31/8/10

Protesta y dolor en 72 palabras

Por favor, asómense a este proyecto colectivo - iniciado por Rossana Reguillo - para empezar a crear juntos otro México

El 26 de agosto de 2010 se hizo pública la masacre de 72 personas migrantes, mujeres y hombres, menores de edad, en México. La tragedia colocó al centro del debate público, la fallida estrategia del Estado Mexicano en su lucha contra el narcotráfico. Se asumió como verdad incuestionable que “los Zetas” eran los perpetradores de esa masacre; no se cuestionó la versión oficial, como en muchas otras ocasiones. Pero más allá, de la falta de información veraz y oportuna, estas 72 personas movilizaron las fibras y raíces de la solidaridad. Un movimiento “negro”, enlutado acompañó a los jinetes de las redes cibernéticas. Hoy, los blogueros, hartos de una espiral de violencia, hacemos nuestros estos pensamientos colectivos, producto de esa inteligencia viral y política que se gesta en el ciberespacio. Alto a la violencia, alto a las muertes, alto a la impunidad.
Por los 72 migrantes masacrados y los que fueron antes; por los más de 28 mil muertos en la llamada “guerra” contra el narco, por las madres en Ciudad Juárez, en Tamaulipas, en Monterrey, en Sinaloa; por nuestra geografía fracturada; por los niños a la deriva; por el silencio, por el estruendo, porque estamos cansados, venimos a decir basta. Somos muchos y esta es nuestra voz y nuestra mirada

Los textos siguen en:
Viaducto Sur / Blog de Rossana Reguillo: Protesta y dolor en 72 palabras. Plegaria de la sangre

Invitación

En busca del cuento perdido

Siempre ha existido riqueza creativa; ahora no es la excepción, dice Sandra Lorenzano

“La actual apertura literaria en el país no se debe a la política cultural”

En junio pasado, la escritora y vicerrectora de la UCSJ puso en marcha En busca del cuento perdido, especie de taller de lectura y escritura radial, que se transmite en varias emisoras del Imer

Ericka Montaño Garfias

Periódico La Jornada
Lunes 30 de agosto de 2010

En México existe una riqueza creativa en términos de edad, de perspectivas, de voces, de temas, y su mundo literario se ha abierto, con trabajo, quizá, a voces diferentes, afirma la escritora Sandra Lorenzano, quien desde junio pasado puso en marcha el programa de radio En busca del cuento perdido, que funciona como taller de lectura y escritura, y que se transmite los lunes a través de frecuencias del Instituto Mexicano de la Radio (Imer).

Lorenzano, vicerrectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana (UCSJ), donde coordina también el Programa de escritura creativa, habla en entrevista de lo que ocurre con la literatura en nuestro país.

“México ha sido desde siempre riquísimo en términos literarios y con una diversidad de propuestas. Siempre ha sido así y no creo que en este momento sea la excepción. Para empezar, ahora estamos conviviendo varias generaciones: escritores que nacieron en los años 80, por ejemplo, con escritores como Carlos Fuentes, que ya tienen más de 80 años y siguen produciendo.”

El panorama de la literatura mexicana se ha abierto a la realizada por mujeres, por ejemplo, añade la autora de Aproximaciones a Sor Juana y la novela Saudades. “Ya hay muy buena literatura de mujeres; en algún momento teníamos pocas voces femeninas, y quizá más convencionales. Ahora hay cosas muy propositivas de mujeres y hombres, de gente de la frontera, literaturas en lenguas indígenas”.

Esta apertura, explica, forma parte de la riqueza de la cultura del país, “no es porque la política cultural haya dicho: ‘vamos a tener muchos escritores y muchas voces’; nada qué ver. Hay que reconocer que México es uno de los pocos países de América Latina que apoya a sus creadores, ese es uno de los grandes logros; pero si en algo es fuerte el país es en cultura, por eso de pronto te preguntas cómo es que no se dan cuenta de que tienen que apoyar más a la cultura, si es aquello cuyo rostro nos permite quedar bien en el mundo”.

La catedrática, editora y ensayista sostiene que la heterogeneidad de la sociedad mexicana “ha favorecido un desarrollo maravilloso de la creatividad”; pero “eso es una cosa, y lo otro es lo que ocurre con el mercado: no necesariamente esta riqueza creativa se refleja en una riqueza favorecida por él.

En busca del cuento perdido es un espacio que acerca la literatura a gente que de otro modo no podría allegarse a ella, afirmó la conductora en entrevistaFoto Guillermo Sologuren
“El mercado tiene ciertas líneas que en este momento pesan más que otras; por ejemplo, una de las más fuertes en la actualidad –no creo que dé para mucho más, creo que se va a agotar– es la de la literatura vinculada con la violencia. Hay un auge de esa literatura, de la narcoliteratura, de violencias de distinto tipo, de género, los crímenes de Ciudad Juárez. Existe la violencia y están los escritores que hablan de eso, pero no es lo único.

“Tendríamos que propiciar también un diálogo entre el mercado editorial, el literario, las revistas y los creadores. Cuanto más se pueda dar a conocer la riqueza de la producción literaria y artística mexicana desde el mercado, mucho mejor, para no encasillarnos en nosotros mismos, para que no crean los escritores que tienen que abordar ese tema para que los publiquen; me parece que de todas formas entras a cualquier librería mexicana.”

Sin embargo, subraya, también hacen falta más librerías y mejores redes de distribución.

Por eso, espacios como En busca del cuento perdido “te permiten llegar a gente que a lo mejor no tiene la posibilidad de acercarse a la literatura de otra manera. Esa sí tendría que ser una preocupación tanto de nosotros, como creadores, como de los medios y del mercado, y sin duda del Estado: ¿cómo hacemos para que la gente tenga mayor acceso a los bienes simbólicos que llegan a través de la cultura? Esta es una sociedad muy desigual, no sólo en términos económicos, sino también de distribución de los bienes simbólicos”.

En busca del cuento perdido se transmite los lunes a las 15 horas en Horizonte 107.9 de FM en la ciudad de México. En Radio IMER 540 de AM en Comitán, Chiapas, y en el 106.7 en Ciudad Juárez, Chihuahua. Para mayor información puede visitar la página www.horizonte.imer.mx

http://www.jornada.unam.mx/2010/08/30/index.php?section=cultura&article=a10n1cul

29/8/10

La gitanita



Los invito a leer mi artículo de esta semana en El Universal

La gitanita - El Universal - Editoriales

Se oían murmullos, voces apagadas. De pronto algún grito o llanto. Era una noche fría de finales de otoño. Junio, tal vez, allá, al sur de todos los sures. Acababa de pasar el carnaval en que yo me disfracé de gitana y Pablo de pirata. Todavía me acuerdo del color de la falda que mamá me puso, de los enormes aretes rojos que iban con broche (y que me dejaron los lóbulos del mismo color por varias horas) y del maquillaje -obra de mi abuela paterna, porque la austeridad de mi madre hacía que en su estuche de pinturas no hubiera ningún bilet rojo fuego, digno del disfraz-. También me acuerdo de que en ese carnaval descubrí mi incapacidad para disfrutar de las fiestas. Mientras Pablo corría con su parche en el ojo mojando a la gente o echándole “nieve” en aerosol, yo me quedé sentada mordiendo la medallita que tenía colgada. La hice pedazos. Ya desde ese momento y hasta el día de hoy, no sé qué hacer cuando estoy con mucha gente, ni qué decir, ni como parecer tan alegre, simpática e inteligente como los demás. Siempre he sido un poco (mucho) “sapo de otro pozo”. La adolescencia se convirtió, como podrán imaginarse, en una pesadilla.

Pero mejor empiezo de otra manera: Se dice que en la Argentina hay alrededor de 300 mil gitanos, o miembros de la etnia romaní, o rhom que significa “hombre que hace música”. La mayor parte de ellos tiene una situación económica precaria, vive en carpas y se mezcla poco con la población local. Los romaní son un grupo más de los miles de inmigrantes que llegaron al país entre fines del siglo XIX y principios del XX. Víctimas de los prejuicios y la discriminación son uno de los blancos favoritos de los gobiernos más autoritarios y retrógrados. Pienso en la Alemania nazi, o en las atroces fotografías que hemos visto en los últimos días de su expulsión de Francia e Italia. Hace una semana me invadió el odio más absoluto cuando vi la imagen de un policía francés que empujaba violentamente por la espalda a una mujer gitana y le agarraba los senos. La mujer aparecía trastabillando, indefensa, llorando y rodeada por policías sonrientes. Recordé los testimonios de las mujeres de Atenco, recordé a una de las presas de Guanajuato a quien todas las noches la violaba un vecino delante de la familia, recordé los escalofriantes relatos que reunió Lydia Cacho en su libro Esclavas del poder, recordé el Informe sobre Violencia de Género publicado por la SEP, en el miedo de un porcentaje altísimo de nuestras adolescentes a salir al patio de la escuela o a ir al baño solas. En fin, recordé por qué –más allá de teorías posmodernas– soy feminista, por qué pienso que hay que defender el respeto y la tolerancia contra viento y marea. Y recordé, por supuesto, aquellos murmullos que invadieron mi infancia una noche fría de finales de otoño en la que la muerte y la discriminación se dieron la mano.
Horas antes de comenzar a escuchar los llantos que venían del pedacito de jardín que había delante de mi casa, había caído una brutal tormenta. Cuando aún se oían algunos truenos lejanos, llegó un grupo de gitanos –hombre y mujeres– buscando a mi padre. De entre todos los médicos de la zona, él era el único que los aceptaba como pacientes. Muchas veces había visto yo salir a los demás de la sala de espera en el momento en que entraban esas mujeres de pañuelo en la cabeza, faldas coloridas y cadenas doradas. Ese día traían cargando el cuerpo de una gitanita de 15 años, en el que un rayo había grabado su condena. Papá confirmó la noticia que ellos ya conocían. Fue imposible lograr esa noche de horror que alguna funeraria recibiera el cuerpo para poder velarlo. Ni la muerte evita los prejuicios ni la exclusión que pesa sobre los gitanos. Así que el velorio se hizo en ese pequeño jardín. Allí se instalaron los tíos, los primos, los padres y hermanos convirtiéndonos en testigos de su dolor. El cuerpo marcado -que quizás con el tiempo se hubiera parecido al de la mujer humillada por la policía francesa– estaba en un sillón de la salita, rodeado de velas.

Era una noche fría de finales del otoño. Yo tenía seis años y la gitanita, quince.

(En este enlace está la foto de la gitana expulsada en Francia: http://www.jornada.unam.mx/2010/08/21/

7/8/10

"El libro no morirá": Umberto Eco


Vale la pena darle una mirada a este fragmento del nuevo libro de Umberto Eco; un diálogo entre él mismo y Jean-Claude Carrière llamado Nadie acabará con los libros y publicado por Random House Mondadori.


Ouverture: el libro no morirá

Publicado en la Jornada, 7 de agosto de 2010

Umberto Eco La supuesta desaparición del libro en su formato tradicional ha sido el tema de numerosos debates entre especialistas y amantes de la lectura. En el volumen Nadie acabará con los libros, Umberto Eco y Jean-Claude Carrière participan en esta discusión a lo largo de 272 páginas. Publicado por la editorial Lumen, está formado por una serie de entrevistas realizadas por Jean-Phlippe de Tonac e imágenes de André Kertész, se dividen en 15 capítulos, en los cuales Carrière, autor de guiones de películas clásicas, y Eco, filósofo, medievalista y escritor quien publicará su nueva novela El cementerio de Praga a fin de año, hablan no sólo del futuro del libro en papel, sino también de su pasión por los libros, sus lecturas, sus bibliotecas, su hechura como lectores. Nadie acabará con los libros se encuentra ya en venta y, a continuación, ofrecemos a nuestros lectores un adelanto de esa obra con autorización del sello Random-House Mondadori

JEAN-CLAUDE CARRIÈRE: durante la última cumbre de Davos, en 2008, se le preguntó a un futurólogo sobre los fenómenos que alterarían a la humanidad en los próximos 15 años y éste propuso que se consideraran esencialmente cuatro, que le parecían seguros. El primero, que un barril de petróleo costaría 500 dólares. El segundo concernía al agua, destinada a convertirse en un producto comercial de intercambio exactamente como el petróleo; en fin, que veremos las cotizaciones del agua en la Bolsa. La tercera previsión atañía a África, que en las próximas décadas, según el futurólogo, se convertiría con toda seguridad en una potencia económica, un hecho que todos esperamos.

El cuarto fenómeno, según este profeta profesional, era la desaparición del libro.

A estas alturas, por lo tanto, se trata de saber si la desaparición definitiva del libro, si de verdad llegara a producirse, podría entrañar para la humanidad las mismas consecuencias que la penuria programada del agua, por ejemplo, o que la inaccesibilidad del petróleo.

UMBERTO ECO: ¿El libro desaparecerá a causa de la aparición de Internet? Escribí sobre este tema hace tiempo, es decir, cuando la pregunta parecía pertinente. A estas alturas, cada vez que alguien me pide que me pronuncie al respecto, no puedo sino repetir el mismo texto.

Nadie acabará con los libros

En cualquier caso, nadie se da cuenta de que me repito, porque no hay nada más inédito que lo que ya se ha publicado y, además, porque la opinión pública (o por lo menos los periodistas) tienen siempre la idea fija de que el libro desaparecerá (o quizá los periodistas piensan que son los lectores los que tienen esa idea fija) y todos formulan incansablemente la misma pregunta.

En realidad, hay poco que decir al respecto. Con Internet hemos vuelto a la era alfabética. Si alguna vez pensamos que habíamos entrado en la civilización de las imágenes, pues bien, el ordenador nos ha vuelto a introducir en la galaxia Gutenberg y todos se ven de nuevo obligados a leer. Para leer es necesario un soporte. Este soporte no puede ser únicamente el ordenador. ¡Pasémonos dos horas leyendo una novela en el ordenador y nuestros ojos se convertirán en dos pelotas de tenis! En casa, tengo unas gafas Polaroid que me permiten proteger los ojos de las molestias de una lectura constante en pantalla, pero no es una solución suficiente. Además, el ordenador depende de la electricidad y no te permite leer en la bañera, ni tumbado de costado en la cama. El libro es, a fin de cuentas, un instrumento más flexible.

Ante la disyuntiva, hay una sola opción: o el libro sigue siendo el soporte para la lectura o se inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejado de ser, incluso antes de la invención de la imprenta. Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función, ni su sintaxis, desde hace más de 500 años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. No se puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara. Hay diseñadores que intentan mejorar, por ejemplo, el sacacorchos, con resultados muy modestos: la mayoría de ellos no funciona. Philippe Starck intentó mejorar el exprimidor, pero su modelo (para salvaguardar una determinada pureza estética) deja pasar las semillas. El libro ha superado sus pruebas y no se ve cómo podríamos hacer nada mejor para desempeñar esa misma función. Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo que es.

J.-C.C.: Parece que el libro electrónico, en sus últimas versiones, le hace la competencia directa al libro escrito. El modelo Reader contiene ya 160 sesenta títulos.

U.E.: Es evidente que un juez se llevará a casa con mayor facilidad las 25 mil páginas de escritos de un proceso en curso si las guarda en un libro electrónico. En muchos campos, el libro electrónico será cómodo, pero en circunstancias de uso no corrientes. Yo simplemente sigo preguntándome si, incluso con la tecnología más adecuada a las exigencias de la lectura, será de verdad mejor leer Guerra y paz en un libro electrónico. Ya veremos. En cualquier caso, no podremos seguir leyendo a Tolstói y todos los libros impresos en pasta de papel, porque éstos ya han empezado a descomponerse en nuestras bibliotecas.

Los Gallimard y los Vrin de los años 50 en su mayoría ya han desaparecido. La filosofía de la Edad Media de Gilson, que me resultó tan útil en la época en que preparaba mi tesis, hoy ni siquiera puedo cogerla. Las páginas se disgregan, literalmente. Podría comprar otra edición, desde luego, pero le tengo mucho apego a la mía antigua, con todas mis anotaciones de distintos colores que configuran la historia de mis diversas consultas.

JEAN-PHILIPPE DE TONNAC: Con la aparición de nuevos soportes, cada vez más adecuados empíricamente a las exigencias y al confort de la lectura, ya se trate de enciclopedias o de novelas online, ¿por qué no imaginar una lenta desafección hacia el objeto libro en su forma tradicional?

U.E.: Todo puede pasar, desde luego. Cabe que los libros mañana interesen sólo a una minoría de indómitos que podrían ir a satisfacer su curiosidad nostálgica en los museos, en las bibliotecas…

J.-C.C.: De seguir existiendo.

U.E.: Pero también podemos imaginar que esa formidable invención que es Internet desaparezca en un futuro. Exactamente como los dirigibles desaparecieron de nuestros cielos. Cuando el Hindenburg se incendió en Nueva York, poco antes de la guerra, el dirigible ya no tenía futuro. Lo mismo sucedió con el Concorde: el accidente de Gonesse en el año 2000 resultó mortal. En cualquier caso, esa es una historia extraordinaria: se inventa un avión que, en lugar de tardar ocho horas en atravesar el Atlántico, tarda tres. ¿Quién podría rebatir semejante progreso? Pues bien, se renuncia al Concorde, tras la catástrofe de Gonesse, estimando que ese avión resulta demasiado caro. ¿Es una razón seria? ¡También la bomba atómica sale carísima!

J.-P.T.: Les cito unas observaciones que hacía Hermann Hesse a propósito de una probable “relegitimación” del libro que, según su opinión, sería consecuencia de los progresos técnicos. En los años 30, Hesse afirmaba: “Cuanto más se satisfagan con el tiempo ciertas necesidades populares de entretenimiento y enseñanza a través de otros inventos, más recuperará el libro su dignidad y autoridad... No hemos alcanzado todavía el punto en el que los nuevos inventos rivales, como la radio, el cine, etcétera, descarguen al libro de esa parte de sus funciones que no merecen la pena”.

J.-C.C.: En este sentido no se equivocaba. El cine y la radio, así como la televisión, no le han quitado nada al libro, nada que no pudiera perder “sin daños”.

U.E.: En un momento determinado los hombres inventan la escritura. Podemos considerar la escritura como la prolongación de la mano, y en este sentido tiene algo casi biológico. Se trata de una tecnología de comunicación inmediatamente vinculada al cuerpo. Una vez inventada, ya no puedes renunciar a ella. Una vez más, es como haber inventado la rueda. Las ruedas de hoy siguen siendo las de la Prehistoria.

Al contrario, nuestras invenciones, cine, radio, Internet, no son biológicas.

J.-C.C.: Tiene razón en subrayarlo: nunca hemos tenido más necesidad de leer y escribir que en nuestros días. No podemos siquiera usar un ordenador si no sabemos leer y escribir. Y, además, de una forma más compleja que antaño, porque hemos integrado nuevos signos, nuevas claves. Nuestro alfabeto se ha ampliado. Resulta cada vez más difícil aprender a leer. Si nuestros ordenadores pudieran transcribir directamente lo que decimos, se produciría un regreso a la oralidad. Claro que esto plantea una nueva cuestión: ¿es posible expresarse sin saber leer ni escribir?

U. E.: Homero respondería sin ningún género de duda que sí.

J.-C.C.: Pero Homero pertenece a una tradición oral. Sus conocimientos los adquirió a través de esa tradición, en una época en que todavía nada se había escrito en Grecia. ¿Se puede imaginar hoy a un escritor que dicte su novela sin la mediación de la escritura y que no conozca nada de la literatura que lo ha precedido? Quizá su obra tendría la fascinación de la naïveté, del descubrimiento, de lo inaudito. Pero, en todo caso, parece que carecería de lo que nosotros, a falta de un término mejor, llamamos “cultura”. Rimbaud era un joven dotadísimo, autor de versos inimitables. Pero no era lo que llamamos un autodidacta. A sus 16 años, su cultura ya era clásica, sólida. Sabía componer versos latinos




La Jornada: Ouverture: el libro no morirá

4/8/10

Escribir


"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, es eso. El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro soñado, como el último hijo, siempre el más amado".

Marguerite Duras

"Días de calma"


Poema en audio: Día de calma de Luis García Montero por Luis García Montero

1/8/10

Noche de sábado


Qué maravilla escuchar a Octavio Paz hablando sobre Marcel Duchamp y Joseph Cornell.

Éste es el poema con el que cerró el programa:

OBJETOS Y APARICIONES

A Joseph Cornell

Hexaedros de madera y de vidrio
apenas más grandes que una caja de zapatos.
En ellos caben la noche y sus lámparas.

Monumentos a cada momento
hechos con los desechos de cada momento:
jaulas de infinito.

Canicas, botones, dedales, dados,
alfileres, timbres, cuentas de vidrio:
cuentos del tiempo.

Memoria teje y destejo los ecos:
en las cuatro esquinas de la caja
juegan al aleleví damas sin sombra.

El fuego enterrado en el espejo,
el agua dormida en el ágata:
solos de Jenny Lind y Jenny Colon.

"Hay que hacer un cuadro", dijo Degas,
"como se comete un crimen". Pero tú construiste
cajas donde las cosas se aligeran de sus nombres.

Slot machine de visiones,
vaso de encuentro de las reminiscencias,
hotel de grillos y de constelaciones.

Fragmentos mínimos, incoherentes:
al revés de la Historia, creadora de ruinas,
tú hiciste con tus ruinas creaciones.

Teatro de los espíritus:
los objetos juegan al aro
con las leyes de la identidad.

Grand Hotel Couronne: en una redoma
el tres de tréboles y, toda ojos,
Almendrita en los jardines de un reflejo.

Un peine es un harpa
pulsada por la mirada de una niña
muda de nacimiento.

El reflector del ojo mental
disipa et espectáculo:
dios solitario sobre un mundo extinto.

Las apariciones son patentes.
Sus cuerpos pesan menos que la luz.
Duran lo que dura esta frase.

Joseph Cornell: en el interior de tus cajas
mis palabras se volvieron visibles un instante.

18/7/10

CARTA A TOMÁS SEGOVIA



México DF a 18 de julio de 2010

Muy querido Tomás,

Permíteme aprovecharme de tu propuesta epistolar para iniciar esta charla que será contigo, pero sobre todo, y a través de ti, con el estimado amigo Juan Santaella, y no por exceso de confianza, no vayas a creer, sino porque sus cartas nos “seducen” (y pocas veces mejor usado el término) creando tanta intimidad – no importa que sea ficticia o quizás sólo un simulacro, como dirían algunos teóricos contemporáneos – tanta intimidad, decía, que lo siento – y no creo ser la única – como alguien cercano, conocido, casi familiar. Un viejo amigo que se propone contarnos algunos de los secretos de su vida. ¿Será que todas somos hoy un poco Elvira Ulloa?

Pero no nos adelantemos, Tomás, porque lo primero es lo primero, y lo primero de esta carta es la fecha de hoy, 18 de julio. Fecha de infausta memoria, no necesito recordártelo. Fecha que va tejiendo unas extrañas redes que nos vuelven en cierto sentido testigos de la historia, y a la vez cómplices en aquello de las violencias, los recuerdos, los transtierros y demás hierbas. El 18 de julio de 1936 – refresquemos nuestros recuerdos (por cierto, el periódico El País dice que alrededor del 25 % de la población española declara no saber bien qué pasó ese día) – la vida de España, la tuya propia y, por rebote y carácter transitivo, la de muchos de nosotros, cambió para siempre. Encabezados por Francisco Franco los llamados “nacionales” se levantaron en contra de uno de los experimentos sociales y políticos más entrañables del siglo XX: la segunda República Española. El 18 de julio es una fecha emblemática del horror, la intolerancia, el autoritarismo, que da inicio a los sangrientos tres años de la Guerra Civil. Qué tengo yo que contarte a ti de estas cosas, ¿verdad Tomás? Ya he dicho alguna vez que mis hermanos y yo crecimos con las canciones republicanas: “Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, si me quieres escribir ya sabes mi paradero, tercera brigada mixta, primera línea de fuego. Tercera brigada mixta, primera línea de fuego…”. Esas canciones fueron lo primero que supe de la guerra civil española. Eso y algunos poemas de García Lorca, de Machado, de Miguel Hernández. Porque sí - volveré a ser honesta, aunque me dé un poco de pena - también nos daba por decir poemas. Cuando años más tarde, el maravilloso Luis Rius poblaba sus clases de la mejor poesía en nuestra lengua, con esa voz suya que hacía que todas y todos nos enamoráramos perdidamente de su ya entonces “triste figura”, yo me sentía en familia. Y entre esos poemas que descubrí ya en la facultad pero cuya familiaridad me venía de lejos estaban también los de un tal Tomás Segovia:

No puedo piensa el Nómada
Parar aquí llegado de tan lejos
Sabiendo que ni huella
Ni semilla
Ni herida mía alguna he de dejar
Sin buscarle los ojos a esta tierra
De mirada huidiza
Sin obligar al menos
A que mueva los labios.


Tengo que aclarar que mi madre no cantaba porque fuera española, ni hija ni nieta de camborios. Lo hacía porque simplemente estaba convencida de que las luchas de todos los pueblos por un mundo más libre y más justo (qué grandilocuentes suenan de pronto estas palabras) eran su propia lucha (difícil explicar hoy todo esto). Tal vez baste para explicarlo la frase que te he leído en algún lado: ella era de la época en que el socialismo era una moral. Luego vinieron nuestra propia dictadura y los 30 mil desaparecidos y el exilio. Y con el exilio la llegada a México. Y para mí, el descubrimiento a la vez del dolor de las despedidas y el territorio de libertad que México le regaló a mis 16 años. Si pudiéramos ver nuestro pasado con “Google maps”, en el mío aparecería sin duda el distrito federal de mi adolescencia, y si de a poco me fuera acercando vería las Torres de Mixcoac, el mercado y un poquito más hacia abajo, el Madrid, por supuesto. Pues sí, porque aquellos rumbos “hispano mixcoaquenses” compartían algo también de los principios que defendía mi madre. Así que ahí fuimos todos, chilenos, argentinos, uruguayos, bolivianos, a encontrar un lugarcito tibio donde los hijos de la guerra civil lo habían encontrado antes. Y yo se ve que cumplo en mucho la frase de Max Aub: uno es de donde hace su bachillerato (lugar, por cierto, donde nacen grandes y muchas veces duraderos amores, como lo muestran algunos de los cuentos que Juan le manda a Elvira junto con las cartas).
Y no vas a creer, querido Tomás, quién fue una de las primeras personas que nos recibió a mi hermano Pablo y a mí en el “castillo”, que no era de la realeza sino de los transterrados republicanos, con una generosidad y una calidez que es ya proverbial. Exactamente: María Luisa Capella. Tu María Luisa. Digo, no es que yo quiera encontrarle cinco pies al gato con el pretexto de que me invitaron a presentar tu nuevo libro, te lo juro, pero dime tú si no es cierto que se han ido cruzando nuestros caminos. Será que, como has dicho tú, "Buscar las raíces no es más que una forma subterránea de andarse por las ramas”, y a la inversa podríamos agregar.

“Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero…”. Qué tema éste de la memoria histórica, ¿no Tomás? Qué tema, cuando lo más fácil es apretar la tecla “delete” para que “no quede huella, que no y que no”, como canta Bronco, para seguir con aquello de las canciones. Pero la huella está. Y están los sobrevivientes que con el rostro ajado y el puño en alto se reunieron en el Cementerio de la Almudena en Madrid, para recordar otra fecha: el 14 de abril. Y los hijos de sus hijos. Y espérate, espérate, porque ya sé que todo eso lo sabes y mejor que yo, pero fíjate que el juez que se comprometió a hacer justicia a pesar de los tantísimos años que han pasado y que se ha convertido él mismo en un perseguido político, Baltasar Garzón, está hoy ¿sabes dónde? En Buenos Aires. Invitado como orador principal en la ceremonia para recordar nuestro propio 18 de julio de la ignominia. El 18 de julio de 1994 era lunes, y a las 9:23 de la mañana una bomba estalló en la Asociación Mutual Israelita Argentina matando a 87 personas y dejando heridas a otras 300. Todavía como tantas otras veces, como en tantos otros casos y en tantos otros países, no se ha hecho justicia.

Así que celebro, querido Tomás, que a través de tus “Cartas de un jubilado” podamos hoy cambiarle un poco el signo a esta fecha. Porque la memoria, como bien lo sabe tu amigo Juan, no tiene que ser un lastre que paralice sino un pretexto para festejar que la vida sigue.

Y ahora que hablo de Juan y de sus cartas a Elvira - ¿a quién si no, con ese nombre, podría escribirle? – pienso en el largo ejercicio de seducción que es la escritura. Seducción que en el caso de ellos, los entrañables protagonistas de tu último libro, es también complicidad de viejos amantes. Y ahí está la poesía, está el lenguaje, como creación en tanto des-cubrimiento, porque quitando lenta, morosamente, “a morosamente”, lo que lo cubre es como va apareciendo el cuerpo amado – que a la larga no hay cuerpo deseado que no sea amado, como nos enseña tu epistolar amigo -.
En ese cuerpo amado, que es también el del lenguaje, quien escribe busca su propio rostro como en un espejo, para adivinarse visto por la otra piel. Para tratar de saber – tarea imposible si las hay – cómo es uno mismo en los ojos del otro. Por eso el ejercicio de la seducción vuelto palabra es también exploración por el propio interior. ¿Quiso Juan saber, Tomás, quién era, o quizás quién seguía siendo, buscándose a sí mismo en las palabras de Elvira? Y tal vez por eso no importe demasiado que el libro no nos dé a leer también las cartas de ella, aunque algo de ellas conozcamos o intuyamos en las respuestas de tu don Juan, que no será nunca “un vulgar tenorio” como lo dice en alguna de las líneas. Es el tuyo, Tomás, un “Dramma gioccoso”, como llamaban al Don Giovanni de Mozart, que tú has recuperado; un “dramma gioccoso” construido a través de esta correspondencia que seguramente estuvo guardada en alguna antigua caja que podemos imaginar algo perfumada aún; una caja a la que supongo te dejaría asomar Ana Hübner, autora de la introducción, para seguir con el juego de las cajas chinas, o de las muñecas rusas diría yo por aquello de los orígenes y los ancestros de los que hablábamos al principio, o del “relato enmarcado” como dirían los críticos mucho más rigurosos y menos subjetivos y afectivos que yo. Pero lo juguetón no le quita lo melancólico a estas páginas que acabas de publicar. Será porque las primeras líneas – las que nos llegan escritas por Ana – nos alertan ya sobre la muerte de los protagonistas, será porque el paso del tiempo es una presencia subrepticia pero implacable a lo largo del libro, será porque un don Juan envejecido despierta más nostalgia que ironía, el asunto es, querido Tomás, que me quedé con ganas de leer la carta 28 y la 29 y la 30, y todas las que vendrían después de la que cierra el libro, y poder quizás mirar el buzón un par de veces por semana para ver si ha llegado sobre de Sevilla.

Y quizás hablando del tiempo, de la vida y de la muerte vengan al caso - ¿por qué no? - estos versos que escribiste hace algunos años y que tanto me gustan:

Y yo voy mientras como quien espera
Que le alcance en viaje una noticia
Con un oído siempre hacia lo alto
Y en la frente este humo tercamente
Por si pasa la vida
Que me reconozca


Como buen transterrado que desde pequeño conoció el sabor de la distancia, aunque digas – y me sumo – que eres no ciudadano, o ciudadano de más de una tierra, eres un fanático de las cartas. Ahí están tus “Cartas cabales” con el famoso - gracias a ti -Matías Vegoso, a quien aún podemos ver cada tanto en tu blog, las cartas con Octavio Paz, las de la sección “Correo ordinario” que está en Bisutería cuyos títulos Carta insulsa, carta onirista, carta de adiós, carta en dos fechas, carta nemorosa, carta seminudista, carta incestuosa, carta culta y otras, muestran la variedad de tu pasión epistolar. Y como trashumante que eres sabes que las palabras que llegan del otro lado del mundo (siempre llegan del otro lado del mundo) son parte insustituible de la vida. Por eso pintaré en los muros de las ciudades donde haya gente querida el poema “Voto postal”: “Amigos bombeadme una sangre postal / Oh correo mi largo cordón umbilical”.

El ejercicio epistolar, que nace en la más absoluta intimidad de quien escribe y pretende llegar a la intimidad del destinatario, nos vuelve de pronto “voyeurs”, degustadores de historias ajenas. La ficción de la verdad que cuentan las cartas de Juan a Elvira nos hace “espiones” partícipes de los encuentros y desencuentros que han marcado su relación, de las discusiones y charlas sobre los celos, el amor, la seducción, el donjuanismo, la pareja. Y ambos, como él le dice a ella en alguna de las cartas, han hecho de nosotros sus cómplices, sus semejantes, sus hermanos, en aquello de la adicción a la escritura y a la melancólica conversación con quien está lejos.

La figura de don Juan – y no hablo ahora de Santaella (más que significativo apellido por lo demás. ¿Santas todas las ellas, tal vez?) sino de la figura mítica que han recreado, castigado o celebrado decenas de artistas de todos los tiempo – es casi un pretexto para que tus personajes construyan un nuevo arte de amar, Tomás, en el que la libertad del otro es un requisito sine qua non y la confianza una acompañante imprescindible del deseo. Lo que no entre dentro de esas reglas del juego quedará fuera. La ironía más sutil que hiriente, la burla cariñosa serán entonces las herramientas de la crítica entre Elvira y Juan. Las “relaciones peligrosas” no serán ahora las que se tejen entre el vizconde Valmont, la marquesa de Merteuil y la incauta Mme. De Tourvel (aunque de pronto la ficción, de la que rápidamente la pluma de Juan reniega, pueda llevarlos a identificarse con ellos), sino entre los examantes y esa joven, hija de uruguayos, que pretende estudiar en Sevilla: Cecilia. Y sin embargo, qué poco importa ese tercer personaje en el diálogo que sostienen los otros dos; es casi el “accidente” que les ha permitido ponerse nuevamente en contacto. Y ahí está el juego de la seducción, en el que ambos participaron hace ya tanto tiempo y donde cada uno sedujo al otro, como bien lo dice una de las cartas (cito: “¿Crees que sólo Romero seduce a Julieta y que Julieta no seduce a Romero…?” p.53 O, como él le confiesa páginas más adelante: “Mi seducción consistió siempre en pedirte que me sedujeras” p.58). Porque el que seduce le da la vida al que es seducido: no la felicidad, no el placer, sino la vida. El hombre naciendo de la costilla de Eva. De ahí ese juego doble que Juan sabe que existe en la seducción. No es una “conquista”; nada más alejado de la propuesta de Santaella que el “coleccionista” de mujeres. Conquista y seducción no van de la mano a pesar de lo que digan los miles de sitios de Internet que aparecen si pones ambas palabras (y cuando digo “miles” en realidad me estoy quedando corta: son alrededor de un millón y tantos). Haz la prueba en Google, Tomás, y verás que la reificación, la “cosificación” de lo femenino acompaña el desprecio por todo aquello que defienden estas “Cartas de un jubilado”. Sólo algunos ejemplos tomados de la primera página: “Seducción: conquista a la chica de tus sueños”, “Escuela de seducción: conquista mujeres sin salir de casa”, “El arte de la conquista (seducción) de John Devi”, etc. etc. ¿Y el arte, y la escritura, y el amor cortés, y oriente? Se ve que no han llegado aún a la realidad virtual. Quizás la seducción sea hoy casi un anacronismo; la violencia cotidiana, la prisa permanente, el individualismo, todo atenta contra el viejo arte de ir descubriendo al otro y dejarse descubrir por él, como decíamos al principio de estas páginas, querido Tomás. Como en el tema de la memoria, también aquí pareciera que se privilegia el que no quede huella, “que no y que no”, que nada nos marque, que no nos hagan mirar la vida de otra manera, que no nos hagan saber quiénes somos, que no nos obliguen a conocer nuestro propio rostro en la mirada del otro. Tu Juan le propone a Elvira un ejercicio casi del pasado: volver al juego de la seducción a través de la inteligencia, del humor, de la sutileza, de la ironía que sólo la palabra puede permitir. ¿Y acaso es otra cosa la literatura, Tomás?

¿Y no los salva eso del verdadero Comendador, como decían por ahí? ¿De Cronos? ¿Importa algo la introducción que dice que estas cartas se dan a conocer cuando ambos protagonistas han muerto ya? ¿Podemos decir que han muerto de verdad cuando estamos leyéndolos; conociendo sus argumentos, sus reflexiones, sus pasiones, sus amores, sus miedos? Para mí, está más muerta, Tomás, esa Ana Hübner que te hace llegar la correspondencia.
Sabes mejor que yo que hay muchísimos temas que estoy dejando en el tintero, pero también sabes mejor que yo que si una carta se vuelve demasiado larga no funciona, no seduce ¿no es así? Así que termino aquí estas frases que he tejido alrededor de tu historia de seductores y seducidos, burladores y celosos, enamorados y tímidos, que nos lleva de Tirso de Molina a Lord Byron, de George Brassens a Kierkegard, de Mozart a Zorrilla, con ganas de volver a ella – que es lo que nos pasa con los libros que valen la pena -. Por eso, Tomás, si me lo permites, cerraría yo con la frase de otro gran seductor (quizás uno de los pocos que no aparecen en las Cartas de un jubilado), una frase que, por cierto, nunca fue dicha donde ha pasado a la historia que fue dicha, pero que nos va a permitir regresar una y otra vez a tus páginas: me refiero a la frase de “Casablanca”, pero me gustaría citarla de donde vale más la pena: de “Sueños de un seductor”, porque no me cabe duda de que – como Woody Allen con Humphrey Bogart - somos todos tus aprendices en el sentido más honesto y admirativo del término, Tomás.
Así que, por favor, “Play it again, Sam”.


(Texto leído en Bellas Artes en la presentación del libro de Tomás Segovia, Cartas de un jubilado, México, Ediciones sin Nombre/Universidad del Claustro de Sor Juana, 2010)

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