¿Por quién suena el shofar?



  …está sonando por ti

              ...por los que están y por los que no están, por los que fueron y serán, 
por los siglos de los siglos. Así sea. 

Para mamá que iba a la plaza todos los lunes


El 18 de julio de 1994, a las 9:53 de la mañana, algo cambió en nuestra historia para siempre. Una camioneta blanca se estrelló contra el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en pleno centro de Buenos Aires, provocando la muerte de 85 personas – de las cuales 67 estaban dentro del edificio, y las demás pasaban cerca -, que fueran heridas unas 300 más y que el edificio quedara destruido. Fue el mayor atentado terrorista de la historia argentina. Las investigaciones señalan los lazos del gobierno de Carlos Menem y Hezbolah. Hoy, en las paredes de la nueva sede, los nombres de las víctimas son una marca en la memoria de todos. También en la banqueta, si uno camina por la calle Pasteur, puede encontrar pequeñas placas de bronce con un nombre y una fecha. Como en aquella obra sobre la memoria que Christian Boltansky hizo en las calles de Berlín. No fue un artista quien las puso aquí. Fueron las familias. Fueron los vecinos de ese barrio en el que conviven judíos y coreanos, tucumanos y paraguayos, comerciantes y estudiantes, médicos y empleados del Hospital de Clínicas, y de los pequeños cafés y negocios. Un barrio que si estuviera en otra ciudad menos acostumbrada a las migraciones internas y externas sería considerado un “experimento multicultural”. Allí es simplemente una parte del “Once”. A 20 años del atentado, la memoria y el reclamo de justicia quieren permanecer intactos.


El 18 de julio de 1994 fue lunes. Y desde entonces, todos los lunes un grupo de gente se reúne frente a los Tribunales para recordar a las víctimas del atentado a la AMIA y exigir que se haga justicia en un país que poco a poco empieza a cambiar su perfil. El inicio de la ceremonia de los lunes lo marca el shofar con su sonido antiguo y desgarrador. “Memoria activa”, la asociación que promueve esta ceremonia del recuerdo, me invitó hace ya muchos años a hablar una mañana. Me gustaría compartir con ustedes lo que dije en ese momento, tan conmovida y sacudida como lo estoy hoy:

Soy de la raza del libro con que se construyen las moradas, escribió Edmond Jabès dueño de ninguna patria, dueño de todas las voces y de la mirada oblicua de la extranjería. Los libros, las palabras son la morada, aquello que nos protege de la intemperie, que nos da asideros ante el dolor, aquello que hace que no sea grito permanente el desgarramiento. Suelo arroparme con palabras, buscar su tibieza en el desamparo, su rostro familiar ante lo desconocido. Suelo buscar en las palabras la protección que la realidad tantas veces nos niega. Quizás por eso empecé con esa frase de Edmond Jabès. Porque también para mí la patria está en los libros, aunque por supuesto hay lugares en el mundo que me duelen más que otros, lugares donde cada noticia del diario se me hace carne, donde cada mañana en la plaza es una marca para siempre. Entre esos lugares está el que eligieron hace más de un siglo mis abuelos para fundar una vida, para que crecieran sus hijos y los hijos de sus hijos mientras el mundo fuera mundo y las estirpes condenadas a cien años de soledad nacieran sólo con las huellas de la memoria. “Y fue por ese río de sueñera y de barro”, dice un verso entrañable; un río maravilloso y atroz, origen y final para tantos. Llegaron cantando en idiomas que ya no recordamos, con la nostalgia grabada para siempre en las pupilas. Pero la historia parece tantas veces desconocer los deseos y los amores, los anhelos antiguos de aquellos inmigrantes, y el mundo siguió siendo mundo y las estirpes siguieron condenadas a los desencuentros. Como dijo el poeta, “cumplida no fue su joven voluntad”; no fuimos felices como ellos lo soñaron, no nos cubrió un cielo protector, no siempre supimos del amor y de la risa, no pudimos dejar que nuestras raíces crecieran en paz, ni las nuestras ni las de los hijos de nuestros hijos. Y vamos por el mundo con nuestro hogar a cuestas y un determinado brillo en la mirada, o una cierta cadencia en el habla que muestra ese lugar que nos duele más que otros. “Tengo un dolor aquí del lado de la patria”, escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi. Pero a pesar del horror, de la muerte, de los infinitos exilios, a pesar de haber atravesado el siglo más terrible de la historia de la humanidad, a pesar del humo que ahuyentó a los pájaros de Buchenbald, como lo cuenta Jorge Semprún, del ruido ensordecedor que nos cubrió un día cualquiera de agosto del 45, a pesar de los 30 mil árboles truncados que nunca crecerán en nuestros bosques, a pesar de las ausencias que cubren el aire, de no haber podido cumplir aquel viejo sueño, a pesar de julio del 94, estamos aquí diciendo presente, exigiendo justicia, convocando con el shofar a aquellos abuelos del principio de los tiempos, compartiendo con ellos nuestras palabras, nuestras moradas. Y es así simplemente porque tenemos memoria, aunque tantas veces quieran borrarla por decreto, cancelarla con enmiendas y con leyes. La memoria nos salva del ahogo, nos convierte en militantes de la vida, nos permite que estos lunes en la plaza sean también una charla cercana, íntima, con nuestros muertos queridos, una charla íntima que alguien llamó testimonios, aunque sepamos que nadie puede dar testimonio sino el testigo y que los verdaderos testigos son en realidad aquellos que no están. Y sin embargo es por ellos que tenemos la obligación de seguir hablando, de seguir recordando, de seguir dando nuestro imposible testimonio. Porque sabemos que el antónimo del olvido no es la memoria sino la justicia. Por eso salimos de nuestras moradas acompañados por todos: por los que están y por los que no están, por los que fueron y serán, por los siglos de los siglos. Así sea. 

¿A qué suenan los Cronopios?


Julio Cortázar lee un fragmento de su genial cuento "El perseguidor".

Y tal como lo prometimos anoche en el programa "En busca del cuento perdido", aquí va el enlace al cuento completo:
http://www.ucm.es/data/cont/docs/119-2014-02-19-Cortazar.ElPerseguidor.pdf

Ésta es una entrevista en la que el gran Cronopio habla del cuento:
http://www.geocities.ws/juliocortazar_arg/sobreperse.htm

¡Que disfruten este viaje por las palabras y la música!


Lo importante de la vida está en otra parte

Como me lastiman los comentarios en contra de la Argentina que leo en los diversos muros, creo que me voy a abstener de entrar al Facebook por un rato. Me lastiman porque no son sobre futbol sino sobre prejuicios, intolerancia y malentendidos.
Para mí, hoy no se juega más que la final de un torneo deportivo, y no la identidad nacional.
Amo a la Argentina porque allí llegaron mis abuelos huyendo de la violencia y la pobreza a principios del siglo XX: unos eran judíos rusos, los otros italianos y católicos (del norte y del sur), y todos ellos encontraron un país generoso en el que trabajar y formar una familia. Como muchos años después lo encontré yo en México.
En aquel país nacieron mis padres, aprendí mis primeras palabras, di mis primeros pasos, me enamoré por primera vez, también aprendí lo que es la diversidad, la tolerancia y el respeto, lloré cuando un manto de sangre cubrió la tierra y nuestros hermanos y amigos fueron desaparecidos y asesinados. Celebré con toda mi alma cuando aquel horror terminó. Hoy sigo celebrando, pero también reclamando justicia, y conmoviéndome con cada paso de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, con cada nieto que recupera su identidad.
Muchos pueden preguntarse por qué estoy acá, entonces. A diferencia de la mayor parte de todos los que hacen comentarios agresivos contra los argentinos, yo ELEGÍ vivir en este país. Por agradecimiento y por amor. Eso no lo cambio por nada, pero apuesto por la convivencia y el respeto por la diversidad. Por lo mismo he borrado a quienes hacen comentarios homofóbicos, o antisemitas, o racistas, o clasistas. Me horroriza el bombardeo en Gaza, pero también los feminicidios en nuestro país, la miseria en la que viven los rarámuris, la violencia en contra de los migrantes y tantas otras cosas. Y trabajo desde acá para cambiar esas realidades atroces.

A lo mejor me estoy equivocando y lo de hoy es más que un partido: es la posibilidad de mostrar que somos capaces de vivir, actuar y responsabilizarnos por los demás de otra manera. ¿El futbol? Ah, sí. Algunos amigos queridos han elegido a Argentina, otros a Alemania, y después nos iremos a celebrar todos juntos porque –créanme- lo importante de la vida está en otra parte.

El Mundial y la patria

Hace un par de meses se publicó en la Argentina este libro de cuentos de fútbol escritos por mujeres. La querida Claudia Piñeiro me invitó a participar, y quiero compartir con ustedes el relato que escribí entonces. Ojalá les guste.
Hoy, 38 años después del Mundial del 78, sigo mirando por televisión, con emoción y con dolor por la distancia, las imágenes de la gente celebrando, pero ahora sí aquel -la Argentina- es también mi país y estoy orgullosa de que así sea. Mi orgullo -no tengo dudas- es argenmex. 


El Mundial y la patria
Sandra Lorenzano
Para Mariana
1.
A los catorce años odiaba a mis padres.
No sé si escribirlo así, en pretérito imperfecto, o mejor en indefinido:
A los catorce años odié a mis padres.
Porque no es que de a poco mi amor infantil, aquel que me hacía pensar que eran los mejores del universo - aunque tal idea ya venía un tanto maltrecha por un par de enfrentamientos que tuvimos cuando yo tenía trece -, se hubiera ido diluyendo lentamente a consecuencia de la mezcla explosiva entre mis hormonas y su intransigencia (reconozcámoslo, no hay padres no intransigentes durante la adolescencia de sus hijos. Aun los más liberales, alivianados y buena onda, tienen de pronto sus quince minutos, no de fama, sino de autoritarismo. Lo siento: no hay quién se salve). Podría haber sido así, no hubiera resultado raro. Pero no lo fue.
Lo nuestro - mejor dicho: lo mío, mi odio - tiene fecha: 9 de julio de 1977. Día patrio, pensarán quienes conocen algo de historia argentina. En aquel país era día patrio, sin duda; pero no en el aeropuerto de Madrid donde acabábamos de aterrizar mi madre y yo.  
¿Mi padre? Nos habíamos despedido de él en secreto esa madrugada, en la casa de la abuela. Me abrazó. “Tenés que cuidar a mamá. Vas a ser el hombre de la casa”. Ante mi gesto - curiosidad, enojo, tensión, todo junto - agregó: “Yo los alcanzo enseguida, petiso, no te preocupes.” Desde chiquito me decía “petiso”, no Mati, ni Mat, ni Matías, como me decía todo el mundo. “Petiso”. En ese momento me hizo menos gracias que siempre. “¿Cuánto es enseguida, pa?” Mamá y la abuela lloraban. Yo también lo abracé. “No tardes mucho”.
No volvimos a verlo. En el año 77, “enseguida” podía significar una eternidad.

2.
“Así se prepara Argentina para el Mundial de futbol”, decía en el telediario el conductor de la noche. Ya saben cuál: el de los anteojos cuadrados y el bigotito a la antigua. Prendíamos la tele a las nueve y mirábamos un rato las noticias mientras cenábamos. Después cada uno se encerraba en su cuarto. Mamá casi siempre a llorar. Yo leía, o fumaba mirando el pedazo de cielo oscuro que se veía desde la ventana. A veces rasgueaba un rato la guitarra, o ponía la radio, bajita. Y la odiaba.
“Es el Mundial de la dictadura, Mati. Son unos hijos de puta.”
La acompañaba a las marchas, y a las reuniones con los compañeros. Me importaba saber qué noticias había de papá. Había dicho “Los alcanzo enseguida, petiso”. Todavía no habían encontrado el cuerpo, por eso pensábamos que podía aparecer en cualquier momento. A él también lo odiaba.
Repartíamos unos volantes que decían “¿Jugar al futbol en un campo de concentración?” Igual me sabía de memoria los nombres de los jugadores: Fillol, Passarella, Tarantini, Ardiles, Bertoni, Houseman, Kempes. “Es el Mundial de la dictadura, Mati. Son unos hijos de puta.” Pero yo recitaba un nombre tras otro como una letanía. “¿Cuánto es enseguida, pa?” Soy el hombre de la casa.
Mamá fue tajante: “Acá no vamos a hacerle el juego a los milicos. Nada de futbol, Mati”. ¿Querer ver un partido era traicionar a mi padre? Y mandarnos solos a España, ¿qué era? “Encima seguro que están todos los partidos comprados”, decían los compas en las reuniones. “Che, ¿no vamos a conseguir un televisor para ver juntos el Mundial?”, preguntó el Santiagueño. Las miradas de todos se clavaron en él con odio. Yo hubiera querido decir algo para apoyarlo, pero cuando tenés quince años a nadie le importa lo que pienses o digas.  “Bueno, era una pregunta nomás”.
También los odiaba a ellos. Y a la Argentina. A todos. Hacía casi un año que me la pasaba tratando de olvidarme de que tenía un país. “Un país de mierda”, decía mi vieja.
Casi un año, pero todavía me equivocaba cuando trataba de pronunciar la c y la z. “Cassshate argentino”. Que siguieran con las bromas. En poco tiempo nadie se iba a dar cuenta que no había nacido acá. Ya hasta había elegido el lugar exacto: Getafe. Sí, señor. “De Getafe, macho”, diría cuando algún idiota me preguntara de dónde era.
No necesitaba para nada a aquel país de mierda, ni al futbol, ni a mi viejo.

3.
Me acuerdo exactamente lo que hice durante cada uno de los partidos. Bueno, no es tan difícil recordarlo: me encerré en mi cuarto con un porro cada vez. Con un porro y con Pink Floyd. For long you live and high you fly / but only if you ride the tide / and balanced on the biggest wave / you race towards an early grave.
2 de junio: Argentina 2 - Hungría 1
6 de junio: Argentina 2 - Francia 1
10 de junio: Italia 1 - Argentina 0
14 de junio: Argentina 2 - Polonia 0
18 de junio: Argentina 0 - Brasil 0
21 de junio: Argentina 6 - Perú 0
¿Estarían de verdad comprados? ¡Pero si alguno hasta lo perdimos! Pero yo no podía alegrarme. No debía alegrarme. Era el Mundial de los milicos. Igual me hubiera gustado estar allá, abrazar a los pibes del colegio en cada gol. “Vamos, vamos Argentina, vamos vamos a ganar...”. Mejor no pensar. No acordarse. Breathe, breathe in the air, canta Roger Waters. Respiro hondo.
Me hubiera gustado estar allá.
No hay allá.

4.
25 de junio. La final: Argentina-Holanda. El Monumental a punto de reventar. No cabe un alfiler. Estoy en el café de la esquina de la plaza. No, no entro. Siento que traicionaría a mi padre si me siento a ver el partido. ¿Él lo estará viendo? Miro por la ventana. Los papelitos que tiran desde las tribunas. Las banderas. Me sube un calorcito que es a la vez de emoción y de dolor. Estoy lejos y aquel no puede ser más mi país. ¿De verdad son todos cómplices? Mejor me olvido del futbol, de la dictadura y de todo. No quiero volver a casa. Camino. ¿Adónde? Voy bajando por San Bernardo para el lado de Atocha. No pienso subirme a ningún tren, pero me gustan las grandes estaciones. A lo mejor porque me provocan algo parecido a lo que estoy sintiendo. Un poco de incertidumbre, una sensación de indefensión, de deseos de escapar adonde sea, algo de angustia. ¿Dije que me gustaba? Ustedes entienden de qué hablo, ¿no? Es un poco como sentarse a mirar el mar. Puedo dejar de pensar y que el vaivén de gente y voces me lleve lejos.
¿Cuánto tiempo pasé así? ¿Ya habría terminado el primer tiempo? País de mierda. Lo odio. Pero se acabó. Para mí se acabó.
“Hola”, dice alguien. Dos ojos negros y brillantes sonríen frente a mí. Debe llamarse Amina o Laila o Soraya. Y seguro no tiene más de trece o catorce años. Me toma de la mano y la  sigo. Quiero explicarle que no tengo dinero, que hay un partido de futbol, que mi viejo prometió que venía enseguida. Y que yo tengo quince años y pánico de estar con una mujer, aunque sea casi una niña, como ella. ¿Vale la pena  decirle todo?
Apenas habla castellano. “Me llamo Carmela”, me dice y yo decido creerle. “¿Y tú?”. “Javier”, miento con una jota tan castiza como me sale. Ella decide creerme. Llegamos al cuartito que comparte con otras chicas ¿Marroquíes? ¿Gitanas? Hay poca luz, en algún rincón duerme un bebé. Carmela cierra la cortina que separa su cama del resto. Me dejo acariciar. Cierro los ojos. Kempes y los papelitos y las banderas y los milicos y el monumental y mis viejos. Los odio.
“¿De dónde eres, guapo?”
“De Getafe.”
“También yo.”