Antología de Spoon River


Déjenme contarles que este 2015 se cumplen cien años de la publicación de un libro de poesía excepcional; me refiero a la Antología de Spoon River, escrita por Edgar Lee Masters (Kansas, 1868 - Pensilvania, 1950). Una obra poética en la que los muertos de un pequeño pueblo llamado Spoon River tienen la palabra; tal como años después pasaría con Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Comparto con ustedes una pequeña selección de los poemas, tal como lo prometimos en el programa del martes pasado.







Antología de Spoon River
Edgar Lee Masters
Selección para En busca del cuento perdido


Roscoe Purkapile
Ella me amaba. ¡Oh, cómo me amaba!
No logré nunca esquivarla
desde el día en que me vio por vez primera.
Pero después, cuando nos casamos, pensé
que podría demostrar su mortalidad y dejarme libre,
o que podría divorciarse de mí.
Pero pocas mueren, ninguna renuncia.
Entonces me escapé y anduve un año de parranda.
Sin embargo nunca se lamentó. Decía que todo andaría
bien, que yo volvería. Y volví.
Le dije que mientras remaba en un bote
había sido capturado cerca de la calle Van Buren
por piratas del lago Michigan,
y atado con cadenas, así que no pude escribirle.
¡Ella lloró y me besó, y dijo que era cruel,
ultrajante, inhumano!
Comprendí entonces que nuestro matrimonio
era un designio divino
y no podría ser disuelto
sino por la muerte.
Tuve razón.

Mrs. Purkapile
Huyó y se fue por un año.
Al volver a casa me contó la tonta historia
de su rapto por piratas del lago Michigan,
de modo que no pudo escribirme, amarrado con cadenas.
Fingí creerle, aunque sabía muy bien
qué había estado haciendo, que de tanto en tanto
se encontraba con la señora Williams, la sombrerera,
cuando ella iba a la ciudad a comprar géneros, según decía.
Pero una promesa es una promesa,
y el matrimonio es el matrimonio,
y por el respeto que me debo a mí misma
no quise ser arrastrada al divorcio
por las tretas de un esposo simplemente
aburrido del voto y del deber conyugal.

Benjamin Pantier
Yacen juntos en esta tumba Benjamin Pantier, procurador,
y Nig, su perro, fiel camarada, consuelo y amigo.
Por el largo camino gris, amigos, niños, hombres y mujeres,
abandonando uno a uno la vida, me dejaron hasta quedarme
solo con Nig como socio, compañero en el lecho y en la bebida.
En la mañana de la vida conocí aspiraciones y entreví la gloria.
Luego ella, que me sobrevive, estranguló mi alma
con un lazo que me desangró hasta morir,
y desde entonces yo, en otros tiempos resuelto, yazgo destrozado, indiferente,
viviendo en la trastienda de una sombría oficina.
Debajo de mi mandíbula se apoya la huesuda nariz de Nig;
nuestra historia se pierde en el silencio. ¡Pasa, loco mundo!

Mrs. Benjamin Pantier
Sé bien que él decía que estrangulé su alma
con un lazo que lo desangró hasta morir.
Y todos los hombres lo quisieron
y muchas mujeres lo compadecieron.
Pero supongamos que sois una dama de verdad, y de gustos delicados,
y que detestáis el olor del whisky y de la cebolla.
Y que el ritmo de la “Oda” de Wordsworth os acaricie los oídos,
mientras de la mañana a la noche él
va repitiendo trozos de esta vulgar sentencia:
“¿Oh, por qué será tan orgulloso el espíritu de los mortales?”
Y supongamos, además:
que seáis una mujer bien dotada,
y que el único hombre con quien la ley y la moral
os permiten tener relaciones conyugales
es precisamente aquel que os repugna
cada vez que pensáis en ello, ¡y lo pensáis
cada vez que lo veis!
Es por eso que lo eché de casa
a vivir con su perro en un cuarto sombrío
en la trastienda de su oficina.

Reuben Pantier
Y bien, Emily Sparks, tus plegarias no fueron estériles,
tu amor no fue del todo en vano.
Debo cuanto fui en vida
a tu esperanza que no quiso abandonarme,
a tu amor que no obstante me consideró bueno.
Querida Emily Sparks, deja que te cuente la historia.
Paso por alto la influencia de mi padre y de mi madre;
la hija de la sombrerera me creó dificultades
y me fui por el mundo,
donde atravesé todos los conocidos peligros
del vino y las mujeres y la alegría de vivir.
Una noche, en un cuarto de la rue de Rivoli,
me encontraba bebiendo vino con una cocotte ojinegra,
y las lágrimas resbalaban de mis ojos.
Ella pensó que eran lágrimas de amor y sonreía
ante la idea de haberme conquistado.
Pero mi alma estaba a tres mil millas de distancia,
en los días en que me enseñabas en Spoon River.
Y precisamente porque ya no podías amarme,
ni rogar por mí, ni escribirme cartas,
en vez de ti habló tu eterno silencio.
Y la cocotte ojinegra atribuyose para sí las lágrimas,
tanto como los engañosos besos que yo le daba.
Por alguna razón, desde aquel instante, tuve una nueva visión;
¡querida Emily Sparks!

Emily Sparks
¿Dónde está mi muchacho, mi muchacho,
en qué distante lugar del mundo?
¿El muchacho que amé más que a todos en la escuela?;
yo, la maestra, la vieja solterona, el corazón virgen,
que de todos había hecho mis hijos.
¿Juzgué acertadamente a mi muchacho,
considerándolo un espíritu ardiente,
activo, ambicioso?
¿Oh, muchacho, muchacho, por quien recé y recé
en tantas horas en vela por la noche,
recuerdas la carta que te escribí
sobre la belleza del amor de Cristo?
¡Y las hayas recibido o no,
muchacho mío, dondequiera estés,
haz algo por la salvación de tu alma,
para que todo tu barro, toda tu escoria,
sucumban al fuego,
hasta que el fuego no sea sinp luz!
¡No sea sino luz!

Lois Spears
Yace aquí el cuerpo de Lois Spears,
nacida de Lois Fluke, hija de Willard Fluke,
esposa de Cyrus Spears,
madre de Myrtle y Virgil Spears,
niños de ojos claros y miembros sanos;
(yo nací ciega).
Fui la más dichosa de las mujeres
como esposa, como madre y ama de casa,
ocupándome de los que amaba
y haciendo de mi hogar
un sitio de orden y de generosa hospitalidad:
porque andaba por los cuartos
y por el jardín
con un instinto tan infalible como la vista,
como si tuviera los ojos en las puntas de los dedos;
Gloria a Dios en los cielos.

Williard Fluke
Mi esposa perdió su salud,
y se consumió hasta pesar apenas cuarenta kilos.
Entonces aquella mujer, a quien los hombres
denominaron Cleopatra, apareció.
Y nosotros, que éramos casados,
rompimos todo nuestros votos, yo junto con el resto.
Pasaron los años y uno a uno
la muerte los reclamó a todos en las formas más espantosas,
y yo me dejé llevar por el sueño
de una particular Gracia de Dios hacia mí,
y comencé a escribir, escribir, escribir, resmas y resmas
sobre la segunda venida de Cristo.
Luego Cristo se me apareció y dijo,
“Ve a la iglesia y ante la congregación
confiesa tu pecado”.
Pero justo alzarme y comenzar a hablar
vi a mi hijita, sentada en el banco de enfrente;
¡mi hijita que había nacido ciega!
¡Después de aquello, todo es tinieblas!

Nellie Clark
Tenía solamente ocho años;
y antes de crecer y comprometer el significado
no tuve palabras para eso, fuera
de que estaba aterrorizada y se lo conté a mi madre;
y de que mi padre tomó una pistola
y hubiera matado a Charlie, ya un muchachón
de quince años, excepto para su madre.
No obstante la historia quedó unida a mí.
Pero el hombre que se casó conmigo, un viudo de treinta y cinco años,
era un recién llegado y nunca se enteró
hasta dos años después de matrimonio.
Entonces se consideró defraudado,
y el pueblo convino en que en realidad yo no era virgen.
Bien, me abandonó, y yo morí.

William y Emily
¡Hay algo en la Muerte
que es como el mismo amor!
Si con aquel con quien conocimos la pasión
y el calor del amor juvenil,
también, después de años
de vida en común, sentimos el apagarse de la llama,
y que juntos nos extinguimos
poco a poco, suavemente, delicadamente, como si, uno en brazos del otro,
fuéramos saliendo del cuarto íntimo.
¡Es decir, un poder de armonía entre las almas
que es como el mismo amor!

Sonia la Rusa
Yo, nacida en Weimar
de madre francesa
y padre alemán, un profesor muy docto,
huérfana a los catorce años,
me hice bailarina, conocida como Sonia la Rusa,
siempre de un lado a otro por los bulevares de París,
amante al principio de varios duques y condes,
y luego de artistas pobres y poetas.
A los cuarenta años, passée, visité Nueva York
y encontré en el barco al viejo Patrick Hummer,
rubicundo y vigoroso, aunque anduviera por los sesenta,
que regresaba de vender un cargamento
de ganado en Alemania, en Hamburgo.
Me llevó a Spoon River y vivimos aquí
durante veinte años; ¡la gente creía que estábamos casados!
Esta encina cercana a mí es la guarida preferida
de grajos azules que parlotean, parlotean todo el día.
¿Y por qué no? También mi polvo se ríe
pensando en esa cosa humorística llamada vida.

Amos Sibley
Ni carácter, ni fortaleza, ni paciencia,
poseí, aunque la aldea creyó que los tuviera
para soportar a mi mujer, mientras predicaba
realizando la labora a la que Dios me había destinado.
La detestaba como a una arpía, una disoluta.
Conocía todos sus adulterios, uno a uno.
Pero a pesar de eso, si me divorciaba
debía abandonar el sacerdocio.
¡Por consiguiente, para cumplir la misión del Señor
y cosechar los frutos, fui indulgente con ella!
¡Así me mentí a mí mismo!
¡Así mentí a Spoon River!
Sin embargo me propuse dar conferencias, me presenté como candidato a la legislatura,
investigué en libros, con un único pensamiento en la mente:
si de este modo hago dinero, me divorcio de ella.

Mrs. Sibley
El secreto de las estrellas: la gravitación.
El secreto de la tierra: estratos de roca.
El secreto del suelo: recibir la semilla.
El secreto de la semilla: el germen.
El secreto del hombre: sembrar.
El secreto de la mujer: el suelo.
Mi secreto: debajo de un túmulo que jamás descubriréis.

Elsa Wertman
Yo era una campesina alemana
de ojos azules, rosada, feliz y robusta.
Y el primer lugar donde trabajé fue en lo de Thomas Greene.
Un día de verano, cuando ella había salido,
Thomas Greene se deslizó en la cocina
me agarró entre sus brazos y me besó en el cuello,
y yo perdí la cabeza. Después ninguno de los dos
pareció darse cuenta de lo ocurrido.
Y yo lloraba por lo que sería de mí.
Y lloraba y lloraba a medida que mi secreto comenzaba a notarse.
Un día la señora Greene me dijo que había comprendido
y que no se disgustaría conmigo,
y, como no tenía hijos, que lo adoptaría.
(Él le había dado una finca para que se callara).
Así, se recluyó en la casa y difundió rumores,
como si lo que ocurría fuera a sucederle a ella.
Y todo anduvo bien y el niño nació. ¡Fueron tan gentiles conmigo!
Más tarde me casé con Gus Wertman, y los años pasaron.
Pero en las reuniones políticas, cuando los asistentes creían
que yo lloraba por la elocuencia de Hamilton Greene,
no era eso.
¡No! Hubiera querido gritar:
“¡Ese es mi hijo! ¡Ese es mi hijo!”

Hamilton Greene
Fui el único hijo de Frances Harris, de Virginia,
y Thomas Greene, de Kentucky,
de valerosa y honorable estirpe ambos.
A ellos les debo todo lo que llegué a ser,
juez, miembro del Congreso, personaje del gobierno.
De mi madre heredé
vivacidad, fantasía, elocuencia;
de mi padre voluntad, juicio, lógica.
¡Honor a ellos
por cuanto pude ayudar al pueblo!