2 de noviembre. Por los que están. Por los que no están.


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Si hay un nombre secreto, el nombre que un huidizo dios escribiera alguna vez sobre la arena, te llamaría yo piedra, mano, agua que corre, para tratar de adivinar sus designios. Dibujaría entonces sobre tu vientre los signos ambiguos del consuelo - como la hoguera que arde detrás del último médano - para hacer de tu piel mi rezo cotidiano.
Si hay un nombre secreto debe contener dentro de sí todas las palabras. También las del dolor. Las de la ventana que mira a ninguna parte. Las de la ceniza que dio forma a tus huesos. Las del brillo acerado de las aves que viven cada noche dentro de los sueños. O tal vez sean alas de ángeles que repiten el nombre en tus oídos, como cuentan en otoño quienes saben. Bajo una llovizna inacabable. Bebo de ti entonces como si de algas fuera la sal de tu lengua. Bebo para encontrar aquella primera letra. Origen. Vértebra. Vino oscuro que se derrama.


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Nada se ve, y es apenas un susurro lo que llega de la otra orilla. Palabras ininteligibles. Tal vez una letanía. Una canción infantil. Sólo un contrabajo en re menor para el duelo.

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Túmulo perdido en el grano más callado de la sal
Sombra de tu cuerpo en las madrugadas de viento
                   Las que guardas en las puntas de los dedos
                   En la huella violenta de las comisuras
Y era humedad de hojas la que inventaba el aliento
Para hablar otra vez  del desfile de tus huesos.
Si nunca aparecieran tras la bruma las voces
Te quedarías sin muelles        Sin retazos de historias
                             Sin la luz que se filtra vuelta rastro del insomne
De nada valdría entonces ser el que invoca el latido de la hierba
La caricia   El canto   La plegaria oscura del desencuentro.
 
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Agosto será siempre el mes más cruel. Por eso la elegía busca el color de las azaleas que escapan al frío repentino. Muda la certeza de los peces dibuja espirales de ceniza. Habrá que esperar al próximo verano y escarbar entonces con las uñas para hacer del bautizo ceremonia compartida. Húmedas raíces buscan el contorno de las pieles, entre ráfagas feroces de silencio. Cancelado el salmo, los nombres apenas se pronuncian y es de sombra la sombra de sus pasos.  Silere.