19-Nov-2007
La república de las letras
Humberto Mussachio

Saudades, de Sandra Lorenzano
Una novela tan bella como extraña, estructurada de manera similar a un gran rompecabezas ordenado por la fuerza incontrastable del lenguaje, eso es Saudades (FCE, 2007), de Sandra Lorenzano. “No hay trama, no hay argumento. No hay personajes. Solamente el lenguaje que no va a ninguna parte”, dice la autora, pero lo cierto es que el libro resulta una apretada red de historias, citas, versos (sobre todo de Pessoa) y reflexiones escritas en un español de elegante sencillez al que la autora le adosó abundantes citas en portugués y hasta en ladino, como esos pequeños rollos de papel que los visitantes de Jerusalén depositan en las hendiduras del Muro de los Lamentos. “Estoy desterrada —dice la narradora—, he perdido pie, he perdido el arraigo del tiempo, he perdido el nombre de mi padre. Estreno la indigencia como única seña de identidad”. Pero quedan las palabras y su poder lo ilustra una historia que cuenta Juan Gelman y cita la autora, aquella del viejo rabino que ante cada amenaza de pogrom leía a sus hijos e hijas la larga nómina de sus antepasados, porque para los exiliados la existencia es “como leer el Génesis… una forma de demostrar que ningún pogrom” acabará con la continuidad, con la vida. De ahí que la autora evoque el Holocausto, la infancia perdida, los seres amados, el horror de la guerra sucia argentina, la luz de los 19 años y el amor como razón de existencia, asidero, oxígeno, tierra firme. “Sin el relato, la memoria no existe” y hay que dejar testimonio de lo que fuimos, porque “la nostalgia tiene la forma del horizonte que se aleja”. Una novela que nos clava en la orilla del asiento.