Patti Smith (y nosotros) anoche


¿Qué les puedo contar del concierto de anoche? Patti Smith es un portento: cantó, bailó, saltó, tocó la guitarra y tuvo al público encantado durante casi dos horas. Más allá de que el personaje me resulta fascinante, con esa androginia casi militante, con su amor por la poesía, con el dolor de los duelos y el espíritu feroz de quien persigue lo que desea desde el principio de los tiempos; más allá de eso, como me pasa con casi todo en la vida, el concierto de anoche valió la pena por quienes estaban conmigo.

Mi infancia es argentina, pero mi adolescencia es totalmente mexicana. Esa adolescencia mexicana de la que ya he escrito en otras ocasiones, y en la que aprendí a conocer esta ciudad “enorme, gris, monstruosa”, como escribió José Emilio Pacheco, y a enamorarme de una cultura cuyas raíces son tan antiguas y profundas que me daba vértigo (y que aún me lo da). Era una época en que viajábamos en “delfín” y en “ballena” sobre las avenidas Revolución e Insurgentes (¡vaya nombrecitos para alguien que venía de un régimen que había prohibido libros sólo por tener esas palabras en el título - como la Historia de la Revolución Mexicana de Jesús Silva Herzog, por ejemplo; un clásico del Fondo de Cultura), tomábamos café en el Alden de Parroquia, atravesábamos el mercado de Mixcoac para llegar al colegio, fumábamos Delicados (los más valientes, sin filtro) y mirábamos el mejor cine en el CUC (todavía tengo nostalgia de un lugar como ése: vimos todo Bergman, todo Fellini, todo Kurosawa; nos enamoramos de la pequeña Ana Torrent en “Cría cuervos”, y de Marcello y Sophia en “Una giornata particolare”). 
Me acuerdo. No me acuerdo. Así comienza Las batallas en el desierto. Me acuerdo que nosotros, los que habíamos nacido en 1960, 61, 62, fuimos adolescentes de talleres literarios, de rock progresivo y peña folklórica. “Todo mezclado. Todo mezclado”, como había escrito Nicolás Guillén. Estábamos convencidos de que “El pueblo unido jamás será vencido...” y de cambiaríamos el mundo. Así. Sin más. Hablábamos y hablábamos y hablábamos. Un poco de todo: quiénes éramos, qué queríamos, qué había que leer, que escuchar, que conocer. Los viernes y sábados buscábamos fiestas. Recuerdo en especial una de esas fiestas, no sé bien por qué. Era en casa de los Serrano, y en un tocadiscos sonaba una y otra vez “Horses” a todo volumen. Bailamos durante horas al ritmo de la voz un tanto afónica y hoy entrañable de Patti Smith. 
Dos de los amigos queridísimos que bailaban conmigo aquella noche, también estaban anoche y los tiempos se me juntaban en un palimpsesto hecho de memorias y olvidos. Fuimos de pronto los adolescentes de los 70 mirados con ternura y una pizca de dolor por estos cincuentones que hoy somos.