El tibio aliento de tu memoria


En esa mirada fija están quizás todas las respuestas. ¿Cómo saberlo? Acaricio los párpados como quien reza una oración al silencio. El mármol tiene la tibieza de los siglos, y sé que el espanto está también en la yema de mis dedos que la recorren desde hace meses. El espanto del encierro mudo, ¿o soy yo que añoro la sonrisa que le iluminaba el rostro? ¿Cómo saberlo? La encontré entre las ruinas del monasterio; uno más de los pedazos de cuerpo antiguo, sin sepultura, como una Antígona que pagara hasta el fin su castigo cumpliendo su deseo: yacer sin sepultura como cada uno de mis hermanos, yacer sobre sus cuerpos sabiendo que ya no nos devorarán los perros, ni las aves vendrán a sacarnos los ojos, yacer para mezclar nuestra sangre, para hacer entre todos una sola tumba. La encontré junto a las columnas en una de las salas más pequeñas, una cabeza sola entre los muros carcomidos que me habían enviado a restaurar. Acaricio sus párpados. Una cabeza partida en tres, una imagen que quizás fuera el centro de una devoción antigua. ¿Cómo saberlo? Los restos de un naufragio. Mascarón de proa de nuestro propio pasado, mi Antígona guarda la tibieza de los siglos, la de todos los cuerpos que cubriera en su desafío a Creonte. Es mi hermano y para mí eso basta. Acaricio sus párpados y añoro el manto de su cuerpo sobre mis heridas. No es ella la quebrada, la figura rota entre las columnas del monasterio, es mi deseo de ser Polinices, hermana mía. Saturno dibujó su perfil melancólico; aunque hoy está en mis manos la extraño con todo mi cuerpo. No bastarán mis cuidados, mis dedos amorosos sobre sus heridas, no bastará mi voz susurrándole al oído historias tristes aprendidas junto al mar, no bastará arrullarla contra mi pecho, ella no sabrá nunca de mi pasión. Acaricio sus párpados. Quizás encuentre la fisura que lleva al comienzo de la sangre, ¿cómo saberlo? No hay cuerpo, no hay sepultura, sólo tu cabeza doliente entre mis manos, hermana mía; sólo este instante en que adivino tu mirada; sólo este instante en que mezclamos nuestros silencios. En la sala más pequeña del Mosteiro da Batalha quedaron ocultas para siempre sus palabras, no hay túmulo que la recuerde, sólo el espanto resignado sobre sus mejillas, sólo el dolor rodeado de columnas. Cicatrices dulces cruzan tu piel, mi Antígona portuguesa, heridas que voy curando con mis manos enamoradas mientras te canto la melodía de mi infancia. Acaricio sus párpados sobre esta mesa cubierta de espátulas y pinceles, beso sus orejas de deidad antigua, de huérfana milenaria, sobre esta mesa en que sueño con su cuerpo protegiéndome de la violencia de perros y pájaros. Déjame ser tu sepultura, hermana, el apacible puerto de tu retorno, el tibio aliento de tu memoria.

De Saudades, México, Fondo de Cultura Económica, 2007