1.
Había un río. Un muelle. El sol que se reflejaba en el agua marrón. Los nombres prendidos con alfileres o atados con hilos resecos.
Olor de maderas enmohecidas. Humedad.
Hubo quizás cuerpos, quizás pieles tibias o abrazos.
Un muelle. Nada más lejano al calor pegajoso con el que soñaba cada noche.
Como otros sueñan con su propio rostro (lo han escrito ya demasiadas veces).
Dicen que el caracol que habita en su oído traicionó los principios. Dicen que tambaleante avanzaba por la orilla. Que se dormía acurrucado bajo las hojas que son tierra que son ceniza que son huesos.
Que son ceniza.

2.
¿Tendré que volver a hablar de naufragios? ¿De amaneceres blancos sobre el agua? ¿Tendré que contar una vez más que resuenan otras voces en su propio laberinto?

3.
Pero todo podría resumirse en unas pocas imágenes. Le resultan escurridizas, borrosas. El calor pegajoso. El olor del río por la mañana.
Hubo quizás cuerpos.
Ramas caídas. Los nombres prendidos con alfileres.
Alguien habló de rituales. Tal vez. Las palabras se inclinan hasta caer del lado de ese sueño que se repite. Cubierto de cenizas. El humo pertenece a otra escena. La pesadilla lo incorpora. Con el calor. La madera enmohecida.
Camina tambaleante. Su propio oído es la madeja de un bullicio ajeno. De los murmullos que van tejiendo las moscas de alas transparentes y suspiros estivales.

4.
Finalmente todo es parte de una misma historia. También los sueños pegajosos. Los nombres atados con hilos resecos. Las moscas de alas transparentes.
Los huesos.
El humo que sube como si no pesaran el calor y el moho.
De una misma historia tambaleante. Que se inclina hasta caer por su costado. El de los murmullos.
Alguien habló de rituales. Si el calor no se pegara a la piel. Si los olores no llegaran desde el río. Si las moscas veneraran el silencio.

agosto 2008