Seguimos con los "poemas". No es mal modo de terminar el año, no?

Los pasos van pautando el ritmo del silencio. Y es el aire solamente una cortina de luces. Un refugio que ha olvidado el desierto. Fue de sangre la primera palabra.
De la densa sangre del ausente.
De la carne robada al horizonte.
Humus oscuro.
Peces en llanto.
Un fulgor dibujaba las pupilas, el nombre escondido en el aliento. Para que la forma engendre a la forma. El contorno de las manos cóncavas. El rastro nocturno de tus voces.
Amarilla es la sal de cada ola, la que orla las orillas de tus mares. Salado bautizo de los pájaros. Errante simiente entre las islas. El origen es siempre huella en la madrugada. Transparencia de cenizas. Recuerdo de otros huesos.
1.
Y si tu piel se cubre de algas seré el reflejo sobre la arena. La voz que recuerde tus pupilas. La penumbra de tu tacto. Arde la brisa sobre el mar. Pero son otras las historias que te cuento para adormecerte. Sin naufragios. Sin campanas. Sólo con el sepia de tu nombre. Con el vuelo errante del ángel. Con las ciudades que atardecen antes de tiempo.

2.
Lengua madre. Violenta. Azul entre los restos de la batalla. Tartamuda insigne.

3.
Porque de azares está hecho el juego del invierno. Desterrado de ti había escrito alguien en el muro. Bajaba la hiedra y el horizonte era el futuro más lejano. Algo de humor habían pedido, algo un poco más ligero. Pero yo tenía cenizas en las manos.

4.
Despliega las velas de tu silencio. Para amarte plena.
“La isla en otro tiempo fue la ausencia, el agujero, el olvido.” (E. Jabès)
Túmulo perdido en el grano más callado de la sal
Sombra de tu cuerpo en las madrugadas de viento
Las que guardas en las puntas de los dedos
En la huella violenta de las comisuras
Y era humedad de hojas la que inventaba el aliento
Para hablar otra vez del desfile de tus huesos.
Si nunca aparecieran tras la bruma las voces
Te quedarías sin muelles
Sin retazos de historias
Sin la luz que se filtra vuelta rastro del insomne
De nada valdría entonces ser el que invoca el latido de la hierba
La caricia
El canto
La plegaria oscura del desencuentro.
1. La imagen se escapa como siempre transformada en cenizas.

2. Respiran tierra. Raíces húmedas. El camino que inventaron las hormigas. Precaria salvación la que buscaban.

3. No hay rezo posible en agosto, señora de tinieblas. El mes más cruel se deshace en bruma que oculta las orillas.

4. Si hubo tibieza hoy es Kaddish mudo ante el sol.

5. Quizás sea el rastro del susurro, la sombra suave en la curva del cuello, los dedos que acarician la madera.

6. El nombre pudo haber sido cualquier otro, pero no los ojos, no las voces. No su voz.

7. ¿Será cierto que las manos forman las palabras? Como cántaro ansioso del que beberemos. Como caricia en cada hueso.

8. Con los brazos en cruz. La cabeza hacia el Oriente. Como si fuera uno más de los muertos del desierto. De los muertos tartamudos del desierto. Lejos del mar. Lejos del camino que permite el regreso.

9. Los brazos en cruz. La cabeza hacia el Oriente. El rezo lejos del mar.

10. El murmullo crece. Murmullo tartamudo del desierto.

11. Pero el mío es paisaje de ríos y de otoños, de luz que se filtra por las hojas. Paisaje de aire.

12. Paisaje de abandonos.

13. Los ríos son también la tumba secreta. Violencia de ramas y lodo que se arremolinan. La cabeza hacia el Oriente.

14. Podría recordar ahora alguna imagen lejana. Podría, tal vez, hablar de la piel en el instante en que entra al agua, del temblor, de las huellas en el cuerpo. De los vestigios de un tiempo ajeno en las tribulaciones de la lengua. En el balbuceo que me deja sin nombre. Podría, quizás, añorar el desierto.

15. Tartamudas son las venas que me alejan de la arena. Los brazos en cruz. Las palabras que me faltan. La piel que tiembla al entrar al agua. El murmullo crece. Vestigios.

16. A lo lejos suena una sirena, ladra un perro. El mundo es el que es aunque las palabras se ahoguen en el quiebre. Aunque no haya ríos. Ni otoños. Aunque agosto sea el mes más cruel.

Octubre de 2008
Un intelectual sin miedo a la política
Estudiantes y activistas se asomaron gracias a él por primera vez al pensamieto crítico. Tuvo que exiliarse durante la dictadura y en 2004 ganó el Konex al Ensayo Filosófico. Fue uno de los impulsores del espacio Carta Abierta.



Por Facundo García

Nicolás Casullo falleció ayer a los sesenta y cuatro años, víctima de un cáncer. Los libros van a recordar al intelectual comprometido que se centró en temas como la memoria, el peronismo, la escritura y la crítica cultural. Pero hay otra dimensión igualmente intensa por la que el investigador, docente y escritor merece quedar para la posteridad: la lucidez con la que encaraba sus intervenciones políticas, y la calidad de sus clases en la universidad pública –donde aunaba erudición y giros callejeros– permanecerán en el recuerdo de los miles de estudiantes y activistas que gracias a él se asomaron por primera vez al pensamiento crítico.

El maestro, nacido en Buenos Aires en 1944, era de los que se cuentan con los dedos de la mano. Pocos saben que su abuelo había sido pastor metodista, por lo que la frecuentación de la Biblia era casi obligatoria en su casa de infancia. “Cosa que agradezco –decía él– porque quizá lo que le falta en un noventa y cinco por ciento al pensamiento científico social, al pensamiento de las humanidades, es una lectura de lo bíblico, una lectura en cuanto a darse cuenta de que todo proviene de ahí.”

Junto a una inteligencia vivaz, Casullo era capaz dar sentido a las emociones, al plano mítico y las fiestas del cuerpo. Confesaba que en Almagro había aprendido desde temprano los rudimentos del peronismo. Y no asimilando frías concepciones, sino pateando veredas y relojeando las cantinas. Su familia, de origen vasco-italiano, era un polvorín cuando se hablaba del asunto. Su madre era partidaria de Evita y su papá, un antiperonista recalcitrante. Avanzando en ese terreno minado, el hijo supo ver en el movimiento de los descamisados una senda posible para el cambio social.

La juventud confirmó el amor por las letras y las reivindicaciones populares. A los veinticuatro años Nicolás está en París, con el entusiasmo inflamándole la sangre. Corre Mayo del ’68 y el muchacho presencia, emocionado, una rebelión que intuye histórica. Las anotaciones en su diario íntimo llegarán a las librerías tres décadas después, en París 68. Las escrituras, el recuerdo y el olvido. Mao, Sartre, el Che, Lumumba, todos están en esas hojitas que ya muestran la pasión de quien quiere fundar un vivir-razonando a partir de las herramientas que daban las grandes figuras, pero también con trozos de política argentina concreta e impresiones personales.

Su primera novela carga un título de oro. Para hacer el amor en los parques se publicó en 1970 y casi inmediatamente fue prohibida y requisada. También en este caso hubo que esperar más de treinta años para conseguir el texto en las librerías; y a medida que las nuevas generaciones descubren ese relato salpicado de irreverencias, se remueve una porción del velo histórico que se impuso sobre el ambiente universitario de principios de los setenta. “Sentíamos que la revolución estaba a la vuelta de la esquina”, solía sincerarse el autor.

En noviembre del ’74 la onda estaba tan pesada que Casullo debió exiliarse. Venezuela, Cuba y finalmente México fueron las sedes de una nostalgia que se haría más fuerte a medida que se conocían los desmadres de la dictadura. Como fundador de la revista Controversia (1979-1981), el investigador fue protagonista de un proceso de análisis sobre el sentido de la progresía, que se dividía entre apoyar al peronismo o construir un proyecto más cercano a la ortodoxia marxista.

El retorno de la democracia fue una luz que en su reverso trajo ciertas decepciones. El peronismo, con su flamante ala de caudillos neoliberales, estaba justo en las antípodas de lo soñado por Casullo en el ostracismo. De esa etapa es El frutero de los ojos radiantes, una historia de inmigración y exilio en clave de novela familiar. Siguió una serie ilustre. Obras como Pensar entre épocas –donde Casullo se preguntó acerca del porqué de la hecatombe progresista– o Sobre la marcha –que recupera las entrevistas que le hicieron en su carrera– quedarán como referencia obligada para los que se atrevan a observar el país por fuera de las torres de marfil que ofrecen las teorías cerradas.

Y hubo más. Casullo desarrolló una reconocida labor docente en las universidades de Buenos Aires, Quilmes, Entre Ríos y Córdoba, al tiempo que editaba la revista Pensamiento de los Confines. Asimismo, pasó por la Universidad de México (UNAM) y fue consultor de la Universidad de París. Publicó Comunicación, la democracia difícil en 1985; El debate modernidad–posmodernidad en 1989; Viena del 900, la remoción de lo moderno, en 1990, Itinerarios de la modernidad en 1994; París 68, las escrituras y el olvido en 1998 y Modernidad y cultura crítica, en ese mismo año. A esto hay que sumarle una catarata de trabajos periodísticos, muchos de los cuales aparecieron en PáginaI12.

Con La cátedra (2000), el querido cultor del bigote y el jopo aflequillado se despachó con una narración que alcanzaba proporciones alquímicas de calle y erudición. Más tarde, en vísperas del 19 de diciembre del 2001, Casullo ofreció una clase extraordinaria, fuera de horario y abierta a quien quisiera pasarse por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Los que estuvieron ahí guardan esas dos horas como un tesoro para todo el viaje. El orador destiló romanticismo y conciencia social, y los que lo escucharon salieron convencidos de que había que integrarse, de una u otra forma, en los conflictos que se avecinaban.

Esa efervescencia provocaba Casullo. Salir de una de sus charlas era sentir que se abría un universo de capítulos, discusiones trasnochadas, cambios colectivos y señoritas que habían empezado a leer a Sade y deseaban romper la rutina burguesa. Su talento se fue perfeccionando, y no es casualidad que los últimos años hayan sido consagratorios. Ganó el premio Konex 2004 al Ensayo Filosófico, y en obras como Las cuestiones o Peronismo. Militancia y Crítica (1973-2008) apostó por los vientos de cambio que recorren la región. “Lo que no se le perdona al populismo –denunciaba– es que restituya el terreno de la política a un primer plano.”

La enfermedad no lo alejó del compromiso. Recientemente seguía difundiendo sus aportes en este diario; y se había ligado al grupo Carta Abierta, que defendió los postulados del Gobierno frente al lockout rural y se perfila como un polo de apoyo crítico a Cristina Kirchner. “Los medios, que evidentemente forman parte del establishment, se han convertido en los reales partidos de derecha”, se quejaba.

Los restos de Casullo –que según trascendió padecía cáncer de pulmón– fueron velados en la Biblioteca Nacional y recibirán sepultura hoy en el Cementerio Británico. Su ausencia será un desafío, no sólo para su esposa y sus dos hijas. Los que lo leen añorarán sus consideraciones siempre reactualizadas. Los que disfrutaron sus clases echarán de menos al docente que convocaba a “los fantasmas de Nietzsche, de Baudelaire o de Sartre” como si fueran sus amigos de Racing.

Y si el dolor permanece es porque el que se fue era un tipo generoso. Un tramo elegido al azar, en este caso de París 68. Las escrituras, el recuerdo y el olvido, sirve para demostrarlo. Semiocultas, las líneas tienen ya diez años y hablan de cómo el hombre registraba minuciosamente su propio crecimiento: “Cambió mi manera de marcar los párrafos. Ahora es con un lápiz suave y atildado, por si alguna vez les doy cualquiera de esas páginas a mis alumnos. Antes era con birome fuerte, definitiva, para ninguna otra cosa, calculo, que para esa gran historia que no habría de saber nunca de tal gesto”.



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Travesías de domingo

Los domingos son largas travesías por los libros, a merced de mapas caprichosos que a lo largo de las horas va dibujando el deseo. De esos viajes me quedan las voces cálidas de los escritores más queridos, las sorpresas de los descubrimientos, las complicidades siempre agradecibles, algunas huellas entrañables. Lo que no dejo correr por la espalda del tiempo aparece, quizás, en estas páginas.
24 de agosto de 2008
De la melancolía que tiñe los paisajes aldeanos de Pavese al dolor desgarrado de Paul Celan. Orfandades de la lengua. Así empiezo este domingo viajero. El Piamonte es de colinas ríspidas y personajes que se pasean con las manos a la espalda. Tristeza de final del día cubre los versos del poeta joven. Hubo tal vez historias, aventuras, hoy queda apenas un paisaje familiar y unas pocas palabras.

Una tarde caminamos por la falda de un cerro,
Silenciosos. En la sombra del tardo crepúsculo
Mi primo es un gigante vestido de blanco,
Que se mueve tranquilo, con la cara bronceada,
Taciturno. Callar es nuestra virtud.
Algún antepasado nuestro debió estar muy solo
- un gran hombre entre idiotas o un pobre loco –
para enseñar a los suyos tanto silencio.
(fragmento de “Los mares del sur” )

En algo me recuerdan, las páginas de Trabajar cansa (1936), al Erri de Luca montañista, solo en la soledad del paisaje. “El oficio de poeta” es el texto que acompañó la edición definitiva de este libro del piamontés. Me gusta leer lo que los escritores dicen de su propia obra, aunque a veces la conozcan menos que nadie. Hay algo de confesión en esas páginas que son a la vez construcción de un personaje ficticio: quien escribe se inventa, se funda en su propia escritura. Pavese busca hacer explícita su poética y, al mismo tiempo, dibuja trazos de su propia vida.

Empleé tres años en la composición del poemario. Tres años de jueventud y de descubrimientos, durante los cuales es natural que mi idea de la poesía y mis capacidades intuitivas hayan venido profundizándose.

Y después llegarán el amor y el desamor con uno de los títulos más hermosos que conozco: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Eres la vida y la muerte.
Has venido en marzo
A esta tierra desnuda –
Su temblor permanece.
Sangre de primavera
- anémona o nube –
la levedad de tu paso
ha violado la tierra.
Recomienza el dolor.
(fragmento de “You, wind of March”)

Un 27 de agosto de 1950, Cesare Pavese, con cuarenta y dos años, se quitará la vida.
1.
Había un río. Un muelle. El sol que se reflejaba en el agua marrón. Los nombres prendidos con alfileres o atados con hilos resecos.
Olor de maderas enmohecidas. Humedad.
Hubo quizás cuerpos, quizás pieles tibias o abrazos.
Un muelle. Nada más lejano al calor pegajoso con el que soñaba cada noche.
Como otros sueñan con su propio rostro (lo han escrito ya demasiadas veces).
Dicen que el caracol que habita en su oído traicionó los principios. Dicen que tambaleante avanzaba por la orilla. Que se dormía acurrucado bajo las hojas que son tierra que son ceniza que son huesos.
Que son ceniza.

2.
¿Tendré que volver a hablar de naufragios? ¿De amaneceres blancos sobre el agua? ¿Tendré que contar una vez más que resuenan otras voces en su propio laberinto?

3.
Pero todo podría resumirse en unas pocas imágenes. Le resultan escurridizas, borrosas. El calor pegajoso. El olor del río por la mañana.
Hubo quizás cuerpos.
Ramas caídas. Los nombres prendidos con alfileres.
Alguien habló de rituales. Tal vez. Las palabras se inclinan hasta caer del lado de ese sueño que se repite. Cubierto de cenizas. El humo pertenece a otra escena. La pesadilla lo incorpora. Con el calor. La madera enmohecida.
Camina tambaleante. Su propio oído es la madeja de un bullicio ajeno. De los murmullos que van tejiendo las moscas de alas transparentes y suspiros estivales.

4.
Finalmente todo es parte de una misma historia. También los sueños pegajosos. Los nombres atados con hilos resecos. Las moscas de alas transparentes.
Los huesos.
El humo que sube como si no pesaran el calor y el moho.
De una misma historia tambaleante. Que se inclina hasta caer por su costado. El de los murmullos.
Alguien habló de rituales. Si el calor no se pegara a la piel. Si los olores no llegaran desde el río. Si las moscas veneraran el silencio.

agosto 2008


Será que a mente, ja desperta
Da noçao falsa de viver,
Ve que, pela janela aberta,
Há uma paisagem toda incerta
E un sonho todo a apetecer?

Fernando Pessoa
Como si el aire soplara desde algún rincón oscuro
Como si nada estuviera dispuesto a conceder raíces
Como si entre las sombras que se cuelan
Hubiera parpadeos ignorados
Frágil vuelta de los sentidos
Tenue
inverosímil en su fuga
blanca sospecha de miembros volátiles
inmóvil el aleteo
como si supiera
inclinada la faz desde los nombres inasibles
Una vuelta y otra y otra más
Porque el despertar no concede treguas
Ni historias ni ancestros
Murmullos sísmicos
Violetas
Gira sobre el centro de su propio vértigo
A la espera de atardeceres inmóviles
Horizontes en espiral
Brisa que desgranan los dedos del maíz
En el campo de plumas fundado por el verso
Porque se sabe que el cuerpo devora las agujas de su ombligo
Solamente solo
Con el sentido de una máquina remota
Como si supiera
Como si nada estuviera dispuesto a conceder raíces
Llamas de un vilano a contraluz
circulando por el doble frente del abismo
No hay marcas sino brasas en el rostro
Velamen tatuado
Rítmico golpear de la soga húmeda
Como si el aire soplara desde algún rincón oscuro
Junto al oído mismo
Crepitar apenas intuido por el vibrar del laberinto
Y no importa entonces encontrar la calle donde fue el nacimiento
Ninguna esquina ningún posible camino escondido por los pájaros
Si el ritmo no fuera diluvio interminable
Percusión jadeante
Tal vez reconociera el calor de las pieles
Pero así es gasa que atraviesa los sentidos
Brumosa imagen invertida en la retina
Vacío eslabón de la simiente
No en el viento
ni en el fuego que cubre el silencio
Únicamente en el susurro
Los invito a ver esta entrevista:

http://www.revistaescala.com.mx/articulos.php?id_sec=4&id_art=261
Todo tiene entonces el ritmo de las letanías
Cada ola cada piedra
cada segundo labrado en el aire
como si no hubiera habido una piel suave por las noches
como si el balbuceo no te hubiera acunado
cuando el azul no era aún la despedida
Golpes concéntricos mareados por el verbo
Sin claridades ni esperas
Como si no hubiera existido
Más que el blanco de los rostros
Esa sola fotografía de miradas remotas
¿Hundido en qué ruidos ensayas el canto?
¿Con qué acordes se eriza tu espalda?
La sal del desierto inventa las voces
vuelta tras vuelta
no a la plegaria que bordó la orilla
no a la promesa de amaneceres claros
ni a la espera continua frente al fuego
no al lápiz dueño de los vacíos
Es sólo la sombra de la sombra
que cuenta otra vez la misma historia
como si no hubiera habido una piel suave por las noches
como si el sonido fuera ave de paso
espacio imposible entre dos alientos
“No la llevamos en oscuros amuletos”
escribía Ana en el invierno más frío
y era su lengua la de los abuelos
cuando el azul no era aún la despedida
borrones de tiza
como los de la otra
la de los versículos más crueles
la de la herida en la frente
la que cancelara los ocasos
Como si no hubiera existido
Más que el blanco de los rostros
En la espuma añeja que dejaba el agua
La ¿realidad? sigue dando vueltas de manera vertiginosa a mi alrededor. Una vez más, intento levantarme de la cama y todo se tambalea. Los laberintos no son lo que imaginó Borges, sino este misterio que dentro de mi oído me ha dejado fuera del mundo. A veces, pasos sobre esponjas; a veces, simple pecera para que flote el cerebro. Un lóbulo. Otro lóbulo. En nado libre y desincronizado. Todo se sabe por el movimiento de los ojos. No reaccionan a tiempo. Llegan tarde. El archivo de la memoria guarda sonidos para casos de urgencia. Aunque la mirada se retrase. A veces, pasos sobre esponja. Un lóbulo. Otro lóbulo. Y Teseo se enreda lejos de los brazos de Ariadna.
3 de mayo de 2008
Se escuchan explosiones desde temprano. Pirotecnia. Cuetes. Día de la Santa Cruz en Cuernavaca. Polka tiembla y busca un lugar donde esconderse. Ninguno le resulta suficientemente protector. Leo – a destiempo, como siempre – “Babelia”. Es sábado. Aunque pareciera un dato sin importancia porque el ejemplar que leo es el de la semana pasada, no lo es; leer “Babelia” cada sábado es para mí un ritual, aunque siempre lo haga a destiempo. “Cuando toco – dice el músico flamenco Diego Amador – no importa lo que busco, sino lo que encuentro: la armonía, la inspiración, el silencio.” Una de mis obsesiones: el silencio. Y, por supuesto, el tiempo que necesitamos para alcanzar el silencio. En dos entrevistas aparece el tema de la lentitud frente a la velocidad (¿para llegar a qué? ¿adónde?). Richard Ford reivindica la lentitud como ritmo de la lectura y la creación. Una lentitud que ha nacido con su dislexia pero que se ha vuelto uno de los caminos en que crece su escritura. Páginas más adelante, es una frase de Cristina Grande (salvando todas las distancias con Mr. Ford) la que hace referencia a un ritmo “otro”: “He tenido una maduración tardía. Pero es que soy incapaz de reaccionar al momento. Me pongo y las cosas salen de aquí a un año. Y, además, salen gota a gota.” Slow writing, como los placeres que patentaron los italianos de la slow food. Recordar a Calvino. Ítalo. Lo que sale gota a gota.
Texto escrito para la contraportada de la nueva edición de
Con la literatura en el cuerpo de Alberto Ruy Sánchez


Hace algunos años, en una universidad de París, un hombre que impartía un curso sumamente formal sobre la literatura romántica alemana, se vio sorpresivamente sacudido por un amor implacable, radical, absoluto. Estaba de pronto viviendo a muy alta temperatura uno de esos trastornos románticos que muy fríamente analizaba en clase.

A partir de esta anécdota, que habla del cambio en la mirada teórica y crítica que experimentó Roland Barthes al enamorarse, Alberto Ruy Sánchez hace una maravillosa defensa de la presencia de la propia vida, de la fuerza de las propias pasiones, en la mirada del crítico literario. El libro es un homenaje a ese maestro cuyo gesto antiescolástico le reveló un mundo nuevo de posibilidades al entonces muy joven amante de la literatura. Un homenaje a quien le descubrió la libertad para encontrar su camino literario a partir de la propia piel. “…todo lo que uno sabe, aprende, olvida o crea, pasa por nuestro cuerpo. No somos ideas sino cuerpos con ideas”, escribe Alberto. Al reconocer esto, permitimos que la literatura pueda afectarnos, movilizarnos, acariciarnos; es decir, aprendemos a vivir con la literatura en el cuerpo.
Páginas escritas desde la melancolía – que es también deseo, sensualidad – sobre dieciséis melancólicos personajes. En un cruce de ensayo y narración poética, el libro deambula por dieciséis ámbitos, por dieciséis cuerpos que descubren las marcas que guardan a la vez en la piel y en la escritura, a través de la errancia sensual de las palabras.
Trece años después de su primera publicación, esta obra de Alberto Ruy Sánchez ha ganado – como los buenos vinos – en sabor, densidad y cuerpo.
Sandra Lorenzano, abril de 2008.
Las “pequeñas memorias” del cartón

1) La historia argentina puede ser vista como un largo proceso de sucesivos y violentos “borramientos”, de exclusión y supresión del “otro”, del diferente: el indio, el “bárbaro”, el pobre, la mujer… Los “desaparecidos” no son, en este sentido, una creación de la última dictadura militar (1976-1983) sino una figura fundante de la nación. Desde sus orígenes, el Estado ha construido su legitimidad en la desaparición de los cuerpos y las voces otras. Baste pensar, en el genocidio de la conquista, por ejemplo. O en la eufemísticamente llamada “Campaña al desierto” que permitió la consolidación del proyecto liberal a partir de la masacre de los pueblos originarios del sur del país. O en la Semana Trágica, en los fusilamientos de José León Suárez, en las diversas dictaduras de nuestra historia moderna… La hegemonía de los sectores dominantes se ha basado en la cancelación violenta del diferente, a través de su “desciudadanización” (si el Estado tiene la obligación de velar por el bienestar de sus ciudadanos, un Estado que ejerce la fuerza del terror sobre su propia gente está violando el principio básico del concepto de ciudadanía) o de su franco exterminio.
En las últimas décadas, la sociedad argentina ha visto profundizadas las desigualdades que la constituyen en aras del ingreso a una nueva etapa de acumulación del capital a escala mundial. . Los 30 mil desaparecidos de la dictadura tienen su continuación en una política excluyente y pauperizadora que se constituyó, entre otros elementos, a través del desmantelamiento del Estado de Bienestar. Su adelagazamiento o franca desaparición hizo que se acentuaran las desigualdades estructurales generando nuevos procesos de exclusión social. Las transformaciones, iniciadas a mediados de los 70, encontraron su punto culminante durante los gobiernos de Carlos Menem (1989-1999) y Fernando de la Rúa (1999-2001), provocando una despiadada dinámica de polarización y fragmentación social. La exclusión y marginación de vastos sectores de las clases trabajadoras no fue un movimiento pasajero sino que “fue moldeando los contornos más duraderos de un nuevo país, de una sociedad excluyente, estructurada sobre la base de la cristalización de las desigualdades tanto económicas como sociales y culturales” .
En los quiebres de este nuevo escenario pueden escucharse las “pequeñas voces de la historia” que han funcionado como espacios de resistencia, generando estrategias de sobrevivencia social. Frente a las ruinas – contempladas con espanto por el “ángel de la historia” de Walter Benjamin - que ha dejado a su paso el “progreso” del neoliberalismo, las pequeñas voces recuperan la memoria de todos los desaparecidos de nuestra historia para construir a partir de allí una nueva dignidad individual y colectiva.

2) Los años 2001 y 2002 constituyeron uno de los periodos históricos más críticos de la nación, caracterizado por el vaciamiento del Estado, por un sistema político en crisis, por un aparato económico desmantelado, por sectores de la policía y las fuerzas armadas nostálgicos de pasadas dictaduras, por una población golpeada que vio desaparecer los logros sociales de otras épocas: trabajo, salud, educación...; se trata de una realidad en la que impera el empobrecimiento de sus sectores medios y el proceso de marginalización y caída en la indigencia de su otrora combativa y organizada clase trabajadora.
El "argentinazo" llaman muchos a la movilización popular que tomó las calles los días 19 y 20 de diciembre de 2001 exigiendo la renuncia del entonces presidente De la Rúa. La consigna dominante fue "Que se vayan todos": que se vayan los políticos corruptos, los funcionarios ineptos, los empresarios ladrones, los cómplices del saqueo, los jueces nombrados por el menemismo, los represores... "Que se vayan todos" fue el grito que unió a los piqueteros y a los estudiantes, a los marginados de siempre y a los "nuevos pobres", a los indigentes y a la clase media atrapada en el "corralito" de Domingo Cavallo. Recordemos algunas de las cifras que alimentaron el descontento: el 53 % de la población (aproximadamente 18.5 millones de personas) viviendo por debajo de la línea de pobreza, y el 24.8 %, es decir 8.7 millones de personas consideradas “indigentes”. La tasa de desempleo rondaba el 20 %. Los "peces gordos", como siempre, se salvaron: entre el 28 de febrero y el 10 de diciembre de 2001, abandonaron los bancos 19,190 millones de dólares de depósitos, continuando con una sangría que hacía tiempo habían comenzado los sectores más poderosos del país.
Cualquier análisis tiene que partir de una paradoja que impide tener una perspectiva unívoca: la sociedad argentina, atravesando uno de los peores momentos de su historia, se mostró quizás más viva que nunca. Sabemos que los gestos solidarios, generosos, comprometidos que llevaron a cabo muy diversos sectores, protagonizados no por lo actores conocidos (podría decirse que los más desubicados ante la crisis nacional fueron justamente los políticos profesionales), sino por la gente común y corriente, no constituyeron por sí mismos una alternativa política a la crisis en el sentido tradicional; los comedores populares, las redes de trueque, el respeto a los "cartoneros", las guarderías creadas por grupos piqueteros, los merenderos para jubilados y desempleados, entre otros cientos de acciones que nacieron "desde abajo", no fueron seguramente un modo de rediseñar el Estado, no establecieron las bases de un nuevo pacto nacional - imprescindible para poder pensar en algún tipo de proyecto de futuro -, pero fueron, sin duda, la manifestación más clara de que el hartazgo y el cansancio pueden despertar fuerzas creativas en la sociedad.

3) En una calle de la Boca, muy cerca de la cancha, conviven César Aira y Ricardo Piglia, Martín Adán y Haroldo de Campos, Leónidas Lamborghini y Enrique Lihn. Se trata de algunos de los más de 100 autores publicados por la editorial “Eloísa Cartonera”. Junto a los escritores latinoamericanos reconocidos tienen un espacio en el catálogo aquellos que están empezando o que se han movido en un circuito no comercial. “Se publica material inédito y/o desaparecido, border, de vanguardia y de culto…”, explican los fundadores. Cada libro es un ejemplar único, hecho de manera artesanal por los propios recolectores de cartón.
Pero “Eloísa Cartonera” es mucho más que eso: es un proyecto artístico, social y comunitario concebido, durante lo peor de la crisis, por el escritor Washington Cucurto junto a Javier Barilaro y a otros narradores, poetas y artistas visuales. Un espacio para las “pequeñas memorias”.
En la cartonería “No hay cuchillo sin Rosas” (obvia e irónica alusión a Juan Manuel de Rosas y su policía política, la “Mazorca”), sede de la editorial, los cartoneros charlan y conviven, en busca de una estética novedosa y desprejuiciada, con quienes se dedican a la escritura y al arte. Las tapas de los libros son de cartón comprado directamente a quienes lo juntan a un precio superior al que les paga normalmente el mercado (“Estamos rompiendo la cadena de explotación que encabezan las papeleras”, dice uno de los fundadores del proyecto ), y están pintadas a mano por chicos que dejan la calle cuando se suman a la editorial (“Lo que era un pedazo de basura, hoy es una obra de arte” ).
Las publicaciones son objetos artísticos que han llamado ya la atención de diversos museos y galerías. No es difícil encontrarlos no sólo a la venta en librerías, sino expuestos junto a las obras más vanguardistas del arte latinoamericano. Y el proyecto crece y crece, desde el desparpajo y la creatividad: exposiciones, blogs, concursos literarios (Premio Sudaca Border de Narrativa muy Breve)…
La propuesta, que ya tiene varias “hermanas” en el resto de América Latina (Chile, Bolivia, Perú…), nació como una de las respuestas solidarias ante la presencia fantasmal de los cientos de miles de cartoneros que empezaron a tomar cada noche las calles de la ciudad de Buenos Aires, revolviendo en la basura para conseguir algo que se pudiera vender. Fue ése uno de los rostros de la crisis, un rostro que obligaba a la sociedad porteña a mirar aquello que prefiere ignorar; aquello que forma parte de su propio entramado social, aquellos a los que las “buenas conciencias” han criminalizado: los excluidos, los marginados, los que viven en las villas miseria, “los de abajo”… Lo que tantos hubieran querido “invisibilizar” se hizo visible cada noche. Para muchos desempleados, la recolección de residuos fue la única fuente de ingresos disponible. Una opción difícil, dolorosa.
Desde las ruinas de un sistema socioeconómico perverso, y a partir de los desechos del consumo cotidiano resurgió una cierta idea de “dignidad” del trabajador que había caracterizado a la clase obrera argentina. No deja de ser sorprendente en un mundo que desvaloriza cada día más la cultura del trabajo. ¿Huellas de la memoria?
Sumándose a otras “estrategias de sobrevivencia”, “Eloísa Cartonera” generó un espacio de diálogo entre el campo cultural y los sectores marginales; espacio irreverente que hace de lo político, del gesto comprometido, de la propuesta ética, un punto de encuentro propositivo y transgresor. Entre la cumbia villera – ese género musical que suena con fuerza en los barrios marginales, conjuntando los ritmos y sabores de Chile y Bolivia, de Paraguay y Perú, con los llegados de todas las provincias del país - y lo más heterodoxo y lúdico del debate literario, crece la “editorial más colorinche del mundo”.
¡Larga vida a los márgenes!

La última parte de este artículo fue publicada en la revista Letras Libres de diciembre del 2007.
Tenemos que considerar la palabra antes de ser pronunciada, ese fondo de silencio que siempre la rodea y sin el que no diría nada; debemos desvelar los hilos de silencio que se entrelazan con ella. M. Merleau-Ponty, Signos
La tela rasgada – apenas – y al otro lado el vacío, o el jardín cualquier mañana de invierno. El insomnio como golpeteo. En las sienes, como golpeteo. Bastaría asomarse para volverse cómplice. O heredero de un médano tibio donde apoyar la espalda. Rasgada: apenas, sólo lo justo para hacer de las olas una ofrenda. Lo justo. El quiebre es el instante sutil en que pierde su nombre, húmedo trabalenguas, señal que insinúa un contorno difuso. Porque no hay redes ni murmullos a los que aferrarse (es una cuestión de armonía, dicen, todo depende de dónde se haga el énfasis). La tela rasgada – apenas ofrenda -.
NUESTRA SOLIDARIDAD ABSOLUTA CON CARMEN ARISTEGUI, PERIODISTA VALIENTE Y COMPROMETIDA

UN ABRAZO Y ESTAMOS CONTIGO CARMEN!
...A simple vista, Sandra es la última mujer que uno asociaría a la parte herida del discurso de Saudades (con la poética: definitivamente); a la ensayista que recrea no sin dureza, no sin hundir el puño, la impresionante concentración de madres despojadas y furiosas que exigen saber del destino de sus hijos en Plaza de Mayo...
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y échale un ojito a nuestra Trenza perpetua del 2008, que festeja el centenario de una de las más grandes escritoras del siglo XX



La poesía no es más que el resultado feliz de la naturaleza indómita del idioma...
Hong Ying
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