La Jornada, jueves 2 de agosto de 2007 → Opinión

¿Por qué voy a votar por Cristina Fernández?
Sandra Lorenzano*/ I

¿Por qué voy a votar por Cristina Fernández?
Cuando en 1989 Cristina Fernández -como le gusta que la llamen, o "Cristina", a secas- fue elegida diputada federal por la provincia de Santa Cruz, el bloque del Partido Justicialista de la Cámara conoció una de las pocas voces discordantes en el entonces unánime coro de apoyo al presidente Carlos Saúl Menem. Esa joven política nacida en La Plata en 1953, pero afincada con su familia en el sur del país, no estaba dispuesta a sacrificar sus principios políticos, forjados en la militancia de la izquierda peronista, para apoyar un proyecto de país basado en la imposición de políticas neoliberales, que continuaban la destrucción del Estado de bienestar, iniciada por la dictadura militar (1976-1983). Las políticas de privatización de los bienes nacionales; de flexibilización laboral; de drásticos recortes de presupuesto en sectores clave, como la educación y la salud; la convertibilidad, entre otras medidas, iban en contra de todo aquello que la había llevado a acercarse a la política cuando era estudiante de derecho. Desde entonces, como una de las voces "rebeldes" del grupo parlamentario, la carrera de Cristina Fernández de Kirchner tomó vuelo propio: participó, en 1994, en la asamblea que reformó la Constitución argentina. Un año después fue electa senadora nacional por la provincia de Santa Cruz y hace dos años obtuvo casi 50 por ciento de los votos en las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires. Hoy es la candidata a la Presidencia de la República con mayores posibilidades de triunfo: los sondeos indican que tiene alrededor de 50 por ciento de las preferencias de voto.

¿Qué es lo que la gente va a votar al votar a Cristina? Sin duda, el fortalecimiento de un proyecto político que, iniciado en mayo de 2003 por el entonces electo presidente Néstor Kirchner, logró revertir una de las mayores crisis por las que ha pasado la Argentina contemporánea.

La historia argentina -como la de otros países latinoamericanos- puede ser vista como un largo proceso de sucesivos y violentos "borramientos", de exclusión y supresión del "otro", del diferente: el indio, el "bárbaro", el pobre, la mujer... Los "desaparecidos" no son, en este sentido, una creación de la última dictadura sino una figura fundante de la nación. Desde sus orígenes, el Estado argentino construye su legitimidad en la desaparición de los cuerpos y las voces otras. Baste pensar, en el genocidio de la conquista, por ejemplo. O en la eufemísticamente llamada "Campaña al desierto" que permitió la consolidación del proyecto liberal a partir de la masacre de los pueblos originarios del sur del país. O en la Semana Trágica, en los fusilamientos de José León Suárez, en las diversas dictaduras militares de nuestra historia moderna... La hegemonía de los sectores dominantes se ha basado en la cancelación violenta del diferente, por medio de su "desciudadanización" (si el Estado tiene la obligación de velar por el bienestar de sus ciudadanos, un estado que ejerce la fuerza del terror sobre su propia gente está violando el principio básico del concepto de ciudadanía) o de su franco exterminio.

En las décadas recientes, la sociedad argentina ha visto profundizadas las desigualdades que la constituyen en aras del ingreso a una nueva etapa de acumulación del capital a escala mundial. La implantación de políticas neoliberales implicó el aplastamiento de cualquier otro proyecto de país. Los 30 mil desaparecidos de la dictadura tienen su continuación en una política excluyente y pauperizadora que se constituyó, entre otros elementos, a través del desmantelamiento del estado de bienestar. Este, más allá de sus propias limitaciones y desequilibrios, había logrado mantener una cierta cohesión social en sociedades desiguales y heterogéneas como las latinoamericanas. Su adelgazamiento o franca desaparición hace que se acentúen las desigualdades y genera nuevos procesos de exclusión social. En Argentina, las reformas estructurales fueron acompañadas por un "nuevo modelo de dominación política". Las transformaciones, iniciadas a mediados de los años 70, encuentran así su punto culminante durante el gobierno de Carlos Menem (1989-1999) y sus sucesores, provocando una despiadada dinámica de polarización y fragmentación de la sociedad. La exclusión y marginación de vastos sectores de las clases trabajadoras no fue un movimiento pasajero sino que "fue moldeando los contornos más duraderos de un nuevo país, de una sociedad excluyente, estructurada sobre la base de la cristalización de las desigualdades, tanto económicas como sociales y culturales", como sugiere la socióloga Maristella Svampa.

Esta situación provocó una violenta crisis de legitimidad del estado cuya consecuencia más inmediata fue el llamado argentinazo cuando, al grito de "que se vayan todos", la gente salió a las calles a demostrar su oposición a las medidas que propiciaban, de diferentes maneras, el modelo de exclusión, desde la flexibilización laboral al corralito. La represión policial no se hizo esperar. Sin embargo, el movimiento espontáneo de la sociedad no sólo obligó a Fernando De la Rúa a dimitir (¿cómo no recordar su patética huida de la Casa Rosada en helicóptero?) sino que provocó que tres presidentes se sucedieran en el lapso de menos de 20 días. El último de ellos, Eduardo Duhalde, convocó a elecciones un año después de haber asumido. Es entonces cuando aparece en la escena nacional el político santacruceño, quien resulta vencedor con solamente 22 por ciento de los votos, el porcentaje más bajo con el que un candidato llegara al poder en el país. Kirchner asume así en medio de la mayor recesión de la historia argentina, con una caída de 10.7 por ciento del producto interno bruto en ese año, con una desocupación de 21.5 por ciento, con la reducción de las reservas internacionales del Banco Central a menos de 10 mil millones de dólares en junio y julio, y con índices de pobreza e indigencia cercanos a 60 por ciento.

Escritora argen-mex

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