Sobre Saudades de Sandra Lorenzano
Sylvia Molloy

(texto leído en la presentación de la novela en una grabación en video enviada desde Nueva York)


Querida Sandra, queridos amigos:

Lamento enormemente no poder estar con ustedes hoy para hablarles de este libro, lamento tener que recurrir a este medio distanciador en el espacio y en el tiempo para decirles lo mucho que me ha impresionado este libro. Hoy jueves 8 de noviembre me encuentro sentada a una mesa en Nueva York filmando esta presentación del libro de Sandra Lorenzano. Dentro de una semana también estaré sentada a una mesa en Nueva York presentando el libro de Sandra, sólo que entonces será en México, ante ustedes, y será el 14 de noviembre pero también será “hoy”. Acaso estos desvíos y coincidencias temporales, esta ilusión de continuidad, algo tengan que ver con Saudades, libro que reflexiona sobre pasados y es, a la vez, puro presente. En todo caso, en esa distancia y ese espacio que separan estos dos “hoy”, entre Nueva York y México, entre el 8 de noviembre y el 14, mi admiración por el libro de Sandra Lorenzano no habrá hecho otra cosa que crecer. Créanme: Saudades se aquerencia en uno, seduce.

Quiero leer las palabras que escribí apenas después de leído este libro, cautivada por su insólito encanto:

Sandra Lorenzano escribe con la urgencia y el goce doliente de quien, conociendo la distancia insalvable que separa del objeto añorado – país que se ha dejado atrás, infancia, cuerpo desaparecido, cuerpo erótico – sin embargo insiste en evocarlo a través de fragmentos, de pedazos rotos, de reliquias. O mejor sería decir que lo convoca ritualmente: las voces, la constante apelación a interlocutores fantasmales, los murmullos, la “palabra fracturada, desacomodada, estrangulada” interpelan al lector y lo fuerzan al recuerdo aunque ese recuerdo sea ajeno; lo desafían a que entienda una lengua que se ha vuelto extranjera y que a la vez es la única en que es posible narrar. Saudades es un relato de añicos, donde el resto diurno de la historia, por así llamarlo, es siempre la ausencia: exilios, destierros, desapariciones, naufragios, muertes. Novela coral, donde las voces alternan, intentando decir lo que no se puede decir, apresar relatos para siempre ajenos, oficiar un duelo que es y no es el nuestro, es un rumor de ausencias donde el cuerpo erótico ofrece pasajero refugio mientras que la cita literaria (otro cuerpo, otra voz más) funciona como aguijón, acentuando la falta, manteniendo vivo el llamado. Saudades es también – es sobretodo – una reflexión sobre las grandezas y miserias de ese lenguaje “que no va a ninguna parte” y que a pesar de ello nos solicita. Sandra Lorenzano nos invita a una ceremonia melancólica que, si bien no repara la pérdida acaso la atenúe, a través de una escritura osada, desprotegida, a la intemperie.

Hasta ahí mi nota.

Pienso en Saudades y pienso en pérdidas, en huídas repentinas, en regresos imposibles. Y sin embargo este libro, este coro de voces, este treno no se detiene en el horror, tanto más horror porque no dicho, porque apenas insinuado: aprendimos no a hablar sino a balbucear.Tampoco se pierde Saudades en la mera evocación nostálgica. La historia que narra, las múltiples historias que narra, exigen la escritura urgida y urgente de esos balbuceos, una escritura que implacablemente va hasta el límite. Se sigue adelante hasta que no se puede más, hasta llegar al borde, como el viajero aferrado a su maleta en Port Bou no se puede ya avanzar y no se puede volver atrás.

La alusión a Benjamin no es casual. Los fragmentos, las voces entrecortadas, las citas, las partes del cuerpo, los añicos de vida, operan aquí como reliquias, remiten a pasados a los que sólo se puede acceder oblicuamente mediante rituales de la memoria, de una memoria también fragmentaria. La voz que enumera esas reliquias nunca calla, sigue enumerando fragmentos, pérdidas, despedidas. La voz no cuenta – porque es demasiado fácil contar un cuento – sino tartamudea, acumula sonido para hacerse oír.

Pienso en Saudades y pienso en narrativas de viaje, concretamente en viajes de retorno, de imposible retorno, narrativas de tantos escritores latinoamericanos, acaso la mía misma. Una vez que se ha partido no se puede nunca regresar. Si la casa, el oikos, dicta la economía de todo viaje, se trata de una casa que se ha dejado para siempre atrás, imposible de reencontrar porque el viaje es siempre desplazamiento, desvío, y ninguna ida coincide con su vuelta. “Mejor será no regresar al pueblo” escribe sabiamente López Velarde. O más taxativamente Leonardo Sciacia: “El que ha cometido el error de irse no debe cometer el error de volver.” O Sandra Lorenzano: “No hay hogar al que podamos volver. El regreso habita solo en los quiebres de la lengua”.

De esta lengua quebrada quiero hablar, único vehículo para las esquirlas que acumula implacablemente Saudades, único modo de no olvidar, que no es lo mismo que recordar. El que recuerda, y escribe su recuerdo, tiende a pensar la memoria como refugio, por cierto como oikos: la memoria consuela, es vuelta a casa que permite re-componer un relato. En cambio El que no olvida, y escribe ese persistente no olvido que se abre a otros taladrantes no olvidos, busca traer a la superficie esos restos, añicos, voces que se oyen, versos que se leen, ruinas sobre ruinas,” “lo que se salva del naufragio”: yo quería mencionarlos a todos. El que no olvida habla en voces, practica una interlocución implacable y necesaria, como único modo de restituir las muchas historias despedazadas que son la Historia.

La memoria es alforja repleta de astillas;
olores, voces, rostros quebrados, gestos que
conservan solamente el último vestigio de sí.
Se aferran las páginas a cualquier esquirla,
porque no hay ventanas ni otoños al otro
lado. Una letanía acompaña el naufragio.

El que no olvida no recompone como el que recuerda. Atestigua, en cambio, con la certidumbre de que es necesario “hacer presentes las ausencias”: “Voy en busca de los nidos quemados: / imagino que aún estarán tibias las cenizas”.

Entrecortado, como otra voz más en esta letanía, aparece el discurso amoroso, entretejido con el lenguaje de la pérdida, haciéndose cargo de esas pérdidas. El amor, en Saudades, es – para volver a evocar al viajero berlinés – iluminación; sin duda precaria, pero no menos reparadora. No es -- es necesario que no sea – una voz más sujeta al añicamiento, aún cuando lo ronde la ausencia: “A veces te reconozco más en tu ausencia que en tu voz. En tu mirada que no veo, Amor, en el vacío junto a mi cuerpo.” Por un instante, el de enunciación, el amor salva:

El único viaje que de verdad disfruto, Amor,
Es el que me lleva a recorrer las riberas de
Tu aliento, los esteros de tu piel, los deltas
Antiguos que habitan tu lengua ... El único
viaje, Amor, es el que inventa tu nombre.

Saudades no termina, simplemente se interrumpe. El texto queda suspendido, en un pasajero sosiego, el que permite vivir con lo que salvamos del naufragio:

Pentimento de la memoria; la propia y la de los otros. La tuya suma todos los rastros. El pasado es un presente que nos abraza en cada uno de nuestros instantes. Soy una imagen más que mira las capas de imágenes; me fundo con ese universo de cuerpos apenas insinuados. Hablar de lo indecible. Imágenes sobre imágenes apenas insinuadas. Lengua calcinada, lengua en duelo para hacer presentes las ausencias, para nombrarte mi hogar y mi bandera”.

A diferencia de otro texto inolvidable, los murmullos no matan en Saudades. Permiten vivir en el duelo y no pese al duelo. O permiten escribir. O permiten amar. Acaso las tres actividades sean la misma cosa.