24/12/13

Y sí... ¡Feliz navidad para todos!

¡Feliz navidad para todos!
En especial para mi Mariana,  
que aquí conocerá otro pedacito de nuestra historia

Mi mamá me regaló las mejores navidades que ustedes puedan imaginar. Las mejores. Cada 24 de diciembre lo volvía una fiesta con árbol, apapachos, Papá Noel, regalos, y todo lo que corresponde en estas fechas. Aunque el 25 no lo celebrábamos porque para nuestro espíritu ateo tenía demasiadas reminiscencias cristianas (por eso tampoco poníamos pesebre, sino el muy ¿laico? arbolito), el 24 ¡tirábamos la casa por la ventana!

Pero mejor vamos por partes: 
Graciela Sara Schifrin - “mi madre” para el desarrollo de esta historia - pertenecía a la segunda generación de dos familias judías rusas ateas y comunistas (sí, esas mezclas existían: las culturas híbridas no son un invento del siglo XXI) que habían llegado a vivir a Buenos Aires alrededor de 1910 (años más, años menos). Se crió en ese mundo de trabajo, solidaridades, libros, juegos en la Plaza Libertad, ensayos en el Teatro Colón (invitada por su padre, violoncellista de la orquesta) y visitas al restaurante del abuelo León (Lioba) Paley, el Internacional, en Corrientes 2317, pleno barrio de Once. Allí no sólo mi abuela trabajaba sin parar, sino que se reunía la crema y nata de la intelectualidad judía porteña: Gerchunoff, Samuel Eichelbaum, Berta y Paulina Singerman, Botana, Conrado Nalé Roxlo, Amelia Bence, Blackie, Manuel Sofovich y muchos otros. César Tiempo lo menciona en un poema: “Bar Internacional / donde la grey semita / inofensivamente se desquita / de las persecuciones de la Rusia Imperial” (así lo cuentan en el libro Historia de los judíos argentinos - p. 171 - que mi mamá me regaló un par de años antes de morir). Allí se leía en voz alta, en idisch, ruso y castellano, se discutía, se reía y, como cuenta la memoria familiar: el “abuelito” León, tomaba vodka y bailaba, hasta que el alcohol ganaba la partida y lo hacía cambiar entonces el baile por el llanto de nostalgia por su perdida Odessa (como bien nos enseñó Dostoievsky, los rusos lloran, claro que sí). Eso no impedía que al otro día estuviera en pie a las cinco de la mañana para volver a trabajar. 

Pero no se preocupen, no voy a hacerles la crónica completa de esta rama de la familia. Lo que quiero contarles es que Graciela era una nena feliz y mimada por todos, en especial por la abuela Fanny Levin, tan querida en el Once que el día de su muerte todos los negocios de la Av. Corrientes bajaron la cortina en señal de luto. Esa felicidad se le terminó a mamá poco antes de la adolescencia, pero ésa es otra historia. 

Esa nena de cara redondita y sonrisa fácil lloraba desconsoladamente cada 24 de diciembre. Si todos celebraban la Nochebuena ¿por qué ellos no? “Es una fiesta católica, Graci. Por eso no la festejamos”, le contestaba mi abuela. 
Así que ahí lagrimeando sobre la cama, amparada por el gato Koshka (gato en ruso) que, según contaban, lloraba junto con ella, pensó que el día que tuviera hijos les regalaría las más hermosas navidades del mundo. 

Y así fue: poníamos luces en el pino del jardín, siempre con la esperanza de que ese año no lloviera; invitábamos a decenas de amigos, primos, vecinos, y les teníamos un regalito a cada uno; cenábamos delicioso, cantábamos, jugábamos. Siempre había “estrellitas”. Nunca cohetes, ni buscapiés, ni triángulos, ni rompeportones, ni ninguno de esos  engendros pirotécnicos, porque “al primo Tal (no me acuerdo quién. Ella sí se acordaba) le sacaron un ojo con una cañita voladora”. Cuando muchos años después leí “La parábola del joven tuerto”, en El diosero de Francisco Rojas González supe que era verdad lo que ella contaba. Se podía perder un ojo, nomás.

Cuando nacieron mis hermanos menores, yo que ya me sentía muy adulta a pesar de tener entre diez y doce años, empecé a vestirme de Papá Noel, con un almohadón en la panza, y a llegar entre campanitas y carcajadas (jo jo jo Feliz navidad) a repartir los regalos de los más chicos. 

La mezcla de la nena judía y el entrañable goy, ateo y trosko, que es mi padre (César, alias Gogui) resultó maravillosa para las fiestas. 

Después ya sabemos cómo siguió la historia: vino la dictadura, el exilio, los desaparecidos, y el andar sin ancla durante todo el año, incluido diciembre, claro. El llanto de papá escuchando a Piazzolla todas las navidades, las llamadas a Buenos Aires, siempre a los gritos, como si habláramos con dos latitas unidas por un piolín, la nostalgia del verano.

Hace veintiséis años celebré mi primera nochebuena como mamá. Juro que, como buena hija de Graciela, puse todo mi empeño y amor en que Mariana disfrutara estas fechas. Creo que, a pesar de todo, crié una grinch. Eso sí: cada 25 de diciembre vemos juntas “Love Actually” y berreamos especialmente en la escena de reencuentro en el aeropuerto. 

Así también es esto de ser argenmex.

Crean ustedes en los que crean, deseen lo que deseen, celebren (o no celebren) como sea: solos o en familia, leyendo o bailando, sintiéndose culpables por el horror de mundo en el que vivimos, o dándose una noche de inconsciencia y abrazos, reciban todo mi amor, mi agradecimiento por estar ahí, cerquita, y mi más profundo deseo de que - como dice Joaquín Sabina - “el corazón no se pase de moda”. En estas líneas va el mío, para ustedes.

Sandra
Diciembre 2013 



22/12/13

Cuidado: no se pierde sin castigo el pasado

IDA VITALE

Cultura del palimpsesto

Todo aquí es palimpsesto,
pasión del palimpsesto:

a la deriva,
                        borrar lo poco hecho,
empezar de la nada,
afirmar la deriva,
mirarse entre la nada acrecentada,
velar lo venenoso,
matar lo saludable,
escribir delirantes historias para náufragos.

Cuidado:
no se pierde sin castigo el pasado,
no se pisa en el aire.

De Nuevas arenas I, 2002



Exilios

                                 ...tras tanto acá y allá yendo y viniendo.
                                                                          Francisco de Aldana

Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.

Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los Vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.

La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.

Se disuelve, tan solo.

De De procura de lo imposible, 1998


Acá el enlace a la entrevista más reciente a la poeta uruguaya:
http://cultura.elpais.com/cultura/2013/12/20/actualidad/1387570761_611741.html

17/12/13

Los 10 libros para la isla desierta

“Una lista me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal aprieto”, debería escribir yo, parafraseando a Lope de Vega. Pocas cosas me provocan tanta ansiedad como estas decisiones en gran medida azarosas, en gran medida arbitrarias, que pueden dejar fuera tantos textos queridos. Los famosos libros que nos acompañarían en una isla desierta. ¿Incluyo a Sebald y dejo fuera a Thomas Mann? ¿A Sarmiento en lugar de a Borges, cuando en realidad fue por él que lo descubrí? ¿Y a Simone de Beauvoir? ¿Me “marcó” más o menos que la Woolf? ¿Ningún ruso? ¿Ni un solo italiano? ¿Justo ahora que Pavese me ha estado acompañando mientras me adentro en no sé qué nueva historia? ¿Y los españoles? ¿Dejaré fuera a Javier Marías y su Mañana en la batalla piensa en mí, al Semprún de La escritura o la vida? ¿A la poesía del 27 que leo y releo? ¿Dónde pongo a Philip Roth, a Amos Oz, a Baricco, a mi querida Sir Hustvedt? ¿Y de América Latina? ¿Sólo argentinos y mexicanos? ¿Y los demás? ¿Dónde dejo mi deslumbramiento y confusión al leer El zorro de arriba y el zorro de abajo de José María Arguedas? ¿Y a Onetti no puedo mencionarlo ya? Mi padre me descubrió “Bienvenido Bob” y desde entonces es uno de mis cuentos favoritos. ¿Cómo se condensan más de cincuenta años de vida en 10 títulos? 
Pero acepté las reglas del juego, aun a riesgo de enloquecer en el intento. Así que, aquí van algunos de los textos que se han vuelto mis “clásicos”. Es decir que siempre vuelvo a ellos: los hojeo y ojeo, como si fueran talismanes, los abro en cualquier página, sobre todo cuando estoy escribiendo, los tengo a la vista en la biblioteca, y soy capaz de recitar de memoria algunos de sus fragmentos.

1) El libro del desasosiego – Fernando Pessoa
Es uno de los libros que más me ha deslumbrado, y me sigue deslumbrando a lo largo de los años. Por los quiebres que separan un fragmento de otro nos asomamos al abismo: la identidad, el lenguaje, la realidad, hechos trizas en el fondo nos atraen y la palabra poética es allí un puro vértigo.

2) Memorias de Adriano – Marguerite Yourcenar
Una prosa densa que nos va envolviendo; una historia en la que el deseo y el lenguaje van entretejiéndose de manera magistral. Uno de esos libros que una no quisiera que se terminaran nunca. Fue mi primer encuentro con Yourcenar; a partir de ese momento me volví lectora devotísima. Con los años la pasión por las Memorias… compite con la pasión por Fuegos, un libro al que vuelvo una y otra vez. Y con el descubrimiento del Antinoo de Pessoa con el cual Adriano dialoga.

3) El libro de las preguntas – Edmond Jabés
Me doy cuenta de que cada uno de los libros elegidos me enseña un modo diferente de aproximarme a la literatura. Con Jabés conocí la libertad de los márgenes y la mirada sesgada. Y quizás también la inutilidad que muchas veces significa la división por géneros. Aprendí a reconocer el deseo de silencio que nos lleva al desierto. No es poca cosa en el mundo del ruido prepotente y el vaciamiento del lenguaje en el que vivimos cotidianamente. Libros como éste son un bálsamo al que me aferro cualquier tarde de domingo ante el miedo al naufragio.

4) Rayuela – Julio Cortázar
Rayuela fue un clásico de mi adolescencia, y luego lo fue de la adolescencia de mi hija. Por eso me resulta aún más entrañable. Sin saberlo, mientras lo leía por primera vez me estaba convirtiendo yo misma en alguien que caminaría sobre el tablón entre “el mundo de acá” y “el mundo de allá”. La búsqueda del propio rostro en las calles de cualquier ciudad que emprenden Cortázar y sus personajes va de lo lúdico a lo reflexivo, de lo mágico a lo metafísico, llevándonos tras ellos como en el desfile de un viejo circo. Cada lectura me revela también rasgos de ésa que fui, y a la que – tal vez – añoro.

5) Las olas – Virginia Woolf
Tenía diecicocho años la primera vez que lo leí, en una edición de Premiá que subrayé sin parar, y que es la misma a la que vuelvo. Me envolvieron el ritmo y la cadencia, y el relato de ese día creado por el monólogo de los seis personajes que encierra la vida entera. Como todas (¿como todos?), me enamoré de esa escritora frágil y melancólica que nos enseñó a buscar una habitación propia.

6) Diez razones para la tristeza del pensamiento – George Steiner
Elegí este libro, pero podría haber elegido también otros de Steiner. Comparto con él el haber nacido bajo el signo de Saturno, como otros, más allá de las fechas reales (“El pensamiento es estrictamente inseparable de una profunda e indestructible melancolía”). Es un pensador que me hace sentir en casa y a la vez me abre nuevos caminos. En ciertos períodos leo más ensayo que narrativa. Depende del ánimo. Depende del deseo. Depende de los silencios y las voces interiores. Sumo, entre otros a Benjamin, por supuesto (y al ensayo de Beatriz Sarlo, “Olvidar a Benjamin”, que critica irónicamente el exceso que ha alcanzado la pasión de los académicos por el pensador berlinés), a Susan Sontag, a Roland Barthes (sobre todo al de Fragmentos de un discurso amoroso y de Preparación de la novela, un libro que no puedo soltar desde que lo descubrí), a… Sé que estoy haciendo trampa porque sólo puedo mencionar a 10 autores, así que hasta aquí me quedo. 

7) Vida de Facundo Quiroga – Domingo F. Sarmiento
A mediados de los ochenta formé parte del grupo de trabajo sobre literatura argentina de David Viñas en la Universidad de Buenos Aires. Ahí aprendí a leer esta enorme obra que es el Facundo y de la que Borges hablaba tanto. Es imposible entender las letras de aquel país sin la lectura de este libro fundacional. La pasión por la palabra entra en tensión en Sarmiento con la pasión por el transgresor. Pocas páginas tienen la fuerza de este retrato que es a la vez un ejercicio ético y político. 

8) Austerlitz, W. G. Sebald
Todos los libros que busco tienden en última instancia a la poesía. ¿Por qué de pronto me llega esta frase? Sé que me interesa más el vislumbre que me permiten las palabras, su textura, el ritmo, el juego que desafía al mismo tiempo la razón y el deseo, la piel y las huellas apenas insinuadas de la memoria, que el relato de historias. Por eso Sebald se ha vuelto un cómplice delicioso. ¿Austerlitz? ¿Vértigo? ¿Los emigrados? Difícil decidir. 

9) Balún Canán – Rosario Castellanos 
Llegué a vivir a México en plena adolescencia; la realidad me deslumbró, me sorprendió, me fascinó, me aterró, todo al mismo tiempo. El tiempo y la literatura me ayudaron a ir entendiéndola (en la medida en que esto es posible, claro). En mi primer cumpleaños, una querida profesora me regaló El llano en llamas. Alguien más dijo: Tienes que leer a Rosario Castellanos. Gabriel, su hijo, era nuestro compañero y la muerte de Rosario aún muy reciente. Su nombre se pronunciaba con devoción y tristeza. Balún Canán me ayudó a hacer inteligible un mundo fuerte, mágico casi y terriblemente injusto.

10) “Piedra de sol” – Octavio Paz
Me quedo sin palabras ante la poesía. Me lleva al silencio del descubrimiento, del reconocimiento en la voz del otro; a un silencio pleno que me conmociona, que me deja tambaleante, sacudida. “Un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea…”. Leo versos como letanía que invoca dioses antiguos, como búsqueda de comunión con la palabra poética. Hölderlin se preguntaba “¿Para qué poetas en tiempos de penurias?”. “Piedra de sol” es uno de esos poemas que encierra las respuestas posibles.

16/12/13

“¿Dónde está Wally?” censurado

El primer libro de “¿Dónde está Wally?” fue censurado en EE.UU. por aparecer una mujer en topless - Cooking Ideas


El primer libro de “¿Dónde está Wally?” fue censurado en EE.UU. por aparecer una mujer en topless

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Wally, el simpático joven del jersey a rayas rojas, lleva poniendo a prueba nuestra agudeza visual desde que, en 1987, su creador Martin Handford publicara en el Reino Unido la primera entrega de sus andanzas. Sin embargo, y aunque parezca increíble, este primer título fue censurado en muchos lugares de EE.UU. ya que en una de las páginas que discurrían en la playa aparecía una señora haciendo topless.
Como se puede ver, la mujer se había quitado la parte superior del biquini, presumiblemente para permitir una mayor uniformidad en el bronceado. Y un niño parece que le está vertiendo agua sobre la espalda (o ensartando con un helado), lo que le provoca saltar para regocijo de un caballero bastante feliz, y con una sustancia marrón en el pecho, que mira desde un lado.
Y si uno observa cerca, muy, muy de cerca…incluso se podría decir que la mujer muestra un pezón.
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Este pezón debió sacar los ojos a los supervisores de la decencia norteamericana para convertir “¿Dónde está Wally? en uno de los libros más frecuentemente censurados de la década de 1990 en aquel país. Y así se muestra en la lista de la American Library Association “Challenged and Banned Books”, una lacra en forma de aureola que prácticamente hizo a Wally desaparecer de buena parte de las bibliotecas públicas y librerías estadounidenses.
No es que el libro fuera difícil de encontrar como su propio protagonista, sino que directamente fue condenado al ostracismo de las baldas y el revuelo que se formó fue tremebundo. Incluso el New York Times y el Playboy dedicaron sendos reportajes al asunto, que fue zanjado por la editorial reeditando este título y suprimiendo la controvertida imagen.
Sin embargo, diez años después, en 1997 y para celebrar una década de Wallys escondidos por el mundo, la mujer del topless regresó a la playa a tomar el sol.
Lo hizo en una edición especial aniversario de esta primera edición original y, como se puede ver, esta vez venía de casa ataviada con la parte superior del bikini, que convenientemente fue pintado a mano para esconder la picardía.
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Ahora ya todos los niños del mundo, incluidos los de EE.UU., estaban a salvo de las escondidas obscenidades de Wally y sus compadres.
O no. Porque tanto fijarse en si la señora enseñaba o dejaba de enseñar, que a los censores se les debió pasar que en la parte superior de la misma imagen aparecen dos hombres en una situación ciertamente más comprometida, por más que estuvieran en la playa. Y un poco más allá, si uno observa muy, muy de cerca…un pobre personaje prácticamente se ensarta una sombrilla por donde la espalda pierde su nombre.
Viéndolo con malos ojos, una auténtica orgía si se compara con un topless, sin duda.
playa
(Pinchar para ver más grande. Y ya de paso…encuentra a Wally)

Un elefante ocupa mucho espacio

En 1976, Un elefante ocupa mucho espacio, el libro de Elsa Bornemann, (fue elegido para integrar la Lista de Honor) del Premio Internacional "Hans Christian Andersen", otorgado por International Board on Books for Young People, con sede en Suiza. Un año después era prohibido en la Argentina por relatar una huelga de animales. El decreto, fechado el 13 de octubre de 1977, incluía también a El nacimiento, los niños y el amor, de Agnés Rosenstiehl, editado —junto al de Bornemann— por Librerías Fausto.
(Señalaba el decreto militar:) "En ambos casos se trata de cuentos destinados al público infantil, con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo (...) Portada de "El nacimiento"De su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la Iglesia, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone."



Aquí el cuento que da nombre al libro. ¡Que lo disfruten!

Un Elefante Ocupa Mucho Espacio 
-por Elsa Bornemann-

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar "en elefante", esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo... ah... eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento: 
Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente. 
-¿Te has vuelto loco, Víctor?- le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula. -¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo! 
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche: 
-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas... 
- ¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida? 
- Tú has nacido bajo la lona del circo... -le contestó Víctor dulcemente. La esposa del criador te crió con mamadera... Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad... 
- ¿Se puede saber para qué hacemos huelga? -gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá. 
- ¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos... que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero... que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de huelga general...) 
- Bah... Pamplinas... -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma? 
- Sí -aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete -y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros. 
Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león! 
Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas... (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped...) 
De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio: 
- Los animales están sueltos!- gritaron acoro, antes de correr en busca de sus látigos. 
- ¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas!- les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente. 
- ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante! 
- ¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente. 
- ¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes. 
La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES. 
Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres: 
- ¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas! 
- ¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan! 
cuento 
- ¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! - gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren? 
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante: 
- ... Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán... porque... o nos envían de regreso a nuestras selvas... o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho. 
Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África. 
Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: En uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor... porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio...

8/12/13

Lucian Freud: un homenaje

En el día de su nacimiento, un homenaje al genial Lucien Freud (Berlín, 8 de diciembre de 1922 – Londres, 20 de julio de 2011). Sin duda, uno de los mayores artistas del siglo XX. 



29/11/13

Siempre quise ser Jo March

Como muchas niñas de mi generación, quise ser Jo March. Aún hoy quiero serlo.

¡Feliz cumpleaños, Louisa May Alcott!
(Pensilvania, 29 de noviembre de 1832 - Boston, 6 de marzo de 1888)

27/11/13

Para que sepan quién es Alfredo

La mayor parte de ustedes no sabe quién es Alfredo. No tendrían por qué saberlo, claro. No ha publicado ningún libro. No sale en televisión. No escribe en los medios. Tampoco es un delincuente famoso ni un funcionario público. 

Pero créanme si les digo que se pierden de mucho por no conocerlo. De muchísimo. Se pierden de recordar que en este país hay gente maravillosa que se juega la vida todos los días por lo que cree y piensa. Sin aspavientos. Se pierden de disfrutar su sonrisa un poco pícara, un mucho tímida, cuando nos da los buenos días en chol al llegar a la oficina. Se pierden de aprender que hay choles en nuestro país (¿lo sabían?), y que están tan desprotegidos, amolados y explotados como casi todos los indígenas de México (¿dije “casi”?). Se pierden de recordar que las desigualdades de este país son lacerantes. Vale la pena tenerlo presente cada día. Estoy cierta de que nos hace mejores personas. Más solidarias. Más generosas. Se pierden de escuchar su voz suave contando historias de su pueblo - Nuevo Limar, Chiapas - y de descubrir que se le enciende la mirada cuando habla de la selva, del huerto, de su familia, de los caballos, del silencio. Se pierden de descubrir que en esa mirada hay chispas cuando habla de sus niños: de sus alumnitos en alguna primaria rural, de sus cómplices en la Sala de Lectura “Mitocondrias”. 

Sí. Se pierden de mucho por no conocer a Alfredo.

Sé que habérmelo cruzado hace un par de años es uno de los grandes regalos que me ha hecho la vida.

Socorro Venegas me había invitado a ser jurado del premio México Lee en la categoría Testimonio. Como muchos saben, tengo el sí más rápido de estos lares cuando de trabajo se trata. Así que, fiel a mí misma dije que “Sí”, que “Por supuesto”, sin imaginar que iba a descubrir en esos textos oro molido. Y entre todos los artículos que nos dieron a leer, me conmovieron especialmente las páginas que había mandado un joven maestro chiapaneco. Ese joven maestro era Alfredo. Allí cuenta su historia de niño monolingüe que  prefiere jugar futbol en la plaza del pueblo, con una pelota hecha de bolsas de plástico amarradas, que ir a la escuela a escuchar durante horas a una maestra a la que no le entiende nada. ¿Se acuerdan de Balún Canán? Igual pero cuarenta años después. Cuenta su aprendizaje del español a punta de cinturonazos paternos y regaños escolares. Habla del descubrimiento de la música y la literatura gracias a uno de sus profesores de secundaria.

Un día me atreví a pedirle prestado el libro La tregua de Mario Benedetti. No entendí casi nada de las primeras páginas que leí porque la mayoría de los términos que usaba el autor estaban muy alejados de mi conocimiento del español. Empecé a leer el libro una, dos, tres veces, hasta que decidí utilizar un diccionario. Al terminar de leerlo era demasiado tarde: estaba completamente enamorado de Laura Avellaneda.

Luego vinieron Jaime Sabines y Hermann Hesse y Rosario Castellanos y Sergio Pitol y Rius y tantos y tantos más. Alfredo absorbe lo que tiene a su alrededor como una esponja ávida y feliz. “Fui a la Biblioteca Vasconcelos, Sandra - me decía hoy -, y pensé: esto es lo único que de verdad les envidio a quienes viven en esta ciudad, los libros, los libros.”

Como es generoso, Alfredo quiso compartir su amor por la literatura. Por eso fundó la Sala de Lectura “Mitocondrias”. Cada sábado colgaba su cartel invitando a los chicos del pueblo a acercarse. Y cada sábado se quedaba solo con sus libros y con sus ganas. Hasta que al mes llegaron unos hermanitos, y después una niña, y luego dos más... Y ya han cumplido cuatro años de reuniones semanales. Cuando habla de Cheo, de Julio, de Oswaldo, de Elvira, se le llena la sonrisa de felicidad. 

El día de la entrega del premio le pregunté “¿Qué tienes ganas de hacer en la vida, Alfredo?” “Estudiar literatura”, me contestó. “Pues ya - grité - ¡ven al Claustro! No necesitas más que esas ganas que se te notan en las palabras en cuanto las pronuncias.” Y así llego. Con sus historias. Con su timidez. Con su deseo de saber y saber y saber, cada vez más. Con las pupilas que van del deslumbramiento a las saudades por el verde y los potreros y el silencio y sus niños. 

Con su puro estar entre nosotros, Alfredo nos ha enseñado a ser mejores. Le debemos eso. 

Hoy me buscó para decirme que tiene que regresar a ocupar su plaza a Chiapas. Que ya no le renuevan el permiso para terminar la licenciatura. Que a los chicos de primer grado que va a tener en su nueva escuela quizás, con suerte, les lleguen los uniformes y los zapatos que les prometieron. Que me va a escribir en cuanto encuentre un lugar donde conectarse a internet. Que va a regresar algún día a terminar. Que ya aprendió a dormir por las noches a pesar de los ruidos de la ciudad. Que Cheo ya tiene dieciséis años. Que sus compañeros lo están esperando. Que a lo mejor puede organizar un grupo para escribir los libros de historia y geografía en chol. Que tiene tanto todavía por aprender.

Pensé ser el alegre personaje que cree hacer su voluntad, el que vuela libre como un zopilote cerca de las nubes, pero descubrí que no era cierto lo de mi libertad: soy el personaje de algún escritor desquiciado. Aquí me encuentro, cumpliendo con mi personaje en esta trama que hemos acordado nombrar vida. Y pienso que hay mucho por hacer, queda mucho por hacer.

Gracias, querido Alfredo, por ser parte de nuestra vida. Nos vas a hacer falta cada mañana. Ya te estamos extrañando.



10/11/13

Feliz cumpleaños Anne Sexton





Anne Sexton (Anne Gray Harvey) nació en Massachusetts el 9 de noviembre de 1928. 

Se casó con Alfred Muller Sexton a los 19 años. Un año después de nacida su primera hija le diagnosticaron depresión post-parto, sufriendo su primer crisis mental e ingresando a un hospital neuropsiquiátrico. Regresaría allí varias veces, sobre todo luego de sus intentos de suicidio, que se agudizaron luego del nacimiento de sus segunda hija. 

Fue su médico quien la apoyó para que desarrollara el interés en la poesía que había mostrado en la escuela secundaria. 

En el otoño de 1957 se inscribió en un taller de poesía en donde conocería a Sylvia Plath. Unidas en una relación con matices que lindaban entre la identificación mutua y la rivalidad poética, fueron influencias la una para la otra, llegando a competir en las clases por quien escribía el mejor poema.

En 1974, a pesar de su éxito como escritora –había ganado el Premio Pulitzer de poesía por su libro Live or Die- perdió su batalla contra la enfermedad mental. Luego de almorzar con su mejor amiga, Sexton fue hasta el garage, encendió el motor de su auto y se suicidó con el monóxido de carbono. Era 4 de octubre1974.

Hizo de la experiencia de ser mujer un tópico central en su poesía.


(tomado de http://www.poeticas.com.ar/Directorio/Poetas_miembros/Anne_Sexton.html )

8/11/13

Y para ir cerrando el día...

Canto del solitario  
Georg Trakl

Armonía es el vuelo de los pájaros. Los verdes bosques
se reúnen al atardecer en las cabañas silenciosas;
los prados cristalinos del corzo.
La oscuridad calma el murmullo del arroyo,
sentimos las sombras húmedas
y las flores del verano que susurran al viento.
Anochece la frente del hombre pensativo.

Y una lámpara de bondad se enciende en su corazón,
en la paz de su cena; pues consagrados el vino y el pan
por la mano de Dios, el hermano quiere descansar
de espinosos senderos
y callado te mira con sus ojos nocturnos.
Ah, morar en el intenso azul de la noche.

El amoroso silencio de la alcoba
envuelve la sombra de los ancianos,
los martirios púrpuras, el llanto de una gran
que en el nieto solitario muere con piedad.

Pues siempre despierta más radiante
de sus negros minutos la locura,
el hombre abatido en los umbrales de piedra
poderosamente es cubierto por el fresco azul
y por el luminoso declinar del otoño,

la casa silenciosa, las leyendas del bosque,
medida y ley y senda lunar de los que mueren.

Versión de Helmut Pfeiffer

7/11/13

Volver a Durrell

En mi adolescencia, Lawrence Durrell era uno de los escritores que leíamos con mayor pasión. El cuarteto de Alejandría nos cambió la vida a muchos, y en más de un caso fue fundamental para definir la vocación literaria.

Hoy, que se cumplen 23 años de su muerte, los invito a leer esta estupenda entrevista que The Paris Review publicó en el invierno de 1959-1960.




Lawrence Durrell, The Art of Fiction No. 23
Interviewed by Gene Andrewski & Julian Mitchell

The interview took place at Durrell’s home in the Midi. It is a peasant cottage with four rooms to which he has added a bathroom and a lavatory. He writes in a room without windows, with notices of his work in foreign languages he cannot understand pinned to the bookcase. The sitting room, where the interview was held, has a large fireplace and a French window leading onto a terrace constructed by Durrell himself. From the terrace one has a view of the small valley at the end of which he lives. It is a bare rocky district, full of twisted olive trees destroyed in a blight a few years back.

Lawrence Durrell is a short man, but in no sense a small one. Dressed in jeans, a tartan shirt, a navy-blue pea jacket, he looks like a minor trade-union official who has successfully absconded with the funds. He is a voluble, volatile personality, who talks fast and with enormous energy. He is a gift for an interviewer, turning quite stupid questions into apparently intelligent ones by assuming that the interviewer meant something else. Though he was rather distrustful of the tape recorder, he acquiesced in its use. He smokes heavily, Gauloises bleues. When at rest he looks like Laurence Olivier; at other times his face has all the ferocity of a professional wrestler’s.

The interview was recorded on April 23, 1959, the birthday of William Shakespeare and Scobie of Durrell’s Quartet. Beginning after lunch and continuing that evening, it commenced with Durrell reviewing his early life, his schooling at Canterbury, and his failure to enter Cambridge.

INTERVIEWER

What did you do after Cambridge turned you down?

LAWRENCE DURRELL

Well, for a time I had a small allowance. I lived in London. I played the piano in a nightclub—the “Blue Peter” in St. Martin’s Lane, of all places —until we were raided by the police. I worked as an estate agent in Leytonstone and had to collect rents, and was badly bitten by dogs. I tried everything, including the Jamaica police. I have been driven to writing by sheer ineptitude. I wanted to write, of course, always. I did a certain amount of stuff but I couldn’t get anything published —it was too bad. I think writers today learn so much more quickly. I mean, I could no more write as well at their age than fly.

(leer más en Paris Review - The Art of Fiction No. 23, Lawrence Durrell)

5/11/13

Los años de peregrinación del chico sin color

Por frases como ésta amo a Murakami:

"En lo más profundo de sí mismo, Tsukuru Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Ésos son los cimientos de la verdadera armonía."




21/10/13

El dibujo de un narrador furtivo. Adiós a Héctor Tizón

Héctor Tizón es uno de los escritores argentinos que más me han acompañado en los últimos años. Cuando murió, en julio de 2012, escribí este texto que publiqué en el suplemento "Laberinto" del diario Milenio. Hoy lo comparto con ustedes para recordar el cumpleaños de este gran narrador jujeño que nació el 21 de octubre de 1929. Y seguimos extrañándolo...



El dibujo de un narrador furtivo. Adiós a Héctor Tizón
Sandra Lorenzano

Porque, dicho de una vez, esto es lo que somos los escritores que 
hemos decidido emboscarnos en el desierto del interior: narradores 
furtivos, francotiradores, aguafiestas desconfiables y sospechosos…


Cuando pensamos en literatura argentina, solemos pensar en Borges, en Cortázar, en Silvina Ocampo, en Manuel Puig. Algunos preferirán hablar quizás de Ricardo Piglia o de Juan Gelman, entre los contemporáneos. Todos ellos escritores de la zona del Río de la Plata; la mayor parte, habitantes de la ciudad de Buenos Aires. Pero poco se sabe de la literatura que se escribe en el resto del país. El centralismo argentino, tan característico de nuestros países, es evidente en el campo literario. También en la Argentina hay zonas olvidadas o “canceladas” en el imaginario nacional. Son pobres. Son mestizas. Son precarias. ¿Quién quiere hablar de ellas? Borran de un plumazo el mito del país blanco, europeo y cosmopolita. Como máximo sirven para mostrar cada tanto un colorido rostro folklórico. Ahí sí que nos emocionamos escuchando a la Negra Sosa o el Carnavalito (“Llegando está el carnaval quebradeño mi cholitay”). “El país que no miramos” se llamaba un programa de televisión de los años 80. Y en ese pedazo que preferimos no mirar, nació uno de los escritores más interesantes, propositivos y complejos de la segunda mitad del siglo XX. Alguien que se sacudió las etiquetas de regionalista, folklorista, provinciano, y otras tantas que quisieron endilgarle, a través de una prosa profunda, densa, deslumbrante en su despojamiento esencial. Hablo de Héctor Tizón, por supuesto, quien nació en 1929 en la provincia de Jujuy, en Yala, en el nororeste argentino, y allí mismo murió hace pocos días – el 30 de julio – dejándonos mucho más solos. Los “vientos de la historia”, como él los llamaba, lo habían llevado por el mundo: México, España, Italia, Francia. De a ratos la diplomacia. De a ratos el exilio. Así es la vida por estos rumbos latinoamericanos. Pero regresaba siempre a su patria chica.
Si desde sus orígenes el Estado argentino construyó su legitimidad en la cancelación de cuerpos y voces, Tizón hablará a partir de esa “borradura”. De la memoria reciente y de la lejana, de la individual y de la del país. “Soy un ejemplar de frontera” solía decir de sí mismo. Y con esto hacía referencia no sólo a lo geográfico sino a un espacio de contacto y conflicto, a los “bordes de la decadencia”: “No somos bordes de una cultura imperial y de una economía sólida, sino bordes de la decadencia. O bordes de una ausencia de idea nacional, lo que es terrible”.
Siendo un joven abogado, Tizón fue nombrado agregado cultural de la Embajada argentina en México. Aquí conoció a Juan Rulfo, uno de los escritores que mayor huella dejarían en su vida. 
…me animé a contarle que yo era un diplomático ocasional pero que en realidad quería escribir y le hablé de la perplejidad de la lengua, del conflicto entre la lengua del sur, las lenguas de la literatura y mi lengua. Rulfo, que nunca fue un ingenuo, me dijo: ‘De eso no tienes que cuidarte, tienes que encontrar la esencia del habla de tu propia gente, sólo el Papa habla ecuménicamente y habla mal en todos los idiomas. Un escritor escribe para alguien, para muy pocos, y ese alguien son tus paisanos’.

Tizón supo, entonces, que tenía que seguir el consejo del creador de Pedro Páramo y se lanzó a escribir algunos de los cuentos y novelas más originales que ha dado la literatura argentina. La presencia del silencio en sus obras, la búsqueda de un lenguaje personal fundado en la austeridad y el despojamiento, los roces entre la oralidad y la escritura, hacen que se lo conozca como “el Rulfo argentino”. 
En México, Tizón publicó el primero de sus libros, un conjunto de relatos titulado A un costado de los rieles, en 1960. A éste siguieron entre otras obras: El cantar del profeta y el bandido, El jactancioso y la bella, Luz de las crueles provincias, La mujer de Strasser, Extraño y pálido fulgor, por nombrar sólo algunas, hasta llegar a sus últimoa libros: las memorias tituladas  El resplandor de la hoguera, y el conjunto de relatos reunidos en Memorial de la Puna, aparecido hace apenas algunos meses. 
Uno de sus libros más entrañables es La casa y el viento. La considero una de las mejores novelas que se ha escrito sobre el exilio argentino, aunque, curiosamente, habla del camino previo al abandono del país. 
…antes de huir quería ver lo que dejaba, cargar mi corazón de imágenes para no contar ya mi vida en años sino en montañas, en gestos, en infinitos rostros; nunca en cifras sino en ternuras, en furores, en penas y alegrías. La áspera historia de mi pueblo.
El protagonista, un joven abogado, debe dejar la Argentina ante la violencia desatada por la dictadura militar, y lo hace en un viaje al norte del país en el cual se va despojando de todo aquello que carga, lo real y lo simbólico, para llegar así a lo esencial. Después de un largo recorrido que puede ser visto como un rito de aprendizaje, cruza la frontera con Bolivia a pie y con apenas un cuaderno y una pluma como equipaje.
Entre los epígrafes que marcan el inicio del libro y la frase final (“Un soplo desvaneció mi casa, pero ahora sé que aquella casa todavía está aquí, erigida en mi corazón”) se desarrolla el viaje. Si la casa aún está en pie es porque el ejercicio de la memoria vuelto literatura pudo más que cualquier soplo. La memoria suma lo colectivo a lo individual en el dibujo de un territorio desolado, donde lo verdaderamente importante se esconde en las voces que murmuran, en las miradas furtivas, en los silencios de esos habitantes solitarios, herederos de siglos de tradición y olvidos. Hasta los confines del país, hasta esas tierras donde el sol cae a plomo y la nación es una idea ajena, llega la violencia buscando expoliar lo que ya ha sido expoliado, castigar lo que hace muchísimo tiempo vive castigado.
Con esos escasos y dolidos materiales, en un ejercicio riguroso y austero, Tizón hablará de lo indecible. 
Éste será, al menos en mis apuntes, el testimonio balbuciente de mi exilio… El testimonio de alguien que en un momento se había puesto al servicio de la desdicha, que ahora huye pero anota y sabe que un pequeño papel escrito, una palabra, malogra el sueño del verdugo.

La pluma de este “narrador furtivo” que fue Héctor Tizón seguirá malogrando sueños.  ¿Qué duda cabe? Nosotros, sus cómplices, seguiremos leyéndolo y extrañándolo.  

Las palabras de Confieso que he vivido, Pablo Neruda


..."todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... me prosterno ante ellas... las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... amo tanto las palabras... las inesperadas... las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen... vocablos amados... brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... persigo algunas palabras... son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... todo está en la palabra... una idea entera se cambia porque una palabra se transladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... son antiquísimas y recientísimas... viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. salimos perdiendo... salimos ganando... se llevaron el oro y nos dejaron el oro... se lo llevaron todo y nos dejaron todo... nos dejaron las palabras'.

Dos joyas filmadas por mujeres

 En los días en que estuve a media máquina vi dos joyas filmadas por mujeres:  - "Atlantics", película franco senegalesa de Mati D...