrazo.
Algún día te escribiré un poema, el canto de mi dicha.

Sí, quise ser Simone de Beauvoir

Sí, quise ser Simone de Beauvoir. 
Lo confieso este 14 de abril en que se recuerda un aniversario más de su muerte. He contado otras veces que pocas cosas me emocionaron más que el permiso de mis padres, cuando cumplí doce años, para leer todo lo que quisiera de la biblioteca de la casa, la de los adultos. ¡Todo lo que quisiera! ¿Se imaginan qué maravilla? Así que me lancé a leer sin orden pero con pasión lo que me resultaba más atractivo en ese momento: Cortázar y Roberto Arlt del lado de los argentinos, Arthur Miller y Tenesee Williams por el lado del teatro (en esa época pensaba que sería actriz), en una genial colección que publicaba Losada, Alfonsina Storni (por aquello de que se había suicidado frente al hotel que mi bisabuelo tenía en La Perla), Horacio Quiroga porque en la escuela no nos dejaban leer más que los Cuentos de la Selva… En fin, me volví una lectora tan caótica como he seguido siéndolo a lo largo de los años. Sospecho que entendía poco de las páginas y páginas que devoraba, pero como sabemos (Sylvia Molloy lo ha explicado mejor que nadie) “el lector” y “el escritor” surgen también de una pose. Y a mí, esa pose –la de la chica que lee trepada a las ramas de algún árbol, o tirada en el sillón del living- me encantaba.
Pero llegó el verano de 1974 con mis catorce años y un aburrimiento feroz. Me aburría como uno sólo se puede aburrir en la adolescencia: con todo el cuerpo. Me aburría en el club, me aburría en casa, me aburría con la gente, me aburría sola… Fue entonces cuando mamá bajó de uno de los estantes “Memorias de una joven formal”. ¿Astuta, mi madre, no? Pasé del aburrimiento a la obsesión: yo quería ser como esa chica y estudiar y leer y escribir y discutir de filosofía. Aunque “El segundo sexo”, que leí varios años después, fue clave para mí como para todas las mujeres desde que se publicó, siempre preferí su obra narrativa: “La invitada”, “Los mandarines”, “La mujer rota”, “Una muerte muy dulce”, “La ceremonia del adiós”
París estaba lejos, yo nací cuando Simone tenía más de cuarenta años, no me interesaba demasiado Sartre, pero el puente que mi madre tendió entre ella y yo fue de complicidades absolutas, de un compromiso con las mujeres que no necesitaba de etiquetas entonces ni las necesita ahora, de amor por las palabras.

Sí, confieso que quise ser Simone de Beauvoir.

9 de abril



A fines de mayo de 2006 hice el viaje más difícil de mi vida. A Buenos Aires. A mamá iban a operarla para sacarle un pequeño quiste y nos había pedido a los cuatro hijos que estuviéramos acompañándola. Si la distancia siempre es un horror, se vuelve intolerable cuando le pasa algo a nuestra gente querida. Así que volé en el primer avión que encontré, sin imaginar que mi vida iba a cambiar para siempre. El resultado de la biopsia fue implacable: en realidad el quiste era la metástasis de un cáncer contra el cual no se podía hacer ya nada.
La mayor parte de ustedes no conoció a mi mamá, por eso no saben que era una mujer alegre, sonriente, optimista. Y en realidad no dejó de serlo hasta el último minuto de su vida, dos meses después de que recibiéramos el brutal diagnóstico. Sus fantasmas interiores no aparecían en la vida cotidiana sino en las esculturas fuertes, desgarradas y maravillosas que hacía en madera, tan suaves que daban ganas de acariciarlas. Allí sí aparecían la dictadura, la violencia, los cuerpos de mujeres asesinadas, su compromiso con los derechos humanos, con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Cuando a los sesenta y tantos años ya no pudo seguir tallando, se volcó hacia la pintura, y dejando de lado los fantasmas, fue los suyos cuadros luminosos, de colores brillantes. ¿De dónde sacaba tanta alegría?
Incluso en esos últimos dos meses fue la mujer sonriente y generosa de siempre. Quería que estuviéramos junto a ella todo el tiempo; y nosotros no queríamos separarnos ni un instante. Le compramos un sillón muy cómodo en el que podía estar casi acostada y se instaló en la sala (el “living”, como bien explica Mafalda) durante día y noche para no perderse nada de la dinámica familiar: mi hija, nosotros, nuestras parejas, los amigos más cercanos, mi papá, los primos… todos hicimos de la casa la fiesta de voces, charlas y complicidades que ella siempre amó. Su sueño fue tener una familia grande y ahí estábamos, convertidos en una familia enorme y solidaria. Por turnos nos íbamos a llorar al cuarto de al lado porque todos sabíamos (¿lo sabía también ella?) que ésa era la despedida. Seguíamos brindando por la vida. “Lejaim” (“por la vida”) nos enseñó a decir, como brindaban en idisch nuestros abuelos y los abuelos de nuestros abuelos.
Uno de esos días le pedí que me cantara algunas de las canciones rusas que cantaba cuando era chica. Sus padres habían nacido en Odesa y en Minsk, y aunque se sentían porteños de pura cepa, hablaban idsich y ruso, como tantos otros. La grabé. Tengo largos minutos de su voz y sus canciones. Nunca he podido ve esos videos. Quizás algún día pueda hacerlo. Quizás se los herede a mis nietos antes de encontrar la fuerza necesaria para verlos. Pero ahí están y me hace feliz tenerlos. Son una suerte de talismán contra el pánico que me da olvidarme de su voz.

Había nacido el 9 de abril de 1937. Hace 77 años.