Silencio para mencionarlos a todos



El murmullo crece
Sandra Lorenzano

Con un abrazo para Javier Sicilia y para las familias de los otros cuarenta mil muertos, porque quizás aún “nos quede la palabra”


Un cuerpo y otro y otro más
¿Cómo hablar de las ausencias?
¿Con qué palabras llenar el vacío?
Tartamudear, susurrar, balbucear
No hay respuesta.
Los ojos desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas.
Ruina sobre ruina.
Sólo
el nombre de su hijo tatuado en el antebrazo.
Por ti, hasta la vida.
Huellas. Marcas. Cicatrices.
Concierto de voces insepultas en el insomnio de la memoria
Uno / dos / tres nombres
Yo quería mencionarlos a todos
Uno / dos / tres por todos los compañeros
Por los siete, y los cuarenta y nueve, y los setenta y dos, y las ¿cuatrocientas? ¿quinientas? mujeres (¿alguien de verdad quiere saber cuántas?)
Un humo oscuro lo cubre todo, madre,
el íntimo hueso se vuelve cenizas:
éste es el paisaje de nuestro país
¿Quiere usted un recorrido señor turista? ¿señor banquero?
¿señor traficante?
El mundo ya no es mundo de la palabra.
Nos la ahogaron adentro.
dijiste, Javier, con los ojos llenos de él
con la voz doliente
para bautizarlo lejos de los dioses del horror
para bautizarlos a todos
¿dónde los nombres y los sueños?
¿dónde la memoria?
¿dónde las palabras?
Leche negra del alba
Cavamos una tumba en los aires
una tumba en las nubes
¡Saquen a los niños!
Se me abrazan a las piernas.
¡Sáquenlos de aquí!
Como si el cuerpo de cada uno de nosotros
fuese tu cuerpo
“Te llevaron al alba,
y fui tras de ti como en un entierro.
En el ático oscuro lloraban los niños,
y ante la imagen sagrada se derretía la vela.”
Humo espeso
Huyen los pájaros
No quedará ninguno en nuestras plazas
Del dolor al vacío.
Mejor no sentir: no ser sino esa bolsa de piel curtida que guarda la propia nada.
Una tumba en las nubes
¡Saquen a los niños!
Se muere con demasiada facilidad
Huyen los pájaros. Se oscurecen los cuerpos.
Cavamos una tumba en el aire.
¿Por qué soy yo y no soy tú? ¿Por qué estoy aquí y no allá?
El murmullo crece. El susurro. El balbuceo.
En el principio era el humo.
Humo para una mortaja. Negro como el hollín. O bien ligero y gris, casi vaporoso. Como un presagio.
Como una despedida.
Los pájaros vuelan enloquecidamente
Nada se ve, y es apenas un susurro lo que llega de la otra orilla.
Palabras ininteligibles.
Tal vez una letanía.
Una canción infantil.
Concierto de voces insepultas.
Por el silencio de los justos, escribiste.
Por el silencio de tu hijo
de tu hermano
de tu madre encontrada entre el polvo que nubla los oídos
que se pega a la piel.
Y el miedo. Y el frío de la noche.
El cansancio.
Secas están la voz y la lengua.
Pero el silencio no es sino un grito que los nombra.
Hay silencios – decías - más profundos y significativos que la palabra que viene de él
y en él se recoge.
Silencio para mencionarlos a todos.


(Éste es un texto de “poesía documental” en el que mis palabras están acompañadas por las de Javier Sicilia, las de los padres de los niños de la Guardería ABC, y las de Paul Celan, Ossip Mandelstam, Ana Ajmátova, Jorge Semprún, Esther Seligson y Walter Benjamin)