"Venimos de la tierra de los muertos", Rafael Pérez Gay


Aquí va la versión completa del cuento que empezamos a leer en "En busca del cuento perdido" del martes 18 de noviembre. Lo tomamos del libro Ciudad fantasma. Relato fantástico de la Ciudad de México (XIX-XXI), antología de Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte, publicado por editorial Almadía,


VENIMOS DE LA TIERRA DE LOS MUERTOS
RAFAEL PÉREZ GAY


-La vida después de la muerte. Si lo dudas, ven a la casa de Tlalpan -en las palabras de Andrea isneros resonaba la fuerza destructiva de la fe.
No creo en la posibilidad de una segunda existencia más allá de este mundo, pero la frase me perturbó como si fuera un hecho comprobado en un laboratorio de fantasmas. La fe ciega quebranta al más plantado filósofo racionalista. Durante años, Andrea fue una coleccionista insaciable de vidas imposibles, buscadora arrebatada de mundos impracticables. Le entregó su juventud a las agitaciones de la izquierda y a sus ritos de paso. Defendió a capa y espada la revolución cubana y amó a un hombre de Pinar del Río que la abandonó; ejerció el proselitismo de la guerrilla latinoamericana y tuvo un novio nicaragüense, activista de la revolución sandinista; en solidaridad con los presos políticos, realizó secretas misiones sexuales con un montonero argentino; cuando los fulgores del año de 1968 eran brasas de aquel fuego mítico, aceptó ser la amante de un santón del movimiento estudiantil. Con reservas no del todo explícitas, simpatizó con la sublevación guerrillera del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y con el éxito insólito del subcomandante Marcos. Que yo sepa, no ha tenido un amante ndígena: a Andrea le gustan los hombres urbanos, blancos, barbados, iluminados por la luz del heroísmo.
Cuando el crédito se agotó en el banco de las ideologías, Cisneros emigró al psicodrama, a la macrobiótica, a las experiencias místicas, a las creencias esotéricas. Esa cruzada por la fe construyó un gran obelisco en el centro de su vida. El alba del siglo XXI la sorprendió en la búsqueda de seres de otros tiempos perdidos en los pliegues de este mundo. Puestas así las cosas, no tenía por qué perturbarme que Andrea se refugiara en el último anhelo del ser humano: la búsqueda de la eternidad.
-Te da miedo lo desconocido -me definió con un trazo seco. Su voz fue más enfática-: Ven a la casa de Tlalpan.
Tenía razón, siempre me dio miedo la oscuridad del azar. A Cisneros y a mí nos unían los escombros de nuestros años de juventud. Las grandes causas nos habían abandonado durante el camino de nuestros años cuarenta. Ella se amparó en el pequeño fanatismo, cerca del obelisco de la fe. A mí simplemente me faltaron las fuerzas ciegas de la convicción. Insistió:
-El sábado nos reunimos. Te dejo la dirección -apuntó en una servilleta desechable la calle y número.
Antes de irse, se despidió con un beso y una caricia en la nuca, vagos ecos desprendidos del pasado de nuestra vida amorosa segada por la guadaña del fracaso. Alrededor de la dirección de la casa de Tlalpan dibujé en la servilleta líneas quebradas, flechas sin rumbo, una tormenta. Los fogonazos de alcohol me recordaron los días del cataclismo. Siempre llega el día en que ocurre un desastre interno, tarde o temprano. Fui al médico. Ordenó un análisis de laboratorio que tiene nombre de performance neoyorkino: Perfil 20. Imaginé una exposición en la Sexta Avenida con una veintena de los contornos de una roca arrancada por artistas de vanguardia a la energía mágica del Tepozteco. No se trataba de rocas sino de investigar los rincones del cuerpo humano, en este caso el mío, mediante una muestra sanguínea, una radiografía de pulmón y un electrocardiograma. Aparte había que llevar muestras de los detritus mañaneros, en ayunas, en dos frascos. Tomar estas exposiciones es una obra de romanos. Días después memoricé palabras y cifras del raro vocabulario de los hombres y las mujeres de nuestra edad. No son pocas: leucocito s, linfocitos, nitritos, glucosa, bilirrubina, plaquetas, antígeno prostático, colesterol, triglicéridos, ácido úrico. Antes hablábamos de noches de amor, bares, amistad, libros, droga, sexo.
El médico me mandó con un neurólogo, el neurólogo realizó diversas pruebas y me transfirió con un psiquiatra. Informo rápido: ahora le cuento historias a un analista y él, después de explorar el socavón del Ello, resume la vida en conceptos monumentales. Me roba seis o siete minutos por sesión. Sé por qué lo hace. Después de mi consulta toca su turno a una mujer delgada de pelo largo en rizos negros, ojos de aceituna y un cuerpo que amotinaría los deseos incluso de un psicoanalista. Los psiquiatras piensan que los pacientes somos estúpidos.
Los días siguientes al encuentro con Andrea los ocupé en la hemeroteca. He dedicado años de mi vida a una investigación sin fin sobre la prensa del siglo XIX. No he podido terminarla. Lo digo de una vez: un día la fuerza nos abandona. Algunos fingen fortalezas inagotables pero mienten:
su único patrimonio es el vacío, Sumé tres mañanas leyendo La Libertad, el gran órgano del positivismo mexicano durante la dictadura de Porfirio Díaz. Copié artículos desconocidos de Justo y Santiago Sierra, Manuel Gutiérrez Nájera y Francisco Cosmes. Guardo archivos electrónicos con una cantidad considerable de exhumaciones. Los investigadores somos sepultureros, traficantes de huesos viejos salvados apenas por ese momento en que la materia del pasado se vuelve combustible para el presente. Los periódicos viejos guardan el imán inexplicable de las vidas perdidas en otros tiempos. Uno de los imanes me atrajo a dos noticias del mes de octubre de 1881. Mientras un buque fondeaba en Veracruz cargado de sueños europeos, pasajeros exhaustos de sol y tormentas marítimas, un escandaloso crimen había ocurrido en la Ciudad de México. Durante una sesión de espiritismo en una casa de la calle de Escalerilla, una mujer asesinó a un hombre: "Una médium poseída por seres indescifrables mata a un inocente". Tomé notas para el improbable libro por el que gané una de las becas que otorga el gobierno a escritores que lo engañan como yo. El viernes por la tarde cerré mi laptop protegido por la argucia del deber cumplido. La noche que cubría el exterior de la hemeroteca le daba un aire siniestro a los alrededores de la Ciudad Universitaria. En esa zona eran frecuentes los robos, los asaltos, las golpizas. Por sobre todas las cosas, de eso se trataba México en aquel tiempo. Dentro del coche metí la mano a la bolsa del saco para tomar un cigarrillo.
Dejar de fumar había sido otra de mis batallas perdidas. Anoté en un papel pegado a la cajetilla un número, la cantidad de cigarrillos que había fumado. Hasta ese momento había aspirado veinte. Un triunfo de la voluntad. Recordé la frase de Mark Twain: "Dejar de fumar es facilísimo, yo lo he hecho miles de veces". Junto con el paquete, mis dedos trajeron la servilleta con la dirección que apuntó Cisneros. La cita era el sábado a la seis de la tarde.
Esa noche me entregué a la libertad y al capricho. De regreso de la hemeroteca modifiqué el rumbo y me detuve en una cantina de la avenida Revolución. Bebí y fumé sin enjuiciarme. Mientras derrotaba al fiscal que nos vuelve la vida insoportable leí en el periódico noticias de incordios políticos, disputas electorales, actos de corrupción. Creer o no creer ocupaba el centro de la vida pública, como si la fe hubiera tomado el lugar de los acontecimientos verificables. Bien pensado, la fe siempre usurpa las funciones de los hechos. Más tarde revisé los archivos de mi computadora. En los últimos meses había logrado algunas páginas presentables acerca de las encrucijadas culturales de finales del XIX, el cambio de siglo visto a través de figuras como Tablada, Nervo, Couto, Leduc, Ceballos, Campos, algunos de los poetas y narradores de Revista Moderna, ese antro genial y no poco pretencioso de las letras mexicanas. Ellos despidieron al siglo XIX y recibieron el XX entre fantasías de burdel, sueños de ajenjo, relatos de suicidio y desafIos a la muerte.
El único tramo claro de mi vida en ese entonces lo ocupaba un contador inflexible que se había adueñado de mis años. Todo lo calculaba: los días, las horas, los cigarros, los whiskys, las calorías, los kilos, las páginas, los fracasos. El contador recaudaba cada noche sus impuestos. Seguí la huella de mi instinto y evadí las cifras. Me escapé del interventor y salí de la cantina festejando una liberación. Unas calles adelante entré en un hotel. Frecuenté hoteles de paso
con Andrea Cisneros y en mis años locos con mujeres enredadas en la telaraña de mis mentiras. Me registré y subí a mi cuarto. Abrí el Aviso Oportuno de El Universal y leí: "Modelo edecán. Sinaloense. Elegante, personalidad, seducción excitante. Erótica, lencería, ligueros. Parejas, lesbianas. Soy independiente. 5603-2289. Pregunta por Abby".
Pregunté.
-Vi tu anuncio en el periódico.
Me interrumpió:
-Tengo los ojos aceitunados y treinta años. Mis medidas son 86, 59, 90; mi altura, uno setenta y tres Pelo largo y rubio, a media espalda. Mil doscientos pesos, dos horas, todos los contactos que quieras.
Debe ser la edad. En mi juventud nunca fui con putas, pero de un tiempo a esta parte empezaron a interesarme los encuentros rápidos liberados de la guillotina de los com-
promisos, lejos de los hundimientos irrevocables. Recibí en el cuarto a una mujer joven dispuesta a los fuegos breves, en la cúspide de sus veinte, de pelo en llamas amarillas, uno setenta de estatura y, en eso no había mentido, una mirada casi vegetal en distintos tonos de verde. Usaba un abrigo negro, ligero, un sombrero de fieltro, muy cerca delflapper, una blusa fucsia entallada, un pantalón negro y zapatos altos.
-¿Cómo te quieres llamar?
-Abby.
-¿Te gusto? -me preguntó mientras se desvestía.
-Me gustas -le respondí cuando empezamos a intercambiar nuestras sombras.
Alguna vez Tlalpan fue un lugar de fincas y casas de campo, huertas amplísimas, grande jardines, largos y altos muros de adobe, calles solitarias abi madas en el silencio. Aquel territorio de roca volcánica y fuentes brotantes emergió del desastre. Las calamidades destruyen y crean regiones inimaginables. En esos días, por cierto, yo buscaba regiones devastadas en mí mismo. Todos buscamos esas regiones, pero les anticipo: es inútil.
El magma del Xitle sepultó a los pueblos cuicuilcas, los ríos desviaron su cauce bajo una capa de lava de ochenta metros. Mientras se enfriaba la superficie del pedregal, en la profundidades la lava seguía en movimiento. Los gases buscaron su propia salida formando enormes grietas que se convirtieron en cuevas. Las corrientes de agua trasminaron la piedra porosa en el fondo de la tierra y emanaron fuente cristalinas, manantiales en el pedregal y entre el bo que. Un edén petrificado. Ése era el paisaje de Santa Úrsula, Peña Pobre, Fuentes Brotantes, Xitla. Con el paso del tiempo, donde hubo un cedral pusieron un campo de golf, donde brotaban aguas cristalinas crecieron edificios de interés social y basurales. A esto algunos le llaman progreso.
El tránsito en la avenida Tlalpan era un enjambre de hojalata hirviente. Inventé un atajo. Tengo manía por lo atajos. Detrás del Estadio Azteca las calles me llevaron por callejones donde apenas avanzaba el coche entre los muros. En las esquinas se acumulaban montañas de basura y bandas de jóvenes pobres. A las seis y media de la tarde oscurecía. Cuando pasé frente a un cementerio y decidí que estaba perdido llegué a la esquina de las calles de Congreso y Galeana. Di vuelta en Congreso y estacioné el coche. Toqué en un portón de madera, bajo un gran farol, que unía dos muros altos de piedra y adobe. Pregunté:
-¿Andrea Cisneros?
-Lo están esperando +me dijo un hombre guiándome por un camino de baldosas que dividía un jardín sembrado de nísperos.
Caminé por el pasillo de una construcción del siglo XVIII cuya remodelación respetó los arcos coloniales, los pechos de paloma y los balcones. Un gran candelabro en el techo iluminaba la sala. De lejos vi a una niña en la habitación, pero cuando avancé unos pasos observé un rostro cruzado por el tiempo y unas manos pequeñas trabajadas por los años. Dos hombres y tres mujeres, Cisneros entre ellos, rodeaban a una enana sentada en un sillón de respaldo alto
que la empequeñecía aún más. Hice mis cálculos mientras Andrea me presentaba como un estudioso del pasado mexicano. La enana se había enfundado en un vestido azul eléctrico, las iernas le colgaban del asiento y terminaban en unos botines negros lustrados con obsesión. Uno treinta de estatura.
-La verdad es un árbol con raíces -dijo la enana a través de una voz metálica, un sonido en litigio con la anatomía humana-o Cada uno tiene sus propios misterios y cada uno debe escribir su propia Biblia. La vida no es nada.
Me sublevé. Atravesar la ciudad cortando el tránsito intolerable de un sábado por la tarde para oír el sermón de una enana demagoga era un castigo inmerecido. Como si no lo supiéramos: lo único que no echa raíces es la verdad y la Biblia que todos escribimos termina como la otra, con una traición y un crimen. Por culpa de la enana destruí el plan del día. Fumé cinco cigarrillos en media hora. Aniela Long contó su historia.
Una noche de verano del año de 1954, cuando sus padres vivían y ella era una enana adolescente, alguien tocó la puerta. Tlalpan todavía conservaba los rasgos campestres que perdió con el crecimiento de la Ciudad de México. En la calle oscura retumbaron los aldabonazos urgentes en el portón. Aniela acompañó a su padre a la puerta. En el umbral aparecieron un hombre y una mujer envuelto en sombras. El hombre le dijo: "Venimos de la tierra de los muertos y no encontramos lo que buscábamos. Ayúdanos, Aniela". El señor Long cerró la puerta, pero el mensaje había sido depositado en el mundo de los vivos. Desde entonces Aniela Long supo que podía comunicarse con los muertos. El padre de la enana hizo sus primeras armas masónicas en lajuventud e inició a su hija en la tradición masónica arcana. Hundida en el sillón, la enana contó esta historia salida de los metales de su voz:
-Los primeros francmasones eran los canteros que edificaron el Templo de Salomón en Jerusalén. Durante la construcción, algunos masones fueron iniciados en los misterios có micos relacionados con la geometría, las matemáticas y la alquimia. Cada piedra que utilizaban para construir el templo no era una piedra corriente sino una Piedra Filosofal. Ese conocimiento se transmitió de masón a masón a través de los siglos -continuó la enana-o Después de la noche de las sombras que regresaron de la tierra de los muertos, mi padre me llevó a una sesión espiritista. Ahí se reveló que yo era una médium muy dotada y supe que se puede ver más lejos cuando nos asomamos a la oscuridad desde la luz y no, como se cree, cuando vamos de la oscuridad hacia la luz. Lo primero revela, lo segundo deslumbra. ¿A qué hora empezamos?
La enana los tenía en un puño, suspendidos en el estupor. Según entendí, los dos matrimonios y Andrea se reunían sin excepción cada sábado en la casa de Tlalpan. Hice un plan de evasión: el baño, una disculpa y de nuevo a la ciudad. Andrea me esperó afuera del baño.
-Quédate a la sesión.
-¿Espíritus a mis años? Nos hablarán los muertos, nos van a explicar nuestras vidas pasadas. Me voy.
-Quédate por mí.
Me quedé.
Nos sentamos alrededor de una mesa redonda de madera en un salón dedicado a las sesiones espíritas. La enana colocó un vaso con agua en el centro de la mesa. La luz en penumbras hacía visible la oscuridad y le disputaba cada rincón a las tinieblas. La enana nos ordenó que colocáramos las manos suavemente sobre la mesa y que nos rozáramos con las yemas de los dedos. Mi lugar estaba entre Andrea y un hombre a quien conocí durante sus años militantes en uno de nuestros partidos de izquierda, un hombre ornado con el estandarte de las creencias.
Al cabo de unos minutos de silencio, el agua del vaso se movió, primero con suavidad, luego como si alguien sacudiera el vaso, se formó una figura líquida en la madera.
Busqué la trampa, pero lo que vino después me impidió descubrir la mano espírita que agitaba el agua. La enana tragaba saliva, emitía sonidos animales. Empezó a hablar:
-Uno de ellos morirá pronto -dijo con una voz grave, una tonalidad distinta a la que habíamos oído minuto antes-. Un hotel, una mujer de la noche: que se perdone a mismo.
-¿Quién nos visita? -preguntó Andrea.
-El más joven de ellos morirá.
-¿Quién nos visita? -insistió, pero no hubo respuesta.
La enana tosía, se atragantaba con su propia saliva, le faltaba el aire. El trance la desvaneció. Andrea y el comunista espírita la cargaron y la recostaron en un sillón de la sala. Aniela parpadeaba. Recuperada la voz metálica contó un extraño cuento acerca de los espíritus que encontró durante el trance, siete sombras en una casa iluminada por velas.
-Siete hombres reunidos alrededor de una mesa. Uno de ellos me ofreció flores, pero otro fue hostil y agresivo. Tenía miedo -dijo Aniela desorientada, perdida en el tiempo-. Nos entregan un mensaje.
Presencié esta escena atrás del grupo que la rodeaba y retuve la imagen con las tenazas de la incredulidad. Andrea Cisneros me tomó del brazo y me dijo en voz baja, al oído:
-Necesito un trago -más que oírla sentí el calor de su aliento en el cuello.
Regresamos por el camino de baldosas flanqueado por nísperos. Acompañé a Cisneros a su coche y caminé hacia el mío. Ella preguntó:
-¿En qué bar?
-En el de tu casa -sugerí-o Dos tragos, no más -habló el contador.
La calle creaba efectos fantasmales. Sombras de árboles proyectadas en los muros de adobe, ruidos inexplicables: un gato inmortal atravesó la noche de Tlalpan. Prendí un cigarro aceptando que había sobrepasado el límite, "Enana de mierda", pensé cuando encendí el motor. Desde luego, nadie en esa casa sabía del hotel y de la prostituta, sólo yo, si acaso.
A vuelta de rueda en Insurgentes. Una línea dorada, inmóvil, hasta el edificio en que Andrea puso su casa después de nuestra separación, un departamento en la calle Xola. Tardé en llegar más de lo estimado. Lo supe porque, según el interventor, en el coche fumé cuatro cigarrillos duran-
te el viaje.
-Te perdiste otra vez -afirmó Andrea entregándome un whisky.
-Menos que los extraviados en el mundo de los espíritus -respondí a punto de dar el primer sorbo.
-¿Lo dudas? Aniela se comunica con los muertos, espíritus incansables que vagan entre nosotros -de nuevo la fuerza destructiva de la fe en sus palabras.
-El único espíritu que vi fue el de una enana histérica, una charlatana de manicomio, llévenla al psiquiatra y enciérrenla con una chambrita de fuerza.
-¿Con quién? ¿Con Armijo? Te has convertido en una copia al carbón de tu psicoanalista. Creen que con fármacos y diván se acaba con otras realidades. Como sea, le ayudará más a ella que a ti. Tú eres un caso perdido.
Tenía razón. Me bebí el whisky de tres sorbos y me serví el siguiente, doble. Encendí el cigarrillo número treinta y cinco del día, de nuevo el contador me acompañaba.
-¿De verdad crees en la vida después de la muerte?
-Los he oído y los he visto. Tú fuiste testigo.
-Oí a una enana hablar con la voz de un viejo, una duplicación de la personalidad, nada más.
-Oíste una voz de otro tiempo que hizo contacto con nosotros.
Ella bebía brandy y repetía de memoria creencias infiltradas en sus desengaños. La necesidad de creer en la penumbra del más allá se convirtió en una nueva misión. Como no había cambiado al mundo en su juventud, Andrea decidió mudarse a otros mundos menos miserables que el nuestro. No hay fanatismo sin doctrina. El círculo espírita de la casa de Tlalpan se había acercado a maestros del misticismo cristiano como Eckhart o Nicolás de Cusa, algunos textos recuperados de la teología espiritista del visionario sueco Emanuel Swedenborg, tratados de ocultismo, mesmerismo y las invocaciones de Allan Kardec.
El grupo de Tlalpan consideraba la existencia del alma humana y su supervivencia después de la muerte un asunto que requería respuestas. Aniela Long era una de ella. Todos ellos consideraban a la enana una médium ajena a la limitaciones temporales, al espacio tridimensional. Para ponerle
tierra firme a sus especulaciones leían a J. C. Zoellner, un investigador psíquico que sostuvo desde 1879 hasta el día de su muerte la existencia de una cuarta dimensión de la realidad; en ese lugar habitaban seres capaces de adentrarse en nuestro mundo. Éstas eran las pruebas, el respaldo de la teoría de la supervivencia post mórtem o la verdad de otras realidades al margen de la nuestra. Este poderoso brebaje los había narcotizado.
-Aniela es capaz de ver los espíritus de los muertos. Ha tenido visiones que presagian la muerte. En una ocasión vio la imagen de un féretro donde yacía su madre. Dos meses después murió -había una sincera conmoción en sus palabras, un anhelo triste de verosimilitud y eternidad. Andrea fue más allá-: Algunas veces Aniela ve fantasmas detrás de las personas de las que está cerca. Muchas veces son fuerzas protectoras.
Guardé silencio. Ya dije que dialogar con la fe de los otros es imposible. Acepté que sus dudas sobre la vida y la muerte eran, por desquiciadas que sonaran, legítimas. Muchas veces la legitimidad crece en la locura. Cuando me despedí, Andrea me desafió:
-Vamos el próximo sábado.
No respondí, en parte porque estaba haciendo las cuentas de la noche: ocho whiskys, cuarenta y cinco cigarrillos, tres horas. El contador nunca descansaba.
Esa noche soñé con mi muerte. Desperté ahogándome con mi propia saliva. Pasé el resto de la noche fumando, entregado a los misterios de la sesión de esa tarde y al vaticinio de la enana. Repetí la frase: "Uno de ellos morirá pronto. Dejen que se perdone".
A la mañana siguiente marqué el número de mi analista, pero Armijo no contestó el teléfono. Cuando uno los necesita, los psicoanalistas desaparecen. Por eso recurrí a mi
amigo Ernesto Carmona, un colega mayor al que quise por su facilidad para construir mundos propios e irrepetibles:
-¿Crees en la vida después de la muerte?
-¿Estás borracho?
-De verdad. ¿Crees en algo más allá de la vida?
-De momento, no.
Me invitó a comer ese día. Me prometió una plática sobre la muerte. Cuando llegué, su casa era una jaula de pájaro. Dos o tres políticos en el candelero, un escritor que gastaba
las suelas en cocteles y se apuntaba a todos los premio literarios, mujeres a la caza de un porvenir renombrado, en fin, una desgracia de la que Carmona se sentía orgulloso mientras renovaba el tiempo de gloria de sus compañeros del año de 1968. Fijé una frontera con el hacha de las opiniones irreversibles: la generación de la libertad estaba formada por los hombres menos libres que he conocido. Adoradores de la fama, propia y ajena, atados al potro del prestigio,
buscadores inauditos de poder, complacientes con políticos truhanes, sumisos con los caciques de la cultura. En eso terminó la epopeya de sus años juveniles, en el cautiverio de la ambición desaforada, en la codicia oculta tras sus banderas de pioneros demócratas. Cuando salí de la casa de Carmona, la frase de la enana regresó: "El más joven de ellos morirá".
Sonó mi teléfono celular. Andrea Cisneros:
-¿Vendrás el sábado?
-¿Qué edad tienen los que van con Aniela?
-¿A quién le importa?
-A mí. ¿Son de mi generación?
-Todos son mayores que tú, incluyéndome, por seis meses, ¿o ya te olvidaste también de mi fecha de nacimiento? ¿Vienes o no?
-Voy.
-¿Crees en la vida después de la muerte?
-¿Estás borracho?
-De verdad. ¿Crees en algo más allá de la vida?
-De momento, no.
Me invitó a comer ese día. Me prometió una plática obre la muerte. Cuando llegué, u casa era una jaula de pájaro. Dos o tres políticos en el candelero, un escritor que gastaba las suelas en cocteles y se apuntaba a todos los premio literarios, mujeres a la caza de un porvenir renombrado, en fin,
una desgracia de la que Carmona se sentía orgulloso mientras renovaba el tiempo de gloria de sus compañeros del año de 1968. Fijé una frontera con el hacha de las opiniones irreversibles: la generación de la libertad estaba formada por los hombre menos libres que he conocido. Adorado-
res de la fama, propia y ajena, atados al potro del prestigio, buscadores inauditos de poder, complacientes con políticos truhanes, sumisos con los caciques de la cultura. En eso ter-
minó la epopeya de sus años juveniles, en el cautiverio de la ambición desaforada, en la codicia oculta tras sus banderas de pioneros demócratas. Cuando salí de la casa de Carmona,
la frase de la enana regresó: "El más joven de ellos morirá".
Sonó mi teléfono celular. Andrea Cisneros:
-¿Vendrás el sábado?
-¿Qué edad tienen los que van con Aniela?
-¿A quién le importa?
-A mí. ¿Son de mi generación?
-Todos son mayores que tú, incluyéndome, por seis meses, ¿o ya te olvidaste también de mi fecha de nacimiento? ¿Vienes o no?
-Voy.
La tarde húmeda del 6 de mayo de aquel año, el círculo espiritista se reunió de nuevo en la casa de Tlalpan. Andrea y yo llegamos en el mismo coche y atravesamos juntos el camino de baldosas que dividía el jardín sembrado de nísperos. En la sala nos esperaban la enana y cuatro espiritistas. Cuando saludé a Aniela Long, me dijo:
-Si no quiere, no tiene por qué estar aquí. La vida no es nada.
Si hubiera tenido un espejo enfrente habría visto una sonrisa quebrada y estúpida dibujada en mi cara de asombro. La enana me había derrotado de nuevo antes de empezar la sesión.
-Me interesa lo que ocurrirá aquí esta tarde -me disculpé, pero ella me dio la espalda para hablar con el viejo comunista espírita.
Por segunda vez, Aniela Long me alteraba. Al menos había una posibilidad entre mil de que por algún medio, conocido o desconocido, supiera de mi encierro en el hotel con una puta. De ser así, entonces en la puerta tocaba el vaticinio de mi muerte. Por lo demás, alguien le dijo o ella percibió desde la primera vez mis sospechas de la mentira en que se fundaba el teatro espírita.
-Pasemos -dijo la enana encabezando una fila silenciosa de siete creyentes.
Nos sentamos alrededor de la mesa de madera. Pusieron dos vasos de agua en vez de uno. La habitación estaba más oscura que la vez anterior. Un juego de sombras reflejaba en el muro formas indescifrables desprendidas de las llamas de dos velas puestas en una repisa de madera labrada. La enana dio la orden. Nos tocamos con suavidad las yemas de los dedos. Durante tres minutos, el silencio fue la única señal del otro mundo.
-Pedimos con respeto la asistencia de los seres que traen un mensaje para esta casa -se oyó la voz metálica de Aniela.
Nadie respondió.
-En esta casa son bien recibidos -insistió la enana.
Un minuto después el agua de los vasos se movió como sacudida por una mano invisible, la enana se contorsionó sobre la silla. Habló con la voz grave de un hombre:
-¿Qué quieren de nosotros?
Cisneros tomó la palabra:
-Un mensaje y la paz eterna para ustedes.
-Vienen de la tierra de los muertos. ¿Cuándo murieron? -preguntó alguien a través de la voz ronca de Aniela.
-No hemos muerto. Aún estamos aquí -respondió Andrea.
La enana tosía, tragaba saliva y movía la cabeza hacia atrás.
-¿Quiénes son ustedes? -preguntó Andrea con la voz cortada por el asombro.
-Somos artistas y ustedes nos visitan -Aniela tosía mientras hablaba-o Hemos desafiado a la muerte ya la eternidad con el exceso perpetuo: ¿su visita es una advertencia?
Necesitaba un cigarrillo, ese día había fumado dieciocho. Siempre que me siento confundido me dan ganas de fumar. Andrea interrumpió mi deseo:
 -¿En dónde están?
-En San Agustín de las Cuevas. Buscamos a Bernardo en el olor de los nísperos. ¿Ustedes cuándo murieron? -insistió la voz del hombre a través de Aniela.
-No estamos muertos -apenas se oía la voz de Cisneros en las sombras.
-Nos hemos reunido para invocar a Bernardo y pedirle que descanse en paz.
-¿Quién es Bernardo?
-El más joven de nosotros. Lo perdimos y ahora invocamos su alma para el descanso y el perdón.
-¿Quién es Bernardo? -la voz de Andrea recurría al énfasis inútil del eco.
-El más joven de nosotros. Ustedes, ¿cuándo murieron?
Se oyó un golpe seco en la mesa y luego un silencio oscuro.
La enana tardó en regresar del trance. Le dieron un té de hierbas preparadas. En la casa de Tlalpan también creían en la herbolaria; según ellos, en la antigüedad los mexicanos eran sabios. Los espíritas se arrebataban la palabra. Andrea preguntó:
-¿Quién vino esta noche?
Aniela tragó el menjunje y dijo con una voz que atravesó el espejo opaco de la verdad:
-Nadie nos visitó esta noche. Nosotros hicimos la visita y asistimos a otro lugar y a otro tiempo. Han ocurrido dos sesiones espíritas al mismo tiempo. Hemos sido nosotros quienes llevamos un mensaje de muerte.
-¿Quién es Bernardo? -preguntó Andrea.
-No lo sé -respondió Aniela antes de sorber el bebistrajo de hierbas ancestrales-. Estuvimos fuera del tiempo, no por encima, sino dentro, entre lo antiguo y lo nuevo.
Encendí el cigarrillo número diecinueve. En materia de voluntad, el mejor día de la semana, el contador me habría felicitado. La enana había ofendido mi incredulidad, como cuando un agnóstico recibe una prueba del absoluto.
Después de esa tarde de mayo, no regresé a la casa de Tlalpan. Me reintegré a la rutina de los archivos y a los sueños nocturnos de principios del siglo xx. La verdad saltó de una pila de documentos roídos por el tiempo, a punto de perder la memoria. Se trataba de una carta de Ciro Ceballos a José Juan Tablada, pensionado entonces en Japón por el mecenas Jesús Luján. La mano de Ceballos fechó esas líneas el 6 de mayo de 1901. El vago azar o las precisas leyes, como
quería el clásico, me pusieron en el centro de la trama; la caligrafia irregular decía:
Hemos perdido a Coutito. Lo enterramos hace una semana en el panteón francés. Al tercer día de su muerte nos reunimos a invocar su espíritu perdido bajo la luna tramontana de San Agustín de las Cuevas. A la sesión espírita asistimos Luján, Leduc, Campos, Valenzuela, yo y una médium que nos presentó Alfredo Ramos Martínez. A la luz de las velas invocamos a Coutito. Aunque te sé descreído te lo cuento: en algún momento de la sesión un fuerte olor a nísperos inundó el salón. Buscando el espíritu de nuestro amigo dimos con la voz de otros muertos. Una mujer desdichada nos preguntó por el momento de nuestra muerte. Nos erizó la piel la idea de que en verdad estuviéramos muertos. No hay fantasmas más tristes que los que se niegan a abandonar el reino de los vivos. Así les pasaba a estas almas en pena que encontramos mientras buscábamos a Bernardo, sombras aferradas a la tinta neutra de la vida y sus desgracias ...
Lo supe de golpe, como cuando llega una revelación. Entendí entonces la grieta del tiempo en la que habíamos caído. En el momento en que oí el diminutivo, Coutito, agregué en mi mente el nombre: Bernardo, una leyenda negra de las letras mexicanas. El joven Couto era un desastre insufrible de alcoholismo y pedantería juveniles. Envenenado por Laforgue, Baudelaire, Verlaine, desde los diecisiete años el escritor maldito despeñó su vida en bares y prostíbulos. Algunos investigadores han visto en él a una víctima de la bohemia. En lo personal, siempre me pareció un son o sin oficio ni beneficio. Couto vivía en el Hotel del Moro con Amparo, una prostituta recobrada de los burdeles en el alba del xx en la Ciudad de México. Dilapidaban la noche en tugurios inconcebibles. Se sentía el príncipe de los amaneceres, pero deambulaba por la calle de Santa Isabel como un vagabundo. En sus últimos meses lo torturó el dolor en las encías partidas por la piorrea. El exceso de bromuro lo convirtió en un amnésico perdido. Y con todo, les hacía gracia a sus amigos artistas, al fin y al cabo era uno de los fundadores de Revista Moderna. Murió de una pulmonía fulminante el S de mayo de 1901, a los veintidós años de edad.
La reunión en la casa de Tlalpan sucedió el 6 de mayo del año 200 1, cien años y tres días después de la muerte de Cauto. Tendido en el ataúd, Bernardo recibió la visita de Alberto
Leduc, Rubén Campos, Pablo Escalante Palma y Ciro Ceba- 110. inguno de los espíritas de este lado del mundo conocía esta historia, no tenían por qué conocer esta intriga inútil del tiempo en que se levantaba el telón del nuevo siglo. Me llevé conmigo el secreto. Pude revelárselo a Cisneros, pero
preferí no hacerlo. Aquel día, después de la sesión, Andrea y yo caminamos por el jardín antes de atravesar el portón de madera empotrado en los muros de piedra y adobe. Más tarde la despedí en el edificio de Xola. Me fui a beber solo y a poner en orden la trama enloquecida a la que me arrastró Andrea.
En la cantina de avenida Revolución dije en voz alta:
-Enana de mierda.
Me había bebido ocho whiskys y fumado veinte cigarrillos en dos horas. Todo un récord. El interventor estaba sentado frente a mí. Siempre he sido un egoísta, a nadie le revelé los datos de esta historia. Estoy mintiendo, se la conté a Armijo, pero los analistas están programados para
no creer en nada. Salí a la noche sucia de avenida Revolución y caminé al hotel. Cuando me registré pensé sin rencor en Andrea Cisneros. No era la primera vez que dejaba una
puerta abierta hacia la oscuridad. Les digo de nuevo: todas las enanas son una mierda.