Para qué poetas en tiempos de penurias 1

Queridos,
Hoy empiezo esta sección porque quizás sea la palabra poética -y la solidaridad radical que estamos viviendo- lo único a lo que puedo asirme en estos días de oscuridad y muerte. ¿Me acompañan?

"Soliloquios"
Esther Seligson 
 (25 de octubre de 1941 – 8 de febrero de 2010)

If only one’s whole life
Could consist in certain moments...
Anne Carson, The Beauty of the Husband

Y cada cual con sus recuerdos, su dolor, sus cicatrices, cada cual con sus muertos al hombro, los miedos, el niño que fue, su hambre, sus pesadillas colgadas al filo de un amanecer sin luz, cada cual tan soledad tan con nadie tan silencioso, escindido


Dime de qué colores fue el amor, el amor que fue que sería que estuvo siendo, di en qué puño cupo, con qué dedo lo tocamos, qué sílaba encerró su embrujo y cómo, acedo, de buenas a primeras reventó ampolla, fagocitó, cómo empezó a arder haces de leña

Un recuerdo mellado podrece en cualquiera de los abismos donde se abisma la memoria, y más lejos sólo el vacío, ningún corazón se renueva en sus cimientos roído, expuesto, cualquier tiempo es tiempo prescrito, y aunque no fuese sincera tal vez debí pedir perdón

Más artero aún el olvido cava trincheras donde envidioso en la memoria hubo hecho su labor de zapa, no obstante hay ecos que persisten, deseos sin extinguir las voces de su anhelo, anhelo sin propósito, vaga reminiscencia como borde de una herida, ráfaga, imprevista

Y cada uno en el día a día aguarda grave, inquieto, mustio, suspicaz, turbado, ni sabe qué a veces, tantas veces, cuántas dime arrinconamos para mañana la ocasión, el oráculo en desuso, el fuego extinto, la inercia a flor de piel, piel ahíta tejiéndose fugacidad aturullada
«No encontrarás nuevos países / no descubrirás nuevos mares... / Dondequiera que vayas, arribarás a la misma ciudad», se repetía a sí mismo Cavafis acosado por las nimiedades, las despreciables rutinas, triste poeta autoexiliado —como Pessoa y tantos otros— en el destierro de su propia alma; así muchos somos del desasosiego los turbios hijos sin causa, sin razón o lógica: dolientes, nada más

Yo regresé a Ítaca por mi voluntad aunque ahí nadie hubiese llorado mi ausencia, volví por puro cansancio de tejerme esperas, inventarme islas y sirenas, volví para no perderme en recuerdos —los propios y los ajenos— y andar náufrago recogiendo escombro de un barco no abordado

Si me preguntan diré que da lo mismo, y no por amargura huraña o por estar a la vuelta de todas las cosas, simplemente se trata de cansancio, de haberse extenuado el ímpetu, extraviado el coraje; no vine aquí para reencuentros, relecturas, algún debe o haber, saldo, pérdida

Toda locura es relativa y pude permanecer en cualquier parte como si fuese finalmente Ítaca. Hay imágenes que atraviesan los años y por sí mismas se evocan, frescas, vivas, sacras: un atardecer soleado, una mañana de olorosa lluvia; las sombras del amor, los sueños, dondequiera se proyectan y a cualquier hora, sólo la infancia tiene un lugar preciso, un intacto sabor irreductible

Nada ni nadie promete eternidad que por fortuna no existe. Bendito el tiempo y su deterioro, lo que caduca, lo que se olvida, arcilla vil diría el poeta; no se trata sin embargo de pasar inadvertido: de pronto no quiero oír, no quiero saber, prefiero no estar; de pronto da lo mismo, salvo por el cansancio, la opacidad de la Luz, y la boca del estómago

Difícil dar con la palabra justa, escrupulosa, veraz, a fuerza de tanto velo, máscara, sudario, atrofia, ruido, ruido sin tregua, cascarón impropio, demasiadas palabras, y aunque de poco valga protestar me indigno color de uva prieta, me resisto a cambiar de tema, a suavizar mi enojo, a reconciliar mi duelo

Hambre de Luz, sed de ya no-ser, de quebrar el manto de realidad que me asfixia amorfo cristal opaco; maduraron los preparativos de viaje, el desapego radiante centro de nada, ninguna propiedad en mano pues dueños de qué en un mundo de miseria —vivir devasta—, inhóspito paraje

Una miga de pan, un soplo de viento, larga es ya mi porción como una peladura de naranja espiralada pendiente de no sé qué espacio intermedio, una urgencia de partir la habita, un ritmo quebradizo ajeno a la paciencia de estar, una indescifrable desolación antigua huésped perenne de raíces rotas, un árbol que se lleva a cuestas y es morada y es errancia

Se ha consumido mi tiempo a medio camino entre una nada barrida por el viento y una pátina de tristeza —se diría al rojo vivo— que me recubre pétrea con finos trazos de lodo y humo. Cultivé lo transitorio, el asombro, la escritura a mano, leer y releer vigilia insomne, macetas en cada rincón posible, añoranzas de un edén inexistente

Entre la distancia y la lejanía el desencanto como refugio, la intemperie navío, soliloquio metáfora de un universo quebrado, fugitivo que sigue su cauce sin atar cabos; travesía incierta la realidad diluye sus texturas, deshila el cañamazo que une las horas, nada hay nuevo bajo el sol... La soledad no pregunta, es su propia respuesta...

¿Por qué SÍ iré a la Feria Internacional del Libro de Acapulco?

Frente a la violencia brutal que está viviendo el Estado de Guerrero, y especialmente después de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, dije públicamente que me parecía que si el gobernador no presentaba su renuncia, la Feria debía suspenderse. Sigo pensando que hubiera sido una decisión política y éticamente digna. Sin embargo, la Feria no se suspendió y el gobernador parece no tener la menor intención de renunciar.
¿Qué hacer frente a esto? ¿Cancelar mi participación como modo de expresar repudio ante el horror, o expresarlo allí mismo, en la FILA, acercándome a los guerrerenses? Considero que las dos posturas son igualmente válidas y comprometidas. Las dos buscan condenar la violencia, condenar las desapariciones, condenar las brutales violaciones a los derechos humanos. Porque de lo que no tengo dudas es de que hay que repudiar y condenar los crímenes que están ensangrentando gran parte de nuestro país. 
Lo que no se vale es permanecer indiferentes, lo que no se vale es pensar que los libros no tienen que ver con esta dolorosa realidad, lo que no se vale es guardar silencio.

Finalmente he decidido sí ir a la Feria, y quisiera explicar por qué:
-      * Porque sé que el arte y la cultura permiten generar espacios de reflexión y diálogo imprescindibles ante situaciones de horror.
-        * Porque sé que quienes están en Guerrero y quienes estamos fuera, todos juntos, tenemos más fuerza para exigir justicia que si nos quedamos separados.
-         * Porque no creo que ir signifique ser cómplice del gobierno.
-         * Porque nuestras palabras hoy son palabras lastimadas, palabras dolidas, palabras “calcinadas”, como las llamaba Paul Celan, pero son también palabras vivas y buscan hablar por quienes no están.
-       * Porque tenemos memoria y sabemos que esa memoria tiene que ser combativa e incómoda, tiene que mostrarles a los culpables que no nos callamos, que no nos resignamos, que no miramos para otro lado.
-      * Porque la palabra poética es espacio de resistencia, por eso –siguiendo a Hölderlin- los poetas son más necesarios que nunca “en tiempos de penurias”.
-         *Y finalmente, porque los desaparecidos nos faltan a todos, siempre. Y hoy esos desaparecidos tienen los rostros, los nombres, los sueños, las esperanzas y los deseos de 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa. Y estar allí es también un modo de hacer que vuelvan a estar con nosotros.
-      * Por eso iré a hablar de mis temas de siempre: la memoria, la violencia, la búsqueda de justicia, la pasión por la literatura, la belleza que encierran las palabras, allí donde las heridas del horror están aún frescas. 
-         * Por eso y porque sólo tengo palabras para cobijar con ellas el llanto de las madres y de los padres, la indignación de los jóvenes, el desconcierto, la furia, el miedo. 
     Sólo tengo palabras para escuchar, para aprender, para luchar. 
     Por los que están y por los que no están.

     CON VIDA LOS LLEVARON, CON VIDA LOS QUEREMOS

La historia de Alfredo

La mayor parte de ustedes no sabe quién es Alfredo. No tendrían por qué saberlo, claro. No ha publicado ningún libro. No sale en televisión. No escribe en los medios. Tampoco es un delincuente famoso ni un funcionario público. 

Pero créanme si les digo que se pierden de mucho por no conocerlo. De muchísimo. Se pierden de recordar que en este país hay gente maravillosa que se juega la vida todos los días por lo que cree y piensa. Sin aspavientos. Se pierden de disfrutar su sonrisa un poco pícara, un mucho tímida, cuando nos da los buenos días en chol al llegar a la oficina. Se pierden de aprender que hay choles en nuestro país (¿lo sabían?), y que están tan desprotegidos, amolados y explotados como casi todos los indígenas de México (¿dije “casi”?). Se pierden de recordar que las desigualdades de este país son lacerantes. Vale la pena tenerlo presente cada día. Estoy cierta de que nos hace mejores personas. Más solidarias. Más generosas. Se pierden de escuchar su voz suave contando historias de su pueblo - Nuevo Limar, Chiapas - y de descubrir que se le enciende la mirada cuando habla de la selva, del huerto, de su familia, de los caballos, del silencio. Se pierden de descubrir que en esa mirada hay chispas cuando habla de sus niños: de sus alumnitos en alguna primaria rural, de sus cómplices en la Sala de Lectura “Mitocondrias”. 

Sí. Se pierden de mucho por no conocer a Alfredo.

Sé que habérmelo cruzado hace un par de años es uno de los grandes regalos que me ha hecho la vida.

Socorro Venegas me había invitado a ser jurado del premio México Lee en la categoría Testimonio. Como muchos saben, tengo el sí más rápido de estos lares cuando de trabajo se trata. Así que, fiel a mí misma dije que “Sí”, que “Por supuesto”, sin imaginar que iba a descubrir en esos textos oro molido. Y entre todos los artículos que nos dieron a leer, me conmovieron especialmente las páginas que había mandado un joven maestro chiapaneco. Ese joven maestro era Alfredo. Allí cuenta su historia de niño monolingüe que  prefiere jugar futbol en la plaza del pueblo, con una pelota hecha de bolsas de plástico amarradas, que ir a la escuela a escuchar durante horas a una maestra a la que no le entiende nada. ¿Se acuerdan de Balún Canán? Igual pero cuarenta años después. Cuenta su aprendizaje del español a punta de cinturonazos paternos y regaños escolares. Habla del descubrimiento de la música y la literatura gracias a uno de sus profesores de secundaria.

Un día me atreví a pedirle prestado el libro La tregua de Mario Benedetti. No entendí casi nada de las primeras páginas que leí porque la mayoría de los términos que usaba el autor estaban muy alejados de mi conocimiento del español. Empecé a leer el libro una, dos, tres veces, hasta que decidí utilizar un diccionario. Al terminar de leerlo era demasiado tarde: estaba completamente enamorado de Laura Avellaneda.

Luego vinieron Jaime Sabines y Hermann Hesse y Rosario Castellanos y Sergio Pitol y Rius y tantos y tantos más. Alfredo absorbe lo que tiene a su alrededor como una esponja ávida y feliz. “Fui a la Biblioteca Vasconcelos, Sandra - me decía hoy -, y pensé: esto es lo único que de verdad les envidio a quienes viven en esta ciudad, los libros, los libros.”

Como es generoso, Alfredo quiso compartir su amor por la literatura. Por eso fundó la Sala de Lectura “Mitocondrias”. Cada sábado colgaba su cartel invitando a los chicos del pueblo a acercarse. Y cada sábado se quedaba solo con sus libros y con sus ganas. Hasta que al mes llegaron unos hermanitos, y después una niña, y luego dos más... Y ya han cumplido cuatro años de reuniones semanales. Cuando habla de Cheo, de Julio, de Oswaldo, de Elvira, se le llena la sonrisa de felicidad. 

El día de la entrega del premio le pregunté “¿Qué tienes ganas de hacer en la vida, Alfredo?” “Estudiar literatura”, me contestó. “Pues ya - grité - ¡ven al Claustro! No necesitas más que esas ganas que se te notan en las palabras en cuanto las pronuncias.” Y así llego. Con sus historias. Con su timidez. Con su deseo de saber y saber y saber, cada vez más. Con las pupilas que van del deslumbramiento a las saudades por el verde y los potreros y el silencio y sus niños. 

Con su puro estar entre nosotros, Alfredo nos ha enseñado a ser mejores. Le debemos eso. 

Hoy me buscó para decirme que tiene que regresar a ocupar su plaza a Chiapas. Que ya no le renuevan el permiso para terminar la licenciatura. Que a los chicos de primer grado que va a tener en su nueva escuela quizás, con suerte, les lleguen los uniformes y los zapatos que les prometieron. Que me va a escribir en cuanto encuentre un lugar donde conectarse a internet. Que va a regresar algún día a terminar. Que ya aprendió a dormir por las noches a pesar de los ruidos de la ciudad. Que Cheo ya tiene dieciséis años. Que sus compañeros lo están esperando. Que a lo mejor puede organizar un grupo para escribir los libros de historia y geografía en chol. Que tiene tanto todavía por aprender.

Pensé ser el alegre personaje que cree hacer su voluntad, el que vuela libre como un zopilote cerca de las nubes, pero descubrí que no era cierto lo de mi libertad: soy el personaje de algún escritor desquiciado. Aquí me encuentro, cumpliendo con mi personaje en esta trama que hemos acordado nombrar vida. Y pienso que hay mucho por hacer, queda mucho por hacer.

Gracias, querido Alfredo, por ser parte de nuestra vida. Nos vas a hacer falta cada mañana. Ya te estamos extrañando.