Allá por 1977, la poesía y Carlos Illescas

En 1977 o 78, cuando hacía poco tiempo que había llegado a México y era una adolescente un poco destanteada e insegura, para la cual la poesía se había convertido en una forma de conectar con la realidad, alguien me recomendó que fuera a los talleres que se impartían en Promoción Nacional del INBA.

Yo vivía en las Torres de Mixcoac, así que tomé un par de camiones, me bajé en la glorieta del metro Insurgentes, y caminé hasta la calle Dinamrca en la colonia Juárez. Así llegué con mi fólder bajo el brazo al taller de Carlos Illescas.

Él había nacido en Guatemala el 9 de mayo de 1918 y era también un exiliado. Quizás por eso me defendió ante el ataque feroz de los otros miembros del taller, poetas ya "consagrados", que se ensañaron con mi cursilidad adolescente y "revolucionaria". Además de defenderme, dijo que mi voz le recordaba la de Marianne Anderson. ¡Imagínense! Desde se momento, no sólo lo amé para siempre sino que además me volví su fiel lectora.

Hoy, antes de que termine el día de su cumpleaños, me gustaría compartir con ustedes algunos de sus hermosos textos.


De "Llama de mí" 1984


La noche

I.  Persiste en el aire una herida
más grande que las cosas grandes.
Me busca. Me encuentra. Me abraza,
y al solazarse en la efusión,
¿lo digo?
me traspasa de ti.

II.  La media noche en alto aún gemía.
Alguien preguntó por mí
tal vez por asustarme.
Logró al punto. Ahora
produzco entre visiones pétreas
voces lejanas con remar de dientes.
Sólo deseo, amor,
creerme entre tus sombras
ese alguien que me asusta
al preguntar por ti.

III.  Alguien me disuade;
expresa su temor y me conmina.
Salto de la cama daga en mano
y busco al intruso.
No es nadie; es solamente
la telenovela del viento
en tanto un gato negro
crucifica mis ojos en los suyos.

IV.  Hundida en un sollozo
la noche desmerece.
Lambisca sombras. Me divisa en ti
como si al anunciarse traspasase,
no su materia, mis tinieblas.
negros relámpagos escuchan
cómo nombro en tu cuerpo
otra noches cubiertas de cenizas,
tan llama aún como la aurora
en donde ardimos sin mirar la luz.

V.  Rasgas la noche en muchas llagas,
una es luz yendo a su locura;
revelación de hormiga en ascua, aquélla;
más vaso irresoluto la siniestra;
y no la extrema, yo, a quien quisieras
preguntarle cómo puede
sin quejarse vivir bajo tu pie.

VI.  Bajo la sombra mi relación
de líquida ventura es imagen
a tanta torre erguida
más allá de los sentidos,
sus adivinaciones altas.
La oscuridad, sobre plagarme
me destroza y desmigaja ego a ego,
soy cuento absurdo referido
por el tonelero ciego
remedado con afán euclidiano
por un señor en cuyas manos
el pan es daño con saudade.

VII.         Soy palabra omitida
               dice la piedra; sepultada
               nadie escucha la dilatación 
               de sus rumores.
               Soy sensación, nada
               roída por la humedad
               del fondo.
               Me busco tantas veces
               entre vetas demoradas;
               menos en una:
temor de renacer.
a cuanto tú pudieras
delegarle al tiempo;
allí la piedra dice
palabras abolidas
por la luz anegada
con la sombra.


VIII.    Si no te amara,
lo que se dice huraño corazón
debelado en cucarachas,
mi madre, siempre tan cercana,
invocaría la lepra para mí.
Y mi padre, siempre en la palabra,
sin más habría de elegirme
cerdos de gruñir bubónico
como bayaderas infinitamente
lamentables para amenizar
con sus encantos,¿oyes?,
los chiqueros de mi corazón.



IX.  No me hagas caso, amor,
sin más apresta tus oídos
si te hablo en esperanza.
No me traduzcas al idioma
de asuntos abrumados de cordura:
mi persona no debe preocuparte;
salvo, dulcísima, al momento
en que tu olvido me devuelva
al fondo de la mar sin nombre
de donde no debí salir jamás.

X.  En mí la noche emprende el viaje;
opción de ser sombría rosa o canto
a viejos continentes.
Ya sus guirnaldas omitidas, habla,
es dulce río su invidencia
al tentalear la piedra de mi espíritu.
Es flor. Al caminar se halla;
es tan feliz encuentro en sombras
jinetes traza para el viaje.
Ahí el perfume a sueño, el sueño;
ahí el sabor a noche, noche en vela.
Noche, pues, será narrarte
en un perpetuo paso cómo el alba
uncida a su materia,
es rosa de tu canto.