CARTA A TOMÁS SEGOVIA



México DF a 18 de julio de 2010

Muy querido Tomás,

Permíteme aprovecharme de tu propuesta epistolar para iniciar esta charla que será contigo, pero sobre todo, y a través de ti, con el estimado amigo Juan Santaella, y no por exceso de confianza, no vayas a creer, sino porque sus cartas nos “seducen” (y pocas veces mejor usado el término) creando tanta intimidad – no importa que sea ficticia o quizás sólo un simulacro, como dirían algunos teóricos contemporáneos – tanta intimidad, decía, que lo siento – y no creo ser la única – como alguien cercano, conocido, casi familiar. Un viejo amigo que se propone contarnos algunos de los secretos de su vida. ¿Será que todas somos hoy un poco Elvira Ulloa?

Pero no nos adelantemos, Tomás, porque lo primero es lo primero, y lo primero de esta carta es la fecha de hoy, 18 de julio. Fecha de infausta memoria, no necesito recordártelo. Fecha que va tejiendo unas extrañas redes que nos vuelven en cierto sentido testigos de la historia, y a la vez cómplices en aquello de las violencias, los recuerdos, los transtierros y demás hierbas. El 18 de julio de 1936 – refresquemos nuestros recuerdos (por cierto, el periódico El País dice que alrededor del 25 % de la población española declara no saber bien qué pasó ese día) – la vida de España, la tuya propia y, por rebote y carácter transitivo, la de muchos de nosotros, cambió para siempre. Encabezados por Francisco Franco los llamados “nacionales” se levantaron en contra de uno de los experimentos sociales y políticos más entrañables del siglo XX: la segunda República Española. El 18 de julio es una fecha emblemática del horror, la intolerancia, el autoritarismo, que da inicio a los sangrientos tres años de la Guerra Civil. Qué tengo yo que contarte a ti de estas cosas, ¿verdad Tomás? Ya he dicho alguna vez que mis hermanos y yo crecimos con las canciones republicanas: “Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, si me quieres escribir ya sabes mi paradero, tercera brigada mixta, primera línea de fuego. Tercera brigada mixta, primera línea de fuego…”. Esas canciones fueron lo primero que supe de la guerra civil española. Eso y algunos poemas de García Lorca, de Machado, de Miguel Hernández. Porque sí - volveré a ser honesta, aunque me dé un poco de pena - también nos daba por decir poemas. Cuando años más tarde, el maravilloso Luis Rius poblaba sus clases de la mejor poesía en nuestra lengua, con esa voz suya que hacía que todas y todos nos enamoráramos perdidamente de su ya entonces “triste figura”, yo me sentía en familia. Y entre esos poemas que descubrí ya en la facultad pero cuya familiaridad me venía de lejos estaban también los de un tal Tomás Segovia:

No puedo piensa el Nómada
Parar aquí llegado de tan lejos
Sabiendo que ni huella
Ni semilla
Ni herida mía alguna he de dejar
Sin buscarle los ojos a esta tierra
De mirada huidiza
Sin obligar al menos
A que mueva los labios.


Tengo que aclarar que mi madre no cantaba porque fuera española, ni hija ni nieta de camborios. Lo hacía porque simplemente estaba convencida de que las luchas de todos los pueblos por un mundo más libre y más justo (qué grandilocuentes suenan de pronto estas palabras) eran su propia lucha (difícil explicar hoy todo esto). Tal vez baste para explicarlo la frase que te he leído en algún lado: ella era de la época en que el socialismo era una moral. Luego vinieron nuestra propia dictadura y los 30 mil desaparecidos y el exilio. Y con el exilio la llegada a México. Y para mí, el descubrimiento a la vez del dolor de las despedidas y el territorio de libertad que México le regaló a mis 16 años. Si pudiéramos ver nuestro pasado con “Google maps”, en el mío aparecería sin duda el distrito federal de mi adolescencia, y si de a poco me fuera acercando vería las Torres de Mixcoac, el mercado y un poquito más hacia abajo, el Madrid, por supuesto. Pues sí, porque aquellos rumbos “hispano mixcoaquenses” compartían algo también de los principios que defendía mi madre. Así que ahí fuimos todos, chilenos, argentinos, uruguayos, bolivianos, a encontrar un lugarcito tibio donde los hijos de la guerra civil lo habían encontrado antes. Y yo se ve que cumplo en mucho la frase de Max Aub: uno es de donde hace su bachillerato (lugar, por cierto, donde nacen grandes y muchas veces duraderos amores, como lo muestran algunos de los cuentos que Juan le manda a Elvira junto con las cartas).
Y no vas a creer, querido Tomás, quién fue una de las primeras personas que nos recibió a mi hermano Pablo y a mí en el “castillo”, que no era de la realeza sino de los transterrados republicanos, con una generosidad y una calidez que es ya proverbial. Exactamente: María Luisa Capella. Tu María Luisa. Digo, no es que yo quiera encontrarle cinco pies al gato con el pretexto de que me invitaron a presentar tu nuevo libro, te lo juro, pero dime tú si no es cierto que se han ido cruzando nuestros caminos. Será que, como has dicho tú, "Buscar las raíces no es más que una forma subterránea de andarse por las ramas”, y a la inversa podríamos agregar.

“Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero…”. Qué tema éste de la memoria histórica, ¿no Tomás? Qué tema, cuando lo más fácil es apretar la tecla “delete” para que “no quede huella, que no y que no”, como canta Bronco, para seguir con aquello de las canciones. Pero la huella está. Y están los sobrevivientes que con el rostro ajado y el puño en alto se reunieron en el Cementerio de la Almudena en Madrid, para recordar otra fecha: el 14 de abril. Y los hijos de sus hijos. Y espérate, espérate, porque ya sé que todo eso lo sabes y mejor que yo, pero fíjate que el juez que se comprometió a hacer justicia a pesar de los tantísimos años que han pasado y que se ha convertido él mismo en un perseguido político, Baltasar Garzón, está hoy ¿sabes dónde? En Buenos Aires. Invitado como orador principal en la ceremonia para recordar nuestro propio 18 de julio de la ignominia. El 18 de julio de 1994 era lunes, y a las 9:23 de la mañana una bomba estalló en la Asociación Mutual Israelita Argentina matando a 87 personas y dejando heridas a otras 300. Todavía como tantas otras veces, como en tantos otros casos y en tantos otros países, no se ha hecho justicia.

Así que celebro, querido Tomás, que a través de tus “Cartas de un jubilado” podamos hoy cambiarle un poco el signo a esta fecha. Porque la memoria, como bien lo sabe tu amigo Juan, no tiene que ser un lastre que paralice sino un pretexto para festejar que la vida sigue.

Y ahora que hablo de Juan y de sus cartas a Elvira - ¿a quién si no, con ese nombre, podría escribirle? – pienso en el largo ejercicio de seducción que es la escritura. Seducción que en el caso de ellos, los entrañables protagonistas de tu último libro, es también complicidad de viejos amantes. Y ahí está la poesía, está el lenguaje, como creación en tanto des-cubrimiento, porque quitando lenta, morosamente, “a morosamente”, lo que lo cubre es como va apareciendo el cuerpo amado – que a la larga no hay cuerpo deseado que no sea amado, como nos enseña tu epistolar amigo -.
En ese cuerpo amado, que es también el del lenguaje, quien escribe busca su propio rostro como en un espejo, para adivinarse visto por la otra piel. Para tratar de saber – tarea imposible si las hay – cómo es uno mismo en los ojos del otro. Por eso el ejercicio de la seducción vuelto palabra es también exploración por el propio interior. ¿Quiso Juan saber, Tomás, quién era, o quizás quién seguía siendo, buscándose a sí mismo en las palabras de Elvira? Y tal vez por eso no importe demasiado que el libro no nos dé a leer también las cartas de ella, aunque algo de ellas conozcamos o intuyamos en las respuestas de tu don Juan, que no será nunca “un vulgar tenorio” como lo dice en alguna de las líneas. Es el tuyo, Tomás, un “Dramma gioccoso”, como llamaban al Don Giovanni de Mozart, que tú has recuperado; un “dramma gioccoso” construido a través de esta correspondencia que seguramente estuvo guardada en alguna antigua caja que podemos imaginar algo perfumada aún; una caja a la que supongo te dejaría asomar Ana Hübner, autora de la introducción, para seguir con el juego de las cajas chinas, o de las muñecas rusas diría yo por aquello de los orígenes y los ancestros de los que hablábamos al principio, o del “relato enmarcado” como dirían los críticos mucho más rigurosos y menos subjetivos y afectivos que yo. Pero lo juguetón no le quita lo melancólico a estas páginas que acabas de publicar. Será porque las primeras líneas – las que nos llegan escritas por Ana – nos alertan ya sobre la muerte de los protagonistas, será porque el paso del tiempo es una presencia subrepticia pero implacable a lo largo del libro, será porque un don Juan envejecido despierta más nostalgia que ironía, el asunto es, querido Tomás, que me quedé con ganas de leer la carta 28 y la 29 y la 30, y todas las que vendrían después de la que cierra el libro, y poder quizás mirar el buzón un par de veces por semana para ver si ha llegado sobre de Sevilla.

Y quizás hablando del tiempo, de la vida y de la muerte vengan al caso - ¿por qué no? - estos versos que escribiste hace algunos años y que tanto me gustan:

Y yo voy mientras como quien espera
Que le alcance en viaje una noticia
Con un oído siempre hacia lo alto
Y en la frente este humo tercamente
Por si pasa la vida
Que me reconozca


Como buen transterrado que desde pequeño conoció el sabor de la distancia, aunque digas – y me sumo – que eres no ciudadano, o ciudadano de más de una tierra, eres un fanático de las cartas. Ahí están tus “Cartas cabales” con el famoso - gracias a ti -Matías Vegoso, a quien aún podemos ver cada tanto en tu blog, las cartas con Octavio Paz, las de la sección “Correo ordinario” que está en Bisutería cuyos títulos Carta insulsa, carta onirista, carta de adiós, carta en dos fechas, carta nemorosa, carta seminudista, carta incestuosa, carta culta y otras, muestran la variedad de tu pasión epistolar. Y como trashumante que eres sabes que las palabras que llegan del otro lado del mundo (siempre llegan del otro lado del mundo) son parte insustituible de la vida. Por eso pintaré en los muros de las ciudades donde haya gente querida el poema “Voto postal”: “Amigos bombeadme una sangre postal / Oh correo mi largo cordón umbilical”.

El ejercicio epistolar, que nace en la más absoluta intimidad de quien escribe y pretende llegar a la intimidad del destinatario, nos vuelve de pronto “voyeurs”, degustadores de historias ajenas. La ficción de la verdad que cuentan las cartas de Juan a Elvira nos hace “espiones” partícipes de los encuentros y desencuentros que han marcado su relación, de las discusiones y charlas sobre los celos, el amor, la seducción, el donjuanismo, la pareja. Y ambos, como él le dice a ella en alguna de las cartas, han hecho de nosotros sus cómplices, sus semejantes, sus hermanos, en aquello de la adicción a la escritura y a la melancólica conversación con quien está lejos.

La figura de don Juan – y no hablo ahora de Santaella (más que significativo apellido por lo demás. ¿Santas todas las ellas, tal vez?) sino de la figura mítica que han recreado, castigado o celebrado decenas de artistas de todos los tiempo – es casi un pretexto para que tus personajes construyan un nuevo arte de amar, Tomás, en el que la libertad del otro es un requisito sine qua non y la confianza una acompañante imprescindible del deseo. Lo que no entre dentro de esas reglas del juego quedará fuera. La ironía más sutil que hiriente, la burla cariñosa serán entonces las herramientas de la crítica entre Elvira y Juan. Las “relaciones peligrosas” no serán ahora las que se tejen entre el vizconde Valmont, la marquesa de Merteuil y la incauta Mme. De Tourvel (aunque de pronto la ficción, de la que rápidamente la pluma de Juan reniega, pueda llevarlos a identificarse con ellos), sino entre los examantes y esa joven, hija de uruguayos, que pretende estudiar en Sevilla: Cecilia. Y sin embargo, qué poco importa ese tercer personaje en el diálogo que sostienen los otros dos; es casi el “accidente” que les ha permitido ponerse nuevamente en contacto. Y ahí está el juego de la seducción, en el que ambos participaron hace ya tanto tiempo y donde cada uno sedujo al otro, como bien lo dice una de las cartas (cito: “¿Crees que sólo Romero seduce a Julieta y que Julieta no seduce a Romero…?” p.53 O, como él le confiesa páginas más adelante: “Mi seducción consistió siempre en pedirte que me sedujeras” p.58). Porque el que seduce le da la vida al que es seducido: no la felicidad, no el placer, sino la vida. El hombre naciendo de la costilla de Eva. De ahí ese juego doble que Juan sabe que existe en la seducción. No es una “conquista”; nada más alejado de la propuesta de Santaella que el “coleccionista” de mujeres. Conquista y seducción no van de la mano a pesar de lo que digan los miles de sitios de Internet que aparecen si pones ambas palabras (y cuando digo “miles” en realidad me estoy quedando corta: son alrededor de un millón y tantos). Haz la prueba en Google, Tomás, y verás que la reificación, la “cosificación” de lo femenino acompaña el desprecio por todo aquello que defienden estas “Cartas de un jubilado”. Sólo algunos ejemplos tomados de la primera página: “Seducción: conquista a la chica de tus sueños”, “Escuela de seducción: conquista mujeres sin salir de casa”, “El arte de la conquista (seducción) de John Devi”, etc. etc. ¿Y el arte, y la escritura, y el amor cortés, y oriente? Se ve que no han llegado aún a la realidad virtual. Quizás la seducción sea hoy casi un anacronismo; la violencia cotidiana, la prisa permanente, el individualismo, todo atenta contra el viejo arte de ir descubriendo al otro y dejarse descubrir por él, como decíamos al principio de estas páginas, querido Tomás. Como en el tema de la memoria, también aquí pareciera que se privilegia el que no quede huella, “que no y que no”, que nada nos marque, que no nos hagan mirar la vida de otra manera, que no nos hagan saber quiénes somos, que no nos obliguen a conocer nuestro propio rostro en la mirada del otro. Tu Juan le propone a Elvira un ejercicio casi del pasado: volver al juego de la seducción a través de la inteligencia, del humor, de la sutileza, de la ironía que sólo la palabra puede permitir. ¿Y acaso es otra cosa la literatura, Tomás?

¿Y no los salva eso del verdadero Comendador, como decían por ahí? ¿De Cronos? ¿Importa algo la introducción que dice que estas cartas se dan a conocer cuando ambos protagonistas han muerto ya? ¿Podemos decir que han muerto de verdad cuando estamos leyéndolos; conociendo sus argumentos, sus reflexiones, sus pasiones, sus amores, sus miedos? Para mí, está más muerta, Tomás, esa Ana Hübner que te hace llegar la correspondencia.
Sabes mejor que yo que hay muchísimos temas que estoy dejando en el tintero, pero también sabes mejor que yo que si una carta se vuelve demasiado larga no funciona, no seduce ¿no es así? Así que termino aquí estas frases que he tejido alrededor de tu historia de seductores y seducidos, burladores y celosos, enamorados y tímidos, que nos lleva de Tirso de Molina a Lord Byron, de George Brassens a Kierkegard, de Mozart a Zorrilla, con ganas de volver a ella – que es lo que nos pasa con los libros que valen la pena -. Por eso, Tomás, si me lo permites, cerraría yo con la frase de otro gran seductor (quizás uno de los pocos que no aparecen en las Cartas de un jubilado), una frase que, por cierto, nunca fue dicha donde ha pasado a la historia que fue dicha, pero que nos va a permitir regresar una y otra vez a tus páginas: me refiero a la frase de “Casablanca”, pero me gustaría citarla de donde vale más la pena: de “Sueños de un seductor”, porque no me cabe duda de que – como Woody Allen con Humphrey Bogart - somos todos tus aprendices en el sentido más honesto y admirativo del término, Tomás.
Así que, por favor, “Play it again, Sam”.


(Texto leído en Bellas Artes en la presentación del libro de Tomás Segovia, Cartas de un jubilado, México, Ediciones sin Nombre/Universidad del Claustro de Sor Juana, 2010)