Queridísimos todos,

Quiero cerrar este 2014 agradeciéndoles que estén aquí, cerquita, acompañándome a pensar, a sentir, a disfrutar, a crear, a indignarme... a vivir (¡qué privilegio!), y deseándoles que tengan un MARAVILLOSO año nuevo.

Que en 2015 se cumplan casi todos sus deseos, menos los de venganza. Que el tiempo corra a la medida de sus pasos. Que amen todo lo que puedan y que los amen más todavía. Que tengan algún pecho calentito donde descansar –sea fraterno, materno, amistoso o amoroso- y que las penas y las alegrías sean compartidas, para soportarlas o gozarlas. Que entre todos ayudemos a que nuestro amado México encuentre los caminos de paz que tanto necesitamos.

En pocas horas empezaré un viaje al (casi) fin del mundo en busca de un sueño. ¿No deberían ser así, acaso, todos los comienzos? Estaré desconectada durante algunos días, pero, por supuesto, todos ustedes seguirán conmigo.

¡Los quiero! ¡Muchísimas felicidades!!!



¡Felicidades!

Queridos,

Millones de gracias a todos y cada uno de ustedes por ser mis compañeros y cómplices en este maravilloso vuelo que llamamos vida.

Que tengan una hermosísima navidad y un luminoso 2015.

Que el próximo año sea generoso con todos, y sobre todo con nuestro amado y dolido México. ¡Felicidades!


Pensando en Paul Celan (Para qué poetas en tiempos de penurias 3)

El gran poeta Paul Celan nació el 23 de noviembre de 1920 en Czernowitz (Cernauti), Rumania, y se suicidó en París, tirándose del puente Mirabeau, el 20 de abril de 1970. Quizás porque no pudo soportar más la memoria del horror, quizás porque supo que el gesto más radical era el del silencio.
Él, que se había preguntado "¿Cómo escribir, madre, en la lengua de tus asesinos?", renovó la poesía en legua alemana.
Sus versos son uno de mis talismanes en la vida, por eso quiero compartirlos hoy con ustedes.



Fuga de muerte
(Traducción de José María Pérez Gay)

Leche negra del alba te bebemos de tarde
te bebemos al mediodía y en la mañana
te bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en el aire
donde no estamos encogidos
Un hombre vive en la casa
juega con las serpientes
escribe cuando oscurece a Alemania tu pelo de oro
Margarete
escribe y sale de la casa
y brillan las estrellas y silba a sus perros
silba a sus judíos
y los manda a cavar una tumba en la tierra
y nos ordena ahora toquen para bailar

Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía
te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa
y juega con las serpientes y escribe
y escribe cuando oscurece a Alemania
tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamith
cavamos una tumba en el aire
donde no estamos encogidos
Grita
caven más hondo canten unos toquen otros
y empuña el acero del cinto
lo blande
sus ojos son azules
hundan más hondo las palas
toquen unos bailen otros

Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía
te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa
tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamith
un hombre juega con serpientes
Grita toquen más dulce la muerte
La muerte es un maestro de Alemania
y grita toquen más oscuro los violines
luego ascienden al aire
convertidos en humo
sólo entonces tienen una tumba en las nubes
donde no están encogidos.

Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía
la muerte es un maestro de Alemania
te bebemos en la tarde y de mañana
bebemos y bebemos
la muerte es un maestro de Alemania
sus ojos son azules
te alcanzan sus balas de plomo
te alcanzan sin fallar
un hombre vive en la casa
tu pelo de oro Margarete
lanza sus mastines contra nosotros
nos regala una tumba en el aire
juega con las serpientes y sueña
la muerte es un maestro de Alemania
tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamith.


Otro poemas de Celan en:

http://amediavoz.com/celan.htm

http://www.philosophia.cl/biblioteca/celan/poemas.pdf



http://www.periodicodepoesia.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=2065&Itemid=115

Algunas notas sobre la marcha de ayer

Estoy conmovida y orgullosa por lo que vi y viví en la marcha de ayer:

Miles de personas recordando a los normalistas de Ayotzinapa. El conteo del 1 al 43 para terminar con un sonoro "Justicia", fue la consigna más repetida (junto con "Fuera Peña").


Una movilización que agrupó a muy diversos sectores sociales: desde los chicos "nice", furiosos y asustados, hasta familias completas indígenas y campesinas. No fuimos sólo los mismos progres intelectuales de siempre. Conmovedora la reunión de tantos y tan diferentes compatriotas.

Grupos de budistas vestidos de blanco y con incienso, un grupo grande de monjas gritando por la "iglesia de los pobres", un buen contingente bajo la bandera del arcoiris (los más creativos en las consignas. Mi favorita: "Si Zapata viviera, en tacones anduviera"). Muchas familias, muchísimos jóvenes, y un espíritu pacífico que excluyó o le puso coto rápidamente a cualquier expresión violenta. 

Salí del Ángel, llegué al Zócalo, y puedo asegurar que todo el recorrido fue como lo estoy contando. No sé qué pasó después, pero no fue expresión auténtica de los que marchamos.

¡Viva México!


















"Venimos de la tierra de los muertos", Rafael Pérez Gay


Aquí va la versión completa del cuento que empezamos a leer en "En busca del cuento perdido" del martes 18 de noviembre. Lo tomamos del libro Ciudad fantasma. Relato fantástico de la Ciudad de México (XIX-XXI), antología de Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte, publicado por editorial Almadía,


VENIMOS DE LA TIERRA DE LOS MUERTOS
RAFAEL PÉREZ GAY


-La vida después de la muerte. Si lo dudas, ven a la casa de Tlalpan -en las palabras de Andrea isneros resonaba la fuerza destructiva de la fe.
No creo en la posibilidad de una segunda existencia más allá de este mundo, pero la frase me perturbó como si fuera un hecho comprobado en un laboratorio de fantasmas. La fe ciega quebranta al más plantado filósofo racionalista. Durante años, Andrea fue una coleccionista insaciable de vidas imposibles, buscadora arrebatada de mundos impracticables. Le entregó su juventud a las agitaciones de la izquierda y a sus ritos de paso. Defendió a capa y espada la revolución cubana y amó a un hombre de Pinar del Río que la abandonó; ejerció el proselitismo de la guerrilla latinoamericana y tuvo un novio nicaragüense, activista de la revolución sandinista; en solidaridad con los presos políticos, realizó secretas misiones sexuales con un montonero argentino; cuando los fulgores del año de 1968 eran brasas de aquel fuego mítico, aceptó ser la amante de un santón del movimiento estudiantil. Con reservas no del todo explícitas, simpatizó con la sublevación guerrillera del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y con el éxito insólito del subcomandante Marcos. Que yo sepa, no ha tenido un amante ndígena: a Andrea le gustan los hombres urbanos, blancos, barbados, iluminados por la luz del heroísmo.
Cuando el crédito se agotó en el banco de las ideologías, Cisneros emigró al psicodrama, a la macrobiótica, a las experiencias místicas, a las creencias esotéricas. Esa cruzada por la fe construyó un gran obelisco en el centro de su vida. El alba del siglo XXI la sorprendió en la búsqueda de seres de otros tiempos perdidos en los pliegues de este mundo. Puestas así las cosas, no tenía por qué perturbarme que Andrea se refugiara en el último anhelo del ser humano: la búsqueda de la eternidad.
-Te da miedo lo desconocido -me definió con un trazo seco. Su voz fue más enfática-: Ven a la casa de Tlalpan.
Tenía razón, siempre me dio miedo la oscuridad del azar. A Cisneros y a mí nos unían los escombros de nuestros años de juventud. Las grandes causas nos habían abandonado durante el camino de nuestros años cuarenta. Ella se amparó en el pequeño fanatismo, cerca del obelisco de la fe. A mí simplemente me faltaron las fuerzas ciegas de la convicción. Insistió:
-El sábado nos reunimos. Te dejo la dirección -apuntó en una servilleta desechable la calle y número.
Antes de irse, se despidió con un beso y una caricia en la nuca, vagos ecos desprendidos del pasado de nuestra vida amorosa segada por la guadaña del fracaso. Alrededor de la dirección de la casa de Tlalpan dibujé en la servilleta líneas quebradas, flechas sin rumbo, una tormenta. Los fogonazos de alcohol me recordaron los días del cataclismo. Siempre llega el día en que ocurre un desastre interno, tarde o temprano. Fui al médico. Ordenó un análisis de laboratorio que tiene nombre de performance neoyorkino: Perfil 20. Imaginé una exposición en la Sexta Avenida con una veintena de los contornos de una roca arrancada por artistas de vanguardia a la energía mágica del Tepozteco. No se trataba de rocas sino de investigar los rincones del cuerpo humano, en este caso el mío, mediante una muestra sanguínea, una radiografía de pulmón y un electrocardiograma. Aparte había que llevar muestras de los detritus mañaneros, en ayunas, en dos frascos. Tomar estas exposiciones es una obra de romanos. Días después memoricé palabras y cifras del raro vocabulario de los hombres y las mujeres de nuestra edad. No son pocas: leucocito s, linfocitos, nitritos, glucosa, bilirrubina, plaquetas, antígeno prostático, colesterol, triglicéridos, ácido úrico. Antes hablábamos de noches de amor, bares, amistad, libros, droga, sexo.
El médico me mandó con un neurólogo, el neurólogo realizó diversas pruebas y me transfirió con un psiquiatra. Informo rápido: ahora le cuento historias a un analista y él, después de explorar el socavón del Ello, resume la vida en conceptos monumentales. Me roba seis o siete minutos por sesión. Sé por qué lo hace. Después de mi consulta toca su turno a una mujer delgada de pelo largo en rizos negros, ojos de aceituna y un cuerpo que amotinaría los deseos incluso de un psicoanalista. Los psiquiatras piensan que los pacientes somos estúpidos.
Los días siguientes al encuentro con Andrea los ocupé en la hemeroteca. He dedicado años de mi vida a una investigación sin fin sobre la prensa del siglo XIX. No he podido terminarla. Lo digo de una vez: un día la fuerza nos abandona. Algunos fingen fortalezas inagotables pero mienten:
su único patrimonio es el vacío, Sumé tres mañanas leyendo La Libertad, el gran órgano del positivismo mexicano durante la dictadura de Porfirio Díaz. Copié artículos desconocidos de Justo y Santiago Sierra, Manuel Gutiérrez Nájera y Francisco Cosmes. Guardo archivos electrónicos con una cantidad considerable de exhumaciones. Los investigadores somos sepultureros, traficantes de huesos viejos salvados apenas por ese momento en que la materia del pasado se vuelve combustible para el presente. Los periódicos viejos guardan el imán inexplicable de las vidas perdidas en otros tiempos. Uno de los imanes me atrajo a dos noticias del mes de octubre de 1881. Mientras un buque fondeaba en Veracruz cargado de sueños europeos, pasajeros exhaustos de sol y tormentas marítimas, un escandaloso crimen había ocurrido en la Ciudad de México. Durante una sesión de espiritismo en una casa de la calle de Escalerilla, una mujer asesinó a un hombre: "Una médium poseída por seres indescifrables mata a un inocente". Tomé notas para el improbable libro por el que gané una de las becas que otorga el gobierno a escritores que lo engañan como yo. El viernes por la tarde cerré mi laptop protegido por la argucia del deber cumplido. La noche que cubría el exterior de la hemeroteca le daba un aire siniestro a los alrededores de la Ciudad Universitaria. En esa zona eran frecuentes los robos, los asaltos, las golpizas. Por sobre todas las cosas, de eso se trataba México en aquel tiempo. Dentro del coche metí la mano a la bolsa del saco para tomar un cigarrillo.
Dejar de fumar había sido otra de mis batallas perdidas. Anoté en un papel pegado a la cajetilla un número, la cantidad de cigarrillos que había fumado. Hasta ese momento había aspirado veinte. Un triunfo de la voluntad. Recordé la frase de Mark Twain: "Dejar de fumar es facilísimo, yo lo he hecho miles de veces". Junto con el paquete, mis dedos trajeron la servilleta con la dirección que apuntó Cisneros. La cita era el sábado a la seis de la tarde.
Esa noche me entregué a la libertad y al capricho. De regreso de la hemeroteca modifiqué el rumbo y me detuve en una cantina de la avenida Revolución. Bebí y fumé sin enjuiciarme. Mientras derrotaba al fiscal que nos vuelve la vida insoportable leí en el periódico noticias de incordios políticos, disputas electorales, actos de corrupción. Creer o no creer ocupaba el centro de la vida pública, como si la fe hubiera tomado el lugar de los acontecimientos verificables. Bien pensado, la fe siempre usurpa las funciones de los hechos. Más tarde revisé los archivos de mi computadora. En los últimos meses había logrado algunas páginas presentables acerca de las encrucijadas culturales de finales del XIX, el cambio de siglo visto a través de figuras como Tablada, Nervo, Couto, Leduc, Ceballos, Campos, algunos de los poetas y narradores de Revista Moderna, ese antro genial y no poco pretencioso de las letras mexicanas. Ellos despidieron al siglo XIX y recibieron el XX entre fantasías de burdel, sueños de ajenjo, relatos de suicidio y desafIos a la muerte.
El único tramo claro de mi vida en ese entonces lo ocupaba un contador inflexible que se había adueñado de mis años. Todo lo calculaba: los días, las horas, los cigarros, los whiskys, las calorías, los kilos, las páginas, los fracasos. El contador recaudaba cada noche sus impuestos. Seguí la huella de mi instinto y evadí las cifras. Me escapé del interventor y salí de la cantina festejando una liberación. Unas calles adelante entré en un hotel. Frecuenté hoteles de paso
con Andrea Cisneros y en mis años locos con mujeres enredadas en la telaraña de mis mentiras. Me registré y subí a mi cuarto. Abrí el Aviso Oportuno de El Universal y leí: "Modelo edecán. Sinaloense. Elegante, personalidad, seducción excitante. Erótica, lencería, ligueros. Parejas, lesbianas. Soy independiente. 5603-2289. Pregunta por Abby".
Pregunté.
-Vi tu anuncio en el periódico.
Me interrumpió:
-Tengo los ojos aceitunados y treinta años. Mis medidas son 86, 59, 90; mi altura, uno setenta y tres Pelo largo y rubio, a media espalda. Mil doscientos pesos, dos horas, todos los contactos que quieras.
Debe ser la edad. En mi juventud nunca fui con putas, pero de un tiempo a esta parte empezaron a interesarme los encuentros rápidos liberados de la guillotina de los com-
promisos, lejos de los hundimientos irrevocables. Recibí en el cuarto a una mujer joven dispuesta a los fuegos breves, en la cúspide de sus veinte, de pelo en llamas amarillas, uno setenta de estatura y, en eso no había mentido, una mirada casi vegetal en distintos tonos de verde. Usaba un abrigo negro, ligero, un sombrero de fieltro, muy cerca delflapper, una blusa fucsia entallada, un pantalón negro y zapatos altos.
-¿Cómo te quieres llamar?
-Abby.
-¿Te gusto? -me preguntó mientras se desvestía.
-Me gustas -le respondí cuando empezamos a intercambiar nuestras sombras.
Alguna vez Tlalpan fue un lugar de fincas y casas de campo, huertas amplísimas, grande jardines, largos y altos muros de adobe, calles solitarias abi madas en el silencio. Aquel territorio de roca volcánica y fuentes brotantes emergió del desastre. Las calamidades destruyen y crean regiones inimaginables. En esos días, por cierto, yo buscaba regiones devastadas en mí mismo. Todos buscamos esas regiones, pero les anticipo: es inútil.
El magma del Xitle sepultó a los pueblos cuicuilcas, los ríos desviaron su cauce bajo una capa de lava de ochenta metros. Mientras se enfriaba la superficie del pedregal, en la profundidades la lava seguía en movimiento. Los gases buscaron su propia salida formando enormes grietas que se convirtieron en cuevas. Las corrientes de agua trasminaron la piedra porosa en el fondo de la tierra y emanaron fuente cristalinas, manantiales en el pedregal y entre el bo que. Un edén petrificado. Ése era el paisaje de Santa Úrsula, Peña Pobre, Fuentes Brotantes, Xitla. Con el paso del tiempo, donde hubo un cedral pusieron un campo de golf, donde brotaban aguas cristalinas crecieron edificios de interés social y basurales. A esto algunos le llaman progreso.
El tránsito en la avenida Tlalpan era un enjambre de hojalata hirviente. Inventé un atajo. Tengo manía por lo atajos. Detrás del Estadio Azteca las calles me llevaron por callejones donde apenas avanzaba el coche entre los muros. En las esquinas se acumulaban montañas de basura y bandas de jóvenes pobres. A las seis y media de la tarde oscurecía. Cuando pasé frente a un cementerio y decidí que estaba perdido llegué a la esquina de las calles de Congreso y Galeana. Di vuelta en Congreso y estacioné el coche. Toqué en un portón de madera, bajo un gran farol, que unía dos muros altos de piedra y adobe. Pregunté:
-¿Andrea Cisneros?
-Lo están esperando +me dijo un hombre guiándome por un camino de baldosas que dividía un jardín sembrado de nísperos.
Caminé por el pasillo de una construcción del siglo XVIII cuya remodelación respetó los arcos coloniales, los pechos de paloma y los balcones. Un gran candelabro en el techo iluminaba la sala. De lejos vi a una niña en la habitación, pero cuando avancé unos pasos observé un rostro cruzado por el tiempo y unas manos pequeñas trabajadas por los años. Dos hombres y tres mujeres, Cisneros entre ellos, rodeaban a una enana sentada en un sillón de respaldo alto
que la empequeñecía aún más. Hice mis cálculos mientras Andrea me presentaba como un estudioso del pasado mexicano. La enana se había enfundado en un vestido azul eléctrico, las iernas le colgaban del asiento y terminaban en unos botines negros lustrados con obsesión. Uno treinta de estatura.
-La verdad es un árbol con raíces -dijo la enana a través de una voz metálica, un sonido en litigio con la anatomía humana-o Cada uno tiene sus propios misterios y cada uno debe escribir su propia Biblia. La vida no es nada.
Me sublevé. Atravesar la ciudad cortando el tránsito intolerable de un sábado por la tarde para oír el sermón de una enana demagoga era un castigo inmerecido. Como si no lo supiéramos: lo único que no echa raíces es la verdad y la Biblia que todos escribimos termina como la otra, con una traición y un crimen. Por culpa de la enana destruí el plan del día. Fumé cinco cigarrillos en media hora. Aniela Long contó su historia.
Una noche de verano del año de 1954, cuando sus padres vivían y ella era una enana adolescente, alguien tocó la puerta. Tlalpan todavía conservaba los rasgos campestres que perdió con el crecimiento de la Ciudad de México. En la calle oscura retumbaron los aldabonazos urgentes en el portón. Aniela acompañó a su padre a la puerta. En el umbral aparecieron un hombre y una mujer envuelto en sombras. El hombre le dijo: "Venimos de la tierra de los muertos y no encontramos lo que buscábamos. Ayúdanos, Aniela". El señor Long cerró la puerta, pero el mensaje había sido depositado en el mundo de los vivos. Desde entonces Aniela Long supo que podía comunicarse con los muertos. El padre de la enana hizo sus primeras armas masónicas en lajuventud e inició a su hija en la tradición masónica arcana. Hundida en el sillón, la enana contó esta historia salida de los metales de su voz:
-Los primeros francmasones eran los canteros que edificaron el Templo de Salomón en Jerusalén. Durante la construcción, algunos masones fueron iniciados en los misterios có micos relacionados con la geometría, las matemáticas y la alquimia. Cada piedra que utilizaban para construir el templo no era una piedra corriente sino una Piedra Filosofal. Ese conocimiento se transmitió de masón a masón a través de los siglos -continuó la enana-o Después de la noche de las sombras que regresaron de la tierra de los muertos, mi padre me llevó a una sesión espiritista. Ahí se reveló que yo era una médium muy dotada y supe que se puede ver más lejos cuando nos asomamos a la oscuridad desde la luz y no, como se cree, cuando vamos de la oscuridad hacia la luz. Lo primero revela, lo segundo deslumbra. ¿A qué hora empezamos?
La enana los tenía en un puño, suspendidos en el estupor. Según entendí, los dos matrimonios y Andrea se reunían sin excepción cada sábado en la casa de Tlalpan. Hice un plan de evasión: el baño, una disculpa y de nuevo a la ciudad. Andrea me esperó afuera del baño.
-Quédate a la sesión.
-¿Espíritus a mis años? Nos hablarán los muertos, nos van a explicar nuestras vidas pasadas. Me voy.
-Quédate por mí.
Me quedé.
Nos sentamos alrededor de una mesa redonda de madera en un salón dedicado a las sesiones espíritas. La enana colocó un vaso con agua en el centro de la mesa. La luz en penumbras hacía visible la oscuridad y le disputaba cada rincón a las tinieblas. La enana nos ordenó que colocáramos las manos suavemente sobre la mesa y que nos rozáramos con las yemas de los dedos. Mi lugar estaba entre Andrea y un hombre a quien conocí durante sus años militantes en uno de nuestros partidos de izquierda, un hombre ornado con el estandarte de las creencias.
Al cabo de unos minutos de silencio, el agua del vaso se movió, primero con suavidad, luego como si alguien sacudiera el vaso, se formó una figura líquida en la madera.
Busqué la trampa, pero lo que vino después me impidió descubrir la mano espírita que agitaba el agua. La enana tragaba saliva, emitía sonidos animales. Empezó a hablar:
-Uno de ellos morirá pronto -dijo con una voz grave, una tonalidad distinta a la que habíamos oído minuto antes-. Un hotel, una mujer de la noche: que se perdone a mismo.
-¿Quién nos visita? -preguntó Andrea.
-El más joven de ellos morirá.
-¿Quién nos visita? -insistió, pero no hubo respuesta.
La enana tosía, se atragantaba con su propia saliva, le faltaba el aire. El trance la desvaneció. Andrea y el comunista espírita la cargaron y la recostaron en un sillón de la sala. Aniela parpadeaba. Recuperada la voz metálica contó un extraño cuento acerca de los espíritus que encontró durante el trance, siete sombras en una casa iluminada por velas.
-Siete hombres reunidos alrededor de una mesa. Uno de ellos me ofreció flores, pero otro fue hostil y agresivo. Tenía miedo -dijo Aniela desorientada, perdida en el tiempo-. Nos entregan un mensaje.
Presencié esta escena atrás del grupo que la rodeaba y retuve la imagen con las tenazas de la incredulidad. Andrea Cisneros me tomó del brazo y me dijo en voz baja, al oído:
-Necesito un trago -más que oírla sentí el calor de su aliento en el cuello.
Regresamos por el camino de baldosas flanqueado por nísperos. Acompañé a Cisneros a su coche y caminé hacia el mío. Ella preguntó:
-¿En qué bar?
-En el de tu casa -sugerí-o Dos tragos, no más -habló el contador.
La calle creaba efectos fantasmales. Sombras de árboles proyectadas en los muros de adobe, ruidos inexplicables: un gato inmortal atravesó la noche de Tlalpan. Prendí un cigarro aceptando que había sobrepasado el límite, "Enana de mierda", pensé cuando encendí el motor. Desde luego, nadie en esa casa sabía del hotel y de la prostituta, sólo yo, si acaso.
A vuelta de rueda en Insurgentes. Una línea dorada, inmóvil, hasta el edificio en que Andrea puso su casa después de nuestra separación, un departamento en la calle Xola. Tardé en llegar más de lo estimado. Lo supe porque, según el interventor, en el coche fumé cuatro cigarrillos duran-
te el viaje.
-Te perdiste otra vez -afirmó Andrea entregándome un whisky.
-Menos que los extraviados en el mundo de los espíritus -respondí a punto de dar el primer sorbo.
-¿Lo dudas? Aniela se comunica con los muertos, espíritus incansables que vagan entre nosotros -de nuevo la fuerza destructiva de la fe en sus palabras.
-El único espíritu que vi fue el de una enana histérica, una charlatana de manicomio, llévenla al psiquiatra y enciérrenla con una chambrita de fuerza.
-¿Con quién? ¿Con Armijo? Te has convertido en una copia al carbón de tu psicoanalista. Creen que con fármacos y diván se acaba con otras realidades. Como sea, le ayudará más a ella que a ti. Tú eres un caso perdido.
Tenía razón. Me bebí el whisky de tres sorbos y me serví el siguiente, doble. Encendí el cigarrillo número treinta y cinco del día, de nuevo el contador me acompañaba.
-¿De verdad crees en la vida después de la muerte?
-Los he oído y los he visto. Tú fuiste testigo.
-Oí a una enana hablar con la voz de un viejo, una duplicación de la personalidad, nada más.
-Oíste una voz de otro tiempo que hizo contacto con nosotros.
Ella bebía brandy y repetía de memoria creencias infiltradas en sus desengaños. La necesidad de creer en la penumbra del más allá se convirtió en una nueva misión. Como no había cambiado al mundo en su juventud, Andrea decidió mudarse a otros mundos menos miserables que el nuestro. No hay fanatismo sin doctrina. El círculo espírita de la casa de Tlalpan se había acercado a maestros del misticismo cristiano como Eckhart o Nicolás de Cusa, algunos textos recuperados de la teología espiritista del visionario sueco Emanuel Swedenborg, tratados de ocultismo, mesmerismo y las invocaciones de Allan Kardec.
El grupo de Tlalpan consideraba la existencia del alma humana y su supervivencia después de la muerte un asunto que requería respuestas. Aniela Long era una de ella. Todos ellos consideraban a la enana una médium ajena a la limitaciones temporales, al espacio tridimensional. Para ponerle
tierra firme a sus especulaciones leían a J. C. Zoellner, un investigador psíquico que sostuvo desde 1879 hasta el día de su muerte la existencia de una cuarta dimensión de la realidad; en ese lugar habitaban seres capaces de adentrarse en nuestro mundo. Éstas eran las pruebas, el respaldo de la teoría de la supervivencia post mórtem o la verdad de otras realidades al margen de la nuestra. Este poderoso brebaje los había narcotizado.
-Aniela es capaz de ver los espíritus de los muertos. Ha tenido visiones que presagian la muerte. En una ocasión vio la imagen de un féretro donde yacía su madre. Dos meses después murió -había una sincera conmoción en sus palabras, un anhelo triste de verosimilitud y eternidad. Andrea fue más allá-: Algunas veces Aniela ve fantasmas detrás de las personas de las que está cerca. Muchas veces son fuerzas protectoras.
Guardé silencio. Ya dije que dialogar con la fe de los otros es imposible. Acepté que sus dudas sobre la vida y la muerte eran, por desquiciadas que sonaran, legítimas. Muchas veces la legitimidad crece en la locura. Cuando me despedí, Andrea me desafió:
-Vamos el próximo sábado.
No respondí, en parte porque estaba haciendo las cuentas de la noche: ocho whiskys, cuarenta y cinco cigarrillos, tres horas. El contador nunca descansaba.
Esa noche soñé con mi muerte. Desperté ahogándome con mi propia saliva. Pasé el resto de la noche fumando, entregado a los misterios de la sesión de esa tarde y al vaticinio de la enana. Repetí la frase: "Uno de ellos morirá pronto. Dejen que se perdone".
A la mañana siguiente marqué el número de mi analista, pero Armijo no contestó el teléfono. Cuando uno los necesita, los psicoanalistas desaparecen. Por eso recurrí a mi
amigo Ernesto Carmona, un colega mayor al que quise por su facilidad para construir mundos propios e irrepetibles:
-¿Crees en la vida después de la muerte?
-¿Estás borracho?
-De verdad. ¿Crees en algo más allá de la vida?
-De momento, no.
Me invitó a comer ese día. Me prometió una plática sobre la muerte. Cuando llegué, su casa era una jaula de pájaro. Dos o tres políticos en el candelero, un escritor que gastaba
las suelas en cocteles y se apuntaba a todos los premio literarios, mujeres a la caza de un porvenir renombrado, en fin, una desgracia de la que Carmona se sentía orgulloso mientras renovaba el tiempo de gloria de sus compañeros del año de 1968. Fijé una frontera con el hacha de las opiniones irreversibles: la generación de la libertad estaba formada por los hombres menos libres que he conocido. Adoradores de la fama, propia y ajena, atados al potro del prestigio,
buscadores inauditos de poder, complacientes con políticos truhanes, sumisos con los caciques de la cultura. En eso terminó la epopeya de sus años juveniles, en el cautiverio de la ambición desaforada, en la codicia oculta tras sus banderas de pioneros demócratas. Cuando salí de la casa de Carmona, la frase de la enana regresó: "El más joven de ellos morirá".
Sonó mi teléfono celular. Andrea Cisneros:
-¿Vendrás el sábado?
-¿Qué edad tienen los que van con Aniela?
-¿A quién le importa?
-A mí. ¿Son de mi generación?
-Todos son mayores que tú, incluyéndome, por seis meses, ¿o ya te olvidaste también de mi fecha de nacimiento? ¿Vienes o no?
-Voy.
-¿Crees en la vida después de la muerte?
-¿Estás borracho?
-De verdad. ¿Crees en algo más allá de la vida?
-De momento, no.
Me invitó a comer ese día. Me prometió una plática obre la muerte. Cuando llegué, u casa era una jaula de pájaro. Dos o tres políticos en el candelero, un escritor que gastaba las suelas en cocteles y se apuntaba a todos los premio literarios, mujeres a la caza de un porvenir renombrado, en fin,
una desgracia de la que Carmona se sentía orgulloso mientras renovaba el tiempo de gloria de sus compañeros del año de 1968. Fijé una frontera con el hacha de las opiniones irreversibles: la generación de la libertad estaba formada por los hombre menos libres que he conocido. Adorado-
res de la fama, propia y ajena, atados al potro del prestigio, buscadores inauditos de poder, complacientes con políticos truhanes, sumisos con los caciques de la cultura. En eso ter-
minó la epopeya de sus años juveniles, en el cautiverio de la ambición desaforada, en la codicia oculta tras sus banderas de pioneros demócratas. Cuando salí de la casa de Carmona,
la frase de la enana regresó: "El más joven de ellos morirá".
Sonó mi teléfono celular. Andrea Cisneros:
-¿Vendrás el sábado?
-¿Qué edad tienen los que van con Aniela?
-¿A quién le importa?
-A mí. ¿Son de mi generación?
-Todos son mayores que tú, incluyéndome, por seis meses, ¿o ya te olvidaste también de mi fecha de nacimiento? ¿Vienes o no?
-Voy.
La tarde húmeda del 6 de mayo de aquel año, el círculo espiritista se reunió de nuevo en la casa de Tlalpan. Andrea y yo llegamos en el mismo coche y atravesamos juntos el camino de baldosas que dividía el jardín sembrado de nísperos. En la sala nos esperaban la enana y cuatro espiritistas. Cuando saludé a Aniela Long, me dijo:
-Si no quiere, no tiene por qué estar aquí. La vida no es nada.
Si hubiera tenido un espejo enfrente habría visto una sonrisa quebrada y estúpida dibujada en mi cara de asombro. La enana me había derrotado de nuevo antes de empezar la sesión.
-Me interesa lo que ocurrirá aquí esta tarde -me disculpé, pero ella me dio la espalda para hablar con el viejo comunista espírita.
Por segunda vez, Aniela Long me alteraba. Al menos había una posibilidad entre mil de que por algún medio, conocido o desconocido, supiera de mi encierro en el hotel con una puta. De ser así, entonces en la puerta tocaba el vaticinio de mi muerte. Por lo demás, alguien le dijo o ella percibió desde la primera vez mis sospechas de la mentira en que se fundaba el teatro espírita.
-Pasemos -dijo la enana encabezando una fila silenciosa de siete creyentes.
Nos sentamos alrededor de la mesa de madera. Pusieron dos vasos de agua en vez de uno. La habitación estaba más oscura que la vez anterior. Un juego de sombras reflejaba en el muro formas indescifrables desprendidas de las llamas de dos velas puestas en una repisa de madera labrada. La enana dio la orden. Nos tocamos con suavidad las yemas de los dedos. Durante tres minutos, el silencio fue la única señal del otro mundo.
-Pedimos con respeto la asistencia de los seres que traen un mensaje para esta casa -se oyó la voz metálica de Aniela.
Nadie respondió.
-En esta casa son bien recibidos -insistió la enana.
Un minuto después el agua de los vasos se movió como sacudida por una mano invisible, la enana se contorsionó sobre la silla. Habló con la voz grave de un hombre:
-¿Qué quieren de nosotros?
Cisneros tomó la palabra:
-Un mensaje y la paz eterna para ustedes.
-Vienen de la tierra de los muertos. ¿Cuándo murieron? -preguntó alguien a través de la voz ronca de Aniela.
-No hemos muerto. Aún estamos aquí -respondió Andrea.
La enana tosía, tragaba saliva y movía la cabeza hacia atrás.
-¿Quiénes son ustedes? -preguntó Andrea con la voz cortada por el asombro.
-Somos artistas y ustedes nos visitan -Aniela tosía mientras hablaba-o Hemos desafiado a la muerte ya la eternidad con el exceso perpetuo: ¿su visita es una advertencia?
Necesitaba un cigarrillo, ese día había fumado dieciocho. Siempre que me siento confundido me dan ganas de fumar. Andrea interrumpió mi deseo:
 -¿En dónde están?
-En San Agustín de las Cuevas. Buscamos a Bernardo en el olor de los nísperos. ¿Ustedes cuándo murieron? -insistió la voz del hombre a través de Aniela.
-No estamos muertos -apenas se oía la voz de Cisneros en las sombras.
-Nos hemos reunido para invocar a Bernardo y pedirle que descanse en paz.
-¿Quién es Bernardo?
-El más joven de nosotros. Lo perdimos y ahora invocamos su alma para el descanso y el perdón.
-¿Quién es Bernardo? -la voz de Andrea recurría al énfasis inútil del eco.
-El más joven de nosotros. Ustedes, ¿cuándo murieron?
Se oyó un golpe seco en la mesa y luego un silencio oscuro.
La enana tardó en regresar del trance. Le dieron un té de hierbas preparadas. En la casa de Tlalpan también creían en la herbolaria; según ellos, en la antigüedad los mexicanos eran sabios. Los espíritas se arrebataban la palabra. Andrea preguntó:
-¿Quién vino esta noche?
Aniela tragó el menjunje y dijo con una voz que atravesó el espejo opaco de la verdad:
-Nadie nos visitó esta noche. Nosotros hicimos la visita y asistimos a otro lugar y a otro tiempo. Han ocurrido dos sesiones espíritas al mismo tiempo. Hemos sido nosotros quienes llevamos un mensaje de muerte.
-¿Quién es Bernardo? -preguntó Andrea.
-No lo sé -respondió Aniela antes de sorber el bebistrajo de hierbas ancestrales-. Estuvimos fuera del tiempo, no por encima, sino dentro, entre lo antiguo y lo nuevo.
Encendí el cigarrillo número diecinueve. En materia de voluntad, el mejor día de la semana, el contador me habría felicitado. La enana había ofendido mi incredulidad, como cuando un agnóstico recibe una prueba del absoluto.
Después de esa tarde de mayo, no regresé a la casa de Tlalpan. Me reintegré a la rutina de los archivos y a los sueños nocturnos de principios del siglo xx. La verdad saltó de una pila de documentos roídos por el tiempo, a punto de perder la memoria. Se trataba de una carta de Ciro Ceballos a José Juan Tablada, pensionado entonces en Japón por el mecenas Jesús Luján. La mano de Ceballos fechó esas líneas el 6 de mayo de 1901. El vago azar o las precisas leyes, como
quería el clásico, me pusieron en el centro de la trama; la caligrafia irregular decía:
Hemos perdido a Coutito. Lo enterramos hace una semana en el panteón francés. Al tercer día de su muerte nos reunimos a invocar su espíritu perdido bajo la luna tramontana de San Agustín de las Cuevas. A la sesión espírita asistimos Luján, Leduc, Campos, Valenzuela, yo y una médium que nos presentó Alfredo Ramos Martínez. A la luz de las velas invocamos a Coutito. Aunque te sé descreído te lo cuento: en algún momento de la sesión un fuerte olor a nísperos inundó el salón. Buscando el espíritu de nuestro amigo dimos con la voz de otros muertos. Una mujer desdichada nos preguntó por el momento de nuestra muerte. Nos erizó la piel la idea de que en verdad estuviéramos muertos. No hay fantasmas más tristes que los que se niegan a abandonar el reino de los vivos. Así les pasaba a estas almas en pena que encontramos mientras buscábamos a Bernardo, sombras aferradas a la tinta neutra de la vida y sus desgracias ...
Lo supe de golpe, como cuando llega una revelación. Entendí entonces la grieta del tiempo en la que habíamos caído. En el momento en que oí el diminutivo, Coutito, agregué en mi mente el nombre: Bernardo, una leyenda negra de las letras mexicanas. El joven Couto era un desastre insufrible de alcoholismo y pedantería juveniles. Envenenado por Laforgue, Baudelaire, Verlaine, desde los diecisiete años el escritor maldito despeñó su vida en bares y prostíbulos. Algunos investigadores han visto en él a una víctima de la bohemia. En lo personal, siempre me pareció un son o sin oficio ni beneficio. Couto vivía en el Hotel del Moro con Amparo, una prostituta recobrada de los burdeles en el alba del xx en la Ciudad de México. Dilapidaban la noche en tugurios inconcebibles. Se sentía el príncipe de los amaneceres, pero deambulaba por la calle de Santa Isabel como un vagabundo. En sus últimos meses lo torturó el dolor en las encías partidas por la piorrea. El exceso de bromuro lo convirtió en un amnésico perdido. Y con todo, les hacía gracia a sus amigos artistas, al fin y al cabo era uno de los fundadores de Revista Moderna. Murió de una pulmonía fulminante el S de mayo de 1901, a los veintidós años de edad.
La reunión en la casa de Tlalpan sucedió el 6 de mayo del año 200 1, cien años y tres días después de la muerte de Cauto. Tendido en el ataúd, Bernardo recibió la visita de Alberto
Leduc, Rubén Campos, Pablo Escalante Palma y Ciro Ceba- 110. inguno de los espíritas de este lado del mundo conocía esta historia, no tenían por qué conocer esta intriga inútil del tiempo en que se levantaba el telón del nuevo siglo. Me llevé conmigo el secreto. Pude revelárselo a Cisneros, pero
preferí no hacerlo. Aquel día, después de la sesión, Andrea y yo caminamos por el jardín antes de atravesar el portón de madera empotrado en los muros de piedra y adobe. Más tarde la despedí en el edificio de Xola. Me fui a beber solo y a poner en orden la trama enloquecida a la que me arrastró Andrea.
En la cantina de avenida Revolución dije en voz alta:
-Enana de mierda.
Me había bebido ocho whiskys y fumado veinte cigarrillos en dos horas. Todo un récord. El interventor estaba sentado frente a mí. Siempre he sido un egoísta, a nadie le revelé los datos de esta historia. Estoy mintiendo, se la conté a Armijo, pero los analistas están programados para
no creer en nada. Salí a la noche sucia de avenida Revolución y caminé al hotel. Cuando me registré pensé sin rencor en Andrea Cisneros. No era la primera vez que dejaba una
puerta abierta hacia la oscuridad. Les digo de nuevo: todas las enanas son una mierda.





¿Todos somos responsables?

En absoluto estoy de acuerdo con esa frase que ha empezado a circular por acá que dice que "todos somos responsables". Me parece una banalización de lo que estamos viviendo.
¿Por qué la responsabilidad sería la misma para los padres de los muchachos de Ayotzinapa que para Murillo Karam? ¿La misma para una maestra rural de los Altos de Chiapas que para un diputado de Guerrero? ¿La misma para un periodista amenazado de muerte que para el presidente Peña? No creo que sea así. Perdónenme. Un asesino que le prende fuego a un estudiante vivo no es lo mismo que una indígena mazahua que vende chicles en el camellón ni que la señora de la miscelánea de la esquina, ni que el editor de una revista independiente, ni que el chavo que sale con su camarita a descubrir el país en el que vive. No me queda nada clara esa frase. Los asesinos son asesinos y son ellos los responsables del horror.
Los demás somos responsables de intentar hacer que est
a realidad terrible se revierta. Y en ésas andamos. Con furia, con dolor y con la obligación moral de hacerlo.

Para qué poetas en tiempos de penurias 2

Queridos todos,
Los invito a seguir con este camino poético desde el horror y el amor a las palabras, con este desgarrador texto de David Huerta.



AYOTZINAPA

Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras

Los muertos tienen manos
Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó

Estamos perdidos entre bocanadas
De azufre maldito
Y fogatas arrasadoras
Estamos con los ojos abiertos
Y los ojos los tenemos llenos
De cristales punzantes

Estamos tratando de dar
Nuestras manos de vivos
A los muertos y a los desaparecidos
Pero se alejan y nos abandonan
Con un gesto de infinita lejanía

El pan se quema
Los rostros se queman arrancados
De la vida y no hay manos
Ni hay rostros
Ni hay país

Solamente hay una vibración
Tupida de lágrimas
Un largo grito
Donde nos hemos confundido
Los vivos y los muertos

Quien esto lea debe saber
Que fue lanzado al mar de humo
De las ciudades
Como una señal del espíritu roto

Quien esto lea debe saber también
Que a pesar de todo
Los muertos no se han ido
Ni los han hecho desaparecer

Que la magia de los muertos
Está en el amanecer y en la cuchara
En el pie y en los maizales
En los dibujos y en el río

Demos a esta magia
La plata templada
De la brisa

Entreguemos a los muertos
A nuestros muertos jóvenes
El pan del cielo
La espiga de las aguas
El esplendor de toda tristeza
La blancura de nuestra condena
El olvido del mundo
Y la memoria quebrantada
De todos los vivos

Ahora mejor callarse
Hermanos
Y abrir las manos y la mente
Para poder recoger del suelo maldito
Los corazones despedazados
De todos los que son
Y de todos
Los que han sido

David Huerta
2 de noviembre de 2014. Oaxaca

Para qué poetas en tiempos de penurias 1

Queridos,
Hoy empiezo esta sección porque quizás sea la palabra poética -y la solidaridad radical que estamos viviendo- lo único a lo que puedo asirme en estos días de oscuridad y muerte. ¿Me acompañan?

"Soliloquios"
Esther Seligson 
 (25 de octubre de 1941 – 8 de febrero de 2010)

If only one’s whole life
Could consist in certain moments...
Anne Carson, The Beauty of the Husband

Y cada cual con sus recuerdos, su dolor, sus cicatrices, cada cual con sus muertos al hombro, los miedos, el niño que fue, su hambre, sus pesadillas colgadas al filo de un amanecer sin luz, cada cual tan soledad tan con nadie tan silencioso, escindido


Dime de qué colores fue el amor, el amor que fue que sería que estuvo siendo, di en qué puño cupo, con qué dedo lo tocamos, qué sílaba encerró su embrujo y cómo, acedo, de buenas a primeras reventó ampolla, fagocitó, cómo empezó a arder haces de leña

Un recuerdo mellado podrece en cualquiera de los abismos donde se abisma la memoria, y más lejos sólo el vacío, ningún corazón se renueva en sus cimientos roído, expuesto, cualquier tiempo es tiempo prescrito, y aunque no fuese sincera tal vez debí pedir perdón

Más artero aún el olvido cava trincheras donde envidioso en la memoria hubo hecho su labor de zapa, no obstante hay ecos que persisten, deseos sin extinguir las voces de su anhelo, anhelo sin propósito, vaga reminiscencia como borde de una herida, ráfaga, imprevista

Y cada uno en el día a día aguarda grave, inquieto, mustio, suspicaz, turbado, ni sabe qué a veces, tantas veces, cuántas dime arrinconamos para mañana la ocasión, el oráculo en desuso, el fuego extinto, la inercia a flor de piel, piel ahíta tejiéndose fugacidad aturullada
«No encontrarás nuevos países / no descubrirás nuevos mares... / Dondequiera que vayas, arribarás a la misma ciudad», se repetía a sí mismo Cavafis acosado por las nimiedades, las despreciables rutinas, triste poeta autoexiliado —como Pessoa y tantos otros— en el destierro de su propia alma; así muchos somos del desasosiego los turbios hijos sin causa, sin razón o lógica: dolientes, nada más

Yo regresé a Ítaca por mi voluntad aunque ahí nadie hubiese llorado mi ausencia, volví por puro cansancio de tejerme esperas, inventarme islas y sirenas, volví para no perderme en recuerdos —los propios y los ajenos— y andar náufrago recogiendo escombro de un barco no abordado

Si me preguntan diré que da lo mismo, y no por amargura huraña o por estar a la vuelta de todas las cosas, simplemente se trata de cansancio, de haberse extenuado el ímpetu, extraviado el coraje; no vine aquí para reencuentros, relecturas, algún debe o haber, saldo, pérdida

Toda locura es relativa y pude permanecer en cualquier parte como si fuese finalmente Ítaca. Hay imágenes que atraviesan los años y por sí mismas se evocan, frescas, vivas, sacras: un atardecer soleado, una mañana de olorosa lluvia; las sombras del amor, los sueños, dondequiera se proyectan y a cualquier hora, sólo la infancia tiene un lugar preciso, un intacto sabor irreductible

Nada ni nadie promete eternidad que por fortuna no existe. Bendito el tiempo y su deterioro, lo que caduca, lo que se olvida, arcilla vil diría el poeta; no se trata sin embargo de pasar inadvertido: de pronto no quiero oír, no quiero saber, prefiero no estar; de pronto da lo mismo, salvo por el cansancio, la opacidad de la Luz, y la boca del estómago

Difícil dar con la palabra justa, escrupulosa, veraz, a fuerza de tanto velo, máscara, sudario, atrofia, ruido, ruido sin tregua, cascarón impropio, demasiadas palabras, y aunque de poco valga protestar me indigno color de uva prieta, me resisto a cambiar de tema, a suavizar mi enojo, a reconciliar mi duelo

Hambre de Luz, sed de ya no-ser, de quebrar el manto de realidad que me asfixia amorfo cristal opaco; maduraron los preparativos de viaje, el desapego radiante centro de nada, ninguna propiedad en mano pues dueños de qué en un mundo de miseria —vivir devasta—, inhóspito paraje

Una miga de pan, un soplo de viento, larga es ya mi porción como una peladura de naranja espiralada pendiente de no sé qué espacio intermedio, una urgencia de partir la habita, un ritmo quebradizo ajeno a la paciencia de estar, una indescifrable desolación antigua huésped perenne de raíces rotas, un árbol que se lleva a cuestas y es morada y es errancia

Se ha consumido mi tiempo a medio camino entre una nada barrida por el viento y una pátina de tristeza —se diría al rojo vivo— que me recubre pétrea con finos trazos de lodo y humo. Cultivé lo transitorio, el asombro, la escritura a mano, leer y releer vigilia insomne, macetas en cada rincón posible, añoranzas de un edén inexistente

Entre la distancia y la lejanía el desencanto como refugio, la intemperie navío, soliloquio metáfora de un universo quebrado, fugitivo que sigue su cauce sin atar cabos; travesía incierta la realidad diluye sus texturas, deshila el cañamazo que une las horas, nada hay nuevo bajo el sol... La soledad no pregunta, es su propia respuesta...

¿Por qué SÍ iré a la Feria Internacional del Libro de Acapulco?

Frente a la violencia brutal que está viviendo el Estado de Guerrero, y especialmente después de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, dije públicamente que me parecía que si el gobernador no presentaba su renuncia, la Feria debía suspenderse. Sigo pensando que hubiera sido una decisión política y éticamente digna. Sin embargo, la Feria no se suspendió y el gobernador parece no tener la menor intención de renunciar.
¿Qué hacer frente a esto? ¿Cancelar mi participación como modo de expresar repudio ante el horror, o expresarlo allí mismo, en la FILA, acercándome a los guerrerenses? Considero que las dos posturas son igualmente válidas y comprometidas. Las dos buscan condenar la violencia, condenar las desapariciones, condenar las brutales violaciones a los derechos humanos. Porque de lo que no tengo dudas es de que hay que repudiar y condenar los crímenes que están ensangrentando gran parte de nuestro país. 
Lo que no se vale es permanecer indiferentes, lo que no se vale es pensar que los libros no tienen que ver con esta dolorosa realidad, lo que no se vale es guardar silencio.

Finalmente he decidido sí ir a la Feria, y quisiera explicar por qué:
-      * Porque sé que el arte y la cultura permiten generar espacios de reflexión y diálogo imprescindibles ante situaciones de horror.
-        * Porque sé que quienes están en Guerrero y quienes estamos fuera, todos juntos, tenemos más fuerza para exigir justicia que si nos quedamos separados.
-         * Porque no creo que ir signifique ser cómplice del gobierno.
-         * Porque nuestras palabras hoy son palabras lastimadas, palabras dolidas, palabras “calcinadas”, como las llamaba Paul Celan, pero son también palabras vivas y buscan hablar por quienes no están.
-       * Porque tenemos memoria y sabemos que esa memoria tiene que ser combativa e incómoda, tiene que mostrarles a los culpables que no nos callamos, que no nos resignamos, que no miramos para otro lado.
-      * Porque la palabra poética es espacio de resistencia, por eso –siguiendo a Hölderlin- los poetas son más necesarios que nunca “en tiempos de penurias”.
-         *Y finalmente, porque los desaparecidos nos faltan a todos, siempre. Y hoy esos desaparecidos tienen los rostros, los nombres, los sueños, las esperanzas y los deseos de 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa. Y estar allí es también un modo de hacer que vuelvan a estar con nosotros.
-      * Por eso iré a hablar de mis temas de siempre: la memoria, la violencia, la búsqueda de justicia, la pasión por la literatura, la belleza que encierran las palabras, allí donde las heridas del horror están aún frescas. 
-         * Por eso y porque sólo tengo palabras para cobijar con ellas el llanto de las madres y de los padres, la indignación de los jóvenes, el desconcierto, la furia, el miedo. 
     Sólo tengo palabras para escuchar, para aprender, para luchar. 
     Por los que están y por los que no están.

     CON VIDA LOS LLEVARON, CON VIDA LOS QUEREMOS

La historia de Alfredo

La mayor parte de ustedes no sabe quién es Alfredo. No tendrían por qué saberlo, claro. No ha publicado ningún libro. No sale en televisión. No escribe en los medios. Tampoco es un delincuente famoso ni un funcionario público. 

Pero créanme si les digo que se pierden de mucho por no conocerlo. De muchísimo. Se pierden de recordar que en este país hay gente maravillosa que se juega la vida todos los días por lo que cree y piensa. Sin aspavientos. Se pierden de disfrutar su sonrisa un poco pícara, un mucho tímida, cuando nos da los buenos días en chol al llegar a la oficina. Se pierden de aprender que hay choles en nuestro país (¿lo sabían?), y que están tan desprotegidos, amolados y explotados como casi todos los indígenas de México (¿dije “casi”?). Se pierden de recordar que las desigualdades de este país son lacerantes. Vale la pena tenerlo presente cada día. Estoy cierta de que nos hace mejores personas. Más solidarias. Más generosas. Se pierden de escuchar su voz suave contando historias de su pueblo - Nuevo Limar, Chiapas - y de descubrir que se le enciende la mirada cuando habla de la selva, del huerto, de su familia, de los caballos, del silencio. Se pierden de descubrir que en esa mirada hay chispas cuando habla de sus niños: de sus alumnitos en alguna primaria rural, de sus cómplices en la Sala de Lectura “Mitocondrias”. 

Sí. Se pierden de mucho por no conocer a Alfredo.

Sé que habérmelo cruzado hace un par de años es uno de los grandes regalos que me ha hecho la vida.

Socorro Venegas me había invitado a ser jurado del premio México Lee en la categoría Testimonio. Como muchos saben, tengo el sí más rápido de estos lares cuando de trabajo se trata. Así que, fiel a mí misma dije que “Sí”, que “Por supuesto”, sin imaginar que iba a descubrir en esos textos oro molido. Y entre todos los artículos que nos dieron a leer, me conmovieron especialmente las páginas que había mandado un joven maestro chiapaneco. Ese joven maestro era Alfredo. Allí cuenta su historia de niño monolingüe que  prefiere jugar futbol en la plaza del pueblo, con una pelota hecha de bolsas de plástico amarradas, que ir a la escuela a escuchar durante horas a una maestra a la que no le entiende nada. ¿Se acuerdan de Balún Canán? Igual pero cuarenta años después. Cuenta su aprendizaje del español a punta de cinturonazos paternos y regaños escolares. Habla del descubrimiento de la música y la literatura gracias a uno de sus profesores de secundaria.

Un día me atreví a pedirle prestado el libro La tregua de Mario Benedetti. No entendí casi nada de las primeras páginas que leí porque la mayoría de los términos que usaba el autor estaban muy alejados de mi conocimiento del español. Empecé a leer el libro una, dos, tres veces, hasta que decidí utilizar un diccionario. Al terminar de leerlo era demasiado tarde: estaba completamente enamorado de Laura Avellaneda.

Luego vinieron Jaime Sabines y Hermann Hesse y Rosario Castellanos y Sergio Pitol y Rius y tantos y tantos más. Alfredo absorbe lo que tiene a su alrededor como una esponja ávida y feliz. “Fui a la Biblioteca Vasconcelos, Sandra - me decía hoy -, y pensé: esto es lo único que de verdad les envidio a quienes viven en esta ciudad, los libros, los libros.”

Como es generoso, Alfredo quiso compartir su amor por la literatura. Por eso fundó la Sala de Lectura “Mitocondrias”. Cada sábado colgaba su cartel invitando a los chicos del pueblo a acercarse. Y cada sábado se quedaba solo con sus libros y con sus ganas. Hasta que al mes llegaron unos hermanitos, y después una niña, y luego dos más... Y ya han cumplido cuatro años de reuniones semanales. Cuando habla de Cheo, de Julio, de Oswaldo, de Elvira, se le llena la sonrisa de felicidad. 

El día de la entrega del premio le pregunté “¿Qué tienes ganas de hacer en la vida, Alfredo?” “Estudiar literatura”, me contestó. “Pues ya - grité - ¡ven al Claustro! No necesitas más que esas ganas que se te notan en las palabras en cuanto las pronuncias.” Y así llego. Con sus historias. Con su timidez. Con su deseo de saber y saber y saber, cada vez más. Con las pupilas que van del deslumbramiento a las saudades por el verde y los potreros y el silencio y sus niños. 

Con su puro estar entre nosotros, Alfredo nos ha enseñado a ser mejores. Le debemos eso. 

Hoy me buscó para decirme que tiene que regresar a ocupar su plaza a Chiapas. Que ya no le renuevan el permiso para terminar la licenciatura. Que a los chicos de primer grado que va a tener en su nueva escuela quizás, con suerte, les lleguen los uniformes y los zapatos que les prometieron. Que me va a escribir en cuanto encuentre un lugar donde conectarse a internet. Que va a regresar algún día a terminar. Que ya aprendió a dormir por las noches a pesar de los ruidos de la ciudad. Que Cheo ya tiene dieciséis años. Que sus compañeros lo están esperando. Que a lo mejor puede organizar un grupo para escribir los libros de historia y geografía en chol. Que tiene tanto todavía por aprender.

Pensé ser el alegre personaje que cree hacer su voluntad, el que vuela libre como un zopilote cerca de las nubes, pero descubrí que no era cierto lo de mi libertad: soy el personaje de algún escritor desquiciado. Aquí me encuentro, cumpliendo con mi personaje en esta trama que hemos acordado nombrar vida. Y pienso que hay mucho por hacer, queda mucho por hacer.

Gracias, querido Alfredo, por ser parte de nuestra vida. Nos vas a hacer falta cada mañana. Ya te estamos extrañando.

¡Feliz día!

Hoy, 11 de septiembre, es el Día del Maestro (y las Maestras) en Argentina, por eso quise compartir con ustedes estas notas)



La herencia es una cosa curiosa, sin duda; pero yo tengo claro que fue mi abuela Mamina –maestra en un pueblo de la pampa– quien me heredó las ganas de ser maestra, el amor por la tiza, el pizarrón y el salón de clases, y la convicción de que se puede hacer algo por los demás desde esa trinchera.  Desde todas las trincheras, institucionales y no. Será por eso que empecé a dar clases hace más de 30 años, y que un aula es el único espacio en el que me siento verdaderamente en casa.
Ella me enseñó a leer y a escribir cuando yo tenía 5 años recién cumplidos y acababa de fracturarme la muñeca izquierda. Como tenía más ganas de aprender a escribir que de esperar a que me quitaran el yeso preferí abandonar mi ya declarada zurdez (¿se dice así?) y empecé a tomar el lápiz con la derecha. La zurdez se me pasó, la tosudez, como bien lo saben muchos de ustedes, nunca. 
Lo que comenzó ahí no fue solamente una intensísima relación abuela-nieta sino un amor absoluto por la figura y el trabajo de las maestras. Tanto que puedo recordar los nombres y apellidos, el color de tinta que usaban y - si me esfuerzo un poco - hasta la voz, de todas mis maestras desde el jardín de infantes hasta el último día del doctorado. 
Tengo que confesar que muchos, muchísimos de ellos contribuyeron a reforzar la herencia de mi abuela: la señorita Lidia en primer grado, la señorita Beatriz en tercero, Gloria en quinto, Ludueña y Gigena en secundaria, Luz Fernández Gordillo al llegar a México, Raquel Bárcena en la Nacional de Educadoras, Luis Rius en la Facultad... 
También suelo recordar a la mayor parte de mis alumnos. Tengo pésima memoria para casi todo, pero no para lo que sucede en el salón de clases.
Es cierto, quise ser Makarenko, y después Paulo Freire, y todavía lloro con todos los libros y todas las películas que muestran el milagroso vínculo maestro-alumno. Soy cursi y de lágrima fácil. ¿Qué le vamos a hacer?
Hoy sigo pensando que allí, entre los chicos (y los grandes), intentando analizar juntos una metáfora, o disfrutando de la lectura de un cuento, o discutiendo sobre una hecho histórico, o intentando desentrañar una fórmula matemática, o memorizando la tabla del 9, o los nombres de los faraones egipcios, o imaginando travesías por los ríos de África, o simplemente aspirando el olor a madera, a tinta fresca, a cuadernos, a ganas de escuchar y de aprender, de dialogar y de compartir, de este lado y de aquel, de aquel lado y de éste, que hay siempre que más de dos se juntan para seguir jugando a la escuelita - finalmente siempre es un juego -, como cuando éramos chicos, allí - decía - está uno de los más entrañables y apasionantes regalos de la vida.
Por eso hoy quiero empezar el día dándoles las gracias - de verdad, de verdad - a quienes me contagiaron este amor y este entusiasmo, y a quienes me han permitido que yo intente transmitirles un poquito de todo esto.
Y sí: sigo pensando que la tiza y el pizarrón son uno de los mejores inventos de la tecnología. 
¡Feliz día!

Los pibes del ayer o ¡Sandokán al abordaje!


Dicen que un día como hoy, 21 de agosto, pero de 1862, nació Emilio Salgari. Al saberlo yo no puedo dejar de pensar en esta tira de Mafalda, y en mi papá, lector apasionado de Salgari durante la infancia y la adolescencia. Gracias a él, también nosotros fuimos lectores apasionados y felices de "Los tigres de la Malasia" y todas sus secuelas.
En la creación de Quino, el papá de Mafalda, después de querer compartir su entusiasmo con los chicos sintiéndose "el pibe del ayer", terminaba reconociendo con tristeza: "SOY el pibe del ayer".
Hoy, papi, también nosotros somos "los pibes del ayer". ¡Feliz cumpleaños, entrañable Salgari!

¡Lovecraft!


Hoy se cumple un aniversario más del nacimiento de Howard Phillips Lovecraft (Providence, Estados Unidos, 20 de agosto de 1890 – 15 de marzo de 1937).

¡A leer se ha dicho! Aquí una buena selección de sus cuentos:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/lovecraf/hpl.htm

"Lo que yo quería era no morirme sin abrazarlo”



El 8 de noviembre de 2011 la Universidad del Claustro de Sor Juana y la Embajada Argentina en México creaban, creábamos, la Cátedra Abuelas de Plaza de Mayo. Fue un día de emociones, de abrazos, de lucha y memoria compartidas.
Hoy que el nieto 114 recuperó su identidad y que es nada menos que Guido, el nieto de Estela Carlotto, quiero compartir con ustedes la emoción, la conmoción, las lágrimas que se me atragantan en la garganta.
"Camino disfrutando lo que otras Abuelas abrazan como propio, pensando cuándo me tocará oír un timbre, una voz, la sangre comparada que diga: soy tu nieto Guido". Esto escribió Estela hace unos meses. Ahora le ha tocado escucharlo: "Soy tu nieto Guido".

Y vuelvo a este texto que escribí en 2011, para darle con él un nuevo abrazo a la querida Estela y a todas las Abuelas.


Homenaje a las Abuelas de Plaza de Mayo[1]
Sandra Lorenzano

¿Por dónde empezar a hablar de las Abuelas de Plaza de Mayo? ¿Por la historia de horror que tiñó de sangre a la Argentina? ¿Por los 30 mil desaparecidos? ¿Por las torturas? ¿Por las familias destruidas? ¿Por el duelo que parece no terminar nunca? ¿Por los más de 500 bebés nacidos en cautiverio y cuyo derecho a la identidad les fue arrebatado al igual que el amor de sus padres? Ésa es una parte, sin duda; la del dolor, la de las ausencias, la de las interminables lágrimas. Una parte que no podemos olvidar, una parte que ha marcado la vida y la memoria de toda la sociedad. Una parte cuyas estribaciones aún se sienten cotidianamente, cuyas heridas no han cerrado ni cerrarán (¿cómo podrían?).
Pero hay otra parte: la del amor. Y quizás por ahí debería yo empezar a hablar. Por este grupo de mujeres valientes, fuertes, cuyos rostros y cuya lucha están ya entrañablemente dentro de nuestro ser, de nuestra memoria más íntima. Ellas son un ejemplo de coherencia, de entereza, de honestidad, de pasión, de ética. Hace 34 años que buscan a sus nietos. Cada nieto recuperado es una fiesta. Es como si aparecieran todos.
“Perdimos mucho en el camino”, dice una de las chicas apropiadas que hoy ha recuperado su identidad, gracias al trabajo incansable y amoroso de las Abuelas. “Perdimos mucho en el camino, pero nos sentimos nietos de todas las Abuelas de Plaza de Mayo. ¡Tenemos un montón de abuelas!” Y cada Abuela tiene amor y abrazos para todos esos nietos. Los 105 recuperados, y los 400 que aún faltan. “No tenemos mucho tiempo, sí tenemos mucho amor para ellos”, ha dicho Estela de Carlotto, presidenta de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo. Esta mujer que, como ella misma cuenta, entre sonrisas tristes y guiños cómplices, está tan alejada – junto con sus compañeras de sueños; aquí está también hoy Buscarita Roa, gracias queridas Abuelas – está tan alejada, decía, de los estereotipos de las tradicionales abuelas: una viejecita de pelo blanco, recogido en un chongo (“rodete”, en la versión argentina), con lentes que se deslizan por la nariz, sentada en un cómodo sillón, con un nieto en el regazo. Pero para estas Abuelas no hay sillón sino un constante peregrinar por el mundo para encontrar a sus hijos e hijas, y a esos queridos nietos que aún no han podido abrazar. 
Imaginen ustedes todo lo que debieron enfrentar cuando iniciaron su camino: las tildaron de locas, las amenazaron, las ignoraron, las calumniaron… pero ellas siguieron incólumes, con la dignidad que da el dolor más profundo, con la convicción de que la ley de la sangre está más allá de cualquier grupo de asesinos. Fueron no unas viejecitas sentadas sino unas leonas defendiendo a sus cachorros. “Ustedes, Abuelas, son el más claro ejemplo de que una lucha se gana con amor”, dice otro de los nietos recuperados, y en esa frase condensa lo que sentimos todos. El amor para encontrar la verdad, para reclamar que se haga justicia. Jamás para fomentar la venganza. Y una se pregunta muchas veces cómo hicieron, cómo hacen, de dónde sacan esa inmensa sabiduría que las lleva a haber creado nuevos espacios para el desarrollo de la paz, para que las sociedades se construyan no sobre el resentimiento sino sobre el afán de justicia. Ellas abrieron brecha, inauguraron caminos que convierten el duelo y el dolor por la más terrible de las pérdidas, en fuerza de lucha y de solidaridad.
Explica Estela de Carlotto en el prólogo del libro Restitución de niños, “Nada fue fácil. Tuvimos que aprender, crear, recrear, innovar, crecer y, sobre todo, cambiar. Porque nada estaba escrito sobre cómo hacer lo correcto para no dañar aún más a ese precioso vástago, el hijo o hija de nuestros hijos” (…) “Trabajamos por nuestros nietos -hoy hombres y mujeres-, por nuestros bisnietos -que también ven violado su derecho a la identidad-, y por todos los niños de las futuras generaciones, para preservar sus raíces y su historia, pilares fundamentales de toda identidad.”
Con áreas de apoyo psicológico, jurídico y de investigación genética, las Abuelas invitan a acercarse a todos aquellos jóvenes nacidos entre 1975 y 1980 y que tengan dudas sobre su origen. Así, de a poco, muchos han ido recuperando su memoria, la historia de su origen, la calidez de una familia que los estaba esperando.
Gracias a las Abuelas, entre muchas otras cosas, se creó el Banco Nacional de Datos Genéticos, y se reconoció el Derecho a la Identidad como fundamental en la convención Internacional sobre los Derechos del Niño.
El derecho a la Identidad es el derecho a tener una historia, una memoria; y de ahí, de la memoria más antigua surge, muchas veces, la punta del hilo que llevará a estos niños, hoy jóvenes adultos, a encontrar la salida del laberinto de mentiras en el que han crecido. Dijo alguna vez Estela, “Nuestros nietos que han estado en cautiverio junto a su mamá en la panza, han recibido cantos, cuentos, voces, nombres, todo hacia dentro, porque eran ellos dos solos; mientras viviera el hijo, vivían ellas. Eso es lo que llevan adentro los chicos sin darse cuenta”.
Por eso quiero contarles una de las historias, una de las 105 historias de los nietos que han recuperado su identidad. La historia del nieto 98. Así decía el titular del periódico: “Identifican al nieto 98”. Nada más. Eso fue suficiente para que a quienes leímos la noticia nos iluminara por dentro un sol cálido y amoroso que se alimenta de las palabras y la energía de las Abuelas.
Quizás por eso que los niños llevan dentro, por los cantos y los cuentos, porque hoy es un hombre que aún tararea bajito “Manuelita la tortuga”, o el arrorró o a lo mejor la marcha montonera, Martín pensó que su verdadero origen no podía ser el que le contaba la pareja de militares que lo crió, y se acercó a Abuelas a ver si su ADN coincidía con el de alguno de los desaparecidos.  Así se convirtió en el nieto número 98 que recupera su historia. Martín sabe ahora que es el cuarto hijo de Marcela Molfino y Guillermo Amarilla.
Escuchó el relato de su origen sabiendo que al otro lado de la puerta había una familia que lo esperaba. La respuesta fue casi física: las voces de los hermanos que no conocía le provocaron una conmoción de la que aún no logra salir. Descubrió que tiene el lóbulo de las orejas pegado igual que ellos. Los cuatro juntos se dieron cuenta y se abrazaron riendo. Dicen que inmediatamente Martín pidió una foto de su madre, para conocerla. Le preguntaron a qué se dedicaba y contestó: “A la música. Ahora aprendo a tocar el acordeón a piano”. A todos les corrió un escalofrío por la espalda: era el mismo instrumento que tocaba Marcela. ¿Habrá habido algo de aquel sonido en las melodías que ella tarareaba encerrada en el campo militar?
O las palabras emocionadas de Juan Cabandié quien, habiendo nacido en cautiverio en la ESMA, acompañó a Néstor Kirchner en un día histórico, el 24 de marzo de 2004, el día en que el presidente anunció que las instalaciones de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada serían convertidas en un “Espacio de la Memoria y la defensa y promoción de los Derechos Humanos”. Por primera vez, se abrieron a la sociedad las puertas del predio en que funcionara uno de los mayores campos de tortura y exterminio de la dictadura militar, marcando el inicio de una nueva etapa en la lucha por la memoria y la justicia. Dijo, entonces, Juan Cabandié:
“En este lugar le robaron la vida a mi mamá (…) Luego de muchísimos años, y sin tener elementos fuertes, le puse nombre a lo que buscaba, y dije ‘Soy hijo de desaparecidos’. Encontré la verdad hace dos meses, soy el número 77 de los chicos que aparecieron. (…) Mi madre estuvo en este lugar detenida, seguramente fue torturada y yo nací acá adentro, en este mismo edificio. El plan siniestro de la dictadura no pudo borrar el registro de la memoria que transitaba por mis venas, y fui aceptando la verdad que hoy tengo. (…) En este lugar está la verdad de la sangre.”
Y así, cada uno de los 105 nietos recuperados tiene una historia que contar, un sonido, una sensación, una imagen, a veces sólo un deseo, también recuperado. La verdad de la sangre.
Tengo que confesarles que de todo lo que he hecho en este querido Claustro en los más de diez años que llevo viniendo cotidianamente, nada me ha conmovido y emocionado más que el homenaje que hoy estamos haciendo. Ojalá pueda transmitirles yo esa emoción. Aquí, las tres mujeres que me acompañan en esta mesa lo saben, se juega parte de mi propia historia. Por eso quiero decir que estoy enormemente agradecida a la Embajada Argentina en México, y a nuestra querida Embajadora, Patricia Vaca Narvaja, por habernos dado un verdadero hogar a quienes estamos en esta país generoso al que adoramos, pero que no por eso dejamos de extrañar cada día al otro, al que nos vio nacer. Con mi agradecimiento a Patricia, va mi reconocimiento más profundo al compromiso del gobierno argentino con los derechos humanos. Con Néstor Kirchner, primero, y con Cristina Fernández de Kirchner, hoy, nos encontramos en el momento de mayor compromiso de un gobierno con estos temas. Como pocas veces en nuestra historia, los argentinos podemos estar orgullosos de lo que sucede en nuestro país.
Quisiera agradecer, por supuesto, a la universidad por permitirme seguir soñando en “argenmex”, que es un modo muy peculiar de soñar, y permitirme además que les contagie mis sueños argenmex y los haga – a todos ustedes – cómplices entrañables de ellos.
Pero sobre todo agradezco a estas queridísimas Abuelas que nos han enseñado que los sueños si son de amor, son arma suficiente para alcanzar la verdad y la justicia.
Los años pasan… pero la lucha continúa,
 “Y hay un compromiso con la vida – ha dicho Estela - a no abandonar esta lucha porque en ella va el orgullo por la prole, la integración de la familia, la advertencia de que este despojo no podrá repetirse en ningún lugar del mundo, porque allí se levantarán las mujeres que, como nosotras, se transformarán en leonas para defender al cachorro. Y se sabrá que hay luchas en paz para que nunca más sea posible tal despojo.” Estas palabras fueron parte del discurso que pronunció en la UNESCO, al recibir el Premio al Fomento de la Paz, en septiembre pasado. Y por supuesto, nosotros y muchos más seguimos pidiendo para ellas el Nobel, como tanta gente me lo ha dicho en estos días, al enterarse de la noticia de que estarían en México.
Crear la Cátedra de Derechos Humanos “Abuelas de Plaza de Mayo”, y entregar con ella este reconocimiento, la Presea Sor Juana Inés de la Cruz, es un modo de decirles que nos sumamos a ustedes en esta lucha de paz, la lucha por los 30 mil cuya muerte – como decía Laura, tu hija, querida Estela, no habrá sido en vano -; es un modo de decirles que nos sumamos al grito de nunca más – nunca menos, que también estamos de fiesta cuando se hace justicia y un genocida es condenado, o cuando un joven se reconoce en la foto de esos padres que nunca vio, o cuando finalmente una abuela y su nieto se funden en un abrazo que es todos los abrazos del mundo.
Es un modo de saber que en este continente nuestro, a pesar de los golpes / y de nuestros caídos / la tortura y el miedo /  los desaparecidos / no nos han vencido.
Es saber que, como lo expresó uno de los nietos, “Más allá de la tristeza y las ausencias, el momento del encuentro nos completa a todos”.
Es, entonces, un modo de agradecerles, queridas Abuelas, que, con su abrazo inmenso y generoso, nos regalen ese encuentro que nos completa a todos.



[1] Universidad del Claustro de Sor Juana, 8 de noviembre de 2011.