Algunas notas para un viernes en la noche

Prefiero el oleaje del muelle, el olor a mar, las manos callosas de los pescadores que arreglan las redes. Vengo de la tibia página leída con devoción a la luz de una vela; de las veintidós letras y su pacto con el universo. De esos rezos está hecha una parte de mi carne. Pero se escuchan las olas entre cada palabra y los cantos de los que regresan al caer la tarde.





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No me preguntes si te extraño los viernes en la noche. Me gustaría responderte desde poemas y ginebra; pero ésa es una de las vidas que dejé en la negra espalda del tiempo. Y el café que se me enfría y el rabino hecho de palo que me trajeron de Varsovia y las fotos sobre mi mesa me recuerdan que viajé en mi propia piel a las antípodas y volví para caer en las palabras de siempre. Extraña confesión. Es un modo de no hablar de las gaviotas que contaste para mí una noche. Un modo de no querer saberte lejos. Me gusta hundir la cabeza en tus caderas, pero no hoy que es viernes y de noche. No hoy.

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Se reconocen desde lejos: tienen las huellas del naufragio en la mirada.

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Al amanecer, los perfiles apenas se adivinan entre la bruma. Las sombras desaparecen camino a la orilla. Hablemos de alguien más. Me agobia esta primera persona que me sacude todo el tiempo por los hombros. Mejor tomar el camino que va hacia el sur, en silencio. Mejor enterrar mi cuerpo en la arena, de pie, como alguien dijo que hacían los sumerios. Nunca fuimos buenos construyendo castillos en la playa; nunca fueron ni demasiado altos ni demasiado fuertes, preferíamos sentir en la piel el frío del mar, correr tras los jirones de espuma amarillenta que arrastraba el viento. Ahí es justo donde duele, donde la bruma avanza y se come las imágenes. Ahí, en aquello que ya casi no recuerdo. Su voz. ¿Alguien recuerda cómo era exactamente su voz? Sin mentir, las grabaciones nunca dicen la verdad. ¿Alguien recuerda cómo era exactamente la voz de mi madre?

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Una vuelta más. El premio es volver a partir; la vuelta al mundo en menos de un minuto. Pero las fronteras me vuelven tatuajes las ausencias. Río arriba.
Río arriba y los caballos siguen girando. Y no he hablado aún del perfume del hinojo recién cortado. Ni de la ramita entre los dientes. Cada quien tiene su propia magdalena. Sé que alguien ya lo ha escrito. Pero no ha escrito que la miel más dulce es un secreto que guardan las madreselvas. Una gota solamente refleja el universo. Mamá agita la mano. Extraña confesión para viernes en la noche.

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Dicen que Paddy Dignam recibió otra palada sobre el cuerpo. Pero esto no es Dublín sino la ciudad gris de siempre, la que nos dio las rodillas raspadas y el pan con manteca de la infancia. El final del invierno no llega - nunca llega -, y el aire es pardo y ruidoso como todos los agostos. Alguien nos había prometido un regreso pero el silencio de las sirenas detuvo las naves; la isla fue entonces una copia en miniatura del desasosiego. Pobre Paddy encerrado entre cuatro tablones. Las vetas se le fueron grabadas en las yemas de los dedos. ¿Cómo vamos a acariciar ahora la madera?

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Y no eran ésas las voces que soplaban
los rezos antiguos en mi oído
Danza naranja de llamas titilantes
excluidos seremos de todos tus ritos
ángeles cansados que olvidaron sus nombres
sombras con alas de polvo
larga letanía de amores quebrados.

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Tras las palabras se esconde una imagen sin descifrar, o tal vez los últimos sonidos de la tarde, ésos mareados ya de su propia infancia que da vueltas y vueltas. Fue sólo un instante, un segundo reconcentrado en el espacio de su vértice. La reverberación del eco allí donde se inicia la curva entrañable de tu cuello. Y tu voz entonando el arrullo que quedó pendiente desde entonces. (No me preguntes si te extraño los viernes en la noche, porque tendría que responderte desde la complicidad con el silencio. Y desplegar contigo las velas a la distancia para dar la vuelta completa a nuestra brújula. Si no preguntas, me engaño siguiendo a Orión o a la Cruz del Sur – que es un mito que tengo tatuado en la memoria -). Pero no siempre amanece sobre la línea quebrada del horizonte.

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Era el mismo recorrido
una mano se asomó por encima de la gente
apenas se distinguía
luego la sirena suspendió las despedidas
y fue un solo murmullo el dolor del aire.

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Así debe haber caído la primera lluvia de la historia. Así: implacable, voraz. Mucho después llegó la nostalgia a teñirla del color de tus pupilas. Y aunque quiera evitarlo, la lluvia y tus ojos se instalan con cursilería de viejo almanaque. No habrá entonces más salida que la gastada canción del carrousel. Como al principio. Como cuando el relato no era relato sino simple paz de verano por la noche. Un ruido insignificante, una nada que apenas nos rozaba la piel… y la erizaba. Y así podría seguir, sumando algún ripio a la cadencia por el puro gusto de encontrarte en la esquina más violenta del sonido. Casi como un libre fluir, pero doliente, por eso no se hunde en el reflejo sino que prefiere flotar ignorando el abismo. Cada ola – lo sabemos – guarda el silencio completo del poema.

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Pero una vez más es viernes y de noche, y las velas recuerdan rituales de otras vidas, de la voz que se pierde hilando los sonidos, de la piel sutil del rezo. No me preguntes si te extraño. Bautizo tu cadera con las letras del origen. Vertiginoso aleph de la primera estrella. Las velas recuerdan las largas travesías y el nombre que guardamos bajo todos los secretos. ¿Es nuestro este viernes que apenas intuyo? ¿Es la voz que he olvidado la que canta? Mecidas por el viento, entre el desierto y la marea, las páginas susurran otros versos.