#Otoño 19.09.2017


#Otoño
19.09.2017[1]
Sandra Lorenzano

1.
Los rostros demudados. Los pasos rápidos. El silencio.
Así las calles la tarde del 19 de septiembre.
No estábamos donde estaban nuestros cuerpos.
No estábamos allí.
Estábamos en el territorio del miedo.
Unos con memoria de más de tres décadas. Otros estrenándose en esto de los viejos horrores.
Después vinieron las manos, la solidaridad, los amigos,
los abrazos, las búsquedas, las lágrimas,
los perros, los albergues, las noches en vela.
Después.
La espera.
Caminábamos todos.
Los rostros demudados. Los pasos rápidos. Hacia dónde.
Una marea de gente por las calles fracturadas.
Al filo del otoño:
el silencio.

2.
Después vino lo demás: las manos, la solidaridad, los abrazos.
Los más jóvenes.
No dudé de ellos. Los conozco.
Nosotros no supimos cuidarlos. Les dejamos una herencia desgarrada.
Una ciudad que devora a sus hijos.
El designio feroz de un fuego que arrasa la memoria.

3.
Me quedo con unas pocas imágenes:
El silencio para escuchar los sonidos de la vida.
Los aplausos.
Las cabezas que se inclinan ante el cuerpo rescatado
(allí estuvo quien ya no está).
Las costureras. Nuevamente. La pobreza no cambia de destino.
Las cadenas de mensajes que piden y que ofrecen.
Los que no han dormido.
Las cintas amarillas cerrando las entradas.
Los encuentros sin palabras y el demasiado ruido.
Las listas que crecen cada hora
(llamarlos a todos por su nombre, escribió Ajmátova).
El polvo dolido que vuelve en los versos de Pacheco.

4.
No se confundan, esto no es poesía: es el quiebre de la lengua para siempre.
Quien dice euforia –a pesar de todo-
quien dice triunfo
no sabe que las grietas nos habitan.


[1] El 19 de septiembre de 2017 un sismo de 7.1 en la escala de Richter sacudió a la Ciudad de México. A 32 años exactos del terremoto de 1985.

¡¡FELIZ DÍA!!



La herencia es una cosa curiosa, sin duda; pero yo tengo claro que fue mi abuela – maestra en un pueblo de la pampa – quien me heredó las ganas de ser maestra, el amor por la tiza, el pizarrón y el salón de clases, y la convicción de que se puede hacer algo por los demás desde esa trinchera.  Desde todas las trincheras, institucionales y no. Será por eso que empecé a dar clases hace más de 30 años, y que un aula es el único espacio en el que me siento verdaderamente en casa.

Ella me enseñó a leer y a escribir cuando yo tenía 5 años recién cumplidos y acaba de fracturarme la muñeca izquierda. Como tenía más ganas de aprender a escribir que de esperar a que me quitaran el yeso preferí abandonar mi ya declarada zurdez (¿se dice así?) y empecé a tomar el lápiz con la derecha. La zurdez se me pasó, la tosudez, como bien lo saben muchos de ustedes, nunca.

Lo que comenzó ahí no fue solamente una intensísima relación abuela-nieta sino un amor absoluto por la figura y el trabajo de las maestras. Tanto que puedo recordar los nombres y apellidos, el color de tinta que usaban y - si me esfuerzo un poco - hasta la voz, de todas mis maestras desde el jardín de infantes hasta el último día del doctorado.

Tengo que confesar que muchos, muchísimos de ellos contribuyeron a reforzar la herencia de mi abuela: la señorita Lidia en primer grado, la señorita Beatriz en tercero, Gloria en quinto, Ludueña y Gigena en secundaria, Luz Fernández Gordillo y Pilar García Fabregat al llegar a México, Raquel Bárcena en la Nacional de Educadoras, Luis Rius, María Luisa Capella, Angelina Muñiz, Anamari Gomís, Federico Álvarez, Valquiria Wey, y tantos otros en la Facultad...

También suelo recordar a la mayor parte de mis alumnos. Tengo pésima memoria para casi todo, pero no para lo que sucede en el salón de clases.

Es cierto, quise ser Makarenko, y después Paulo Freire, y todavía lloro con todos los libros y todas las películas que muestran el milagroso vínculo maestro-alumno. Soy cursi y de lágrima fácil. ¿Qué le vamos a hacer?

Hoy sigo pensando que allí, entre los chicos (y los grandes), intentando analizar juntos una metáfora, o disfrutando de la lectura de un cuento, o discutiendo sobre una hecho histórico, o intentando desentrañar una fórmula matemática, o memorizando la tabla del 9, o los nombres de los faraones egipcios, o imaginando travesías por los ríos de África, o simplemente aspirando el olor a madera, a tinta fresca, a cuadernos, a ganas de escuchar y de aprender, de dialogar y de compartir, de este lado y de aquel, de aquel lado y de éste, que hay siempre que más de dos se juntan para seguir jugando a la escuelita - finalmente siempre es un juego -, como cuando éramos chicos, allí - decía - está uno de los más entrañables y apasionantes regalos de la vida.

Por eso quiero empezar el día dándoles las gracias - de verdad, de verdad - a quienes me contagiaron este amor y este entusiasmo, y a quienes me han permitido que yo intente transmitirles un poquito de todo esto.

Y sí: sigo pensando que la tiza y el pizarrón son uno de los mejores inventos de la tecnología.

¡FELIZ DÍA A MIS QUERIDAS MAESTRAS, A MIS QUERIDOS MAESTROS, Y A LOS ESTUDIANTES QUE ME ACOMPAÑAN EN ESTA AVENTURA DESDE HACE MÁS DE 30 AÑOS!!

Grinch en 10 de mayo

Perdonen ustedes, pero lo cierto es que me vuelvo cada día más "grinch" jaja Habrá quienes crean que soy una pesadilla y quizás tengan razón, Pero no necesito que sea 10 de mayo para amar y extrañar a mi madre, ni para celebrar y agradecer a la vida por ser la mamá de Mariana. Tampoco para recordar a los miles de madres que recorren este país buscando a sus hijxs, o lxs miles de hijxs que buscan a sus madres, ni a las que dan vueltas desde hace más de cuarenta años en la Plaza de Mayo.
Pero, a pesar de todo esto, quizás sea buen momento para compartir con ustedes una historia cortita y un poema:
La historia sucedió en 2006. Estábamos pasando Mariani y yo unos meses en San Diego, y mis papás fueron a visitarnos. Mi madre pintó sin parar durante los días que estuvieron con nosotras, con una alegría y una energía tales que nadie podía siquiera imaginar –tampoco ella- que su organismo estaba ya tomado por un cáncer feroz que ganaría la partida pocos meses después. Tengo entre mis tesoros más preciados un cuaderno que cubrió entonces de colores brillantes. Siempre he querido acompañar esas acuarelas por algunos versos y crear así entre las dos un libro. Comparto con ustedes algunas líneas (y una foto de las tres generaciones tomada ¡hace 30 años!)

1.
La misma alegría.
El mismo verde que cae
desde un cielo incendiado.
La misma pertinaz vida
que inundaba tus pinceles.
Siempre verano en tu mirada.

2.
Oigo las chicharras
y sé quién fui entonces
con seis años y rodillas raspadas.
Sé quién fui 
bajo los tilos que no vimos crecer.

3.
Cada mancha, un silencio.
Tantas historias calladas a golpes de pincel.