Las lluvias que me mojan


¿Cuáles son las lluvias que me mojan? ¿Dónde están aquéllas que eran cómplices de los días de escuela en el invierno? Mamá nos servía el café con leche, y veíamos caer la tormenta con la alegría del que sabe que le espera no el guardapolvo blanco de todas las mañanas sino largas horas de juego, sin salir de casa, oyendo el repicar de las gotas en el techo. Bendecíamos la lluvia como si fuéramos campesinos. Y ahora, ¿cuáles son las lluvias que me mojan? Somos todos dolidos exiliados del tiempo; ésa es la marca que determina nuestra vida. No hay “permanencia voluntaria” ni segunda función. Ulises nunca volverá realmente a Itaca.

Juan Gelman tituló “Bajo la lluvia ajena” el largo texto que incluyó en el libro Exilio del que es coautor junto con Osvaldo Bayer. “La lluvia ajena”. De pronto pensé que me convertí en argen-mex no el día de 1983 en que me llamaron de la Secretaría de Relaciones Exteriores para decirme que yo era “oficialmente” mexicana; tampoco cuando al poco tiempo me llamaron, ahora de la Embajada Argentina en México, para decirme que la nacionalidad argentina es irrenunciable, con lo cual ambas instituciones fomentaron y alimentaron lo que yo ya sentía como una esquizofrenia galopante. Decía que no me convertí en argen-mex entonces, sino el día en que la lluvia que caía en la ciudad dejó de ser ajena y se volvió tan mía como aquéllas que nos regalaban una mañana completa de juegos y libros en el invierno porteño.
Como nunca he encontrado otro modo de hablar de todo esto más que a través de los fragmentos será eso, fragmentos, de lo que hablaré aquí: algunas anotaciones, ocurrencias y confesiones sobre el tema del exilio con un final bastante feliz. 
Escribir desde el ser argenmex es para mí perderme en ese laberinto de voces, de palabras propias y ajenas; es mirar con mirada “oblicua”, dicen algunos, estrábica, quizás; una mirada que se mira mirar; mirada de adentro y de afuera. No es un asunto de lenguaje ni de pasaporte, es un asunto de que la lluvia que nos moja deja de ser ajena, allá y acá, acá y allá.
Escribir como argen-mex es estar siempre buscando huellas, inventándonos recuerdos para sentir que una también tiene historia, que una también pertenece y estuvo. Y que si no, si no estuvo, si no pertenece, si no tiene tanta historia acá, no es por falta de voluntá, seño, se lo juro, no es falta de cariño, sino por un puro azar, por aquellos barcos que llegaron al Río de la Plata, y no a Veracruz, vía La Habana, como el de los padres de Margo Glantz, que venían del mismo lugar que algunos de mis abuelos. Y entonces hay que inventarse testigos, y a lo mejor simplemente por eso es que una escribe, para inventar los testigos de una vida que aquí no tuvimos y para seguir teniendo con nosotros a los de allá que empiezan a irse.
La pampa era un espacio abierto, imprevisible, y allí fueron a inventarse una vida aquellos abuelos y bisabuelos inmigrantes, jovencísimos, recién casados. Asustados veían desde el barco la costa que se alejaba. El dibujo del horizonte quedó grabado para siempre en sus miradas.
También en los ojos de mi padre vi ese dibujo, sobre todo cuando angustiado tropezaba con los cerros que rodean esta ciudad en la que ahora escribo. Su deseo de llanura era la imagen misma de la nostalgia.
Como les contaba al principio, el olor de la lluvia sobre la tierra en el momento en que las primeras gotas tocan el suelo, ése es el perfume de mi infancia. Y los jazmines en verano. Erbarme Dich, Mein Gott, canta Marianne Anderson con esa voz profunda, tersa, que es a la vez desgarramiento y cobijo. Como la voz del chelo que tocaba mi abuelo con sus manitos de niño ruso; demasiado profunda, demasiado desgarrada para manos tan pequeñas. ¿Dónde comienza el exilio? ¿Cuándo las pérdidas? Erbarme Dich. Y Mateo, ese santo tan humano en la versión de Bach, siente, como el vértigo que lo empuja a mirar los ojos del vacío, su propio desarraigo. ¿Dónde estará ahora mi hogar? ¿Dónde ahora que me he asomado a la ausencia de todas las ausencias? El olor de la lluvia sobre la tierra; los jazmines en verano. Una canción que canto muy bajito sentada en la puerta que da al jardín. Una canción que me empuja a mirar los ojos del vacío. La ausencia de todas las ausencias.
“No se debía rechazar cualquier nostalgia de la patria (...) Algún día, interrumpiendo mi escritura, miraré por la  ventana y veré un otoño ruso.” Este era el deseo de Vladimir Nabokov después de cincuenta años de exilio. Nabokov había abandonado el ruso pero no su nostalgia. Esa nostalgia que aceleraba el vuelo cada vez que sumaba una mariposa a su colección, porque eran las mariposas las que tenían el destino que él no podía darle a su melancolía.
Y escribir como argenmex es también sentir el compromiso de hablar de aquella historia que nos expulsó del territorio de nuestra adolescencia; es tratar de entender los claroscuros de un periodo de muerte y violencia que se instaló allá, al sur de todos los sures, cambiándonos a todos la vida para siempre; es buscar que cada una de nuestras páginas sea también una caricia para los 30 mil desaparecidos que nos dejó la historia del horror. Por eso escribo tanto sobre estas cosas, muchas veces aunque ya no quiera, aunque ya no quisiera necesitarlo. Aclaro que no todo lo que escribo tiene que ver con estas cosas, claro. Pero he necesitado hacerlo para cerrar una herida, para construir un lugarcito donde guardar a mis ausentes, donde enterrar a mis muertos.
Y escribir como argenmex es haber aprendido a deshacer  las valijas a tiempo para no tener el dedo mocho como el del chiste: “Este año volvemos a España”. Es dejar que la nostalgia nos vele la mirada pero no nos impida vivir. Es amar cada rincón de esta ciudad “terrible, gris, monstruosa”, como la llamara Efraín Huerta.

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Dicen quienes saben algo de física que si un astronauta fuera enviado a un planeta X situado a años luz de la tierra, dejando aquí a su hijo pequeño, a su regreso, después de lo que para él han sido algunos meses, encontraría a su hijo convertido ya en un anciano.
Más allá de experimentos científicos, a veces me parece que el exilio fue como un viaje a otro planeta. Quizás porque el exilio es exilio no sólo del espacio, sino fundamentalmente del tiempo. Que lo digan si no quienes demoraron años en cambiar la hora de su reloj, sumando y restando permanentemente las 2 ó 3 horas que separan a México de Argentina ("Parece increíble; tan poco..." diría el astronauta, mientras su hijo y nosotros envejecemos juntos aquí en la tierra).

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Alguien dijo que la patria es el lugar donde están enterrados nuestros muertos. Mi madre, que era una mujer sabia, decía que era el lugar donde estaban los afectos. Yo me paro en una frontera fuera de todos los mapas y desde allí abrazo a mis seres queridos. A los que están y a los que no están.

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Varias mujeres rodeadas de niños avanzan por el desierto; van cubiertas de la cabeza a los pies, tanto que apenas se distinguen sus rasgos, algunos pares de ojos brillantes, muecas de dolor o de desesperanza, resignación y furia; todos cargan algún bulto, cajas, maletas viejas...
Nuevos nómades, de Irak o de Afganistán, de Marruecos o Timor. Saudades de todas las latitudes.
¿Qué llevan en los bultos? ¿Qué fue lo que pudieron salvar de la muerte?, ¿qué burlarle a la desmemoria y al olvido? Los desterrados cargan su vida en unas pocas maletas. ¿Qué se elige en el momento de la partida? ¿Qué elegiríamos tú y yo? ¿Qué hubiéramos elegido para andar, cubiertas de la cabeza a los pies, por ese desierto que nos han arrebatado? ¿Lo más  querido - las fotos, los dibujos de los niños, los aretes que fueron de la abuela, la carta que me envió mi padre, las postales que nunca te escribí? ¿O lo más necesario para un viaje marcado por la incertidumbre? ¿Cómo podríamos llevar nuestros libros? ¿Qué haríamos con la música que nos ha acompañado toda la vida? ¿De qué modo guardar en unos cuantos bultos nuestra memoria? Esa “nodriza del pensamiento” como la llamaba María Zambrano. ¿Qué habrá guardado María en sus valijas de exiliada? Perderíamos nuestro ser y nuestro rostro, nuestra historia y nuestros pasos si no tuviéramos memoria. Perderíamos el sentir y la razón si no tuviéramos memoria, perderíamos la luz y la poesía.  La memoria es nuestro hogar, como lo era para ese pequeño hijo de españoles que de noche, rumbo a la frontera francesa, dormía en la maleta de sus padres vuelta cuna, protegido orgullosa y entrañablemente por la bandera de la República. Podría mandarte esa imagen que te recordaría, lo sé, todo el equipaje de tu historia. O contarte una vez más el cruce de Benjamin por los Pirineos, por algún punto cercano al que habían atravesado no hacía mucho María Zambrano y el bebé desterrado. ¿O recuerdas la historia de Víctor Frankl? Tampoco él pudo escapar del avance de los nazis. Al llegar a Auschwitz lo obligaron a desnudarse y le dieron a cambio unos harapos de alguien que acababa de morir en la cámara de gas. En el forro del abrigo que se quitó iba cosido el manuscrito del libro en el cual había estado trabajando durante años. Todo su equipaje iba cosido a ese abrigo. Ruina sobre ruina.
O los baúles de los inmigrantes, ésos que guardan entre las sábanas bordadas que serán para la nena el día que se case, algo de la tibieza del sol del Mediterráneo. Un álbum de fotografías en sepia - “¿La abuela es esa chiquita con el moñote en la cabeza?” “¿Quién es ese señor con traje oscuro?” -, algunos cubiertos de plata – “Pocos porque hubo que repartirlos entre todos tus tíos. El violoncelo no, no cabía en ningún lado, pero dicen que el abuelo nunca dejó de escucharlo. Esa voz guardada en su interior fue su equipaje. No quiso uno nuevo, prefirió soñar con el suyo el resto de su vida, con el que sus dedos aprendieron a acariciar cuando era pequeño.” - ... toda la memoria en unos pocos bultos. 
“Mira qué llevo: nada aquí verás, sólo tristeza”, escribió Ovidio, condenado al destierro. 

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Que lo sepan todos de una vez: / El exilio no puede ser jamás una retórica - escribió Cristina Peri Rossi - / El país donde quisiéramos volver / Ya no existe; / Lo perdimos en el intento / De construir el país / Donde queríamos vivir. / Cada uno vive dos vidas: / La que dejó / Y se prolonga en los gemidos de las cárceles, / En las celdas de tortura, / Y la que le tocó después, / Como un traje nuevo en el reparto. / Casi todos sienten que los pantalones les quedan cortos, / Les aprieta el cuello de la camisa / Y las mangas son demasiado anchas, / Pero está prohibido sangrar desnudo por las calles / De las ciudades adoptivas. (...)
Soñé que me iba lejos de aquí / El mar estaba picado / Olas negras y blancas / Un lobo muerto en la playa / Un madero navegando / Llamas en altamar / ¿Existió alguna vez una ciudad llamada Montevideo?
Una casa / Un cuadro / Una silla una lámpara / El sonido del mar / Perdidos, / Pesan tanto como la ausencia de mamá. (...)
Tengo un dolor aquí, del lado de la patria. (...)
Ninguna palabra nunca / Ningún discurso / por abrasador, honra a Martí - sirvió para detener la mano / del torturador. / Pero cuando una palabra escrita / Sirve para aliviar el dolor de un torturado, / La literatura tiene justificación. (...)
Cuando dicen: "Que pase el extranjero" / A veces no me doy cuenta de que soy yo. El exilio son los otros.

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Nostalgia, del griego nostos, "regreso" y algos, "sufrimiento". "Tristeza por estar ausente de la patria o del hogar o lejos de los seres queridos". (María Moliner) Quizás por eso,  el gran pensador palestino Edward Said escribió: "Los logros de cualquier exilado están permanentemente carcomidos por su sentido de pérdida."

La nostalgia es ese dolor por la pérdida. Por aquello que ha quedado para siempre lejos del presente; lejos en el espacio y lejos en el tiempo. Aquello irrecuperable. Es el deseo de regreso lo que tiñe la nostalgia, la añoranza, las saudades, del exiliado. Es él quien lleva a Ulises a preferir volver a Ítaca, a reencontrase con Penélope que quedarse con la ninfa Calipso, en su doble papel de rehén y amante, disfrutando de una vida fácil dedicada al amor. La Odisea, a la que podríamos considerar la epopeya fundadora de la nostalgia (como lo propone entre otros Milan Kundera), canto a los dolores del exilio y al afán de retorno, hace que Ulises le diga a la ninfa: "no lo lleves a mal, diosa augusta, que yo bien conozco cuán bajo de ti la discreta Penélope queda a la vista en belleza y en noble estatura. (...) Mas con todo yo quiero, y es ansia de todos mis días, el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso."
Dormido, los marinos lo depositan en las costas de su tierra natal, al pie de un olivo. Al despertar, Ulises, el mayor nostálgico de la historia, acaricia al viejo árbol "para asegurarse de que seguía siendo el mismo de hacía veinte años". Pobre Ulises, aún no había descubierto que realmente no hay regreso posible, que nada es como veinte años atrás - a pesar de lo que diga el tango -, que como escribió Cristina Peri Rossi en su poema "El país donde quisiéramos volver / ya no existe...". Pero sabiamente, Homero deja a su héroe todavía ebrio del gran regreso, habiendo cumplido el sueño de todo exiliado, habiendo cerrado así el largo y desgarrador camino de la nostalgia.
Nuestro exilio es también un modo de recordar a aquellos abuelos inmigrantes; es, para muchos, repetir el viaje pero en sentido inverso. 

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Nunca me ha gustado el lado plañidero del exilio, porque sé que mi escritura, con sus silencios, con sus quiebres, no sería posible, o sería otra,  sé que yo misma sería otra, sin mi vida en México, sin ese territorio de libertad que nos descubrió México a mí y a mis 16 años y que me sigue descubriendo tantos años después. No sólo la posibilidad de conocer otros mundos, una historia cuyas raíces llegan tan hondo que me daba vértigo (aún me lo da), adolescentes tan parecidos y tan diferentes a como era yo entonces, un mundo de sensaciones, de sensualidades, de solidaridades inquebrantables, de generosidad, sino además algo que empecé a entender tiempo después: La posibilidad del extrañamiento, ese quiebre de la lengua que me deja tartamuda, esa mirada que me permite ser - como dice Juan Carlos Plá - "otra en ambas patrias".  Hay ciertos lugares como la escritura, como la sonrisa de alguien en el momento preciso, una cierta manera de nombrar a las cosas con palabras mexicanas y tonito argentino, o a veces al revés, un modo de mirar una realidad que nos duele por partida doble, hay ciertos lugares, decía, que me hacen pensar que la geografía es una invención y que la patria es el sitio imaginario donde está aquello que amamos.

Gracias a México, desde hace más de 35 años ostento esta ciudadanía tan particular que es la de ser "argenmex". Ser argenmex es, por ejemplo, escribir en México un libro sobre literatura argentina y presentarlo por primera vez - como fue el caso de Escrituras de sobrevivencia - en la Embajada de México en Buenos Aires; eso sí, el 12 de diciembre, con devoción guadalupana, faltaba más. Y de pronto pienso en el modo en que hemos conseguido - los argenmex - convertir el exilio en una suma, en riqueza, en agradecimiento a nuestros dos países, y esto se traduce en la tranquilidad con que invadimos la realidad con nuestra propia esquizofrenia. Vivimos cómoda y esquizofrénicamente, y jalamos a nuestra gente más querida a esta vida haciéndole creer, por supuesto, que lo raro es lo otro. Y así, esquizofrénicos pero felices, crecemos y vamos envejeciendo, y así van creciendo también nuestros hijos (Mamá, reclamaba Mariana cuando era chiquita, no digas lávense las manitos cuando vengan mis amigas, porque ellas creen que se dice "manitas"). Y por eso no sentimos ninguna contradicción, sino todo lo contrario, al cantar a voz en cuello junto con Juan Gabriel que "como México no hay dos", y llorar como locos escuchando Zamba de mi esperanza o Mi Buenos Aires querido (¿vieron que hay cierta relación entre la nostalgia y el kitsch?), comer un buen asado con sus chilitos y sus tortillitas, o mezclar en una misma frase mexicanismos, argentinismos y todas sus posibles variantes.
Dice José Emilio Pacheco en ese hermoso poema llamado “Alta traición”: 
No amo mi Patria. Su fulgor abstracto
Es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
Por diez lugares suyos, ciertas gentes,
Puertos, bosques de pinos, fortalezas,
Una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
Varias figuras de su historia,
Montañas (y tres o cuatro ríos).
Y uno descubre, con Pacheco, que puede reapropiarse de la palabra “patria”, tan cargada, tan vapuleada, por izquierdas, derechas y centro. Y pienso que mi patria son en realidad dos que se me juntan en una sola bocanada que a veces me ahoga y que me lleva de la esquizofrenia a la plenitud, de las complicidades al desasosiego. En una de mis patrias crece mi hija, en la otra envejecen mis padres; en una, las urgencias de lo cotidiano me acunan, me sostienen, en la otra la inquietud me hiere y me fascina, en una todo es fuerza y proyectos, en la otra hay un cajón con fotos que ya nadie recuerda; en una tengo presente, en la otra están los testigos de mi pasado más remoto.

Para que me entiendan, para poder explicarles qué es esto de ser argenmex, les cuento la historia del chiquito aquel hijo de argentinos que había crecido en México, que cuando se instaló con su familia en Buenos Aires y le preguntaron si conocía el himno contestó "¡Claro! Argentinos al grito de guerra!"