"Hiroshima, mon amour", a 68 años de la bomba atómica



   
No has visto nada en Hiroshima

1.
Las pieles; quizás lo más impresionante sean las pieles. Pieles en las que la cámara se detiene morosa, ¿dulcemente?, ¿perversamente? Las pieles de Hiroshima. Las pieles de los que se aman en Hiroshima. Las pieles de los que están muriendo en Hiroshima; pieles condenadas por el horror.
La primera imagen muestra fragmentos de dos cuerpos acariciándose; parecen cubiertos de arena bajo la lente, cubiertos de agua. Las imágenes son memoria. El agua, la arena se asemejan, quizás demasiado, a la textura de algunos de los cuerpos de los sobrevivientes de Hiroshima (más allá de los números, de los 200 mil muertos y los 80 mil heridos en los primeros nueve segundos, en una población de 325 mil personas, más allá del dato frío, ¿hubo sobrevivientes en Hiroshima? ¿Hemos sobrevivido a Hiroshima?).
Dos cuerpos se acarician - ella y él, sus nombres -; el film intercala imágenes del dolor que ella ha visto en Hiroshima: caras y cuerpos deformes, muñones, llanto. Imágenes imposibles. "He visto todo en Hiroshima", dice en off una voz femenina. "No has visto nada", le contesta el hombre. "Lo sé todo". "No sabes nada de Hiroshima". Vemos fragmentos de los cuerpos que se aman. Fragmentos de los cuerpos dolientes; de los cuerpos de las víctimas de Hiroshima.
En 1959, Alain Resnais filmó "Hiroshima, mon amour" sobre un guión de Marguerite Duras. Catorce años antes - el 6 de agosto de 1945 - "Little boy" (absurdo nombre para una bomba atómica) estalló sobre Hiroshima. Tres días después, otra bomba destruyó Nagasaki. Los nazis se habían rendido el 9 de mayo de 1945.





2.
¿Qué es "Hiroshima, mon amour"? Es una película sobre el amor; sobre el amor desgarrado porque no hay otra forma de amar después de Hiroshima ("Tú me destruyes. Tú me haces bien".) 
Es una película sobre la memoria y sobre el olvido; sobre la tensión que se establece entre ambos ("Tengo buena memoria; conozco el olvido".) "No sabes nada de Hiroshima", le repite la voz del amante japonés a la actriz francesa que participa en una película de paz. "No sabes nada de Hiroshima", quiere decir "no estuviste aquí, por lo tanto no puedes hablar sobre esta tragedia". No basta visitar un museo o conmoverse con las imágenes; no basta estremecerse ante los rostros del espanto. "No sabes nada de Hiroshima". Y esta frase que se repite una y otra vez a lo largo del texto de Duras, pone en escena un elemento clave: el testimonio. ¿Quiénes saben? ¿Quiénes pueden hablar? ¿Hay acaso testimonio posible? Escribe Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz: “Los que no han vivido esa experiencia nunca sabrán lo que fue; los que la han vivido no la contarán nunca; no verdaderamente, no hasta el fondo. El pasado pertenece a los muertos”.
  Nunca sabremos lo que fue. No sabemos nada de Hiroshima. La frase es también para nosotros, espectadores de una historia con la que mantenemos el mismo compromiso transitorio, quizás superficial, que con cualquier otra película. Espectadores o lectores de noticias: "El 6 de agosto se cumple un aniversario más...". 
"¿Qué significó para ti Hiroshima, en Francia?" - le pregunta él a ella en uno de los diálogos de la película -. "El fin de la guerra. El final absoluto. Estupor de que se hubieran atrevido. Después, el principio de un miedo desconocido. Y más adelante la indiferencia. Y el miedo a la indiferencia también." Entre la memoria y el olvido.
Para los griegos, la memoria y la imaginación pertenecían a la misma parte del alma. ¿Cómo, entonces, imaginar un futuro posible sin memoria? Lo que corremos el riesgo de olvidar se sitúa también en el futuro. ¿Para qué otra cosa “sirven” los genocidios sino para borrar la memoria del futuro? Múltiples futuros posibles son los que han sido "desaparecidos" de la historia oficial a lo largo de los siglos. La tensión entre memoria y olvido, entre el afán de preservar el recuerdo y los intentos de borrarlo, dibuja un campo problemático que remite, en última instancia, a una concepción determinada de la historia y de su incidencia sobre el presente. Si "amnesia" y "amnistía" tienen un origen etimológico común que refiere a un campo semántico compartido, rescatar la memoria de su posible caída en el agujero negro del olvido es un gesto político opuesto a cualquier intento de borramiento. 


3.
¿Qué es "Hiroshima, mon amour"? Visto desde esta perspectiva es, fundamentalmente, una profunda reflexión acerca de la relación entre el arte y el horror. El siglo XX mostró el revés de la medalla de la modernidad ilustrada; su rostro tiene el signo de la catástrofe. 
La reflexión de Theodor Adorno acerca de la imposibilidad del arte, de la escritura, de la poesía después de Auschwitz ronda y marca cada obra concebida a partir de ese momento ("Escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie..."). Pero no se trata de una prohibición, como fue tomada por muchos de sus contemporáneos, sino de un profundo cuestionamiento moral. Lo imposible es escribir o pintar o filmar como si nada hubiera sucedido.
"No puedo encender el fuego, no conozco la plegaria, ya no sé cómo encontrar el sitio en el bosque, ya ni siquiera sé contar la historia. Lo único que sé hacer es contar que ya no sé relatar esa historia. (...) En el mundo en el que “todo es posible”, “no hay problema”, “todo se puede arreglar”, la escritura, que también sigue siendo posible, declara lo imposible y se expone a ello."
 (Jean-Francois Lyotard)

No sabemos nada de Hiroshima, pero sabemos que en ese momento la humanidad  descubrió la posibilidad concreta de su aniquilación. ¿Cómo hablar de esa aterradora frontera? Fragmentos de memorias, poética de ruinas, el arte sólo puede testimoniar la imposibilidad como lo dice Lyotard. Reconocer esta imposibilidad, reconocer la insuficiencia de las palabras, de los gestos, de los silencios, transmitir ese núcleo de lo indecible es el camino que buscan explorar las pieles, los cuerpos de "Hiroshima, mon amour".