FLEUR JAEGGY
Entrevista: Una cierta glacialidad también revela sentimientos.

(apareció en la revista Shangri-la http://shangrilatextosaparte.blogspot.com/2007/02/carpeta-fj-y-viii-entrevista-una-cierta.html)


Para muchos es la escritora italiana más importante de la actualidad. Su tercer libro, Los hermosos años del castigo, fue un descubrimiento en toda Europa. Escribe obras trágicas y afiladas. Ha publicado seis títulos en casi cuarenta años. En esta entrevista reivindica la brevedad y el silencio y habla de Proleterka, una novela de iniciación que acaba de aparecer en España.

Fleur Jaeggy nació en Zúrich y vive en Milán. Ésa es toda la información que aparece en la solapa de sus libros. Lo demás hay que intuirlo por el texto. La familia distante, el ambiente burgués y fríamente luterano, el internado femenino, la soledad, las enfermedades y los suicidios son temas recurrentes, y en ellos hay algo de autobiográfico. La escritora reside efectivamente en un elegante piso milanés. Es una mujer tímida, muy bella, muy cortés, en cuya conversación asoman fogonazos autoritarios que ahoga de inmediato en una duda o una sonrisa. No le entusiasman las entrevistas y sufre al ser fotografiada. Sus obras son breves, tersas, tragedias afiladas y oscuramente irónicas. La más reciente es Proleterka, la historia de un crucero por el Mediterráneo que reúne una despedida, una iniciación sexual, un cortejo fúnebre y un misterio.







PREGUNTA. Proleterka hace una referencia a Billy Budd.


RESPUESTA. Sí, Herman Melville, me gusta muchísimo Melville. Y Billy Budd es una historia maravillosa. El inocente castigado... La leo a menudo, y cada vez consigue conmoverme.


P. ¿Por qué hace esa mención justamente en este libro?


R. Porque Proleterka trata del viaje de una nave y al escribirlo me vino a la mente el barco de Billy Budd. Y dada mi particular inclinación por Melville, decidí incluir esa frase. También me gusta mucho el relato del gallo en la chabola de la familia pobre. Y Bartleby, el escribiente, ¿recuerda?: "Preferiría no hacerlo...".


P. ¿Hay un inocente castigado en Proleterka?


R. No lo he pensado. La protagonista no parece tener una vida fácil, hay una cierta soledad en torno a ella... Los castigos le pasan cerca, la rozan. El desastre... Hablar de mi libro es... Hace años escribí un libro que se llamaba Los hermosos años del castigo.


P. ¿No es el padre, Johannes, un inocente castigado por la vida?


R. El padre parece un ser un poco romántico, que no pide nunca nada. Permanece distante del mundo. Quiere estar con esta hija, pero no... Johannes pide poco.


P. ¿Por qué sus personajes no muestran emociones?


R. Porque en un libro uno hace ciertas elecciones y... Tengo la impresión de que a Johannes le aflora algún sentimiento. Quizá entre líneas. Yo me limito a estar sentada ante la máquina de escribir y a golpear las teclas; si luego resulta que los personajes no exteriorizan nada, ¿qué puedo hacer yo? Creo que, en realidad, algunos personajes son bastante extremos. Una cierta glacialidad también revela sentimientos.


P. ¿Siempre utiliza esa máquina de escribir?


R. Sí. Me digo que un día usaré el ordenador, pero ese día aún no ha llegado. Escribo a máquina desde hace más de treinta años, y me gusta el ruido de los tipos golpeteando sobre el papel.


P. ¿Cuánto tiempo lleva escribir un libro?


R. No me gusta hablar de eso, porque publico poco. Creo que el anterior apareció hace seis o siete años. Son pocas páginas para tantos años, ¿no?


P. ¿Sus borradores son también breves?


R. No suelen ser muy largos, pero con Proleterka, que escribí durante años, acumulé mucho papel. Llegado un cierto punto me fui a Alemania, a una región de la antigua RDA, y me alojé en un lugar bastante bello, un castillo con un lago y un bosque que pertenecía a Achim y Bettina von Arnim y ahora es del Estado. Me invitaron. Me llevé un puñado de libros, las primeras pruebas de la novela y papel. Aquello no podía seguir así, tenía que terminar. Pasé dos meses en el castillo, cortando, pegando con cola nuevos fragmentos sobre el original, y finalmente me dije que estaba más o menos acabado. Eso ocurría en un mes de marzo. Pero de regreso a Milán seguí trabajando sobre el texto. Y en septiembre aún hice una última llamada telefónica al tipógrafo, con el libro ya en imprenta, para añadir un pequeño detalle.


P. ¿Cuál?


R. Creo que era la estrella roja pintada sobre la chimenea del barco. Y finalmente terminé. Aquí en casa me costaba mucho avanzar, hay demasiados libros. Sin embargo, necesito escribir con una pared desnuda a mi espalda.





P. ¿Por qué la pared desnuda?


R. Porque me gusta el vacío y no lo tengo. Saber que a mi espalda la pared está vacía es un alivio. Ahora tengo menos libros porque a principios de año me desprendí de muchos de ellos. Lo invadían todo, se amontonaban por el suelo. Hoy esto está bastante ordenado porque venía usted. Simpatizo mucho con las paredes vacías. ¿Puedo añadir una cosa? Como veo que a usted le gustan los gatos... [El periodista ha acariciado a Tsanga, el gato de Jaeggy]. En el castillo alemán tenía un amigo, Erich, un cisne que salía del agua cuando le llamaba y venía a mi habitación. A menudo paseábamos juntos. Le daba de comer. Pero hay que tener cuidado, porque los cisnes pueden ser crueles, muerden. Él encontró en mí una compañía. Antes siempre estaba solo. Y, ¿quién sabe?, quizá se estableció una simpatía mutua. Mire, aquí tengo una foto con el cisne. Un domingo llegaron dos señoras que me pidieron visitar el castillo. Me preguntaron por "mi cisne" y yo, feliz, les mostré la finca. Nos tomaron la foto, al cisne y a mí, y me la enviaron. Tengo tanta relación con los cisnes...


P. Y...


R. El momento en que al fin se publica el libro es un alivio. En realidad, en el último momento, yo no quiero publicar. Pero cuando recibo las pruebas terminadas experimento una sensación de liberación. Todo ese papel... Guardo el original de Proleterka, con los fragmentos pegados... Siempre hay algo que no funciona, algo que huye. Cuanto más se mira el texto con lupa, más se escapa. Es mejor que el libro se vaya.


P. ¿La escritura es placer o sufrimiento?


R. No sabría responder. Escribo desde hace muchos años, desde que era una niña. Lo interesante es topar con dificultades, porque el placer de escribir está en resolverlas. Quizá.


P. ¿Ha escrito siempre?


R. Sí. He publicado poco pero he escrito siempre. El primer libro apareció en 1968, pero había estado en elaboración durante varios años.


P. ¿Por qué publica poco?


R. No sé, es una inclinación mía. Siempre se puede cambiar. Hasta ahora ha sido así.


P. Intuyo que no deben gustarle las presentaciones, las giras promocionales, las entrevistas.


R. Al principio no hacía nada de eso. Luego me comprometí con una gira por universidades de Estados Unidos que fue muy complicada. Tuvo que acompañarme una amiga, sin ella no me habría atrevido. Soy muy tímida. Pero aquel viaje americano fue una lección y he mejorado un poco en la cuestión de enfrentarme a audiencias. Hago lecturas en Alemania, y consigo leer alemán. Que no es mi lengua.


P. ¿No?


R. No, no.


P. Pero sus libros abundan en términos alemanes. Sobre todo términos compuestos.


R. El alemán es mi lengua perdida. Es la lengua que me ha precedido, el idioma de mis muertos, que vuelve. Lo hablo poco, y, sin embargo, a veces aflora. Yo escribo en italiano, mi lengua materna, pero mis personajes normalmente hablan en alemán. Y la partitura del libro, entonces, requiere alguna palabra alemana. Quizá también el sonido.


P. ¿Me hace un favor? ¿Podría leerme algún párrafo de Proleterka? Elíjalo usted.


R. ¿Qué prefiere? ¿El fragmento del suicidio? ¿Los niños abandonados?


P. Qué terribles suenan sus temas.


R. Ja, ja, sí. Veamos... Me cuesta encontrar lo que busco; una vez publicado un libro, intento olvidarlo. ¿Pruebo con el suicidio? Quizá no le interese.


P. Sí, claro.


R. Veamos... "La nuestra es una familia de suicidas. De aspirantes al suicidio. Las raras veces en que hemos tenido ocasión de pasar algún tiempo, breve, entre parientes, el tema fundamental, el único tema por el que cada uno de nosotros mostraba un cierto interés, era el suicidio. Las tentativas fallidas. Ante lo demás, una indiferencia educada. A los familiares no les interesa hablar de otra cosa. El tema 'quitarse la vida' siempre ha sido más fuerte que los temas del dinero, las herencias, las enfermedades. Ni los funerales eran tenidos en cuenta. Incluso si ofrecían un pretexto para encontrarnos. Pocas veces nos perdíamos un funeral de familia. Generalmente se celebraban en lugares turísticos. En lugares amenos. Con un lago. En el banquete fúnebre no era infrecuente que alguien contara una de sus fallidas tentativas de suicidio. Algunos vivieron muchos años".


P. Quería comprobar cómo leía usted sus propios silencios.


R. No he pensado en eso, he leído como si fuera un libro de otro. Me alejo de mis libros ya terminados. Cuando me toca leer en Alemania, me hago a la idea de que esas páginas no son mías. Están en alemán, en otra lengua.


P. Ese pasaje que ha leído estaba lleno de ironía.


R. Sí. Quizá.








P. Yo imaginaba a la familia contando sus experiencias e intercambiándose consejos sobre cómo matarse mejor...



R. Durante un tiempo pensé introducir conversaciones en las que cada uno contaba sus propios intentos.


P. Pero no lo hizo.


R. No, porque luego lo corto.


P. ¿Por qué todos esos cortes y esa obsesión por la brevedad?


R. Es una expresión de mis propias inclinaciones. La forma breve me atrae mucho. Bartleby, en el fondo...


P. Bartleby no es tan breve.


R. No.


P. Parece como si experimentara pudor.


R. No, escribo una página, dos páginas, y leo en voz alta para saber cómo va. Cuando leo noto lo que sobra.


P. Y dice: esto fuera.


R. Sí, esto fuera.


P. Cuando termina un libro, ¿piensa ya en el siguiente?


R. Depende. A veces no tengo ningún proyecto ni ganas, pero sigo yendo a la máquina de escribir. Aunque callar es lo mejor.


P. ¿Sí?


R. Sí. Quizá después de la entrevista me siente a la máquina. Pero no, tengo la impresión de haber contado ya demasiado. Siempre es mejor dejarlo correr, callar.


P. Cuando recibe el primer ejemplar de una de sus obras, ¿qué siente?


R. La primera vez me hizo ilusión. Ahora ya no. Es simplemente algo que ha salido. Al recibir el paquete lo dejo en un rincón, porque no quiero verlo. Una cosa publicada está terminada.


P. Cuando se enfrenta a lectores que le hacen preguntas, o a entrevistas...


R. En Italia no suelo hacer esas cosas. En Alemania, con otro idioma, se trata de otra persona y es distinto. En cualquier caso, cuando hablo delante del público, sin leer, es mejor. Tantas veces se ponen de por medio las cámaras, las grabadoras... Es mejor lo que se dice y se esfuma, adiós. ¿Me entiende? ¿Me da la razón?


P. Sí. Oiga, no circulan muchos datos biográficos sobre usted, ni fotografías.


R. Lo suficiente.


P. Tiene algo de Salinger, hay misterio en torno a usted.


R. Me gusta Salinger. Si esta entrevista resultara demasiado breve, ¿no podría aprovechar el espacio hablando de Ingeborg Bachmann? Era una escritora muy buena, amiga mía. Cuando la conocí, no le dije que escribía. Después me dio consejos preciosos, fingiendo que no me los daba. Y corrigió las pruebas de mi primer libro. Murió hace 30 años. Escucho a menudo una cinta en la que lee sus poemas.






Texto: Enric González
El País

Fotos: Gabriela Iacob



BIBLIOGRAFÍA
Original en italiano:
Il dito in bocca, Adelphi, Milan,1968
L’angelo custode, Adelphi, Milan, 1971
Le statue d’acqua, Adelphi, MIlan, 1980
I beati anni del castigo, Adelphi, Milan, 1989
La paura del cielo, Adelphi, Milan, 1994
Proleterka, Adelphi, Milan, 2001

En castellano:
El ángel de la guarda, Tusquets Editores, Barcelona, 1974
Los hermosos años del castigo, Tusquets Editores, Barcelona, 1991
El temor del cielo, Tusquets Editores, Barcelona, 1998
Proleterka, Tusquets Editores, Barcelona, 2004